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El niño viajero
Escribe: Jose-pfa
Recuerdo aquellos viajes en tren a partir de mis cinco años, cuando de la mano de mi madre me iba a veranear a Bronchales (Sierra de Albarracín, el pueblo más alto de Aragón). Aquel tren lento, ruidoso, chirriante y de una magnética fascinación cuando entraba en los túneles...
El niño viajero
Bronchales, España — miércoles, 29 de julio de 2009
de mi madre me iba a veranear a Bronchales (Sierra de Albarracín, el
pueblo más alto de Aragón). Aquel tren lento, ruidoso, chirriante y de
una magnética fascinación cuando entraba en los túneles, me cautivaba
más que la propia estancia en el pueblo. Aquellos vagones de color
verde militar, con un pasillo y compartimentos para seis u ocho
personas con puerta propia, con olor a gravera y gasoil por fuera, y a
tortilla de patata y lomo empanado por dentro, parecían tener vida
propia cuando se movían y te movían como en un vals acompasado cuya
pareja fuéramos todos los pasajeros.
La comitiva solía estar formada por otras madres veraniegas con niños, con
los que yo acababa jugando o riñendo, a veces militares, a menudo
aldeanos con embutido casero para sus hijos de la ciudad, y siempre la
figura imponente del revisor, con su gorra y la siniestra tenacilla de
picar el billete.
A juzgar por el mutismo y las caras ausentes de la mayoría de los
adultos, aquellos viajes debían ser un auténtico coñazo para ellos,
pero a mí se me iba el tiempo correteando por el pasillo, buscando una
ventanilla abierta por la que sacar la cabeza cuando mi madre no me
veía, luchando contra el mágico terror a pasar de un vagón a otro por
aquellas planchas de acero que se movían amenazando con abrirse a mi
paso, gastando con una sonrisa maliciosa todo el jabón en polvo que
salía de aquellas jaboneras-molinillo, o mirando embobado el discurrir
de las vías y sus traviesas desde la puerta de cierre del vagón de cola.
Solía quedarme quieto al oír el silbato del jefe de estación, tras cada una
de las incontables paradas en pueblos o apeaderos, y notar el primer
tirón de la locomotora, ese que te movía ligeramente hacia atrás por
efecto de la inercia; me gustaba cerrar el compartimiento en búsqueda
de intimidad o complicidad con los ocupantes del mismo, poner la cara
en el eskay de los asientos y empaparme de su olor, ser el primero en
decir en voz alta el nombre de cada estación en cuanto aparecían, o
mirar inquieto a través del agujero del retrete, para ver el suelo de
las vías pasar.
Años después, recordando momentos como aquellos, descubrí que ya desde
pequeño prefería ir que llegar y viajar que arribar. El mundo está
lleno de lugares, sensaciones y gentes, también (y sobre todo) por el
camino, cuyo conocimiento y descubrimiento son la esencia de todo
viaje, y yo sin darme cuenta estaba gestando en mi interior la semilla
del gusto por la cultura viajera, esa en la que el destino al que vas
no existe como tal, sino que es la experiencia que empiezas a vivir
cuando cierras con llave la puerta de tu casa.
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Últimos comentarios
nanoinca dice:
Hola Jose!!! qué increíble, pero hasta no leer éste relato-memoria tuyo no me daba cuenta de que tenía muy adentro mío recuerdos muy parecidos. Y la verdad que extraño al tren. Sí quedó en mí el alma viajera y las ganas constantes de conocer y experimentar todas esas sensaciones que, como decís, el mundo tiene para darnos. Un abrazo
Publicado
un viajero dice:
Me encantó tu diario!!!..una belleza ese relato con los recuerdos de infancia ...de algo tan mágico como el tren para un niño ![]()
felicitaciones!!!!!
Un abrazo.
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chicheritos dice:
Hola José que lindos recuerdos del viaje en tren, a mi me pasaba lo mismo cuando iba al campo con mi madre a visitar a mis abuelos, lamentablemente en mi país el tren casi dejo de funcionar o lo hace muy poco y con un pésimo servicio, pero los recuerdos de mi infancia siguen presente en la figura del tren. Un saludo desde Buenos AIres de Mariana
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Jose-pfa dice:
Nanoinca, me alegro de que mi relato te haya despertado la nostalgia. No importa que algunas experiencias no se vuelvan a repetir, lo realmente importante es no dejar de acumularlas.
Gralapata, si que tienen magia los trenes para un niño. ¿Y quién no ha jugado de pequeño en las estaciones viejas de tren, trepando en los vagones de mercancías, o poniendo monedas o piedras en las vías…? qué añoranza!!
Mariana, aquí en España apenas quedan trenes de aquellos. El tren AVE (Alta Velocidad) los ha sustituido dando paso a la funcionalidad en detrimento del encanto. Cierto es que plantarse en Madrid (300 km) en una hora es todo un adelanto, pero el espíritu viajero ha desaparecido por completo.
Un abrazo a todos y gracias por vuestros comentarios.
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jimenez225 dice:
Revivi esos mismos recuerdos de mi niñez en los trenes. Gracias por traerlos a mi vida.
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Carmen_G_A dice:
Algo me debe quedar a mi de niña que siempre que puedo, lo utilizo para viajar. Me gustan los trenes y las estaciones, los bares de estacion y el trajin de la gentee que viene y va. Me gusta el vaiven del tren, aunque esto tambien esta desapareciendo, aun asi es un placer viajar en tren. Me gusta utilizar los nocturnos, que desgraciadamente, tambien van desapareciendo y sustituidos por Aves.
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1
El niño viajero
Bronchales, España | 29 de julio de 2009
En Bronchales...
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