Gambia: la costa de la sonrisa
Escribe: pepemanolo
Gambia es tan pequeña, que es fácil no verla cuando se recorre con el dedo un mapa de Africa.
Pero tras estar allí, uno no puede ya olvidar la luz de la sabana, la tierra roja que te traes sin querer por los rincones, los cientos de aves, los monos, los cocodrilos,... pero sobre todo, las gentes de piel muy negra y sonrisa muy grande, las mujeres con sus vestidos de colores, los niños con la curiosidad en sus ojos, los gritos de "tubab" en las regiones aisladas.
Eso es lo que te roba el co
Hacia la aventura II: la ruta hacia Wassu Stone Circles
Barra, Gambia — jueves, 14 de abril de 2011
Finalmente salimos de poblado. La carretera es ancha, lisa y en buen estado... pero eso no ha impedido que apareciese el primer problema a los pocos kilómetros. Hemos empezado a oír un ruido debajo nuestro, y al poco teníamos claro que en algún lugar de los bajos del vehículo se escondía un gato. Hemos parado en un lugar que no alcanzaría a llamarse ni siquiera poblado, tan sólo una casucha que parecía una tienda y un par de recintos cerrados por muros, pero como por arte de magia, a los cinco minutos teníamos una caterva de niños bajo el coche buscando al animal. Tras unos minutos, como no podía ser de otra forma, los chiquillos le habían ganado la partida al pequeño y asustado cachorro, que ha salido corriendo hacia unos matorrales. Les hemos dado un billete para que se lo repartieran, pero con buen tino, el adulto que se había acercado lo ha cogido, ha ido a la tienda, y ha repartido las chucherías que ha comprado con él.
De nuevo en ruta, nos hemos adentrado en la Gambia rural, pues ya no había más asfalto que el de nuestra carretera, ni más edificios que algunos poblados cuya única calle era la propia carretera, con pequeñas calles de tierra transversales que desembocaban en las grandes extensiones llanas de sabana, grandes llanuras salpicadas de arbustos y árboles aislados, entre los que destacaban los baobabs. Como rompiendo la monotonía, hemos cruzado zonas encharcadas, humedales casi sin profundidad donde apenas se veía alguna garza blanca y ramas y troncos muertos caídos como dedos saliendo de las aguas someras.
Los poblados, cada vez más pequeños, han dejado los mahones para dar paso al adobe y los techos de caña y paja, rodeados por empalizadas de caña o simplemente de troncos clavados en el suelo unos junto a otros. La imaginación nos empieza a hablar de visitas nocturnas, de esos animales que solamente hemos visto en los documentales de televisión. Por ahora, a la luz del día, solamente hemos visto gallinas, perros, ovejas, cabras, y vacas marrones y delgadas de cuernos abiertos que pastan libremente por los alrededores del poblado. Eso sin olvidarnos de los burritos que tiran de viejos carros de madera, descansan atados a la sombra de un árbol, o simplemente caminan por la llanura a paso reposado en sus ratos de descanso.
Bajo el calor y la sequía sorprende que cada poblado tiene su fuente (un pilón con un grifo y una pica) o su pozo, donde los niños y las mujeres llenan sus bidones de plástico. En la carretera apenas nos cruzamos con algún otro vehículo, y pasan kilómetros entre los encuentros con ellos.
Hacia mediodía, detenemos la ranchera bajo un inmenso baobab. Es hora de comer. Cuando preguntamos a Bojang y Musa qué prefieren poner en el pan, si atún o sardinas, se sorprenden, sobre todo el conductor. A estas alturas ya sabemos que muchos de ellos solamente hacen una comida al día aparte del desayuno, pero no por gusto sino porque no tienen, por eso ayer decidimos comprar para los 5.
Pasado el momento inicial de sentirse algo violento al aceptar, han cogido su media barra de pan y su lata elegida y todos hemos preparado los bocadillos. Yo he cogido uno de los tomates, lo he abierto por la mitad y mientras lo untaba le he explicado a Bojang que el pan con tomate es algo típico de nuestra tierra natal. Al terminar de untarlo, he tirado el pellejo bajo el árbol, e inmediatamente Bojang me ha preguntado por qué lo tiraba; así que el de la segunda mitad, sin acabar aún de creer la importancia que tenía el pellejo, se lo he dado. Y sí, de la mano a la boca.
En un viaje como éste, al sumergirte entre ellos y compartir ratos de sus vidas, aprendes a volver a descubrir la importancia de las pequeñas cosas, el valor de lo que no se tiene, y a reflexionar sobre nuestra vida de derroche y despilfarro. Tenemos de todo, lo tenemos siempre, y eso hace que ni siquiera nos demos cuenta de ello, y por eso nos acostumbramos a tirar en vez de aprovechar.
Tips:
El viaje hasta Wassu y Janjabureh se hace largo, y los poblados son escasos y pequeños. Por ello, se ha de hacer provisión de agua, y no está mal llevar una pequeña comida por si acaso. Son atentos de por sí, pero un saludo educado que entiendan (asalamu aleikum) abre aún más las puertas.
Tiene que ver con: Idioma, Qué llevar
En Georgetown, Gambia
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