Bilbao, recorrido a través de las mujeres.

Escribe: el-gato
Bilbao, principal ciudad del País Vasco y de la costa cantábrica española es un referente industrial y comercial para el país. Tras su regeneración, también es un destino cultural y turístico. Sin embargo, para mí y durante muchos años ha sido mi lugar de expansión, por la ciudad paseé con familiares, amigas, novias y reinas por una noche. Los lugares de la ciudad se asocian a todas ellas así que en este diario, que discurre por más de una década, recorreré Bilbao con esas mujeres.

 

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1 Capítulo 3
 

Bilbao, mujeres, de las nubes a las llamas junto a perros floridos

Bilbao, España — martes, 20 de julio de 2010

 Bilbao, mujeres, de las nubes a las llamas junto a perros floridos.

Deambulé entre los asadores hasta retornar al funicular, entré y poco después empezó su descenso. Fui mirando Bilbao mientras el cacharro rojo descendía colgando de su cable, observé los barrios altos, ladrilleros, sobre la basílica de Begoña, en particular una casa. Cerré los ojos y volví a viajar. Era madrugada, bastantes años atrás. Me despertaron los ladridos de algún perro perdido por el monte Artxanda. Cuando abrí los ojos la luz anaranjada se colaba por la ventana. El cuerpo de ella estaba iluminado, sin sábanas, su piel canela brillaba por el sudor de una noche cálida. Besé suavemente su cuello y me levanté sin hacer ruido. Saqué un cigarro y me acerqué a la ventana abierta. A mis pies todo Bilbao estaba iluminado. Las vistas se extendían, cubiertas por miles de luces, valle del Nervión arriba hasta perderse en la oscuridad. Las cimas de roca caliza de los picos del duranguesado se recortaban tenuemente en el cielo, se veían algunas estrellas entre las nubes anaranjadas. Consumí mi cigarro. Las vistas desde las casas de esos barrios son maravillosas. Cuando me giré y volví a ver el dormitorio, seguían siéndolo.

Sonó un timbre y abrí los ojos, había llegado al final del recorrido del funicular y con los ojos cerrados. Volví hacia la ría y subí a la pasarela de Zubizuri por las rampas. Me acodé en la barandilla, con mis pies sobre su suelo de cristal, a ver la ría pasar. Una voz, a mis espaldas, me pidió una foto. Nuevamente dos ojos azules. Otra vez viajando en el tiempo. Le saqué una foto sobre el puente con el cielo reflejándose en la ría, en los cristales de las dos torres de Isozaki y claro, en sus ojos. Después fuimos caminando por el paseo de la ría. Dos tranvías pasaron sobre el césped que rodea sus raíles. Nos acercamos a ver la bonita estatua dedicada a Ramón Rubial, líder histórico del partido socialista y bilbaíno. En la escultura aparece Rubial caminando sobre el césped hacia su silueta recortada en el acero.

Poco después la torre del Guggenheim apareció ante nosotros. Es difícil de describir. En origen todo el terreno en el que estábamos eran vías de tren, fábricas, astilleros y almacenes de contenedores traídos por barcos y trenes. Para comunicar ambos lados de la ría se construyó un gigantesco puente que permitía el paso a los cargueros. Los muelles, vías, fábricas y demás aparataje de hierro desaparecieron y se construyó el museo. No podían demoler el puente así que el museo lo abraza desde abajo. En un lado una enorme torre serpenteante hecha de hierro y bloques de mármol se eleva hasta decenas de metros de altura abrazando el puente. Al otro lado se abre el museo propiamente dicho. Hecho de titanio, sus formas son imposibles, miles de curvas grises mezcladas con cristal que se retuercen sobre sí mismas hacia el cielo. Dependiendo de como se mire representa un barco de aquellos que dieron vida a Bilbao pero también una rosa floreciendo que simboliza el renacer de la ciudad.

Pasamos junto a la enorme araña de hierro de varios metros de altura y cargada de huevos que hay junto al museo y nos sentamos en el borde del estanque que separa el museo de la ría y su paseo. Estando allí sentados surgieron intensas llamaradas del agua y todo se cubrió de una intensa niebla. Forma parte de la escenografía del museo pero no deja de impresionar. Entre la niebla volví a verme, otro milagro del espacio tiempo, a apenas 5 metros de mí una chica daba por terminada nuestra relación, la misma con la que había quedado en el perro. La niebla se disipó y las llamas se apagaron.

