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Amazonas: el último tesoro del planeta (parte I)
Escribe: Divagante
De los pocos parajes paradisíacos que quedan en la Tierra, el más representativo de ellos es la cuenca del río Amazonas que cruza de un extremo a otro la parte septentrional de Sudamérica. La región de la Amazonía abarca alrededor de siete millones de kilómetros cuadrados de una densa vegetación. Esta selva situada en el norte de Suramérica se reparte por los territorios de Colombia, Brasil, Perú, Venezuela y una pequeña zona en Ecuador.
Amazonas: el último tesoro del planeta (parte I)
Brasil — lunes, 14 de febrero de 2005
La Amazonía cuenta con una reserva natural de grandes proporciones, su biodiversidad la convierte en el mayor ecosistema de todo el mundo. Su clima de selva lluviosa es ideal para las 60.000 especies arbóreas que alberga con plantas que llegan a superar los 100 metros de altura. En cuanto a la fauna, se pueden encontrar centenares de tipos de mamíferos, nada comparable a las 1.500 aves y peces diferentes ni a los dos millones de insectos de distintas especies. Aún así queda un gran número de reptiles, anfibios y microorganismos por clasificar.
Los primeros habitantes de la cuenca del Amazonas se vieron obligados a retirarse y prácticamente a desaparecer por las invasiones del pueblo Inca y más tarde por la llegada de los colonos españoles. El primer explorador que recorrió íntegramente el río fue Francisco de Orellana, teniente Gobernador de Guayaquil (Ecuador) en 1542 que dio el nombre de Amazonas al río por las leyendas de mujeres guerreras que habitaban su rivera.
El agua es todo en el Amazonas. En la época de las lluvias, enormes extensiones de selva quedan totalmente anegadas por las aguas desbordadas de los ríos, permitiendo a los peces comer en abundancia los frutos y semillas que escasean en las orillas. Cuando se habla de explorar el Amazonas se está hablando de remontar el cauce de algún gran río y de navegar en canoa por los «igarapés», profundas y estrechas lenguas de agua que se adentran en la selva.
Los indígenas elegían frecuentemente estas aguas mansas y abrigadas para establecer sus poblados junto a ellas. Toda vida humana depende del río en esta tierra. Por eso no hay mejor manera de conocer los secretos étnicos, botánicos, biológicos y humanos de esta selva inmensa, ominosa y fascinante que un recorrido en barco. «El Desafío» es una goleta española del siglo XVI, seguramente mucho mejor que los galeones con que surcara por primera vez esas mismas aguas Orellana en su extraordinaria aventura amazónica.
Se trata de una réplica construida a primeros de siglo y remozada para convertirse en un yate de lujo, con aire acondicionado y todas las comodidades. Dos veces por semana remonta con majestuosidad la corriente, echa el ancla al atardecer y los pocos privilegiados viajeros que ocupan sus confortables camarotes inician entonces una auténtica exploración de la selva guiados por Rubén, un «caboclo» que conoce el habla de todos los pájaros y se tutea con los temibles «jacarés» que habitan en las riveras.
La selva amazónica
La inmensa selva ecuatorial oculta una fauna abundante, aún pendiente de una clasificación completa. En la Amazonía existen 4,000 tipos de mariposas, más de 2,000 clases de peces, 1,700 de aves y el 20% de las especies de primates del planeta. Bajo su extraordinaria frondosidad conviven diferentes hábitats y la mayor diversidad genérica del mundo animal. La riqueza biológica se explica porque durante millones de años el ecosistema amazónico ha permanecido inalterado.
Fauna y flora
Toda la flora y fauna de la selva tropical húmeda americana está presente en la Amazonía.
Los científicos afirman que allí existen innumerables especies de plantas todavía sin clasificar, miles de especies de aves, innumerables anfibios y millones de insectos.
Desde los insectos hasta los grandes mamíferos como el jaguar, el puma, la denta y los venados. Reptiles como tortugas, caimanes, babillas y serpientes también lo habitan. Hay aves y peces de todas las especies, plumajes y escamas. En las lagunas a lo largo del Amazonas florece la planta Victoria Regia, cuyas hojas circulares alcanzan más de un metro de diámetro.
