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Viaje a las profundidades de Bariloche

Escribe: adegiacomo
Crónica de una travesía realizada en el corazón del Parque Nacional Nahuel Huapi. Arrancamos siendo siete, pero el destino -y sobre todo la naturaleza- quiso que la termináramos sólo tres.

 

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Bariloche, Argentina — martes, 7 de febrero de 2012

...Y ENTONCES QUEDARON TRES
El lago Mascardi amaneció encapotado. Feo. Gris. Y con una noticia que para Casi, Lean y yo era como un final anunciado: Gaby, Pato, Toshi y el Pipi abandonaban la travesía y se marcharían a Pampa Linda en colectivo. No había nada de sorpresivo en aquella decisión, a ninguno de los cuatro le daba la nafta para continuar. Y menos en alta montaña. Nuestra excursión por las lagunas Azul e Ilón estaba pautada para tres días y los flamantes “desertores” prometieron esperarnos en la base del Tronador. Allá fueron.
Sabíamos que la separación era lo más saludable para el grupo, lo que no evitó que arrancáramos bajoneados. Antes de guardarla, volví a repasar la carta del Instituto Geográfico Militar. Recordé una humorada del Pipi: “¿ese mapa te vino en la revista Billiken?”, me había preguntado la tarde anterior después de ser testigo de nuestros inconvenientes -y graves- para embocar la ruta. Lo íbamos a extrañar.
Salimos con rumbo oeste por el camino que se dirigía hacia la ruta pero apenas vadeamos el arroyo Claro nos desviamos hacia el norte. La picada circulaba dentro del bosque y de a poco aumentaba su gradiente. A nuestra derecha corría el Claro y luego el Azul, afluente del anterior y desagüe de la laguna homónima.
Cruzamos el arroyo haciendo equilibrio sobre un tronco caído y nos mudamos a la orilla opuesta. Más adelante lo vadeamos por segunda vez y a partir de aquí el terreno se puso encajonado y escabroso. Cada tanto, el sendero nos expulsaba del espeso lengal y nos obligaba a trepar a través de las enormes lajas verticales por donde se desplomaba el arroyo. Para ese entonces lloviznaba y las piedras tenían la adherencia de un jabón. Algunas superaban los dos metros de altura y en partes quedábamos colgados. Custodiando el sector de escalones más peligrosos, la imagen de una virgen tranquilizaba y asustaba al mismo tiempo. Mamita querida... suerte que el Pipi y compañía recularon. Creo que hoy estaríamos volviendo a este lugar pero para llevarles flores.
Entramos por el extremo sur de la laguna. El arroyo nacía a nuestra izquierda, lo que significó cruzarlo una vez más ya que el área de acampe estaba oculta entre las lengas achaparradas de enfrente. La Azul o Callvú descansa a unos 1500 metros sobre el nivel del mar y es como un cráter. A pesar de ser tres cargábamos dos carpas porque en ninguna cabíamos todos. Cerca nuestro acampaba un grupo grande de chicos y chicas que también proyectaban salir al día siguiente hacia la Ilón.
Al expirar la tarde hubo cerrada deliberación. Es que el clima lucía como la peste y dudábamos si continuar con la travesía o no. Según gente del Club Andino Bariloche, los filos aun conservaban mucha nieve y no aconsejaban mandarse. Tampoco queríamos volver por el mismo camino. Terrible dilema.