La mujer de ojos azules me sacó una foto en la que aparezco mirando no se sabe a dónde, bueno, ahora sí se sabe a dónde y a cuándo. Seguimos rodeando el museo hasta alcanzar los jardines cubiertos de palmeras que hay frente a la universidad de Deusto. Ascendimos a la pasarela de acero y madera que comunica ambas orillas para sacar mejores fotos al museo. La universidad de Deusto, privada, fue la primera universidad comercial de España. Creada por los jesuitas, poderosa orden católica muy influyente en Euskadi, ha creado sucesivas castas dirigentes en la región, especialmente en la banca, la industria y la política. Si uno mira los gobiernos de las últimas tres décadas, especialmente entre los nacionalistas, parece una lista de graduados en Deusto. Con todo su prestigio es merecido.

Volvimos hacia el museo, dejando a un lado el paseo de palmeras que pasa bajo el enorme rascacielos gris de Iberdrola, para empezar a ascender la terriblemente molesta escalera del museo, no hay forma de subir escalones con distinta pierna, siempre tiene que ser con la misma, horrible. Finalmente llegamos arriba y observamos la entrada principal del museo y por supuesto, vimos al perro, el famoso perro. Se trata de Puppy, un perro de unos 12 metros de altura totalmente cubierto de flores que se ha transformado en una especie de mascota de la ciudad. Realmente es precioso.

El museo, como edificio, en su interior, es una maravilla, igual que por fuera. En cuanto al arte que contiene, bueno, va en gustos, suele ser arte contemporáneo y generalmente abstracto aunque hay exposiciones que merecen la pena de vez en cuando.
Nos acercamos a Puppy y empezamos a avanzar hacia la plaza Moyua. Nos detuvimos en un pequeño bar a tomar txakolí. El dorado vino blanco brillaba en sus ojos azules, brindamos por Hungría y por España y al bajar por mi garganta el ligeramente amargo vino vasco quién estaba al otro lado ya no era una amiga húngara, la mujer que estaba frente a mí se había convertido en vasca y yo había perdido unos cuantos años. Otro viaje a los años oxidados..

Ni sé como nos sirvió el alcohol porque éramos menores de edad ambos. Tras el brindis nos besamos. Era nuestra primera cita, habíamos quedado en el perro Puppy, un lugar reconocible para ambos ya que ninguno de los dos era bilbaíno. Paseamos por el centro de Bilbao hasta recalar en aquel bar, en realidad no fue casual, yo llegué antes que ella y me detuve en ese lugar a tomar algo que me refrescase los nervios ya que llegué corriendo. La verdad es que a veces las cosas son curiosas, durante más de una década, tras aquella primera cita, busqué ese bar...y jamás fui capaz de dar con él hasta que entré con la magyar, de casualidad también y en un momento particular de mi vida. Claro que mi primer txakolí en el lugar terminó en beso y el segundo en simple brindis de amigos.
Pero volviendo a aquella primera cita de un yo adolescente. Tras tomar el txakolí y darnos el primer beso, callejeamos hasta llegar a la plaza Moyúa por la alameda de Recalde, poco antes de la plaza vimos uno de los edificios modernistas más bellos de la ciudad, más propio de Barcelona que de Bilbao, una joya. La plaza Moyua es una plaza amplia, en su interior hay una fuente rodeada por miles de flores. La plaza a su vez está rodeada por elegantes edificios, especialmente el del hotel Carlton y el de la delegación del gobierno.
Este último es un antiguo palacio de la burguesía, de estilo noreuropeo, precioso.

