La primera semana de estadía en Punta del Diablo transcurrió con días lindos, algunos más inestables que otros, pero con una temperatura más que agradable. Hubo un sólo día que fue una diluvio increíble, que cayó una tormenta eléctrica que realmente metía miedo, a tal punto que muchas calles terminaron fisuradas y con grietas enormes, como si se hubiese tratado de un sismo.
Pasado el temblor, y luego que antes que una de las chicas se volviera a Bs. As. porque se tomó solamente una semana), decidimos ir a Cabo Polonio, obedeciendo los consejos de muchas personas que lo recomendaban como un lugar espectacular. Y no se iban a equivocar.
Durante el viaje en micro, nos acompañó la lluvia incesantemente. De hecho, había una enorme congestión en la ruta porque decían que estaba anegada por el diluvio, cosa que pudimos comprobar minutos después, cuando el micro casi que atravesó un río (los autos no podía pasar y tenían que esperar en la banquina).
Una vez allá, en la entrada al Cabo, nos dividimos en 2 grupos: los valientes que queríamos hacer 8 kilómetros a pie nos fuimos caminando, mientras que el otro grupo se fue en las camionetas tipo zafari que brindan el servicio. Casi 2 horas de caminata nos separaron del inicio del trayecto a la llegada a las playas que rodean al Cabo, un lugar único, sin energía eléctrica, con un faro que se distingue de las pocas construcciones bajas que hay, y un suelo rocoso bastante heavy después de más de dos horas de caminata.
Recorrimos el cabo en forma circular, de punta a punta, no nos pudimos encontrar jamás con el otro grupo, hasta que (esta vez si) volvimos en las camionetitas hasta la entrada a Cabo Polonio. Volvimos a tomar otro micro a Punta del Diablo, cansadísimos, sin haber almorzado siquiera, y ni volvimos a la casa. Así como bajamos del micro, en el centro, fuimos a un lugar que preparaban unos tacos riquísimos, y terminamos la noche ahí, celebrando por la gran jornada que habíamos pasado!