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1.300 millones y yo

Escribe: Syd
Ecos de la China

 

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Shanghai-Beijing

Pekín, China — lunes, 24 de octubre de 2011

Esto sí que fue un desastre.
Bueno, sigo vivo.

     Como ya sabía lo de los billetes de tren, fui directamente al mercado de los horrores chinos. Con un día de antelación. Esta vez no había ningún guardia decadente, pero curiosamente encontré una ventanilla que decía algo así como que el dependiente hablaba inglés.

Jugué la partida del mercado. El dependiente disputaba cada ticket que vendía como si la vida misma en ello se le fuera. Sudaba, jadeaba, pestañeaba con fuerza, tecleaba con dureza y giraba la pantalla del ordenador con mayor velocidad que el mejor comedor de noodles con palillos chinos. Cada cliente era como una roca que junto a un acantilado en el mar una barca esquiva. Y los esquivó a todos, y me esquivó a mi. No quedaban billetes a Beijing para el día siguiente. Solo un tren. No quedaban camas.

Todo esto en un inglés chapucero, detrás de una ventanilla de cristal grueso y con cientos de chinos gritando y empujando en el mercado de los horrores. La megafonía seguía chirriando. Después de varios intentos, lo único posible, pensé, era ir en asiento duro o blando. No me agradaba, pero parecía la única opción. Acepté. Sólo que me dijo que se trataba de "bed seat (asiento cama)". Bed seat? Y riendo me dijo: bed seat. Las dudas me asaltaban, pero el mercado no permite dudas, así que me retiré. Al día siguiente pregunté a varias personas y cada uno me dijo una cosa distinta. Hard seat, soft seat,...

     Mi último día en Shanghai lo pasé en los parques. Agua, naturaleza, patos, riachuelos, pequeños lagos, ciudadanos relajados y muchísimo aire puro, que tanto necesitaba, echando de menos la energía del mar. Y gatos! Bastantes gatos. Pongo énfasis por la mala fama que tiene en España el binomio chinos-gatos. He visto muchos gatos. Mal pensados!

     Fui a recoger la mochila y Ling, mi amiga del hostel me quiso acompañar a la estación. Pero como para esta chica no pasa el tiempo, al final me tuve que despedir de ella justo antes de salir corriendo por los pasillos del metro, los de la plaza de la estación, y los de la propia estación, para llegar justo a tiempo a mi tren. Hubiera sido más bonito despedirse en la estación

     Bed seat, bed seat,... Qué coño será eso de bed seat? Ay, que me lo temo, que me lo temo. Un montón de chinos apretujados, sentados en una cama, roncando, bostezando, desperezándose, escupiendo, comiendo, con olor a pies, y en un trayecto interminable? O a lo mejor es soft seat...

     Entré al tren. Había literas, pregunté a un muchacho, me dijo que sí, que entrara. Bed seat. Son habitáculos, con dos hileras de literas dobles, donde las dos de arriba se usan para dormir, y las dos de abajo se usan para... sentarse, eso sí, los unos enfrente de los otros. 6 personas. 2 de ellas se tumban arriba y las otras 4 se disputan lo que queda. Podría ser peor, o no es verdad?

     Me ofrecieron de comer una especie de pomelo gigante y me dieron un poco de conversación en inglés. Algunos jóvenes ya lo hablan bien. Me gustó mucho el gesto del pomelo, esta chica fue muy amable. Poco después se fueron tomando posiciones, comenzaron los ronquidos...

Por qué nadie me habló sobre el bed seat?
Esto es pa los mochileros más duros

     Después de intentar dormir de mil maneras, con el campeón del mundo del ronquido al lado, con acrobáticas posturas e inimaginables escorzos, finalmente conseguí dormir algo. A las 5 de la mañana, madre e hija, que compartían la cama de arriba, me ofrecieron su cama después de asegurarme que no iban a dormir más. Mil gracias a esta chica de nuevo.

     Finalmente, a las 7:30, el tren llegó a Beijing. La niebla era espesísima, y el frío era intuible. Tendría que comprar ropa.

Era muy temprano, y como el check in del hostel no lo podía realizar hasta las 12 del mediodía, decidí tomármelo con calma. Beijing ya se veía diferente. Mientras Shanghai está a la vanguardia de la moda y el lujo, en Beijing hay pinceladas de la China más purista. Hay más desorden, la gente va más despeinada, los rasgos étnicos son más variados, y por supuesto, todo es monumental y grande.

     Desayuné lo que podría ser un almuerzo en un bar cercano a la estación. Entre otras cosas, unos fideos en una sopa que si bien al principio comes con los palillos, al final has de beber directamente del bol. Me supo a gloria. Tras esto, decidí encontrar el hostel sin usar taxi. Para ello, tras una larga cola compré el billete de metro (2 yuan, más barato que Shanghai) y me metí en un vagón atestadísimo. Llegué a la plaza de Tian An Men, comencé a andar y preguntar sin resultado. Decidí tomar un transporte porque aquello era tarea imposible. Ni los taxistas sabían la dirección. Finalmente, me llevó un moto-taxi por 35 yuan (no quiso regatear, hasta me fui y volví, qué duro el tío), no sin antes tener que ir a otro hotel a preguntar.

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