Actualmente está siempre custodiado por policías fuertemente armados por su función como delegación del gobierno. Más recientemente se le añadieron a la plaza los fosteritos, nombre cariñoso con el que se llama en Bilbao a las bocas de metro de aluminio y cristal que surgen con elegancia de la tierra y que diseñó Norman Foster.
Avanzamos por la calle Elcano hasta pasar junto a la iglesia de san Juan con su aguja blanca queriendo tocar el cielo sobre sus campanas. Nos reímos de las dos “esculturas” que adornan la calle. Se ve que al artista le pidieron dos obras de arte para la ciudad. Empezó a hacer bocetos y nada salía. Todos los papeles los acababa haciendo una bola que terminaba en el suelo, vino una musa, que debía estar bebida, y vio la luz. Las dos esculturas que hay junto a la iglesia son, literalmente, como dos folios hechos bola y tirados al suelo, solo que de hierro y con varias toneladas de peso. Desde luego el autor era un artista, hay que serlo para conseguir que alguien te pague por semejante cosa.

La calle Elcano nos dejó en el museo de bellas artes. Mi preferido en la ciudad, merece la pena visitarlo, a mi juicio mucho más interesante que lo expuesto en el Guggenheim. Compramos un helado en la parte trasera del museo y sufrí mis problemas de siempre con los helados, que se me derriten enseguida y termino hecho un cerdo para risa de quien me acompañe. Entramos en el parque de Doña Casilda y bajamos hasta el lago de los patos. Buscamos un lugar para tendernos pero era primavera y Bilbao estaba en celo, había parejas en todas partes. Subimos la pendiente hasta la pérgola y allí, con el edificio tigre al otro lado de la ría, nos besamos y nos besamos hasta que no pudimos, biológicamente, seguir besándonos porque no, porque la ropa de hoy en día es de tela sintética y arde enseguida.

Hoy en día ya no se ve el edificio tigre desde este lugar. Un edificio con un enorme felino en su cima, marca de fábrica de entonces. En medio, dónde había vías y fábricas, se abren hoy nuevos parques, el paseo fluvial, casas y el enorme y elegante centro comercial Zubiarte, construido junto al elegante puente levadizo de Deusto.

Con calor paseamos por la pérgola. Me llamó la atención el embaldosado del suelo, cubierto por los escudos de los reinos de España. Llegamos hasta el centro de la pérgola, ocupado por una fuente. Noté su mano en la mía. La miré pero su cara ya no era vasca, se había transfigurado en mexicana y era de noche. También con calor por razones similares. La fuente en la noche, con mil chorros de mil colores se recortaba en el cielo bilbaíno. Una pareja se besaba frente a nosotros. “Un momento Kodak” dijo ella y eché a reir. Paseamos hacia el Euskalduna por entre las palmeras. El palacio Euskalduna es un centro de congresos en el que se hacen también grandes conciertos. Su fachada, cubierta de óxido, recuerda los enormes barcos que durante décadas se construyeron en los astilleros Euskalduna. También recuerda la tragedia de la reconversión industrial, cuando se cerraron las fábricas y astilleros, los fuertes disturbios entre la policía y los trabajadores y en fin, una ciudad y una región que vivía sus momentos más negros. Nadie podía imaginar que sí, se podía salir y se salió.

Nos asomamos a la barandilla que da a la ría y a la grúa Karola. Esta grúa quedó como recuerdo del puerto bilbaino y de los astilleros. Es una gran grúa de carga portuaria, roja, que preside los muelles del museo marítimo bilbaíno. En él se pueden ver excelentes exposiciones sobre el mar, el puerto de Bilbao y hasta visitar el interior de varios barcos que duermen en sus diques. Miré el nuevo puente que cruza la ría. Un puente curvo que hasta tejado tiene para proteger de la lluvia a los peatones, muy elegante. Al otro lado, cerca del puente, vi un banco, un banco de otra época, salí volando, crucé la ría a unos 20 metros de altura y como lo hubiera hecho el más habilidoso de los gorriones me posé en aquel banco. Miré hacia la derecha y apareció aquella rubia de escueto recuerdo. Cosas del alcohol, de una tarde de verano, de un momento bobo de la canícula que como vino, se fue y dejó apenas el sabor de su boca y el tacto de su piel. Y tal y como volando fui, volando volví, pero ya no me esperaban ojos mexicanos en la barandilla, no me esperaba nadie.

Caminé hacia la plaza del Sagrado Corazón. En su centro un enorme pedestal de una veintena de metros sirve de base a la estatua dorada del sagrado corazón de Jesús, un Cristo. Curiosamente verde durante años, desde la restauración, se ve increíblemente dorado. Digo increíblemente porque se ve a la legua que no es oro, es muy raro, como un reloj Rolex de 10 euros, sí, parece de verdad pero...algo huele a podrido en Dinamarca. Eso sí, tras la restauración además del color verde desapareció la palabra España que en letras bien grandes tenía. Qué misterio, ¿verdad señor alcalde?.

