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EL imperio del Medio

Escribe: hecwuxu
China, poco antes de los Juegos Olímpicos todavía era una región desconocida para muchos en Occidente...

 

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Capítulo 1
 

Primeros Seis Meses en Pekín

Pekín, China — lunes, 18 de junio de 2007

Corre el año de 2007 y con el mis estudios universitarios estaban por terminar. Saliendo de unas elecciones presidenciales cuestionadas en  México y resignado al nuevo gobierno que pintaba muy mal, me embarqué hacia un destino del que poca gente hablaba, un reino milenario del otro lado del océano Pacífico, más allá de Japón.

Después de un viaje largo y con los horarios biológicos totalmente confundidos, mis pies tocaron Asia por la primera vez. Fue como volver a nacer pues en mi realidad mexicana, me había convertido en un licenciado después de cuatro años de estudio, pero al otro lado del Océano Pacífico , no era más que un analfabeta incapaz de leer, hablar y escribir el idioma oficial de la República Popular de China. Tomando eso en cuenta después de 15 minutos en el aeropuerto, debía llegar a mi destino: La Universidad de Diplomáticos de China en donde pasaría los próximos seis meses estudiando la lengua mandarín, idioma practicado por más de 1133 millones personas en un país del que se dice dominará el mundo.

Durante las primeras semanas, como nuevo analfabeto y sin poderme hacer entender en el idioma "internacional", el inglés, la vida era difícil fuera de los muros de la universidad en donde se vivía  un ambiente cosmopolita con gente de todas las latitudes conocidas y otros provenientes de lugares de los que pocas veces nos acordamos como Mongolia, Kazajstán, Kirguistán, Laos o Siberia. No obstante las diferencias culturales, allá en el lejano oriente, los colombianos, alemanes o canadienses nos sentíamos como hermanos y es en donde racionalicé y comprendí por la primer vez el adjetivo de occidental.

Además a razón de las políticas gubernamentales, todos los occidentales, incluida la gente de Asia Central, estábamos destinados a vivir en un mismo edificio o residencia llamada Sushe separada  del edificio que albergaba a los Chinos. Cabe senalar que las condiciones de nuestro Sushe eran infinitamente mejores a las de los Chinos, en donde debian vivir seis personas en el mismo espacio que en nuestras habitaciones dormian 2  o tres personas ademas de que nosotros teniamos autorizado salir en las noches. Bajo esas condiciones, la comunidad extranjera del Sushe occidental, me mostro lo que yo llamo la verdadera ciudad, lugares poco frecuentados por turistas que incluyen restaurantes, centros comerciales, barrios y centros de esparcimiento que se diferenciaban de los circuitos turísticos frecuentados por los turistas.
Tiempo después, con nociones básicas  de la lengua, dejé de seguir a mis conocidos, entre los que se encontraban franceses, egipcios, coreanos, brasileños y búlgaros  para comenzar a explorar y conocer el país de manera más independiente. Ciudades espectaculares como Xi’an rodeada todavia de las antiguas murallas que la protegian de los mongoles, la superpoblada y moderna Shanghai o Huangzhou me recibieron.

Tiempo después como voluntario por el ministerio de Educación de China, pude conocer una ciudad aparentemente sin importancia, con 4 millones de habitantes y pérdida en lo profundo de China  llamada Suzhou en la provincia de Anhui. Fue en aquella ciudad donde mi inmersión en la cultura china fue total, pues tres semanas de mi vida transcurrieron en medio de una atmósfera cien por ciento oriental. Mi ritmo de vida cambió. Los horarios de comidas, las horas para descansar y el esparcimiento se emparentaron por primera vez con los de la población china. Descubrí  la derrota total en el ping pong, practiqué el Tai-chi, bebí con los maestros, y aprendí muchas nuevas expresiones en mandarín.   Al final de esas tres semanas, tuve nostalgia al tomar mi tren de regreso a la ciudad del norte.

Una vez en Beijing, comencé a buscar maneras de acercarme a la cultura china. Y me hice de algunas amistades entre ellas una diseñadora grafica quien me mostró   el ambiente artístico, culinario y auténtico de esta ciudad altamente consumidora en todos los sentidos: material, energética, económicamente y culturalmente. En estos momentos China encarna lo que alguna vez lo Estados Unidos  representaron: Una tierra de oportunidades y en desarrollo constante donde hacer dinero  es fácil. Los abusos al medio ambiente o a los derechos humanos  son un tema que no tocaré en el presente escrito.
Pekín, por esos meses se encontraba en un frenesí  de modernización y remodelación. El paisaje urbano cambiaba constantemente  de manera muy rápida. Ahí me di cuenta que una obra pública monumental, puede ser terminada en el plazo de dos a tres semanas y no hacen falta semestres o años  para su edificación como pasa en México.  Barrios completos y ancestrales como los Hutong fueron borrados del paisaje para dar paso a modernos edificios y centros de consumo masivo. Todo esto inscrito en el pragmatismo oriental de “borrar el pasado para dar paso al futuro”.

Nuevas leyes aparecieron como la ley anti escupitajos, práctica sumamente esparcida entre hombres y mujeres de todas las edades que buscaba cambiar esta costumbre que muchas veces incomodaba a turistas de todas latitudes.  Era la época previa a los juegos Olímpicos y por aquellas fechas  a  un año exacto antes de la inauguración de tan importante evento, el gobierno organizó un simulacro para la gran jornada del  08/ 08/ 2008. Día casi sagrado, pues además de tratarse de la oportunidad para que la nueva china se presentara al mundo, la fecha contenía tres veces el número de suerte 8, además de que ese ano correspondía al del cochino, animal sagrado que representa la abundancia. Contrariamente a lo que se pensarìa, el simulacro no consistió en una práctica de la ceremonia inaugural, sino en una prevención ante las inclemencias del tiempo: El gobierno chino, tenia temor en que en la fecha de su presentación al mundo, el clima no fuera el correcto y la contaminación se mostrara excesivamente elevada,  por lo cual, idearon un sistema que a base de químicos lograría esparcir las nubes de lluvia o la contaminación dando paso a una ceremonia inaugural perfecta.

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