Bruselas: la capital de Europa

Escribe: Imaginante
La capital de la Unión Europea es una ciudad moderna y cosmopolita, bilingüe, donde los edificios institucionales y de oficinas, los hoteles de lujo y las actividades políticas y diplomáticas tienen gran importancia, lo que lleva a que gran parte de la población sea de origen extranjero. No obstante, su casco antiguo conserva todo el encanto medieval de sus iglesias y gremios de artesanos.

 

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Capítulo 1

Bruselas: la capital de Europa

Bruselas, Bélgica — miércoles, 30 de junio de 2004


Una ciudad cosmopolita

Fundada en 979, su vocación cosmopolita la convirtió en sede del parlamento europeo y de la OTAN. Además aquí se asientan otros mil organismos internacionales.
Ostenta el tercer puesto por el número de congresos internacionales que acoge y es el séptimo mercado financiero del mundo. Todo ello hace que sea muy difícil sentirse extranjero en Bruselas. Un vistazo a su cartelera lo confirma. Junto a los estrenos en francés, neerlandés, inglés y alemán menudean los cines que proyectan películas en holandés y danés.

El corazón de Bruselas se recoge en un pentágono de vías rápidas, más o menos coincidentes con las antiguas murallas de la ciudad. En su centro está la Grand Place, una de las más bellas del mundo. Bordado hecho piedra, dicen los belgas. Todos sus edificios son históricos. Contemplarlos desde cualquiera de sus caberdouches o típicos cafés es ejercicio obligado. Muy cerca está el Manneken Pis, símbolo de la ciudad.

Su vocación cosmopolita hace que se acomode a los gustos e intenciones más dispares. Puede realizarse un recorrido por sus edificios modernistas más emblemáticos, presididos por la inexcusable Horta House, de la calle Americana. O se puede elegir la ruta del cómic, no en vano Bruselas se autoproclama capital mundial del cómic. El punto de partida de este paseo no puede ser otro que el Centre Belge de la Bande Dessinée.

El centro de la zona histórica es la Grand Place, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, flanqueada de pintorescos edificios construidos en el barroco del norte de Europa en el siglo XVII como residencia para enriquecidos burgueses. Entre éstos destaca el Ayuntamiento, considerado como uno de los edificios más bellos de Europa. De esta plaza, especialmente bella bajo la iluminación nocturna, surgen multitud de callejuelas con nombres de antiguas actividades comerciales que muestran claramente sus orígenes medievales. En una de estas callejuelas encontramos el famoso Manneken Pis, una pequeña estatua de un niño orinando en una pequeña fuente que se ha convertido en el más famoso y reconocible símbolo de la ciudad. Esta simpática figurilla posee más de 500 trajes con los que se engalana en muchas ocasiones.

Una de estas callejuelas medievales conduce a la catedral gótica de San Miguel, construida a partir del siglo XIII y que alberga preciosas vidrieras. Otras plazas destacadas son la neoclásica Place Royale, donde se encuentra el Palacio Real, y la de Grand Sablon, elegante punto de encuentro con multitud de restaurantes y cafeterías que los sábados y domingos por la mañana acoge un mercadillo de antigüedades donde se pueden encontrar gangas.

Pero Bruselas no sólo es Edad Media. Entre los siglos XIX y XX la ciudad se llenó de edificios y casas construidas en el hermoso, elegante y altamente decorativo modernismo. Destacan las diseñadas por Víctor Horta -cuyo museo, ubicado en su casa, es un perfecto compendio del arte nouveau, con bellos muebles, lámparas y techos-, la casa Hallet y los hoteles Solvay y van Etvelde. El homenaje al átomo y al progreso científico, la famosa estructura de hierro del Atomium es, con permiso del Manneken Pis, uno de los símbolos de Bruselas.

Donde beber cerveza es un arte


En muchas ciudades del mundo se le rinde culto, aunque ninguna puede rivalizar con la pasión que siente la capital de los belgas por esta bebida.
Bélgica es el único país en el mundo donde se puede estudiar de forma específica el arte de servir una cerveza. Los propietarios de las grandes brasseries tienen que pasar por el Office Belge de l'Art de Servir la Bière, donde se enseña meticulosamente cómo tratar cada una de las decenas de variedades que se producen en este pequeño país europeo.

