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Capítulo 1
24 horas en 'chapigay', un lugar especial para la comunidad homosexual en Bogotá
Bogotá, Colombia — sábado, 23 de julio de 2011
24 horas en 'chapigay', un lugar especial para la comunidad homosexualEn el barrio Chapinero , hombres y mujeres encuentran gimnasio, comercio, rumba, amigos y hotel. Amanece en Chapinero. Viernes 20 de febrero. Carrera Séptima con calle 63. Corazón de la localidad. Body Tech es su gimnasio más reconocido. Funciona allí desde hace 11 años y tiene 2046 clientes. Sudor, músculos, tatuajes, fashion, ritmo y gestos de dolor producidos por el esfuerzo predominan. Espejos y ventanales, que miran para ser mirados, sugieren que aquí se rinde culto al cuerpo, al hedonismo y a la vanidad. Alias el 'Bodygay'. El entrenador Alexánder Álvarez, quien lleva una década trabajando aquí, calcula que 8 de cada 10 de sus alumnos hombres son homosexuales. "Al principio me escandalizaba. Era un poco machista, pero mi pensamiento ha cambiado porque son muy respetuosos".
En cuanto a las mujeres, mitad de la clientela, nadie se atreve a decir cuántas son lesbianas. "En ellas no se nota tan fácil", comenta el gerente, Augusto Ramírez. A primera vista, el gimnasio no parece un reino homosexual, al menos no tanto como el centenar de bares de la localidad, en cuya entrada ondea la bandera arco iris -diseñada por Gilbert Blaker-, que desde el 25 de junio de 1978, durante los desfiles del Festival del Orgullo Gay de San Francisco, empezó a identificar a la comunidad. "El noventa por ciento de los clientes somos gays, aunque algunos lo disimulan", dice Marco Fidel Díaz. ¿Hay discriminación de parte de los heterosexuales? "La mayoría respeta. Nos aceptan porque aquí son minoría y ahora somos menos tapados". Comercio homosexual Al mediodía, Chapinero es un hervidero. En sus 1.287 hectáreas, que corresponden al 3,2 por ciento del área urbana de la ciudad y conforman 50 barrios, viven 166 mil personas. Además, recibe un promedio diario de dos millones de visitantes.
Ahora es nuevo el enfoque homosexual del comercio. Restaurantes, hoteles, tiendas de ropa y cafés Internet se han sumado a los bares, que hace más de una década abrieron el camino. El Hotel High Park es uno de estos lugares. A sus siete habitaciones llegan, en su gran mayoría, extranjeros que se declaran enamorados de 'Chapigay'. "Aquí los homosexuales tienen derecho a besarse sin sentir que los están criticando", dice un empleado del Restaurante Yepes. En la acera de enfrente, un grupo de universitarios fuma afuera del café Internet. Adentro, una pareja de lesbianas se besa en uno de los sofás, los meseros tienen en su camisa un escudo con la bandera y en los computadores hay páginas web para homosexuales. A tres cuadras de allí, en el costado oriental de la plaza de Lourdes, funcionan boutiques. "Mi clientela siempre me pone retos a la hora de crear prendas. Los gays somos gente de avanzada", comenta Jorge Merchán, propietario de Sex Club.
No todo es comercio legal en la zona. En los alrededores, menores de edad se prostituyen. "Lo que otrora fue un sector elegante, pasó a manzana sórdida en donde los muchachitos se van por cinco mil pesos con cualquier viejo", comenta Ramiro Leguizamo, profesor universitario que descubrió la rumba gay a mediados de los noventa, por los días en que Safaris se vistió de pionero. "Ese lugar cambió el concepto underground de la fiesta. Importaron de Europa el furor de los dee jays, los strippers y los shows de transformismo". Bianca, exclusivo para chicas, fue otro de los rumbeaderos que rompieron con la clandestinidad. Hoy es sobreviviente de los días del anonimato. "La primera vez que salí de rumba a un sitio gay fue hace más de diez años y había que tener un conocido que supiera dónde quedaba. No había avisos ni publicidad", recuerda Blanca Durán, alcaldesa de Chapinero.
