Diarios de viaje > Bélgica, Europa
Regreso a la adolescencia
Escribe: elenol
Viajar, enrriquecerse, purificar cuerpo y alma, desconectar, soñar y vivr.
A Bruselas por un céntimo
Bélgica — lunes, 8 de junio de 2009
De este modo, cuatro compañeras de trabajo, cuatro amigas, cuatro almas viajeras, cuatro soñadoras, un buen día del mes de noviembre de 2008, encontramos sin apenas buscar, un billete de ida y vuelta a Bruselas por dos céntimos de euro. Resulta casi vergonzoso pagar con tarjeta visa semejante cantidad, pero gangas como ésta surgen una vez en la vida y por supuesto no estábamos dispuestas a desperdiciar semejante oportunidad. Para más inri, los padres de una de mis compañeras, viven en Bruselas y amablemente nos ofrecieron su casa, así que la ocasión la pintaban calva y no era cuestión de desaprovecharla.
Sin más, el 31 de enero de 2009 Trevi, Roci, Ali y yo, embarcamos en el primer vuelo de la mañana de la compañía Ryanair rumbo Bruselas. Atrás quedaban novios, maridos e hijas que, por un fin de semana, deberían aprender a vivir sin nosotras. Atrás también el cansancio, los problemas de trabajo, el estres y los malos rollos. Bruselas nos esperaba con los brazos abiertos, para hacernos sentir de nuevo como tontas adolescentes.
Nuestro vuelo salió en hora y llegamos a la capital Belga alrededor de las 10 de la mañana. Afortunadamente, el padre de Trevi nos vino a buscar al aeropuerto de Charleroi, porque lo cierto es que está bastante lejos del centro de la ciudad y el termómetro marcaba dos grados bajo cero. Llegamos a su casa, justo a tiempo para degustar la exquisita tarta de manzana que Pin nos había preparado y tras desayunar, sin más preámbulos, nos enfundamos nuestros forros polares y nuestros gorros de lana y salimos dispuestas a patear la ciudad.
Primer destino: Amberes. Nos dirigimos a la estación Gare Central y compramos los billetes para Amberes. Aprovechamos el momento para adquirir los boletos que al día siguiente nos llevarían a Brujas y Gante. Nada más tomar asiento, el revisor, un hombre bastante desagradable, nos desalojó sin mediar palabra. Rápidamente advertimos que nos habíamos colado en primera clase y muertas de la risa, nos cambiamos de vagón. En poco más de media hora, llegamos a la ciudad de los diamantes.
La plaza Groenplaats lucía sus más bellos colores, rodeada de puestos de flores y repleta de bares que aprovechaban la ocasión para poner sus terrazas, bajo un sol que trataba de calentar tímidamente. Al fondo, la Catedral de Nuestra Señora de Amberes, se levanta imponente para lucir su carrillón de más de quinientas campanas. Callejeando, llegamos hasta la Grote Markt, una preciosa plaza rodeada de bellos edificios que en su día fueron casas gremiales. Decidimos parar a comer en una Brasserie situada en la Groenplaats, "Castellino", donde no sólo comimos estupendamente, sino que además nos salió super barato y tras yantar, cogimos el tren de regreso a Bruselas.
El trayecto de vuelta, resultó ser el momento memorable de nuestro viaje. ¿Has tenido alguna vez la sensación, de que la persona que está sentada a tu lado en el tren, está atenta a tu conversación? Pues eso exactamente fue lo que nos ocurrió. Estábamos sentadas las cuatro juntas, riéndonos y hablando de burradas típicas de mujeres y el chico de al lado esgrimía de vez en cuando una ligera sonrisa. En ese momento, Trevi, que es única, dice "A ver, no miréis.... El chico que está sentado a mi izquierda... ¿hablas español?". En ese momento, sin poder reprimir la hilaridad, como chiquillas de quince años, rompimos a reir a carcajada limpia. El chico debió pensar que estábamos locas, y estoy segura que para el resto del vagón tampoco pasamos desapercibidas... ¡ay!... que bien nos sentó.