De todos los colores: blanca, roja flamenca, morena añeja, ámbar, rubia dorada, roja cereza, naranja dulce. En Bruselas se pueden probar cervezas de todos los colores. Cada una tiene un sabor distinto y se suele beber en un tipo de vaso o copa diferente. También hay que distinguir las de alambique lambic, las de las abadías, las que solían hacer los trapenses, las de fermentación alta, baja o espontánea. En la cervecería Moeder lambic (rue de Savoie) ofrecen más de mil marcas distintas. En H2 0 (rue du Marché au Charbon, 27), que tiene una decoración post industrial, se pueden probar las cervezas más duras, indicadas para los amantes de lo heavy.

Museos de la bebida nacional


Cualquier recorrido turístico por Bruselas tiene que comenzar obligatoriamente en la Grand-Place, más aun si se trata de una ruta cervecera. Entre los 20 museos dedicados a esta bebida nacional, el más importante y entrañable está en el número 10 de esta joya urbanística, detrás de la noble fachada de la Casa Gulden Boom. Allí tiene su sede, desde tiempo inmemorial, la Confédération des Brasseries de Belgique, que mantiene un curioso museo dedicado a la cervoise, que es el nombre tradicional que tenía en la Edad Media.

Allí, mientras se saborea una cerveza, de la que no se dice el nombre, se viaja en el tiempo desde una fábrica al estilo del siglo XVII, regida por monjes, a una ultramoderna, donde se puede contemplar cómo se elabora hoy. Antes de dirigirse a los otros museos como el Musée Schaerbeekois de la Bière (Av. L. Bertrand, 33) hay que explorar las distintas brasseries de la recién renovada Grand-Place, ayudados por el espíritu de St. Arnould, patrón de los cerveceros. La más característica es Le Roy d Espagne, conectada sentimentalmente a nuestro país desde la época del rey Carlos, pero hay otras curiosas, como Bierkleder, donde se puede pedir cerveza y música a la carta desde las seis de la tarde.

Muy cerca de allí, atravesando la elegante galería comercial de Saint Hubert, de 1847, se llega a la rue Montagne aux Herbes Potagères, en cuyo número 7 se encuentra La Mort Subite. Un lugar legendario con muchísimo ambiente, cantado por Jacques Brel, donde se rinde culto a la peculiar gueuze, un tipo de cerveza que cuenta con su propio museo en la Brasserie Cantillon (rue Gueude, 56). El nombre de la cerveza y del café proviene de un popular juego de dados practicado en este establecimiento, cuyo final puede ocurrir de forma súbita. La gueuze hay que tomarla siempre sin gas ni espuma.

Desde allí, y siguiendo el itinerario que precisamente propone la Fundación Jacques Brel que tiene su sede a dos pasos, en la Place de la Vielle Halle aux Blés, se pueden descubrir otras brasseries o estaminets (la diferencia es más simbólica que real) vinculadas a la música. La más especializa en música francesa es Goupil le Fol, que se encuentra en la rue de la Violette, 22. Quien busque un ambiente más rockero, donde codearse con un público mayoritariamente joven y poder encontrar litronas, debe acudir a Le Corbeau, en la rue Saint-Michel, 18-20. Por otro lado, los amantes del bel canto tienen su rincón en La Lunette, en la Place la Monnaie, 3. Allí se evoca el mundo de la ópera, cuyo teatro está enfrente.

Otra pintoresca calle del casco antiguo idónea para ir explorando los secretos de la cerveza belga es la Rue du Marché aux Herbes.

La ciudad modernista

Del «art nouveau» al surrealismo: Bruselas tiene posiblemente el mayor número de edificios art nouveau de toda Europa, al haber sido la cuna de este movimiento. Uno de los más emblemáticos es el que alberga la cervecería Le Falstaff, en rue Henri Mauss,17. Abierta al público desde 1903, mantiene un estilo decadente y señorial. Allí se puede pedir por ejemplo una cerveza kriek, que tiene su propio museo en la Brasserie Belle-Vue (Quai de Hainaut, 43).

