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Aprendiendo a viajar: el Noroeste Argentino

Escribe: noritacecilia
Un recorrido por la Quebrada de Humahuaca y los puntos más relevantes de Salta. Siempre viajé sola, aunque hacia algún destino donde tuviera un amigo que me recibiera. Este fue mi primer viaje parando en hosteles y sin tener conocidos en destino. Es la historia de un viaje a sitios sorprendentes a los que espero regresar; y una confirmación de aquel dicho de que "mejor solo que mal acompañado"

 

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El embrujo de Cachi

Cachí, Argentina — jueves, 26 de enero de 2006

El día que Carmela se fue, mientras la guiaba en silencio, me puse un firme propósito: disfrutar lo más posible los días que me quedara. Si era necesario, gastaría toda la plata que tenía en unos pocos días (para algo había trabajado tanto) y volvería satisfecha. En Buenos Aires no sabían lo que había pasado, y pensaba decírselos al regreso, cuando tuviera un montón de fotos para que vieran lo bien que lo había pasado pese a quedarme sola. Por eso contraté la excursión a Cachi. Mi idea inicial fue seguir luego el viaje hacia el sur, a Cafayate, para atravesar los valles Calchaquíes. Tal vez allí todavía lo encontrara a Javi, un amigo que estaba visitando unos familiares.

Había oído hablar mucho sobre la cuesta del Obispo, la subida obligada para llegar a Cachi, y eso fue lo que me motivó a tomar la excursión. Me pasaron a buscar puntual a las 7.30 de la mañana. Otra vez una Kangoo con el guía y dos chicas del barrio de Belgrano en Buenos Aires. Esta vez, ni uno ni las otras eran del estilo que más me gusta, pero me adapté; es el riesgo de tomar excursiones...

Cruzamos el Valle de Lerma, me impresionó la cantidad de pueblos chiquitos, distantes unos pocos kilómetros uno de otros. Todos viven del cultivo del tabaco. Después de haber estado en la estrechez de la Quebrada, el valle cultivado se extendía hasta el horizonte lejano, donde las montañas se veían como una sombra gris y nebulosa. 

El ascenso comienza en la Quebrada de Escoipe. Siempre que se quiera subir a la Puna, hay que entrar en las quebradas. Y en esta, como en las otras, el contacto con el valle era un área de yunga, una selva exuberante. Al igual que el día anterior, el paisaje fue perdiendo verdor y se fue volviendo árido. La diferencia fue que llegamos de repente a una especie de olla, donde la ruta parecía chocar contra un paredón abrupto. ¿Por dónde seguía la cosa?

Justo antes de empezar a trepar, paramos en una estación de servicio, sacamos fotos, nos aprovisionamos, y al subir a la camioneta, una de las chicas me agarró los dedos con la puerta. La presión se me fue al piso, creí que me desmayaba allí del dolor, y ni siquiera me atrevía a mirarme los dedos. Gracias a Dios ni siquiera se me amorataron, pero el dolor era tan punzante que me duró todo el día. Porfiada como soy, pese a estar blanca como un papel les perjuré que podía seguir, solo que  el guía paró en un mirador con un arroyo y me recomendó que me humedeciera la mano con el agua helada que bajaba.

Y entonces, empezamos a subir por la cuesta del Obispo. Se recorta casi como un espiral, un caracol sin fin en la ladera de la montaña; una cornisa perfecta que sube y sube y sube; y abajo el vallecito se ve verde brillante, en una vista espectacular. Varias veces paramos en miradores, aunque era complejo detenerse porque el tránsito era intenso y la visibilidad (para saber si había alguien detenido o a pie tras las curvas) extremadamente reducida. El guía nos decía: "Esperemos que no pase justo ahora el Marcos Rueda". Se refería a la empresa de micros que va a Cachi y que perdimos, y que le sirvió de excusa a Carmela. Según nos dijo, bajan a toda velocidad y cada dos por tres hay choques y accidentes serios, porque más de una vez siguieron de largo y se desbarrancaron. En parte di gracias a Dios de haber perdido el pasaje... mi seguridad ese día había valido $22.

Llegado un punto, alcanzamos el nivel de las nubes y nos metimos entre ellas. La niebla formaba un túnel en diagonal entre el borde de la pared a un lado y el borde del precipicio al otro; el camino al menos quedaba libre de niebla y la visibilidad era óptima. De repente, la niebla se despejó y desde arriba vimos un manto de nubes donde antes había un valle verde. La sensación era increíble. Y subimos un trecho más... uno imaginaba que al final de semejante cuesta tendría que bajar, pero no fue así. Al llegar arriba, encontramos una enorme planicie. Eso es la Puna.

Comenzamos a avanzar por una ruta muy recta; el guía nos dijo que la ruta corría por un antiguo camino incaico, y que a ese tramo se lo conocía como la recta de Tin Tin. De repente, a ambos lados del camino la planicie se pobló de cardones en flor, cardones altísimos. Era el Parque Nacional los Cardones, donde nos detuvimos. Anduvimos caminando lento, mirando ejemplares centenarios de hasta 20 metros de altura, llenos de flores blancas. Y luego comenzamos a sacarnos fotos en la recta de Tin Tin. El guía me sacó una sentada a lo buda sobre el asfalto, con la recta a mis espaldas. Fue la última del viaje. Cuando subí a la camioneta, la cámara me indicó que la tarjeta estaba dañada y que no tenía más datos. Todas mis fotos se habían borrado. La prueba de que la había pasado bien a pesar de todas las peripecias se había desvanecido sobre la recta de Tin Tin. Me sentía morir.

Llegamos a Cachi para almorzar; nos sentamos a comer bomba de Quinoa... lamentaba tanto mis fotos... tanto esmero le había puesto!! ¿Qué diría mi padre cuando supiera que se había arruinado la tarjeta? ¿Y si el problema era la cámara? Dudas que me atormentaban. Después de comer quedó menos de una hora para recorrer. Caminé lento, entré a la iglesia, recé, lloré. Me sentía totalmente sola, ya ni siquiera podía cumplir mi misión de llevar lindas fotos para que disfruten los demás.

Cachi es pequeño, me quedé con ganas de más. Hubiera comprado unas frutas para tener más tiempo para caminarla en vez de detenerme a almorzar. Parece detenido en el tiempo, tal vez más que Purmamarca o Tilcara; me pareció que era más grande que ellas.

El retorno fue veloz, y ni bien llegué me fui a la casa de fotos a ver si mi cámara tenía arreglo. Nada que hacer. Entonces tomé una decisión: iba a ir a Cafayate, pero nada de irme sola. Iba a pagar una última excursión, y luego me volvería a Buenos Aires. Quería despedirme de Salta con alegría, y para ello necesitaba compañía. Así que fui a la agencia, me contraté la excursión, me saqué pasaje en un Balut para el otro día, y me tomé el 5A al hostal.

La señora María Eugenia se entristeció al saber lo de mis fotos, pero se alegró de mis decisiones, y sobre todo, se mostró satisfecha viendo que pese a todo, me iba a ir conociendo Salta.

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