Diarios de viaje > Argentina, América del Sur

Diez días en el norte argentino

Escribe: NataliaB
En 2006 pasamos 10 días en el norte con una amiga. En Salta visitamos, además de la ciudad, Quebrada de las Conchas y Cafayate, Quebrada de Escoipe, Cachi y Aledaños. Luego fuimos a Jujuy, donde estuvimos en Purmamarca, Tilcara, Humahuaca. Y de ahí, volvimos a cruzar a Salta para llegar a Iruya. Un viaje en el que aprovechamos muy bien el tiempo y que nos permitió enamorarnos del lugar.

 

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Día 3: Quebrada de Escoipe, Cachi, Los Cardones y etcéteras

Cachí, Argentina — martes, 7 de marzo de 2006

El martes, nuevamente, abandoné la cama como si disparada por el ansias de respirar aire.  Aire a secas, ni puro ni descontaminado.  Aire, elemento del que aquella habitación carecía por completo.

Luego del desayuno habitual en la terraza, la combi volvió a recogernos con un grupo algo diverso.  Es decir, sólo coincidíamos los cordobeses y nosotras.  El negro pseudocaliforniano había seguido camino a Misiones –sí, un camino un poco a trasmano-, el italiano se había ido para Chile, a la escocesa chilena la habíamos abandonado en Cafayate.  Nadie sabía nada de las platenses, pero estábamos felices de habernos deshecho de ellas.

En lugar de esta gente, había una pareja de israelíes que vivían en un kibbutz y hacía un año que estaban viajando por Sudamérica (lo cual me hizo pensar en la posibilidad de hacerme judía), una francesa (pero no una antipática como la del albergue), y una irlandesa o algo así.  El guía de turno era otro descendiente de quechuas –ser descendiente de quechuas y tocar la guitarra debías ser requisitos indispensables para ser guía por esa agencia turística-, de quien no recuerdo el nombre.

Nuevamente agarramos la 68, hasta que en El Carril, doblamos por la 33, adentrándonos en la Quebrada de Escoipe.

La ruta era de ripio y el camino, de cornisa, atravesado ocasionalmente por un hilito de agua.  Las paredes del cerro estaban forradas de vegetación húmeda.  La selva de yungas parecía irreal después del pleno desierto del día anterior.

Tanto el río Las Conchas como el Escoipe, eran hilitos de agua en un lecho enorme.  Y así serían todos los ríos que cruzamos por esos días.  Parecía imposible que alguna vez el agua cubriera de punta a punta un lecho tan amplio.  De acuerdo con lo que nos contaban, durante una lluvia, en cuestión de segundos una catarata corría río abajo, arrasando todo a su paso.  Volcanes, los llamaban.  Agua y barro a montones, que denuncian una erosión de la tierra pasmosa y que producen catástrofes como la de Tartagal, la cual aconteció pocas semanas después.

Al cabo de unas curvas y contracurvas bastante cerradas, llegamos a un parador entre cerros que actuaba, a la vez, como puerta de entrada a un paisaje totalmente distinto. A partir de ese momento, la ruta comenzó a subir sin pausa hasta la Cumbre de Los Obispos.

La vista en la cumbre era fantástica.  Aquí los cerros no eran de piedra, ni estaban cubiertos por yungas, sino que parecían forrados de una prolija alfombra verde.  Pendientes sutiles, cumbres coronadas por nubes, y el cielo diáfano por sobre nuestras cabezas.

Un poco más allá de la cumbre, se encontraba el Valle Encantado.  Aparentemente, cuando las piedras del valle endican el agua de las lluvias, se generan piletones en los que crecen cientos de flores.  Obviamente, nosotras sólo pudimos ver las piedras, el valle empinado y pasto.  Mucho pasto.

Seguimos subiendo un poco más hasta la Piedra del Molino, el punto más alto del camino a 3.348 MSNM.  Según nos contaron, los obispos que le dieron el nombre a la cumbre subían la piedra hasta que o el carro se les rompió, o la yunta de animales se les empacó.  El asunto es que la piedra quedó abandonada allá mismo.  Paradójico: justo en el punto más alto.  Los obispos –y las mulas- se deben haber roto el alma en la subida y se les viene a romper el carro justo cuando sólo les restaba la bajada.  Y eso que eran religiosos.

