Crónicas Filipinas
Escribe: Gato_perplejo
A primera vista, Filipinas no parece ser uno de los destinos prioritarios que se te pueden ocurrir si quieres visitar el sudeste asiático. Quizá eso es ya un buen motivo para visitar este archipiélago de más de 7000 islas, el segundo más numeroso del mundo.Pero afortunadamente tengo información de primera mano: mis compañeras María y Ángela Yoldi nos han hablado maravillas del país donde vive parte de su familia. Interminables playas, buenos precios, gente amable, fondos marinos espectaculares,.
De ruta por Bohol
Bohol, Filipinas — miércoles, 17 de agosto de 2011
A menos cuarto bajamos y ya está el guía preguntando por nosotros. Estos filipinos se pasan con su puntualidad, acuden mínimo un cuarto de hora antes.
Vamos a la habitación, recogemos la mochileja y enseguida estamos montados en el Kia, que por supuesto lleva el aire acondicionado a todo trapo. Le decimos que si lo puede bajar y empezamos la marcha al ritmo de los Beatles.
No llevamos un cuarto de hora cuando llega el primer incidente: se oye un trastazo y el coche empieza a culear: reventón al canto. Paramos y efectivamente, la rueda trasera derecha ha reventado. El conductor nos dice que nos vayamos a la sombrica de una iglesia que hay 300 metros delante, justo una de las paradas que íbamos a hacer en la ruta de hoy. Pues nada, lo dejamos sudando mientras cambia la rueda y nosotros nos vamos para la iglesia. Lo más interesante pasa fuera, como siempre; justo enfrente hay un manglar, con casas sobre el agua y esos árboles con raices asomando tan característicos. Un buey de agua tira de un bote para acercarlo a tierra, y de otro bote que acaba de llegar baja una chica con una cabra atada con una cuerda a modo mascota. Una madre y su bebé pasan pedaleando en un carrito de los helados de Nestlé y los lugareños nos miran con curiosidad. ¿Se puede pedir más en menos tiempo?
Al cuarto de hora llega nuestro conductor con el coche a punto. Seguimos camino, atravesamos el puente y ya estamos en Bohol. ¡Qué paisaje tan impresionante tienen estas islas! Además de la actividad que hay al borde de las carreteras, claro. Después de casi una hora llegamos a nuestra primera parada, la reserva de monos tarsier. Los tarsier son una especie única que sólo vive en Bohol. Son los monos más pequeños del mundo, ya que caben en la palma de una mano. Además, tienen otras particularidades, como que giran su cabeza 180 grados, mueven las orejas en la dirección que tienen y, en proporción a nuestro cuerpo, sus ojos son 150 veces más grandes que los nuestros. Si los veis en las fotos entenderéis de que hablo.
La pequeña reserva reproduce su hábitat y los monetes viven en semilibertad. Sin embargo, como son animales nocturnos y los visitantes vamos de día, supongo que no les dejamos dormir tranquilamente. Puedes acercarte a ellos tanto como quieras, pero no tocarlos. Claro que siendo tan pequeños lo difícil es verlos. Menos mal que hay guías de la reserva que nos indican donde están. La verdad es que son graciosos a más no poder, y cuando los ves de cerca lo más sorprendente son su manos, de finos y largos dedos, bastante parecidas a las nuestras. Y luego el rabo tan largo, que parece de rata.
El problema es que la destrucción de sus hábitats y la introducción por el hombre de otros depredadores están diezmando su población, pero parece que aquí se han tomado en serio lo de su conservación y ya hay un gran santuario declarado parque natural donde puedan vivir a gusto.
Vemos cuatro o cinco tarsiers, cada uno en su arbolillo, durmiendo o intentando dormir. Uno nos está mirando y de repente empieza a girar la cabeza en una torsión que parece no tener fin.
Por supuesto la reserva cuenta con la típica tienda de souvenirs con cientos de cosas relativas a los tarsiers y los puestos de comida y bebida en el exterior.
Bueno, pues continuamos la marcheta. Siguiente parada, granja de mariposas.
Estoy de un Rodríguez de la Fuente que no me lo creo ni yo, pero la visita a la granja me gusta más de lo que pensaba. Allí crían a 110 especies de las más de 300 que viven en Bohol. Nos informan de cuanto viven, sus costumbres y nos enseñan varios ejemplares disecados curiosos de gran tamaño. Luego nos hacen unas fotos superponiendo las mariposas que hay en un cristal sobre nuestra espalda, para que parezca que son alas nuestras. Unos artistas estos chavales.
Después pasamos a la sala de capullos, con perdón, donde gusanetes de todos los tamaños y colores comen sin cesar para llegar a ser una bella mariposa que sólo vivirá tres semanas. Finalmente, pasamos al espacio donde las mariposas están sueltas revoloteando y viviendo a sus anchas: comen las golosinas que les dejan en sus platos, revolotean, lucen su belleza y copulan. Ya que viven tan poco por lo menos aprovechan.
De nuevo en ruta pasamos por lo que el conductor llama “Made Man Forest” o sea, bosque hecho por el hombre, entiendo yo. Debe ser una especie de bosque artificial, ya que no pega mucho con el paisaje dominante. De repente, entramos en una zona de árboles muy altos que casi ocultan el sol totalmente, mientras que hasta ahora íbamos por zonas bastante despejadadas.
Seguimos camino, esta vez a las Chocolate Hills, un parque natural con 1776 colinas que precisamente parecen montoncitos de chocolate. Entre visita y visita hay un desplazamiento de por lo menos media hora. No es mucha distancia, pero es que aquí pasar de 60 km/h es complicado. Las Chocolate Hills están en el pueblo de Carmen, o sea, del pueblo de ese nombre tan español. Subimos por una colina hasta el principio de un mirador. Allí nos deja el guía para que subamos los 200 escalones que hay hasta el punto más alto y desde allí admirar el paisaje en 360 grados. Impresionante.