Subí por la avenida de Sabino Arana, entre las vías del tranvía y la verja de la clínica San Mamés. Este enorme y elegante edificio tiene unos bonitos jardines por los que pasean los internos mezclándose con los paseantes de la villa. Muy frondosos, románticos, son perfectos para citas que prometen, para el lance final a beso o muerte. Miré hacia el interior, el banco con vistas a la fuente, el banco con vistas a la puerta de hierro, el banco a los pies de las escalinatas, el banco de la esquina...en ese banco rompí con una vizcaína y casi me rompe ella a mí la cabeza. Cielos, en una década había pasado por unos cuantos bancos, que horror. Para que mi ego no se crezca debo decir que en varios fue con las mismas, ya he dicho que tengo poca imaginación con Bilbao. Sonriendo bordeé el parque y me acerqué al estadio San Mamés, la catedral del fútbol y sede centenaria del equipo bilbaíno, el Athletic de Bilbao, los leones de San Mamés.

Justo al rodear la esquina me choqué con un chavalillo con cara de despistado, gafas, algún grano, pelos largos, ropas raras y andares desgarbados. Estuvimos danzando varios segundos para ver quién pasaba y por dónde, hasta que le paré y le puse en posición. En voz baja dijo un “disculpe, señor”....¿cómo qué señor?, a que todavía le daba una colleja entre oreja y oreja.

-“Disculpe señor, ¿por dónde se va al Guggenheim?”.

Se lo expliqué y me volvió a preguntar.

-¿Y el perro se encuentra fácil?, es que he quedado ahí.

-Sí, se encuentra fácil, es enorme.

-Gracias señor- Me dijo....y se fue, y casi se lleva la colleja por segunda vez.

Yo también me marchaba pero me quedé pensando, di media vuelta y le miré mientras se iba. ¿Será?, ¿no será?, mejor dicho...¿seré?, ¿no seré?....ya casi iba por la avenida Sabino Arana cuando se giró y me miró, vio que me había quedado observándole y con cara de velocidad echó a correr Sabino Arana abajo. Dudas resueltas, sí, era yo y recuerdo perfectamente aquel momento del choque con ese señor extraño, con barbas y aspecto de querer darme una colleja que se me quedó mirando cuando le pregunté cómo llegar al Guggenheim en mi primera cita junto al perro.

Como casi me da un infarto subí aprisa por el costado del estadio, dejé a un lado la facultad de ingeniería de la universidad pública vasca y entré en la estación de autobuses de la ciudad, al bar, necesitaba un café. Tomé aquel café y salí hacia el andén del autobús que en 50 minutos de viaje me llevaría de vuelta a mi ciudad. Me senté en un banco.

Empezó a llover con fuerza. Extrañamente había poca gente en la estación. Cayó un relámpago sobre las minas de hierro que hay al sur de la ciudad y empezó el desfile fantasmal. Yo en el andén de Alsa yendo solo a Zamora tras romper con una vizcaína, en otro andén de Alsa despidiéndome de una magyar de ojos azules con sincera lástima, yo en el andén de Zamora despidiéndome de una vizcaína, yo en el andén de Zamora bajándome del autobús con una mexicana, yo en el andén de bizkaibus despidiendo a una heavy, yo en el andén de Alsa recibiendo a una extremeña, yo, yo, yo y siempre con, con, con. En poco rato la estación se llenó de mí mismos yendo y viniendo, despidiéndose, recibiendo o siendo recibido, con alegría, indiferencia o tristeza, incluso había un yo pasando allí la noche que perseguía a un árabe que acababa de robarle la coca cola, Sin llantos, claro, yo no lloro, soy un hombre, ya se sabe, lo dice Miguel Bosé, “los chicos no lloran, tienen que pelear”. Creo que ya mencioné al principio que no me pega lo de ser un tipo duro.