En el camino a Cachi, pasamos por Payogasta.  En un momento, a la vera de la 33, encontramos unas ruinas de una construcción de adobe.  Las escudriñamos y aprovechamos la vista.  Curiosamente, la ventana de la no-casa resultó ser el marco perfecto para el Nevado de Cachi, que se asomaba a lo lejos.

Finalmente, cuando las panzas ya comenzaban a rugir, llegamos al pueblo.  Un pueblito de ensueño, de construcción colonial, con paredes blanqueadas con cal, vereditas angostas en altura, entradas esquineras, puertas de algarrobo...

Comimos pimientos rellenos en una fonda que tenía las paredes cubiertas de cosas antiguas –o viejas, según corresponda-.  Y no bien terminamos el postre, fuimos a recorrer las callecitas.  La plaza, la iglesia San José, un museo arqueológico bastante interesante.  Y nos alejamos un poco más allá, cruzando el río Cachi, para alcanzar el mirador.

Todo mirador que se precie de ser tal se encuentra ubicado en un lugar privilegiado, que reina el paisaje en su altura.  Descubrimos que en los pueblitos norteños –aunque supongo que observaciones a pueblitos de distintas latitudes y longitudes resultarían en la misma conclusión- el mirador se encuentra en el cementerio.  Es el cementerio el que se encuentra en el punto con mejor vista, aquel que no es arrasado ni por el viento ni por las lluvias.

Así que, desde la entrada del cementerio de Cachi, observamos el pueblo y otro ángulo del valle de Lerma.

Al emprender la retirada, tomamos la ruta 42 que atraviesa el Parque Nacional Los Cardones.  Como nos contaron, la segunda reserva natural de cardones de América.  La primera se encuentra en México, aunque esos son cactus.  La diferencia básica es que cuando los cardones se secan, queda su madera.  Una madera en la que pueden verse donde estaban las espinas: en cada lugar en donde había una queda un agujero.  Y esa madera se utiliza para todo: vigas, aberturas, muebles y hasta bijouterie.

Nos detuvimos en el que debía ser el punto central del Parque.  Parada donde estaba, giraba 360° y veía cardones.  Cientos, miles.  Por lo menos uno por metro cuadrado.  Altos algunos, apenas nacientes otros.   Cardones y cardones.  Y más cardones.

Llegamos a Salta temprano, así que aprovechamos para visitar el Cerro San Bernardo.  Subimos por el teleférico, disfrutando la vista.  En la cima uno encuentra terrazas, balcones, escaleritas y cascadas.  Es lindo ver una ciudad desde el aire, analizar el damero de las calles, descubrir dónde está qué, corroborar hipótesis sobre su extensión y su altura.  Hice el censo de iglesias y de plazas.  Vi que el fragmento recorrido, el centro que tanto me gustaba, era relativamente pequeño.  Pero de todos modos, la ciudad tenía una escala de pueblo.

Bajamos por la escalera que corre hasta la base.  Mil escalones, nos vendieron.  Desde ya, no los conté, pero mis pantorrillas acusaron –y a lo largo del resto del viaje- por lo menos el doble.

Cuando llegamos a la base ya había oscurecido.  Volvimos a recorrer las callecitas hasta que nuestros estómagos comenzaban a gruñir otra vez.  Aunque el menú estaba definido –asado con todas las letras- la decisión del lugar no fue nada fácil.  Pateamos, pateamos hasta que, por recomendación de un kiosquero, caímos en un restaurante bastante lindo.

Comimos a lo grande y desandamos por última vez Buenos Aires Sin Luces.  Y la última noche en el albergue, como suave despedida, dormimos tranquilas.  Huelga decir, la francesa se había ido a otra habitación (sin baño pero con menos gente).

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Últimos comentarios

SofiK dice:
No tenes fotos del viaje?
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NataliaB dice:
Mil gracias, Sofi, por todos tus comentarios! Fotos tengo pero, lamentablemente, todavía no había entrado en la era digital en ese viaje y me fui con una cámara muy vieja... Me debo escanearlas y, cuando lo haga, subirlas acá! Te aseguro que las imágenes son un sueño, qué paisajes más lindos!!!
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