Es tan amplio su aporte en especies de peces y plantas acuáticas que enumerarlas todas sería prácticamente imposible.
Para todos los aficionados al acuarismo, se trata de la fuente que provee la mayor cantidad de especies piscícolas que hoy en día pueblan los comercios y acuarios de todo el mundo.
La selva amazónica constituye la décima parte de todos los bosques del planeta. El oxígeno de la humanidad se purifica mayormente en la Amazonía.
Sumergiéndonos
El río Amazonas tiene más de seis mil kilómetros de largo, de los cuales unos tres mil 200 concentran la mayor actividad, entre la ciudad peruana de Iquitos y la desembocadura en Brasil. En el delta, puede alcanzar un ancho de 350 kilómetros.
Su pendiente, en cambio, es asombrosa por lo escasa, pues sólo tiene 60 metros en más de dos mil kilómetros, un factor que modera su corriente, y por lo tanto facilita la navegación río arriba.
La cultura occidental tuvo conocimiento de este universo moderado por un río de tan grandes dimensiones a mediados del siglo XVI, cuando el aventurero alucinado Francisco de Orellana llegó accidentalmente hasta el cauce y lo navegó hasta la desembocadura: fue entonces cuando vio poblados compuestos sólo por mujeres, cual amazonas de la mitología griega.
Desde entonces la historia se ha precipitado. Primero vinieron las colonias, las disputas entre España y Portugal, la exterminación de las etnias indígenas, la búsqueda del oro, y el descubrimiento de las verdaderas riquezas naturales.
Durante las últimas décadas del siglo pasado se prendió la fiebre del caucho, que creó fortunas, miserias, y dio inició al gran poblamiento del río y sus alrededores. Desde zonas empobrecidas por la sequía, llegaban los futuros amazónicos.
Aunque el caucho ya no produce fortunas, en el Amazonas aún existen algunas riquezas, y el río provee la comida, por lo cual las migraciones no se han detenido. Ahora sueñan con oro y otros minerales preciosos o estratégicos, algunos con trabajos de sueldos altos en proyectos de bauxita, hierro o petróleo en misteriosas ciudades de acceso restringido ubicadas en algunos ríos tributarios. Otros, sólo con sobrevivir.
En esta región del mundo, los "caboclos" son los habitantes del río y los tributarios. Son quienes nacen en las riberas, son descendientes de inmigrantes, son navegantes, vaqueros y agricultores, son pobres, algunos han llegado a ser ricos, son los cargadores de los puertos, y las mujeres que cocinan en las calles.
Sus vidas transcurren entre el paisaje impresionante, un clima de gran dureza con calores que hacen desaparecer a los seres vivos alrededor del mediodía, con humedades espeluznantes. Es la realidad de una región selvática.
Los mercados llenos de frutas coloridas con las formas más extrañas, los pescados enormes. La superficie eterna del río. Las tormentas eléctricas con los relámpagos en peligrosa cercanía. Los mosquitos y otros bichos. El sol hirviente. La mirada rara de los que buscan fortuna. Las tiendas de tela por metros en los pueblos. Las gasolineras flotantes. Las esperanzas de los caboclos. Pobreza y riqueza. La fiebre del oro, la del manganeso, la del cultivo de guaraná. Las tiendas que compran pimienta del reino, cacao y café. Los fuertes de los portugueses. Los atardeceres impresionantes del río Amazonas. El aroma agrio de la farinha de mandioca (harina de yuca). O el ruido de las lluvias.
Paisajes infinitos
En las riberas del río Amazonas los seres aprenden a tener paciencia con las distancias, pues todo está lejos. Las horas pasan durante las travesías, mientras las embarcaciones surcan unas aguas que parecen interminables rumbo a puertos llenos de humedad y calor.
Y aunque siempre es inquietante navegar por el río más grande del mundo, quienes viven allí se habitúan a sus dimensiones. Las embarcaciones, los puertos y la gente forman parte del paisaje, en una región del mundo donde florecen los delirios.