Al llegar a Bruselas, saliendo de la Gare Central nos dejamos caer calle abajo y llegamos hasta la espectacular Grand Place. No tengo palabras para describir la espectacularidad de los edificios, deliciosamente iluminados, que rodean la plaza. A mi se me borraron las palabras y a mis amigas incluso los pensamientos. Y es que, a dos grados bajo cero, lo de hacer turismo y sobre todo, lo de tratar de sacar buenas fotos, con trípode incluído, pasa factura. Muy cerquita de la magnífica plaza se encuentra el pequeño Maneken Pis, mucho más que un icono de la ciudad. La pequeña, o mejor dicho, la pequeñísima escultura representa a un niño del que se dice salvó a la ciudad de las llamas miccionando sobre las mismas.
Para tratar de reponer fuerzas y sobre todo, para entrar en calor nos fuimos a cenar a un bar mítico, Chez Leon. Por poco menos de 20€ por cabeza nos comimos unos mejillones al vapor, de escándalo. Los platos son gigantescos y es imposible salir de allí con hambre. De postre, un suculento gofre que nada tiene que ver con los que se despachan en las ferias en Madrid.
Mi obstinación unida a la pertinacia del padre de Trevi, nos impedía marcharnos a casa sin visitar las esculturas más desconocidas de la familia Pis: la Janeken Pis y el Zineken Pis. En mi opinión, cualquiera de estas dos figuras supera en belleza al hijo predilecto, el Maneken Pis.Tras un sueño reparador y con un sol resplandeciente, nos levantamos con las pilas recargadas.
Cogimos el tren hacia Brujas en la que pasamos toda la mañana. Los canales, la Plaza Mayor, la Plaza Burg, los coches de caballos... no sabría decir qué me gusto más. Toda la ciudad parece sacada de un cuento de hadas, evocando aromas medievales en cada uno de sus rincones. Tras pasear, fotografiar cada chiribitil, comer y sobre todo, reir, durante toda la mañana, cogimos de nuevo el tren rumbo a Gante, no sin antes pegarnos la mayor de las carreras para no perder el convoy. Aún resuenan en mis oídos, las palabras de Ali "Corre, corre Cristi, que nos adelantan los vascos" y es que si no estudias un poco los horarios ferroviarios, corres el riesgo de perder una hora en la estación o de correr como si fueras un concursante de Pekín Express.
Si Brujas nos pareció fastuosa, Gantes lo es más aún. El Castillo de los Condes, la Catedral de San Bavon, la Iglesia de San Nicolás, los canales, las intrincadas calles... la ciudad natal de Carlos V nos dejó con la boca abierta. Para resguardarnos del frío qué mejor que parada y fonda en una cafetería para probar su vino caliente. Caliente estaba, pero ¿bueno?, lo que se dice bueno no estaba.
Pasamos una tarde estupenda en esta bellísima ciudad y regresamos a casa para cenar todos juntos, agradeciendo una vez más sus atenciones a los padres de Trevi, que nos prepararon una cena exquisita y ¡una tarta!, de la que por cierto, aún estoy esperando la receta (ejem, ejem....)Sin duda, un fin de semana intensísimo que dio mucho de sí. Conocimos ligeramente el país Belga, comimos fenomenal, reímos hasta llorar, pero sobre todo, desconectamos de la vida rutinaria, nos dedicamos un par de días a pensar en nosotras mismas y dejamos aflorar al niño que todos llevamos dentro.
Volar a Bruselas, 2 céntimos. Cenar en Chez Leon, 20€. Disfrutar de un fin de semana que no olvidarás en tu vida, eso, no tiene precio.
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Últimos comentarios
un viajero dice:
Buenisima idea, de vez en cuando debemos dejar en casa, los hijos, maridos y ocupaciones... y eso.... ocuparnos de nosotras mismas... Que mejor que tener amigas para disfrutarlo.
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jimenez225 dice:
Maravilloso...! Dejar atras la adultez y volver a la edad de sueños... Lo lograron..! Mis felicitaciones.
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