El centro LGBT Algunas parejas trenzan sus manos. La luz tenue es tan cómplice como sus compañeros. Son las 3:00 pm. Estamos en el cine foro de Zero controversia, uno de los grupos del Centro Comunitario LGBT. Los asistentes usan diversos accesorios con la bandera gay. Incluso un par de ellos la llevan tatuada. "El respeto es un valor que cada uno de nosotros debe grabar en su mente. No es posible exigirlo cuando no lo practicamos", dice Zaahira Rodríguez Mora, al referirse al triángulo amoroso del film mexicano Cielo dividido. Al día siguiente, Fabio y Claudia, sus padres, la acompañarían en la reunión de familiares. "Ella no está sola; vengo acá para reencontrarla", confesaría Fabio al referirse a los años en que se alejó de su hija. "Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, dijo Einstein", comentaría Elizabeth Aguirre, terapeuta familiar, al darles la bienvenida. Luego, les pediría cerrar los ojos para escuchar crudos testimonios. "Ayer, salí del clóset y mi papá me dijo que me prefería muerto antes que marica", contaría llorando un joven, antes de recibir la solidaridad del grupo. Desde diciembre de 2006, el centro ha brindado atención psicológica y jurídica a 8764 personas, aunque, en un principio, llamadas anónimas y panfletos amenazantes trataron de impedirlo. El lugar hace parte de las políticas públicas de derechos para personas LGBT.
El 28 de diciembre de 2007, el alcalde Lucho Garzón expidió, ante las constantes quejas de segregación y violencia, el decreto 608, que combate la discriminación. Un año después, la encuesta de cultura ciudadana confirmaría la pertinencia del decreto. Un 58 por ciento de los consultados afirmó que no le gustaría tener gays como vecinos. A pesar de que la homofobia disminuyó en un 17 por ciento con respecto al 2001, Bogotá se ubicó por encima de Belo Horizonte y Ciudad de México, que estaban alrededor del 40 por ciento en la misma cuestión. Cali, Medellín y Santa Marta también se mostraban más tolerantes. ¿Es Chapinero una zona gay, como Chueca en Madrid, Soho en Londres o Castro en San Francisco? Un estudio del Dane afirma que el 55 por ciento de sus habitantes son solteros o parejas jóvenes. "Mi lectura es que gran parte de ese grupo son gays. Personas de clase media, en su mayoría profesionales, viven aquí porque no hay presión social ni discriminación", comenta Blanca Durán. Heptatlón rumbera Se asoma la medianoche. La rumba despega.
Afuera de Theatron, la disco gay más grande de Latinoamérica, una larga fila se extiende por la calle 58. Los rumberos de hoy son homosexuales, pero forman un grupo heterogéneo: punkerito estrato 6, con cinturón de taches; travesti en tacón puntilla; ejecutivo perfumado, con camisa de cuadros y forastero musculoso en t-shirt. Mañana, en la Fiesta de San Valentín, cuando lleguen más de tres mil personas, los siete ambientes del bar estarán abiertos, pero sólo Theatron, Teatrino y el Chill Out recibirán mujeres. La idea inicial de los propietarios era ofrecer fiesta exclusiva para homosexuales, en el abandonado teatro Metro Riviera. "Detrás de los gays empezaron a llegar sus amigas, muy queridas; y detrás de ellas, muchos heteros o heterolocas, como se los llama en el ambiente, que dicen ser muy hombres, pero después de unas copas o en secreto tienen relaciones con sus amigos", explica Leguizamo. Burundanga y otras sustancias Apague y vámonos. Daddy Yankee, Vicente Fernández, Bjork y cien más animaron la rumba de Theatron. Las 3 menos 10. Las luces se encienden.