La mayor alucinación para quien no está acostumbrado a este río, es la de pensar en el mar: a veces la mirada se pierde en el horizonte, sin ver la otra orilla. Pero casi no tiene olas, y parece que tampoco tuviera corriente: sólo una tenue ondulación contradice la sensación de inmovilidad de sus aguas.
En los embarcaderos esparcidos a lo largo de miles de kilómetros del río Amazonas y sus tributarios, se apiñan las canoas, los barcos de madera de todos los tamaños, algunos buques de calado mayor. Desde los mercados cercanos surgen aromas de pescado frito, y los vendedores ofrecen frutas exóticas.
Los seres de las riberas tarde o temprano terminan por internarse en las aguas de color marrón, un poco amarillentas. Troncos y plantas acuáticas recorren la superficie, mientras los pescadores acechan a sus presas, que capturan con pequeñas redes o con arpones. La inmensidad y la totalidad del paisaje, la singularidad con que se desenvuelve la vida al lado de un río así, producen otra alucinación: la de estar en otro mundo. Sin embargo, gran parte del Amazonas de fines del siglo XX tiene que ver con este mundo. En sus riberas hay dos ciudades de más de un millón de habitantes, Belém y Manaus, y durante más de tres mil kilómetros hay abundancia de ciudades más pequeñas, pueblos, comunidades, o a veces simples casas que se ven incrustadas en la orilla, en medio de una nada, que a la vez lo es todo. Ya es un lugar común: dicen que es el mayor pulmón de la Tierra.
Las riquezas amazónicas son enormes, y el río ha sido la gran puerta de entrada para tratar de apoderarse de ellas. Por eso prolifera el poblamiento de sus orillas, de sus afluentes, y de algunas carreteras que se han abierto en la región. La publicitada selva virgen sólo es posible lejos de los lugares por donde transitan los inmigrantes y aventureros. Personas que, huyendo de la pobreza en otras regiones o buscando una fortuna, son capaces de llegar hasta el fin del mundo.
En todos los centros poblados, los embarcaderos son los sitios más activos. Los barcos de todos los tamaños parten rumbo a otros puertos, a veces hacia lugares recónditos perdidos a días de navegación por un afluente menor, a veces sólo hasta alguna de las ciudades.
Navegando en un sueño
La realidad cambia cuando se llega a la cubierta de los navíos que recorren el río Amazonas. La vida allí encima es diferente, y hasta el rostro de quienes comparten las travesías parece distinto al que tienen en tierra firme.
Casi todos los barcos del río y sus tributarios son de madera. Los mayores, llamados "recreios" en Brasil, tienen una forma ligeramente ovalada, y suelen ser un poco arqueados, pues la proa y la popa están un poco más elevadas que la parte central. Algunos son hermosos, radiantes sobre la superficie, mientras otros están asediados por el deterioro. Y en las orillas a veces se puede ver una carcaza en descomposición, como una huella del pasado, o el rastro de un accidente.
Los barcos más pequeños generalmente viajan hacia las comunidades agrícolas, zonas que en los embarcaderos son descritas como "el interior". Son misteriosos pues sus destinos parecen remotos. No recorren muchos kilómetros, pero sus motores pequeños, sobrecargados, pueden demorar largas horas en cubrir pequeños trayectos.
En cuanto a los Recreios, los hay de uno, dos o tres pisos, con variaciones en el ancho y el largo. Pero todos tienen algunas cosas en común, como sus barandas de madera, las bodegas de sus entrañas, o los timoneles que van en la punta protegidos por un vidrio. Por la noche desde allí manejan un potente reflector que alumbra la superficie y, prendido en forma intermitente, sirve para tratar de evitar choques contra troncos o canoas sin luz.
Los de varios pisos ofrecen algunos camarotes y áreas de primera y segunda clase donde se duerme en hamacas. La calidad de los viajes puede variar, pero nunca son excursiones de placer. Sobretodo porque casi todos los viajes implican pasar más de un día entero allí, y algunos hasta una semana. O aún más...