Después de visitar el Museo de Arte Moderno, donde se conserva la mayor colección de obras de los surrealistas belgas como Paul Delvaux o Magritte, no queda más remedio que conocer el cuartel general de estos artistas en los años 20. La Fleur en Papier Doré está en la rue des Alexiens, y en su interior nada ha cambiado desde aquellos tiempos. Todavía más populares son Rodenbach, Liefmans, Palm o De Koninck. El recorrido puede terminar en el Museo Brueghel. Allí murió el hombre que mejor pintó los ambientes de taberna del siglo XVI. Está enclavado en Marolles, barrio especializado en antigüedades y que cuenta también con cervecerías tradicionales.

Bruselas es, ante todo, surrealista. A través del “zwanze”, su particular forma de humor popular. En las extravagancias del Atomium o del Palacio de Justicia. En toda su belleza, que no se descubre sino poco a poco. Me dejo llevar por las arterias de esta Bruselas extraña donde se establecieron numerosos artistas de los años 20. Se deja paso a lo insólito con motivo de la gran retrospectiva consagrada en 1999 a James Ensor.

Vidrieras de la creatividad

Las atractivas tiendas de las prestigiosas arterias de la capital incitan a tomar algunas de ellas. En las Galerías Saint-Hubert y, un poco más lejos, en la calle Antoine Dansaert, puedes dejarte seducir por las más recientes creaciones de los estilistas belgas, siguiendo las últimas tendencias de la moda masculina o femenina. Cruza las puertas de pequeños establecimientos insólitos que te contarán la historia de Bruselas y sus habitantes. Así hasta llegar a lo más selecto de la ciudad, donde las firmas del bulevar de Waterlo impregnan el ambiente del lujo y la voluptuosidad de la moda de los “grandes”.

El barrio europeo

Al dirigirte al centro de la ciudad, dejando atrás el parque del “Cinquantenaire” (Cincuentenario), descubrirás el busto de Robert Schuman, uno de los fundadores de Europa. Más allá, la renovación del Berlaymont manifiesta con fuerza la implantación de la sede de la Comisión Europea en este centro. Al bajar, en dirección al parque Léopold y a la estación de Luxembourg (Luxemburgo), verás los nuevos edificios del Parlamento Europeo, “la casa de cristal en la que se construye Europa”.

Bruselas siempre ha mostrado un carácter europeo e internacional. En la explanada del Heysel, el gran recinto del palacio de exposiciones y el Atomium evocan las exposiciones universales de 1897 y 1958. Al pie del Atomium, “Mini-Europe” presenta en miniatura el patrimonio europeo a través de un recorrido entre sus más hermosos monumentos y de una exposición interactiva sobre la Unión Europea.

Esplendor Real

Situada en el corazón del Estado Federal, Bruselas es ante todo la capital del reino. La plaza Real parece minúscula con su estatua ecuestre de Godofredo de Bouillon triunfante; sin duda para incitarme a explorar las joyas que la rodean.

Dejando atrás los Reales Museos de Arte Moderno y de Arte Antiguo se llega al Parque de Bruselas, atravesado por agradables senderos perfectamente simétricos, como queriendo establecer una conexión entre los elegidos del pueblo (el Parlamento) y la monarquía (el Palacio).

Llama la atención una de las fachadas del Palacio, sobre la que destaca un bajorrelieve que representa a Bélgica, sujetando en una mano la bandera nacional y en la otra un medallón con la efigie de Leopoldo II, el “Rey constructor”.

Cuento de hadas

El otro Palacio, el de Laeken, es la residencia de los soberanos desde 1830. En un día de primavera, recorrer sus sendas hasta internarse en los invernaderos del Parque Real, con una hectárea y media de galerías oblongas y cristalinas podrás saborear un sutil perfume de esencias raras.

Sin lugar a dudas se encuentra aquí una de las más bellas colecciones de naranjos del planeta.

Inestimables riquezas

En el eje entre dos fuentes, el conjunto arquitectónico del Cincuentenario erige sus monumentales arcadas. Desde su construcción en 1880, para conmemorar el 50 aniversario del Reino de Bélgica, alberga mil y un tesoros bajo las enseñas del Real Museo del Ejército y de Historia Militar, el Museo del Automóvil (Autoworld) y los Reales Museos de Arte y de Historia.

Como tantos niños belgas, se van descubriendo como quien abre un regalo. Aquí es donde se explora Egipto, en el segundo piso, entre las 9.000 obras de arte y objetos traídos del Valle del Nilo.