Iban a dar y 40, salí corriendo hacia mi bus y me metí del tirón, hasta empujé a uno de mis dobles antepasados que se despedía, lengua en boca ajena, de alguna, ni me fijé de quién. Por suerte solamente el yo de ahora entró en el autobús y mis otros yos se quedaron en la estación a lo suyo, atascados en los mismos momentos para siempre, para existir cada vez que pase por ese lugar, solamente en mi memoria y solamente por un instante, congelados eternamente..

El autobús enfiló entre la lluvia del anochecer la avenida Autonomía y tras pasar por la multirracial plaza de Zabalburu enfiló la avenida Juan de Garay para alcanzar la ronda de la ciudad. Esta ronda va hacia el Este a media altura de las montañas y la ciudad queda, como una maqueta, a sus pies. Llevaba la cabeza apoyada en el cristal del autobús, frío por dentro y mojado por fuera. Las luces ya se habían encendido en Bilbao. La catedral, el monte Artxanda, la torre del BBVA, el casco viejo, la chimenea del parque de Etxeberria, la linea de luces blancas del funicular, una ventana de una casa de los barrios altos de Begoña con excelentes vistas nocturnas...en fin, todo Bilbao estaba a mis pies.

Pronto apareció el parque de Ollargan, construido en un valle cubierto por praderas. Las laderas de las montañas empezaban a ocultar Bilbao. Sus luces iban quedando tras la colina y pronto la ciudad quedaría atrás. Juraría que en aquel parque, en sus últimas farolas, bajo la lluvia, un grupo de mujeres me decía adiós con la mano, mi hermana, una prima, amigas, algo más que amigas, novias que ya eran solamente historia. No sé, tal vez eran simples reflejos en la lluvia o tal vez sea porque cada rincón de una ciudad queda asociado a lo que una persona vivió en él, imborrable en el tiempo, por eso Bilbao me recuerda a varias de las mujeres que pasaron y pasan, de un modo u otro, por mi vida.

El autobús se adentró en el túnel que pasa bajo el monte Malmasín y Bilbao y las mujeres de mi vida que compartí con la ciudad quedaron atrás...temporalmente.


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Últimos comentarios

soyviajera dice:

La lluvia de Bilbao propicia la melancolía y da a luz bellas historias.
En adelante ,haz el favor de enviarme siempre que escribas algo, un toque.
La neurona va lenta y no siempre me paso por tu página.Un saludo

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el-gato dice:

Sí, Bilbao sin lluvia no es lo mismo, propicia muchas cosas. Prometo enviarte una invitación cuando vuelva a publicar algo, gracias por haberlo leído y por comentar, saludos!

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catavergara dice:

Que buen diario, de verdad me sorprendió mucho! Gracias por enviarlo

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Saira-rodriguez dice:

muy bueno todo el relato!! me gusto la mezcla que haces con el pasado y el presente jeje me rei con la parte del momento kodak de parte de la mexicana,, claro un momento kodak siempre debe captarse..un saludo

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falca dice:

Sencillamente genial !!!! sin duda el tercer capítulo es el mejor... jajajaja pura pasión, idas y vueltas por la ciudad, por el tiempo y cruce de personalidades, jajaja no te mareaste al escribirlo?? me parece perfecto este diario de viajes que se sale de lo habitual mostrando creatividad e imaginación desbordada... seguí escribiendo que está muy bueno leerte... un abrazo!!!

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el-gato dice:

Gracias a las 3 por los comentarios y por haber llegado hasta el final, jaja, me alegra que os haya gustado. Saira, es que lo del momento Kodak fue genial, además que de verdad lo parecía.
Falca, pues muchas gracias por tus palabras, soy yo el que no sabe que decir ante ellas. De todos modos sí que tuvo parte de mareo relatar tanta mezcla de personas y lugares, jaja, y sobre todo intentar escribirlo de forma que se entendiese más o menos pero parece que en parte lo conseguí , gracias por tus comentarios, saludos!!

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Palin dice:

Muy buen diario, muchisimas gracias por compartirlo ya que no conocía esa ciudad a no ser por fotos y algún que otro diario. Realmente te metistes en el relato y creo que acabamos todos super enganchados con el.
Saludos desde Montevideo

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el-gato dice:

Gracias Palin, me alegra que te haya gustado el diario , gracias por tu comentario, saludos!!

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