Tanto en primera como en segunda los pasajeros que duermen en las hamacas, colocan el equipaje en el piso. Los lugares para colgar las hamacas, así como las secciones de hombres, mujeres y parejas, suelen estar indicados pero no se respetan.
Lo habitual es que estos barcos zarpen muy llenos, de manera que las cubiertas se transforman en una maraña de hamacas entre las cuales deambulan los pasajeros. En general se colocan unas junto a las otras, pero a veces hay demasiada gente y entonces se cuelgan a varios niveles, unas encima de otras.
Uno de los aspectos que hace variar la calidad de los barcos es el número de baños y su limpieza. Otra es la suciedad de las cubiertas, que por el número de pasajeros, y también por la falta de higiene, pueden alcanzar momentos próximos al colapso. También cuenta la comida, que suele ser abundante, pero monótona y muchas veces mal preparada.
Hay otro factor que puede tener prioridad en los Recreios: la existencia de una terraza. Los de tres cubiertas, siempre destinan el último piso para el esparcimiento de los pasajeros, y es allí donde se puede escapar del hacinamiento, mirar mejor el paisaje, o beber una cerveza helada.
Cruzando fronteras
Un río demasiado ancho, y tan largo. El Amazonas está lleno de historias y situaciones tan particulares, que sólo pueden ser protagonizadas por pobladores osados instalados en sus orillas. En la parte alta, la vía fluvial es el eje de una frontera triple entre Colombia, Perú y Brasil, donde la gente habita lugares con nombres como Leticia, Tabatinga o Islandia.
En medio del silencio de las noches amazónicas, el rumor del río tampoco se puede escuchar. Algunas veces, sin embargo, la masa de agua se alumbra con lejanos relámpagos que ponen al descubierto las siluetas de barcos y casas pertenecientes a seres de tres países, cuya existencia transcurre en medio de una fluvialidad desencadenada.
"No va a llover, eso es seguro", comenta en forma espontánea una señora que parece entender del asunto. Minutos después se desata un aguacero en la ciudad colombiana de Leticia, el agua cae sin cesar durante unas 20 horas, pero nuevamente el río Amazonas, inmóvil, parece no darse cuenta.
Ante tanta humedad, se busca refugio en los bares o fuentes de soda. "Aquí antes había mucha plata de la coca, pero casi no se podía vivir", recuerda Joel, uno de los tantos guías que buscan conversación en Leticia. "Mire jefe, podemos salir cuatro, o hasta 10 días, selva adentro, vamos a ver animales salvajes y pueblos indígenas, donde no va nadie", es su oferta alrededor de la cerveza en una noche vaporosa.
Leticia, que en sus épocas más agitadas fue una perla del narcotráfico, es una localidad aparentemente apacible de unas 25 mil personas ubicada entre la selva y el río. Justo allí el Amazonas tiene tres fronteras, entre Colombia, Perú y Brasil.
En la zona existen unos cuantos centros poblados, aunque la colombiana Leticia es la más consolidada. A su lado, en la ribera norte del río, está la brasileña Tabatinga, igual de grande pero un poco más precaria. En la ribera sur, Brasil tiene a Benjamín Constant, y Perú algunas localidades más pequeñas y pobres, como la irónica Puerto Alegría o la efímera Islandia.
La gente de estos poblados practica una convivencia dinámica. Atrás quedó el pasado colonial, cuando España y Portugal disputaban la supremacía en el gran río. Y al parecer también fueron enterrados algunos desacuerdos limítrofes posteriores.
Ahora las canoas, lanchas y barcos de diverso tamaño comunican todos estos puntos surcando las aguas del Amazonas. A los de Leticia les gusta ir a tomar caipirinhas a Brasil, mientras que brasileños y peruanos frecuentan la ciudad colombiana. Los residentes de cada localidad, por otra parte, son una mezcla de las tres nacionalidades, que habla portugués y español.
