Bilbao y el Guggenheim

Escribe: buvar
Bilbao y el GuggenheimA petición de una amiga he decidido escribir un pequeño diario con una descripción rápida de Bilbao y particularmente de su principal atracción; el Museo Guggenheim.Este...

 

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Capítulo 1

Bilbao y el Guggenheim

Bilbao, España — sábado, 23 de diciembre de 2006

Bilbao y el Guggenheim

A petición de una amiga he decidido escribir un pequeño diario con una descripción rápida de Bilbao y particularmente de su principal atracción; el Museo Guggenheim.
Este viaje lo hice el año pasado, andaba en abril recorriendo distintos países europeos con un ticket EurailPass (484 euros por 15 dìas), en otro diario contaré lo útil que es viajar con estos pases. Debía regresar de Roma a San Sebastián, con trasbordo en Niza. Sin embargo los trenes italianos no suelen ser muy puntuales, el trasbordo se debía realizar a las 10 de la mañana y llegamos a las 11.
Habían dos opciones: regresar una estación, de Niza a Cannes y quedarme en Cannes todo el día (era época del festival de Cine), o tomar un tren que había a las 11:30 con destino a Barcelona, bastante lejos de San Sebastián. Opté por esta última alternativa y llegamos a las 22 horas a la capital catalana. Miro las pantallas de información y veo que a las 23 parte un tren que llega a 7 de la mañana a Bilbao. A pesar que ya llevaba un día y medio y una noche de tren el cuerpo, decidí que Bilbao valía la pena el sacrificio.
Efectivamente, a las 7 me bajé en la estación de Bilbao desayuné allí mismo y de inmediato partí a la conquista del Museo.
Como faltaba un par de horas para que abrieran, aproveché de irme caminando lentamente recorriendo la Gran Vía, alguien me había dicho que bajando por esa Avenida llegaría a una plaza, desde donde vería el Museo, sin necesidad de preguntar a nadie.
Luego de una caminata como de diez cuadras llegué a la plaza en cuestión y al fondo, las placas de titanio se daban un festín con los rayos solares matinales.
Me quedé paralizada, me llegaban a doler los ojos de ver tanto titanio, un metal que sólo conocía de nombre.
Llegué al Museo, emplazado a la orilla del río Nervión y me entero que abre a las 10 de la mañana, por lo que aún faltaba una hora, lo que me daba tiempo para cruzar el colosal puente La Salve y caminar a la orilla del río hasta llegar al frontis de la Universidad de Deusto.
Antes de ir al Museo debo decir que Bilbao dista mucho de esa imagen de polo industrial portuario. Es una ciudad preciosa, con amplias avenidas, muchas flores y edificios de aire francés y la gastronomía es un cuento aparte. Sus tascas ofrecen sin duda los platos más atractivos de Europa, hay que dejar al menos una media tarde sólo para el pecado de la gula.
En un mesón que entré me ofrecieron probar un vino llamado "txacolí" para acompañar una merluza a la koxkera que lleva ajo, cebolla guisantes perejil, almejas espárragos, y bacalao con salsa vizcaina, me "obligaron" a probar de postre los canutillos de Bilbao, algo francamente celestial. Ahora nos e crean que tengo tan buena memoria, me regalaron una carta para que trajera a Chile
Pero no nos distraigamos, un día voy a escribir de las gastronomía española y portuguesa. Después de fotografiar el Museo desde todos los ángulos, ingreso a él, la entrada cuesta 10,5 euros, pero nos hacen un descuento de 2 euros porque hay una sala cerrada.
El Museo fue diseñado por el arquitecto norteamericano Frank O.Gehry y el edificio es de por si el tractivo principal. La novedad de este es que se halla al nivel de la ría del Nervión, es decir bajo la cota de la ciudad. Pero para una artista como Gehry esto no representó mayores problemas y apoyado por la informática encontró solución a las distintas dificultades técnicas que representó el edificio, situado en una parcela de 32.500 metros.
El edificio del museo se halla al nivel de la ría del Nervión lo que lo sitúa debajo de la cota de la ciudad, por lo que el acceso representó uno de los dolores de cabeza para Gehry, que resolvió con una escalera descendente de peldaños, que más bien asemejan pequeñas veredas.
El atrio, que es la primera visión interior del museo, está coronado por un lucernario cenital en forma de flor metálica. Posee una especie de asientos circulares, donde uno se tiene que sentar a observar con calma el edificio, y sus enormes planchones de titanio y los muros cortina de cristal, cuyo diseño requirió de un software espcializado. Los muros han sido diseñados de tal forma que la luz que entra a raudales no dañe las obras.
Lo interesante es que uno puede pasar las manos por los paneles metálicos que a modo de escamas de pez, cubren todo.
Visité primero la exposición permanente que este caso se reducía a un par de salas con pintura moderna de la llamada muestra de informalismo y expresionismo abstracto, ya que la sala más grande, estaba siendo habilitada para una exposición del escultor Richard Serra. El atractivo de esos días era una interesante muestra temporal con la civilización azteca. No puede resistir la tentación de adquirir algunas joyas metálicas, de textura similar a los planchones de titanio y me quede aún una hora más admirando el edificio del Museo que de por sí vale la pena.
Esta exposición muestra conjuntamente la obra de dos de los artistas españoles más destacados de la segunda mitad del siglo XX. Se presentan un total de dieciséis piezas provenientes de la Colección Permanente, abarcando un período de más de cuatro décadas y realizadas en los más variados soportes y técnicas.
Para los amantes de Chillida y Tapies es bueno recordarles posee una nutrida representación de la obra del artista vasco Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924), compuesta por dos esculturas de gran formato, tituladas Consejo al espacio V (1993) y Besarkada XI (1996), ambas realizadas en acero, una obra en granito titulada Espacio para el espíritu (1995), y la pieza Lo profundo es el aire realizada en alabastro el año 1996. Estas obras se complementan con otras ocho provenientes del Solomon R.Guggenheim Museum, y representan en su conjunto las diferentes etapas dentro de la obra escultórica de Eduardo Chillida.
A las obras de Chillida se unen cuatro pinturas en gran formato del artista catalán Antoni Tàpies (Barcelona, 1923). Desde sus inicios en la década de los cincuenta Tàpies se ha caracterizado por su gran énfasis en las propiedades físicas de los materiales utilizados. Este interés por la materia se ejemplifica en Ambrosía (Ambroisie, 1989) -pintura consistente en dos grandes paneles y perteneciente a la Colección del Museo Guggenheim Bilbao- así como en dos piezas adicionales provenientes del Solomon R. Guggenheim Museum y en una perteneciente a la Colección Tubacex expuestas en la muestra.
Y esto es solo una muestra de lo atractivo que puede resultar una visita a Bilbao, ya que nos permite ver en terreno mismo como la arquitectura puede estar al servicio del arte.
La instalación del centro cultural ha permitido además revalorizar todo ese sector aledaño al río Nervión.
Bueno después de este atracón cultural vino el atracón gastronómico, luego de lo cual visite un centro comercial próximo al Museo, haciendo la hora para que oscureciera y pudiera volver para verlo iluminado.
Me situé en las proximidades de la Universidad de Deusto y tuve una vista magnifica, volví hasta el escultural puente de La Salve, y desde allí tuve una visión espectacular de la hermosa ciudad de Bilbao.
Regresé de nuevo a la estación de ferrocarril para tomar un tren a Madrid que partía a las 23 horas. La suave brisa que me despidió, fue una invitación a volver y de hecho Bilbao, ya que quedó registrada entre las ciudades que hay que volver a ver.
Maria Eugenia
buvarcl@gmail.com



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