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Desde Berlín a Cracovia, Auschwitz y Birkenau

Escribe: camarazu44
Desde joven siempre habían sido de mi interés los temas relacionados con la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Siempre me había prometido a mí mismo que visitaría uno de los más importantes campos de concentración en el cual tanta gente había sido aniquilada por su religión, por sus costumbres y por su forma de pensar. Quería hacerlo como un homenaje a aquellos que no lo sobrevivieron. Con la oportunidad de una visita a la casa de amigos en Berlín, fui a visitar Auschwitz en Polonia.

 

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La segunda parte de Auschwitz se llama Birkenau

Brzezinka, Polonia — martes, 3 de agosto de 2010

La llegada a Birkenau se presenta muy lúgubre y triste. El día tampoco ayudaba mucho y el cielo estaba gris, dando un ambiente bastante tétrico. La entrada a Birkenau está formada por los edificios que ya muchos conocemos de otras fotos de Auschwitz y que también vemos en las fotos de mi álbum que acompaña a este diario de viaje. La llegada de los trenes era por una vía de entrada única. Esta vía pasaba por el arco principal del medio. Dentro de Birkenau los trenes eran recibidos en una serie de andenes, creo que eran cuatro o cinco. Allí mismo sobre el andén se hacía la selección, los viejos, ancianos, endebles y lisiados iban directamente a las cámaras de gas. Los otros eran encaminados a los diferentes sectores, hombres y mujeres separados, en los que se les asignaban trabajos. Algunos de ellos que habían conseguido pasar la selección de llegada, eran asesinados al día siguiente o poco más, porque no servían para sus intenciones. El trabajo te hace libre…
 
Subiendo a la torre de control sita sobre la entrada, se ven barracones ordenados en una inmensa extensión. En algunas de las partes de este campo se ve que los barracones han sido destruidos por causa del fuego y solamente permanecen los restos de una chimenea en lo que era el medio de la barraca. La visita a las barracas deja una tremenda impresión de impotencia y de injusticia. Las “camas” se apilan en hileras de varias alturas, muy estrechas, en las que habitaban hasta seis o siete reclusos. Los baños, o lo que se llamaba baño, estaban al final de la barraca y eran muy elementales. Las duchas no creo que jamás hayan funcionado y el agua habrá sido siempre fría. No tengo datos sobre estos detalles.
 
Yo he paseado solo por las barracas, podía entrar en cualquiera de ellas, hacer mis fotos, ver y tocar todo. Me acompañaba un silencio infinito, ni siquiera creo haber escuchado a los pájaros trinar afuera. Todo era silencio. Todo estaba muy limpio, barrido, cuidado. En una de las literas me sorprendió encontrar una rosa fresca, que alguien poco antes había depositado justo sobre ese camastro. Posiblemente alguien que visita el sitio en que ha estado o en que ha estado un familiar, o simplemente alguien que quería dejar un homenaje anónimo. Esa rosa me tocó el corazón. Me pregunté si no podría haber sido mi propia idea llevar unas flores para dejar en Auschwitz, pero admito que no se me había ocurrido. Además, nunca pude intuir lo que se me iba a presentar allí, eso es otra verdad.
 
Fui a visitar los hornos de cremación al final de los andenes, tal como había mencionado antes, están mayormente destruidos para quitar de en medio las “evidencias” (como si el resto del campo no fuese evidencia suficiente). Las “duchas” en las que gaseaban a los prisioneros indeseados y los hornos en lo cuales se incineraban los cuerpos me dejaron una impresión terrible. Vecinos polacos de Oswiecim y Brzezinka pudieron atestiguar más tarde que los hornos echaban humo la mayor parte del día y de la noche.
 
Caminé entre las barracas que estaban en pie, asimilando el sitio y los momentos que habían pasado ya. En una de las esquinas estaba el carro con el cual se retiraban diariamente aquellos prisioneros que habían muerto en los barracones. La gente moría por falta de alimento, por exceso de trabajo, por falta de higiene, enfermedades, epidemias. Y aquellos que sobrevivían todo esto, eran eliminados más tarde.
 
Cuando terminé de ver todo lo que quise ver, me impregné del aire y del ambiente que tanto significaban para mí en ese momento. El autobús volvía al Museo de Auschwitz y llevaba a los visitantes. Nadie dijo ni una sola palabra en el corto viaje, todos estaban asimilando lo que habían visto. Yo también.
 
En el edificio principal del Museo de Auschwitz hice un corto recorrido para asegurarme de que no me había perdido alguna sala o exhibición importante. Se estaban haciendo las seis de la tarde. Crucé la calle para esperar al autobús que me llevaría a Cracovia, justo el terminal que estaba frente a la estación de trenes.
 
Creo que mi cansancio era demasiado. Me dormí en el autobús de regreso y me desperté cuando nos detuvimos en Cracovia. Mi tren salía a las 8 de la tarde con destino a Berlín, y otra vez había reservado una litera. Estoy seguro de que con todo el ruido que pudiese hacer el posible acompañante de la otra litera, como la noche anterior, no hubiese conseguido despertarme. Yo había visto mucho hoy y estaba rendido, mi mente llena de impresiones, que se me han quedado grabadas en el corazón por el resto de mi vida.

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Últimos comentarios

luzy dice:
Debe ser una impresion muy fuerte visitar un campo de exterminio. A veces hablamos de lo lugares lindos que visitamos, pero tambien debemos hablar de los lugares que nos emocionan y como es importante conocer la historia para no repetirla. De seguro tomastes mas fotos, me habria gustado que las ´pusieras. saludos
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aemn68 dice:
Gracias por compartirlo, siempre he tenido gran interes por todo lo que acoge a la Segunda Guerra Mundial y lo que albergan las evidencias de un evento como ese. Espero algun dia visitar Polonia y poder hacer un registro con mis ojos del rastro....
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La entrada a Birkenau con la torre de control

   

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