Como en el resto del río, mucha gente vive de la agricultura y la pesca. Frutas extrañas, o de las más conocidas pero de tamaños irreales, pueblan los mercados de Leticia o Tabatinga. Y hay decenas de variedades de peces, con nombres que recuerdan el origen de las cosas: pirarucú, tucunaré, jaraquí o tambaquí.
Como todos los lugares que se debaten con la realidad, Leticia también está llena de mitologías, que a veces existen de veras. Como la enorme casa, o la hacienda misteriosa, que todos atribuyen a un narco. O como los cuentos sobre el gringo que ahora está preso, pero en otra época tuvo barcos que trajeron al pueblo una discoteca desde Miami pedazo a pedazo.
También dicen que el nombre lo puso un ingeniero, cuya novia se llamaba Leticia Smith. Además está el guía conocido como Alberto, un tarzán moderno que salió en televisión cuando recorría decenas de kilómetros del río nadando, o los gringos que según el decir de la gente aparecen a veces por el pueblo y pertenecen a una base secreta de la DEA estadounidense.
En el zoológico, don Luis lucha para mantener la colección de animales del Amazonas. Algunas tardes, él y sus ayudantes usan palos para empujar varios kilos de carne dentro de una boa demasiado letárgica para alimentarse sola. "Si no, se muere", asegura el encargado del parque.
Taxis Volkswagen recorren unos 2 km de la avenida Internacional hasta Tabatinga, donde hay menos asfalto, menos luz, menos agua, y más pobres. También hay más bares.
Al igual que otros puntos amazónicos, Tabatinga y Benjamín Constant reciben inmigrantes de otras zonas más pobres de Brasil, y eso determina su crecimiento. En este caso, es indudable que la posibilidad de negociar con Colombia abrió muchas puertas en alguna época, y sigue ofreciéndolas. La mayor parte de los pescadores brasileños de este sector del río, por ejemplo, vende sus capturas en Leticia.
A mediodía un sol inclemente acecha las calles de este confín brasileño. "Aquí la vida es dura, mucho más que en las ciudades", dice Cosme, dueño de un bar donde vende cerveza y guaraná. Pero también comenta que todo el mundo come, al menos pescado, plátano, yuca, frutas.
Un barco de unos 20 metros de largo, con motor a popa y barandas a los costados, del tipo que en Brasil llaman "recreio", cruza el río hasta Benjamín Constant, desde donde zarpan otros barcos hacia la gran ciudad, Manaus.
Las calles de Benjamín... también son polvorientas aunque es evidente que el lugar está más consolidado. Aquí y allá queda insinuada la presencia militar (después de todo, es una frontera). Y en las cuadras principales el movimiento se concentra en torno a las tiendas de inmigrantes arábigos, o de sus hijos: verdaderos bazares al estilo medioriental donde se puede comprar casi de todo. Y todo vuelve a desembocar en el embarcadero, desde donde la mirada hurga nuevamente el Amazonas.
Justo al frente, cerquita, está Islandia, el caserío fronterizo del Perú, donde ondea una bandera hecha jirones. Da la impresión de que el río podría llevarse esa punta de tierra en cualquier momento. Esa precariedad también existe en la única y ruinosa calle de Puerto Alegría, un poco más allá, donde la pobreza está impresa en el rostro de personas que todos los días toman un bote para ir a otro país en busca de sustento, pues el suyo propio está muy lejos.
En las tres fronteras del Amazonas todos los poblados son diferentes, tienen distintas fidelidades y patrias, pero ninguno de ellos puede evadir el destino de vivir al lado del río.
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Publicado el 22/oct/2008, 14.34 |
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Últimos comentarios
fatmike dice:
hey amigo como estas, mira no se si me puedes ayudar, pero estoy planeando un viaje a brasil partiendo desde bogota en carro particular, sera que me puedes indicar la ruta y si es posible pasar la frontera con el vehiculo, muchas gracias por la atencion
FATMIKE
Publicado el 7/feb/2009, 17.18
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Amazonas: el último tesoro del planeta (parte I)
Brasil | 14 de febrero de 2005
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