La verdad es que en esta época la mayoría de las colinas son más verdosas que marrones, pero lo que más sorprende es su forma uniforme, como montoncitos de arena uno detrás de otro. Además, se mezclan con el verde de los arrozales y de las palmeras, que es lo que domina, y la combinación es espectacular.
Por cierto, que está pegando el solano de lo lindo, y nosotros con los chubasqueros en la mochila por si acaso venía uno de esos cambios de tiempo famosos por aquí.
Próxima parada, la ciudad de Sevilla, o mejor dicho, el pueblo, donde hay un puente colgante de bambú sobre el río Loboc. El puente tendrá unos 50 metros de largo y cruzarlo se las trae, sobre todo por el crujido de las cañas de bambú que se entrelazan en el suelo. Además, se mueve bastante, que es lo que lo hace divertido. La vuelta se hace por otro puente colgante, o sea, que hay uno de ida y otro de vuelta. Mientras hacemos todas estas cosas, nuestro guía se queda al fresquito del aire acondicionado, que esto ya lo debe de tener muy visto.
Ya son las doce y media y el hambre empieza a hacer mella. Es la hora de nuestra parada gastronómica. Llegamos al pueblo de Loboc y nos dirigimos a su embarcadero para coger un barco en el que comeremos y nos llevará de paseo por el río. O sea, una turistada en toda regla que al final no deja de tener su gracia. En el barco vamos más de cincuenta personas, hay un bufé en el centro y cuando te sirves te vas a las mesas y a jalar. Nos echamos unos pinchos de bacon dulce, un poco de pescado, unos cangrejos rebozados y alguna cosa de difícil definición. Todo aceptable, pero no para tirar cohetes, que los bufés ya se sabe.
Cuando estamos comiendo arranca el barco y con él, el cantante y su acompañante a la guitarra, interpretando clásicos americanos de los 50 a buen volumen. Aquí lo del sonido del silencio no tienen ni idea de lo que es, y eso que sería una maravilla ir en el barco escuchando el ruido del agua y de los animales, porque las vistas desde aquí son increíbles.
Después de navegar un rato llegamos a una especie de plataforma flotante cubierta donde un grupo de niños y abueletes tocan animadamente la guitarra y cantan y bailan para nosotros. Otra turistada, pero las canciones son tan alegres y sus sonrisas parecen tan sinceras que nos alegran el rato.
Damos la vuelta en un ancho del río y, después de un rato de pausa, los músicos vuelven a la carga. Creo que todavía no he hablado nada de los Lady Boys, esos chicos que se travisten y hormonan para parecer mujeres. En Asia están muy aceptados socialmente y pasan totalmente inadvertidos. Pues bien, en el barco hay uno que lo está dando todo en la pista de baile. Lo acompaña un occidental de unos 50 años que le hace fotos sin parar. Y claro, yo veo al filipino, que es igual que Joaquín Reyes cuando se viste de mujer, veo al otro tan contento y me dan ganas de decirle: “Pero hijo mío, ¿es que no te das cuenta de que a tu novia le negrea el mentón?” Pues nada, el tan contento con su novia filipina. Cuando le eche mano a la merienda se va a llevar una sorpresilla.
En total el paseo dura una hora, así que a las dos y algo estamos de nuevo en el embarcadero. El río Loboc es espectacular, pero no es esta la manera de disfrutarlo. Lo suyo seria venir hasta Lobo, hablar con algún pescador y contratar un paseo por el río en su bote.
Sólo nos queda una visita a una granja de pitones, pero como a Clara no le hacen mucha gracias las serpientes y yo tengo más ganas de darme un baño que de otra cosa le decimos que nos lleve de vuelta al hotel. A las tres en punto estamos en la puerta, no está mal seis horas por ahí de rule.
Soltamos los trastos y nos damos un baño relajado en la piscina, muy tranquilamente. Luego subimos a tomar los cafelitos correspondientes a la terraza, nos damos una ducha abajo y nos vamos para el Oops. Antes pasamos por la oficina de turismo y preguntamos como contratar un coche que nos lleve por la mañana al puerto, donde cogeremos el ferry de vuelta a Cebú. La tarifa son 500 pesos, le pagamos y le dejamos nuestra dirección para que nos recoja el conductor a las diez de la mañana.
Bajamos de nuevo al Oops, tomamos la cervecita, vemos el atardecer y miramos un poco Internet. Como nos hemos quedado justos de dinero subimos a dejar el portátil y a coger más mosca. Ya de paso compramos unos bollitos y unos plátanos para el ferry de mañana, que seguros que nos entra gusa. Hoy no nos apetece cenar en la playa, así que después de mirar por la zona nos decidimos por uno filipino llamado Powered Ked o algo así. Parece que tienen bastante variedad y buenos precios.
Clara se pide el pescado con salsa agridulce y yo la hamburguesa especialidad de la casa de 300 gramos. Además, unos fingers de pollo como entrante, mis dos cervezas y Clara una copa de vino blanco que maldita la hora en que la pidió. Para que veáis que yo hago todo lo posible por recuperar lo perdido.
Después, paseo por la playa mientras comemos un heladito, y después de echarnos el último Tanduay con Coca Cola terminamos de ver la película francesa de ayer.
Mañana tenemos ajetreo: coche hasta el puerto, ferry hasta Cebu, llegar al hotel y si podemos, renovar el visado que nos caducó el día 14. Ya veremos a ver como va la cosa. Hasta mañana.
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