La Bélgica colonial

El Real Museo del África Central de Tervuren es testigo de la gran potencia que fuera la Bélgica colonial legada por Leopoldo II; sus veinte salas de exposición resultan tanto más grandiosas si tenemos en cuenta que son testimonio de épocas pasadas. Bélgica rememora aquí sus ambiciones y a tienta a seguir con el recorrido por la ciudad lleno de descubrimientos.

Todos los géneros


¿Le gusta la música clásica? Deberás entonces conocer La Moneda, uno de los “templos” líricos más conocidos de Europa. Clásico entre los clásicos, donde se interpretan “Otello”, “Parsifal” o bien “Orfeo”, entre otras obras igualmente célebres.
También ballet clásico : Anna Teresa De Keersmaeker ha establecido aquí su residencia. Conciertos clásicos, con el denso programa de los 70 años de la Sociedad Filarmónica de Bruselas. Se rinde homenaje a grandes compositores como Bach, Händel o Debussy, además de incorporar repertorios menos conocidos y otros estilos musicales procedentes de todo el mundo.

No hay que olvidar los diversos festivales que dan ritmo a la ciudad durante todo el año. El prestigioso Festival Internacional de Flandes programa unas 300 manifestaciones dentro y fuera de la capital; mientras que el Festival Internacional de Valonia reafirma de año en año su carácter creativo. Habrá también que permanecer todo oídos a la audacia de Ars Música, un festival de música contemporánea, pleno de entusiasmo innovador.

En abril, descubra “La primavera barroca”, en la que el Sablon rememora su pasado glorioso.

Museos

Continuando desde la Plaza Real, los Reales Museos de Bellas Artes de Bélgica me abren sus puertas. Arte antiguo y arte moderno se encuentran a pocos metros de distancia y unidos por un pasillo, facilitando una agradable y completa visita.
Para empezar, puedes disfrutar contemplando las obras de arte de Rubens, Breughel o Jérôme Bosch.

Muchos quedan perplejos ante la sala Breughel, que agrupa algunos de los mejores cuadros del Maestro. “El censo de Belén”, “La adoración de los Magos”, “La caída de Ícaro” (…). Constatando igualmente que la selección de pinturas holandesas del Siglo XVII es una de las más importantes de Europa…

Continuando en el subsuelo de la sección de Arte moderno, donde se pasa del fauvismo al expresionismo o al surrealismo. En el antiguo Palacio de Carlos de Lorena se presentan las diversas formas de expresión modernas como si se tratase de joyas en un magnífico estuche. Un amplio tragaluz derrama como por encanto una luz cristalina sobre la zona central de los distintos niveles y esa luz muestras las fabulosas formas y contornos de esculturas maravillosas... imposible no arrobarse ante la visión.

Las musas salen a la calle

La música no se limita a las salas de conciertos, se encuentra en cada esquina de las calles de Bruselas. Y no me refiero sólo a las charangas y las fiestas que hacen vibrar regularmente las aceras y los parques de la ciudad, sino también a los ritmos sincopados del jazz.

Pasada la inspiración del Festival de Otoño, las tibias noches del mes de mayo se llenarán de las alocadas notas del swing y del blues, durante el Brussels Jazz Marathon. De las bocas del metro a las terrazas de los cafés, pasando por escenarios improvisados al aire libre, Bruselas se revoluciona, inyectando alegría en las venas.

Terrazas y marionetas

A principios de la tarde, en la terraza de un café se respira una atmósfera festiva. Los bruselenses de toda la vida se mezclan con la nueva generación y los turistas, dando lugar a un alegre contraste. Ahí donde vaya, la lista de cervezas en el menú despierta curiosidad.

Se necesitaría una noche entera para evaluar los respectivos encantos de la Faro, la Gueuze, el Lambic o la Kriek y otros tantos bares de cervezas

El recorrido del Gourmet

A todas luces, en Bruselas se disfruta de los placeres de la buena mesa. En la Guía del Gourmet figuran más de 200 establecimientos. La gastronomía bruselense ofrece sus exquisitas croquetas de camarones, su “stoemp” (puré de patata y verduras), su “américain” (preparación de carne picada) con patatas fritas, su conejo a la cerveza “gueuze” o su “waterzooi”(cremosa sopa de pollo y verdura). De la simple cazuela de mejillones acompañada de patatas fritas al más fino restaurante, aquí se come francamente bien. Es una suerte poder contar con tal variedad gastronómica.

