Es otro de los nombres mágicos en occidente. Ha servido también de escenario cinematográfico por su extraordinaria belleza, rodeada por dos picos volcánicos. Se ha convertido en un mito para los millonarios de todo el mundo. Aquí residieron los dioses de la mitología polinesia y hoy residen los adinerados americanos en lujosos hoteles formados por bungalows con suelo de cristal que permite contemplar el fondo marino desde la cama. Sus playas son increíblemente blancas y su laguna profundamente azul.
Los jardines estallan con los colores y aromas de las buganvillas, las gardenias, los hibiscos y los frangipanis. Una carretera de 32 kilómetros rodea toda la isla, y es fácil hacer un recorrido de medio día. Al tomar las carreteras laterales se llega a miradores desde donde se ve parte de la isla a vista de pájaro.
Pero Bora Bora es, sobre todo, mar. Su laguna exterior, rodeada por el anillo de coral, es la piscina natural más espectacular del mundo. Para disfrutarla lo mejor es contratar una excursión de un día, en la que se pasa por diferentes lugares. La primera parada es para dar de comer a los tiburones y las mantas, pero los pasajeros no miran desde el barco, sino desde dentro del agua. Los tiburones no son muy grandes, pero tragan las piezas de carne de un bocado. Y a un par de metros de distancia. De vuelta al barco se pone proa hacia un verdadero jardín de coral, en el que se vuelve a bucear. Así se entra en un mundo de colores inimaginables y se nada entre nubes de peces que te miran con la misma curiosidad que tú a ellos. Luego el barco se dirige a un motu donde hay tiempo para otro baño mientras se prepara la comida. Desde allí, los pilares basálticos de Bora Bora son el mejor telón de fondo para una playa que se pueda imaginar.