La Fiesta de las linternas, una primavera que se acerca

Escribe: Cambaluc
En la primera noche de luna llena después del Año Nuevo chino, que se corresponde con el día quince del primer mes lunar, tiene lugar la Fiesta de Las Linternas, Yuan Xiao Jie. Su celebración data desde la dinastía Han (206 a. C. – 221d. C.). Una festividad en la que los fuegos artificiales colorean la noche, los faroles rojos iluminan las calles y la comida se convierte en algo más que una excusa para reunir a la familia.

 

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Capítulo 1

La Fiesta de las linternas, una primavera que se acerca

Pekín, China — miércoles, 18 de febrero de 2009

Una de las muchas leyendas que hay al respecto del origen de esta celebración narra que tiempo atrás un hombre cazó un ave sagrada del Dios Celestial. Como represalia de lo sucedido, decidió quemar todas las casas de la tierra el día 15 de enero (siguiendo el calendario lunar). Su hija, que tenía buena relación con los seres humanos, les enseño a confeccionar faroles de color rojo, a encender fuegos artificiales para engañar a su padre y así hacerle creer que el pueblo ardía. Por este motivo surgió, la que actualmente se denomina, Fiesta de Las Linternas o de Los Faroles y, todas las primeras noches de luna llena después del Año Nuevo, las ciudades chinas se tiñen de rojo.  

Es lógico que muchos de los elementos que se pueden observar en esta fecha tan señalada sean el papel, el  bambú y la pólvora. Por algo China es su mayor productor y fue su descubridor. Es el momento en el que este sufrido y milenario pueblo luce sus mejores galas y su gente se da un respiro. La cantidad de festividades que nutren su calendario se reducen a la nada si se compara con las jornadas de trabajo que marcan el ritmo de su acelerado, pero necesario, crecimiento. 

Ciudades que bailan al ritmo de una banda sonora que asusta y conmueve por partes iguales. Fuegos artificiales, petardos y demás productos pirotécnicos retumban y colorean un cielo donde las estrellas, aquí, sólo se intuyen. Los motivos navideños a modo de cuernos de buey se posan sobre sus cabezas y, lejos de representar más que un dudoso engaño hacia la pareja, lo pasean por las calles en señal de buena suerte. Como si de una noche de reyes se tratase, las familias salen de sus casas armados con sus cámaras de fotos para retratar esos ojos de los más pequeños que no cesan de brillar. Y es que si la Fiesta de la Primavera se celebra más de puertas hacia adentro, reservando momentos para pequeñas tracas de petardos en las puertas de sus hogares, esta primera noche de luna llena impulsa a los locales a disfrutar del ambiente y de los edificios decorados con luces para la ocasión.  

Infinidad de linternas rojas cuelgan de los dinteles de las puertas, se observan en los  balcones y decoran una ciudad impregnada por el color de la pasión, la suerte y la felicidad. Adoptando diferentes formas de animales, como la de aquellos  que  configuran el horóscopo chino (este año el protagonista es el buey), la de seres mitológicos como la del dragón, o la de aves, honran a una cultura ancestral tan real como ficticia. En el interior de estos faroles tan emblemáticos en este país y dados a conocer fuera de sus fronteras por el cineasta chino Zhang Yimou en su película, La linterna roja, penden de un hilo acertijos escritos en papel. De la mano de una lógica que todo lo articula, se llegará a desvelar el secreto del enigma oculto. El premio está asegurado, igual que se habrá disfrutado y pensado durante un rato, nunca excesivo. 

Dragones y leones toman las calles con sus bailes impregnados de simbología. Rodeados de faroles rojos y destellos en el cielo, emocionan a una población que percibe un fin, el colofón de unas fiestas en las que han disfrutado como en un país de hadas. Al contrario de lo que conocemos en el otro lado del mundo, el dragón no es el único al que le gusta bailar en fiestas, ya que el león le sigue muy de cerca, desempeñando papeles tan importantes para su cultura. Y es que desde que en esta festividad se quiso rendir honor a Buda y no sólo a la religión hindú, los dos animales han hecho de sus danzas un espectáculo callejero. Si en el sur de China, el león es vigoroso, amenazador, rápido y baila con movimientos acrobáticos difíciles de realizar, en el norte se muestra mucho más simpático, amable y gracioso, convirtiéndose más en un gato al que poco le falta para maullar. Y lo mismo ocurre con el dragón. Sus danzas son tan variadas en las zonas de la etnia han que resulta difícil presenciar dos espectáculos iguales. Ciudadanos, en su mayoría hombres, cubren sus cuerpos con largas telas que cobran vida al ritmo de tambores y platillos. Animales endiosados capaces de decidir sobre los fenómenos naturales que pueden afectar a la población china. Tomados como tótems, los han reflejan sus ofrendas en las ceremonias inundándolas de colores, movimientos y sonoridad.  

El mismo culto que se rinde a estos animales, también se realiza con la comida y es que gastronomía y festividad van de la mano en cualquier acontecimiento chino. Si en la cena de la víspera del Año Nuevo Lunar las familias se reunieron en torno a la mesa para comer empanadillas y tallarines en representación de la unidad y longevidad, ésta vez han ocupado su lugar unas bolas de arroz no tan conocidas para nosotros, los occidentales. Las yuanxiao se convierten en el plato fuerte de todos los comensales chinos. Aprovechando la inmensa producción de arroz que tiene este país, hace mucho tiempo sus ciudadanos probaron a crear un nuevo entretenimiento gastronómico.
Unas bolas hechas con harina de arroz se venden en las esquinas de las calles de Beijing mientras que los petardos no cesan de sonar. Aglomeraciones de gente se reúnen frente a estos quioscos urbanos con la intención de seguir con la tradición, de seguir soñando con su leyenda. Cocidas, hervidas o fritas. Dulces o saladas. Esa elección va a gusto del consumidor. Si bien las más conocidas son las rellenas de azúcar, sésamo o piel de mandarina, las saladas también tienen cabida en una comida que se pretende que pase al recuerdo hasta su próxima primera luna llena. Textura curiosa para nuestra lengua pero caprichosa para los locales. Estas pequeñas bolas de una masa pastosa no dejan indiferente a nadie y suscitan una gran variedad de opiniones entre los turistas. Y si en la cultura china nada es casual, su forma redonda y compacta tampoco lo es. Plenitud y perfección en consonancia a una unión familiar se convierte en uno de los pilares básicos. Pero si están de acuerdo en la representación de estas bolas, no lo están tanto en su denominación. Mientras que en el norte se llaman yuanxiao, en el sur de China prefieren referirse a ellas como tangyuan. Un detalle que muchos asocian solamente al nombre pero que otros defienden para diferenciar unas bolas de otras.  Lo que no se pone en entredicho es que las yuanxiao o tangyuan marcan el comienzo del fin de una fiesta tan relevante como familiar para el país.

Quince días después, China ya ha llegado al final de unas celebraciones que para la cultura han son las más importantes del calendario lunar. El color rojo, los sonidos de los petardos, el olor a pólvora y la familia han sido sus particulares regalos en unas fechas que se toman como referencia durante todo el próximo año. Ya han vivido una luna llena, ahora el buey influirá en las once que restan hasta el año que viene. ¡Feliz 4707!

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Noche iluminada por el rojo

   

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