Magritte, Hoy

Sus pinturas se basan en la realidad cotidiana, sin embargo cambian los parámetros. Las modificaciones de escalas perturban la jerarquía de los motivos, se alteran las cualidades específicas y se permutan las funciones.

Pese a conservar como centro de inspiración su villa natal, Ostende, James-Sydney Ensor estableció en Bruselas su segunda residencia. Basta con ver su “Entrada de Cristo a Bruselas”, donde se revela como observador implacable, reflejando una amarga ironía. Su original imaginación resulta turbadora, traduciéndose en expresiones fantásticas, muy cercanas a Bruselas. ¿Quién negará hoy en día que Ensor ha sido un precursor del surrealismo?

Sus barrios

La Plaza Mayor (Grand Place), centro neurálgico de la ciudad baja y de la capital, es una suma de edificios corporativos con nombres tan pintorescos como El Zorro, La Loba, La Bolsa o El Cucurucho.

Alberga estilos como el gótico, el barroco o el renacentista, y sus edificios otorgan a su vez una belleza al conjunto que la hace única.

Destrozada en 1695, sólo se salvó el Ayuntamiento (que data de 1455), mientras que el resto fue reconstruido como réplica exacta de los edificios de la época.

Bruselas es una ciudad de 1.200.000 habitantes, que puede dividirse en cuatro segmentos bien diferenciados.

Así, por un lado está la denominada ciudad baja que abarca desde la imponente Plaza Mayor hasta el minúsculo Manneken Pis, y lugar cuyos edificios datan de finales del siglo XIX y principios del XX.

Por otro lado, la zona del Atomium como monumento dominador, además del Bruparck y el estadio de Heizel que da nombre a este segmento.

En tercer lugar se encontraría el Barrio Real con los parlamentos nacional y flamenco, el Palacio Real o los museos de Bellas Artes y Moderno como elementos más significativos.
Por último, el barrio europeo que alberga los edificios administrativos de la Unión Europea.

También alberga este barrio el Parlamento de la nación y el flamenco y, sobre todo, el Palacio Real (terminado en 1865), cuyas espléndidas salas sólo se encuentran abiertas a los visitantes unos meses al año y que son recuerdo de una época en la que Bélgica llegó a ser la cuarta potencia comercial del mundo.

Tanto los parlamentos como el palacio se hallan divididos por el parque Warande, de proporciones exactas.

Restaría por visitar el lado artístico que está representado por los dos museos de reales de Bellas Artes. Por un lado, el de arte antiguo (pintores flamencos, Peter Paul Rubens o Anthony Van Dyck), y por otro el de arte moderno (Delvaux o Magritte).

Y quizá para finalizar esta visita parcial, no hay que olvidarse del Palacio de Justicia aunque sólo sea por haber sido en su día la mayor construcción civil de Europa.
Si lo que quieres es visitar es el lugar donde se encuentra enterrado otro excelente pintor, Pieter Breughel, éste se halla en la iglesia Kapellekerk, también en el Barrio Real.

El atomium

El Atomium, por su parte, puede considerarse junto con el Palacio de Justicia, la excentricidad belga, con sus 9 átomos aumentados nada menos que 150 billones de veces, sus 102 metros de altura y sus 2.400 toneladas de peso.

Construido con motivo de la Exposición Universal de 1958, fueron necesarios 15.000 trabajadores durante tres años para finalizar el monumento.

Se encuentra a las afueras de la ciudad, en el barrio de Heizel, dentro del Bruparck, y junto al estadio de fútbol y al parque Mini-Europe, que alberga representaciones en miniatura, en proporción de 25/1, de los símbolos más característicos del continente.

La entrada al Atomium no es barata pero siempre merece la pena adentrarse en este monumento, subir (en ascensor) hasta el átomo más elevado y disfrutar de unas magníficas vistas de la ciudad.

La comodidad es total ya que el descenso se efectúa mediante escaleras mecánicas y, a menudo, algunos de los átomos se convierten en salas de exposición.


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