Muy cerca, los delincuentes preparan la celada. "Hay bandas de escopolamina que se han especializado en gente LGBT porque saben que no denuncian, ya que no quieren ser estigmatizados. Además, la Policía los trata despectivamente", asegura la alcaldesa de la localidad, que en 2009 invertirá 150 de los 11 mil millones de su presupuesto en el centro comunitario, campañas contra la homofobia y capacitaciones para ofrecer turismo gay internacional. El coronel Álvaro Uribe, jefe de los 260 policías de la localidad, reconoce la existencia de dichas bandas, pero reparte las cargas. "No faltan el policía y el ciudadano machista que dicen:quién lo manda a ir a un mariqueadero, quién lo manda a estar por ahí tirado a las 4 de la mañana, dando papaya para que lo atraquen". "Son las 6 de la mañana. Es hora de ir a La Trinchera, donde traficar con todo lo prohibido es normal. El lugar huele a licor, a drogas, a sexo y eso me excita", escribe Camilo, al recordar su paso por uno de los amanecederos. Otros prefieren madrugar. La luz del sábado ilumina los cerros orientales y un cielo azul cobija las calles. Paula y Raquel, un par de lesbianas que viven en Gayhills, como se conoce a los barrios que están arriba de la Séptima, alistan sus bicicletas para salir a dar un paseo. "Nuestro apartamento no es tan chic como el de los gays, pero aquí somos felices". HÉCTOR CAÑÓN HURTADO Para EL TIEMPO Publicacióneltiempo.comSecciónOtrosFecha de publicación1 de mayo de 2009Autor
En cuanto a las mujeres, mitad de la clientela, nadie se atreve a decir cuántas son lesbianas. "En ellas no se nota tan fácil", comenta el gerente, Augusto Ramírez. A primera vista, el gimnasio no parece un reino homosexual, al menos no tanto como el centenar de bares de la localidad, en cuya entrada ondea la bandera arco iris -diseñada por Gilbert Blaker-, que desde el 25 de junio de 1978, durante los desfiles del Festival del Orgullo Gay de San Francisco, empezó a identificar a la comunidad. "El noventa por ciento de los clientes somos gays, aunque algunos lo disimulan", dice Marco Fidel Díaz. ¿Hay discriminación de parte de los heterosexuales? "La mayoría respeta. Nos aceptan porque aquí son minoría y ahora somos menos tapados". Comercio homosexual Al mediodía, Chapinero es un hervidero. En sus 1.287 hectáreas, que corresponden al 3,2 por ciento del área urbana de la ciudad y conforman 50 barrios, viven 166 mil personas. Además, recibe un promedio diario de dos millones de visitantes.
Ahora es nuevo el enfoque homosexual del comercio. Restaurantes, hoteles, tiendas de ropa y cafés Internet se han sumado a los bares, que hace más de una década abrieron el camino. El Hotel High Park es uno de estos lugares. A sus siete habitaciones llegan, en su gran mayoría, extranjeros que se declaran enamorados de 'Chapigay'. "Aquí los homosexuales tienen derecho a besarse sin sentir que los están criticando", dice un empleado del Restaurante Yepes. En la acera de enfrente, un grupo de universitarios fuma afuera del café Internet. Adentro, una pareja de lesbianas se besa en uno de los sofás, los meseros tienen en su camisa un escudo con la bandera y en los computadores hay páginas web para homosexuales. A tres cuadras de allí, en el costado oriental de la plaza de Lourdes, funcionan boutiques. "Mi clientela siempre me pone retos a la hora de crear prendas. Los gays somos gente de avanzada", comenta Jorge Merchán, propietario de Sex Club.
No todo es comercio legal en la zona. En los alrededores, menores de edad se prostituyen. "Lo que otrora fue un sector elegante, pasó a manzana sórdida en donde los muchachitos se van por cinco mil pesos con cualquier viejo", comenta Ramiro Leguizamo, profesor universitario que descubrió la rumba gay a mediados de los noventa, por los días en que Safaris se vistió de pionero. "Ese lugar cambió el concepto underground de la fiesta. Importaron de Europa el furor de los dee jays, los strippers y los shows de transformismo". Bianca, exclusivo para chicas, fue otro de los rumbeaderos que rompieron con la clandestinidad. Hoy es sobreviviente de los días del anonimato. "La primera vez que salí de rumba a un sitio gay fue hace más de diez años y había que tener un conocido que supiera dónde quedaba. No había avisos ni publicidad", recuerda Blanca Durán, alcaldesa de Chapinero.
El centro LGBT Algunas parejas trenzan sus manos. La luz tenue es tan cómplice como sus compañeros. Son las 3:00 pm. Estamos en el cine foro de Zero controversia, uno de los grupos del Centro Comunitario LGBT. Los asistentes usan diversos accesorios con la bandera gay. Incluso un par de ellos la llevan tatuada. "El respeto es un valor que cada uno de nosotros debe grabar en su mente. No es posible exigirlo cuando no lo practicamos", dice Zaahira Rodríguez Mora, al referirse al triángulo amoroso del film mexicano Cielo dividido. Al día siguiente, Fabio y Claudia, sus padres, la acompañarían en la reunión de familiares. "Ella no está sola; vengo acá para reencontrarla", confesaría Fabio al referirse a los años en que se alejó de su hija. "Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, dijo Einstein", comentaría Elizabeth Aguirre, terapeuta familiar, al darles la bienvenida. Luego, les pediría cerrar los ojos para escuchar crudos testimonios. "Ayer, salí del clóset y mi papá me dijo que me prefería muerto antes que marica", contaría llorando un joven, antes de recibir la solidaridad del grupo. Desde diciembre de 2006, el centro ha brindado atención psicológica y jurídica a 8764 personas, aunque, en un principio, llamadas anónimas y panfletos amenazantes trataron de impedirlo. El lugar hace parte de las políticas públicas de derechos para personas LGBT.
