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Gambia: la costa de la sonrisa

Escribe: pepemanolo
Gambia es tan pequeña, que es fácil no verla cuando se recorre con el dedo un mapa de Africa. Pero tras estar allí, uno no puede ya olvidar la luz de la sabana, la tierra roja que te traes sin querer por los rincones, los cientos de aves, los monos, los cocodrilos,... pero sobre todo, las gentes de piel muy negra y sonrisa muy grande, las mujeres con sus vestidos de colores, los niños con la curiosidad en sus ojos, los gritos de "tubab" en las regiones aisladas. Eso es lo que te roba el co

 

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Hacia la aventura I: Banjul - Barra

Barra, Gambia — jueves, 14 de abril de 2011

Ayer, nuestro anfitrión nos preguntó si era cierto que planeábamos visitar el interior del país, y tras confirmárselo, puso a nuestra disposición un vehículo con chófer y pidió a Bojang para que nos acompañase. Así que desviamos el taxi a la vuelta de Abuko y fuimos a comprar latas de atún y sardinas, y mañana al salir pararemos a comprar pan y agua para los cinco.
 
Así que a las ocho de la mañana estábamos los tres preparados en el hall del hotel. Enric sigue con diarrea y retortijones; Agus tiene la mano como un guante de béisbol; yo soy, de momento, el único que se mantiene indemne... y esperemos que siga así.
 
Cuando hemos visto bajar a Bojang de una ranchera completamente nueva, visto el parque móvil que anda por estos lugares, no dábamos crédito a nuestros ojos: ¡un Mitsubishi L200!. De hecho, aún conservaba los plásticos en los asientos que ponen los concesionarios. Un chico jovencito, delgado, perfectamente vestido, era nuestro chófer; parecía tímido, hablaba poco hasta con Bojang. Hemos salido del hotel y hemos pedido a Bojang comprar agua y pan. Lo hemos hecho esperando en la cola del ferry.
 
El embarcadero es un espectáculo difícil de describir: coches y peatones moviéndose sin orden en todas direcciones; un mercadillo donde poder comprar casi cualquier cosa antes de embarcar, incluso una zona con mesas y banquetas para poder comer durante la espera. Mujeres ataviadas con vestidos de vivos colores, gentes cargando cualquier género sobre la cabeza, y viejos camiones llenando el aire de humo negro. Hemos ido hasta los puestos del mercado con Bojang, y hemos comprado un paquete de seis botellas de agua y cinco barras de pan. Ahora estamos listos para empezar la aventura.
 
Pedimos a Musa, que así se llama el conductor, permiso para subir en la parte de atrás de la pick-up. Nos dice que tiene orden de atendernos en lo que queramos, así que podemos subir donde queramos, y podemos pedirle que vaya más despacio, más rápido, que pare para sacar una foto, que tome un desvío o se detenga en un poblado.

Agus y yo nos subimos para disfrutar del espectáculo en todo su esplendor, mientras Enric, tocado, se mantiene en el interior en el alivio del aire acondicionado. Es temprano pero la temperatura y el bochorno recuerdan ya a nuestro verano mediterráneo.
Disfrutamos del ambiente en cola de embarque, hasta que nos ponemos en marcha. Subimos al ferry, viejo y oxidado como todo en este país, pero en pleno uso.

Desde la parte superior disfrutamos del primer espectáculo del día: una vez colocados los vehículos, se abren las puertas de la estación de pasajeros, y una avalancha multicolor, como una
marabunta, se acerca y se distribuye por el ferry hasta llenarlo completamente, abajo y arriba. Entonces partimos, Barra nos espera al otro lado del Gambia. En la orilla, grupos de pescadores dejan pasar el tiempo en la arena, bajo las palmeras, con sus cayucos amarrados a la orilla.

Banjul empieza a alejarse con su skyline carente de cualquier edificio alto, mientras un cayuco abarrotado pasa junto a nosotros con no menos de 40 personas a bordo y mientras en la orilla que se aleja poco a poco el colorido y la actividad rodean a los cayucos de los pescadores que acaban de llegar. En el ferry los pasajeros matan el tiempo charlando o simplemente contemplando las aguas tranquilas con indolencia, mientras los bebés duermen en un hatillo a la espalda de trajes coloridos.
Así, poco a poco, una orilla idéntica a la que hemos abandonado se va acercando: Barra. Junto al embarcadero, los niños juegan al fútbol en la arena mojada de la playa. El desembarco es igual de animado y caótico que el embarque, pero al revés:
primero una marea multicolor abandona el barco y se pierde calle adelante, y después, entre el humo de los camiones viejos, la hilera de vehículos pisa de nuevo tierra y se interna en una calle-mercado.

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