El 28 de diciembre de 2007, el alcalde Lucho Garzón expidió, ante las constantes quejas de segregación y violencia, el decreto 608, que combate la discriminación. Un año después, la encuesta de cultura ciudadana confirmaría la pertinencia del decreto. Un 58 por ciento de los consultados afirmó que no le gustaría tener gays como vecinos. A pesar de que la homofobia disminuyó en un 17 por ciento con respecto al 2001, Bogotá se ubicó por encima de Belo Horizonte y Ciudad de México, que estaban alrededor del 40 por ciento en la misma cuestión. Cali, Medellín y Santa Marta también se mostraban más tolerantes. ¿Es Chapinero una zona gay, como Chueca en Madrid, Soho en Londres o Castro en San Francisco? Un estudio del Dane afirma que el 55 por ciento de sus habitantes son solteros o parejas jóvenes. "Mi lectura es que gran parte de ese grupo son gays. Personas de clase media, en su mayoría profesionales, viven aquí porque no hay presión social ni discriminación", comenta Blanca Durán. Heptatlón rumbera Se asoma la medianoche. La rumba despega.
Afuera de Theatron, la disco gay más grande de Latinoamérica, una larga fila se extiende por la calle 58. Los rumberos de hoy son homosexuales, pero forman un grupo heterogéneo: punkerito estrato 6, con cinturón de taches; travesti en tacón puntilla; ejecutivo perfumado, con camisa de cuadros y forastero musculoso en t-shirt. Mañana, en la Fiesta de San Valentín, cuando lleguen más de tres mil personas, los siete ambientes del bar estarán abiertos, pero sólo Theatron, Teatrino y el Chill Out recibirán mujeres. La idea inicial de los propietarios era ofrecer fiesta exclusiva para homosexuales, en el abandonado teatro Metro Riviera. "Detrás de los gays empezaron a llegar sus amigas, muy queridas; y detrás de ellas, muchos heteros o heterolocas, como se los llama en el ambiente, que dicen ser muy hombres, pero después de unas copas o en secreto tienen relaciones con sus amigos", explica Leguizamo. Burundanga y otras sustancias Apague y vámonos. Daddy Yankee, Vicente Fernández, Bjork y cien más animaron la rumba de Theatron. Las 3 menos 10. Las luces se encienden.
Muy cerca, los delincuentes preparan la celada. "Hay bandas de escopolamina que se han especializado en gente LGBT porque saben que no denuncian, ya que no quieren ser estigmatizados. Además, la Policía los trata despectivamente", asegura la alcaldesa de la localidad, que en 2009 invertirá 150 de los 11 mil millones de su presupuesto en el centro comunitario, campañas contra la homofobia y capacitaciones para ofrecer turismo gay internacional. El coronel Álvaro Uribe, jefe de los 260 policías de la localidad, reconoce la existencia de dichas bandas, pero reparte las cargas. "No faltan el policía y el ciudadano machista que dicen:quién lo manda a ir a un mariqueadero, quién lo manda a estar por ahí tirado a las 4 de la mañana, dando papaya para que lo atraquen". "Son las 6 de la mañana. Es hora de ir a La Trinchera, donde traficar con todo lo prohibido es normal. El lugar huele a licor, a drogas, a sexo y eso me excita", escribe Camilo, al recordar su paso por uno de los amanecederos. Otros prefieren madrugar. La luz del sábado ilumina los cerros orientales y un cielo azul cobija las calles. Paula y Raquel, un par de lesbianas que viven en Gayhills, como se conoce a los barrios que están arriba de la Séptima, alistan sus bicicletas para salir a dar un paseo. "Nuestro apartamento no es tan chic como el de los gays, pero aquí somos felices". HÉCTOR CAÑÓN HURTADO Para EL TIEMPO Publicacióneltiempo.comSecciónOtrosFecha de publicación1 de mayo de 2009Autor
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