ESCALERAS AL CIELO
Casi durmió en su carpa y en la restante, Leandro y yo pasamos una noche de mierda. El frío y las ganas de orinar no nos dejaron pegar un ojo y ninguno tuvo coraje para asomarse por miedo a morir congelado. Salimos entumecidos de las carpas y nos recibió un cielo despejadísimo. Los otros acampantes zarparon temprano y antes de salir nos explicaron la ruta hacia la Ilón: había que encarar por el flanco oriental de la laguna y al mismo tiempo trepar por la piedra hasta enganchar el filo que la rodea. Al mediodía despegamos nosotros también.
Volvimos a saltar el arroyito y luego de atravesar un sector con bastante vegetación comenzamos a darle duro y parejo para arriba. La piedra estaba suelta, o sea, un festival para nuestros tobillos. La pendiente, además, era pronunciada y caía a pique sobre las oscuras aguas de la Azul. Sin escalas. La ruta estaba señalizada con pircas, por lo que no había forma de errarle.
Esquivamos por debajo a un peligroso manchón de nieve y recuperamos altura hasta alcanzar el filo. Hacia el otro lado y no muy abajo se veía la pequeña laguna Crettón. Retomamos el cresteo y comenzamos a rodear a la Azul, ahora por el norte. Creo sin temor a equivocarme que estábamos frente a lo más lindo y excitante de la travesía. El paisaje era demoledor. Hacia el sur se veía la Azul y una puntita del Mascardi. El Tronador aún permanecía tapado por el filo que une el cerro Punta Negra con el Capitán.
Desde el norte de la Azul, las marcas nos fueron llevando en diagonal hacia la derecha en busca del filo del Capitán. Bajamos a una pequeña depresión y descubrimos a nuestra izquierda una nueva lagunita: la Jujuy. También encontramos nieve, bastante, no había manera de zafar.
Comenzamos a subir el filo. Esta parte de la travesía no me la voy a olvidar jamás. En ese momento marchaba primero y me puse a trepar un talud de hielo tallando escalones con los pies. Parecía el final. Sobre mi cabeza no se adivinaba más nada y ardía de curiosidad por saber qué encontraría al llegar. Me asomé a una especie de terraza y me volteó el blanco enceguecedor del Tronador. Íntegro, con todos sus glaciares. Sé que el paso del tiempo distorsiona tamaños y distancias, pero lo recuerdo increíblemente cerca, casi chocándonos la cara.
Desde este lugar obteníamos mejores vistas que antes, supongo que rondaríamos ya los 2000 metros de altura. Ensayamos un barrido visual sobre la inmensa cordillera. Hacia el noreste se apreciaba parte de la isla Victoria y del lago Nahuel Huapi, incluido su brazo Tristeza. Desde el horizonte norte sobresalía la lejana silueta del Lanín. Hacia el noroeste y mucho más cerca descubrimos al lago Frey, hundido entre espesos bosques y empinados paredones de piedra que parecían tallados a mano.
Seguimos rumbo al poniente y comenzamos a bajar sin dificultad hacia el mallín de Ricardo (así se llama). El cielo se mantenía despejado y los relojes promediaban las seis. No llegábamos ni en sueños a la Ilón, sin embargo ya existía un plan B: acamparíamos en el mallín. Claro que para desbaratar planes la naturaleza está mandada a hacer: la senda se entreveró en un lengal y al rato se cerró. Dimos marcha atrás, volvimos a intentar por otro lado y nada. El mallín estaba al alcance de la mano pero no lográbamos penetrar ese laberinto de arbustos. Se hizo tarde y urgía una nueva decisión. Pasamos entonces al plan C: pelamos las carpas y las armamos en un pequeño rellano de la picada. A metros corría un hilito de agua y al frente seguía imperturbable el Tronador. Pavada de lugar.

TODO LO QUE SUBE TIENE QUE BAJAR
Esa noche tampoco fue de las mejores, para qué les voy a mentir. El furioso viento que cargó sin parar sobre las carpas estuvo cerca de convertirnos en los auténticos barriletes cósmicos.
Salimos temprano con la idea de pegarle hasta Pampa Linda. Decidimos no insistir con el sendero porque esa maraña de arbustos iba a repeler cada uno de nuestros nuevos intentos. Manteniendo la altura, encaramos hacia la izquierda por arriba del límite de la vegetación hasta empalmar un corredor de piedra suelta que descendía casi hasta el mallín. Bajamos bastante. La vegetación volvió a negarnos el paso pero solo quedaban 50 metros y pensábamos atravesar ese ramerío como fuera. Y así ocurrió: por unos cuantos minutos fuimos lo más parecido a tres jabalíes salvajes.
En el mallín nos reencontramos con el grupo de chicos de la Azul. Ellos habían acampado allí y justo arrancaban. La senda en esta zona se presentaba confusa y tratamos de pegarnos a la cola de ellos para evitar más pérdidas de tiempo.
Viramos hacia el sur y nos internamos en un hermoso bosque. Llegamos a la orilla norte de la Ilón y comenzamos a bordearla por el este. Los primeros 100 ó 200 metros resultaron ser un poquito húmedos por no decir que tuvimos que chapotear en el agua. Desde aquí también disfrutamos de otra vista maravillosa del Tronador. Regresamos al bosque y encontramos al pequeño refugio Papá Manuel, perteneciente al Club Andino Bariloche. Estaba equipado con mesa, cuchetas y cuentan algunas historias que el grupo de sacerdotes que lo construyó se esfumó misteriosamente. Paramos un rato largo para almorzar y seguimos viaje.
Dejamos la laguna y continuamos con rumbo sur por adentro del bosque. Caminamos un buen trecho sin desniveles importantes. Cruzamos un mallín, volvimos al bosque y al toque iniciamos el descenso a Pampa Linda. Y qué descenso. La bajada era empinadísima, con mucho escalón de piedra y tronco atravesado, ideal para pegarse “el” palo. Alcanzamos finalmente el llano y nuestras maltratadas piernas lloraron de felicidad. Ahí nomás vadeamos el río Alerce y nos peinamos para hacer la entrada triunfal a Pampa Linda.
Rastreamos a nuestros amigos. Imaginamos bajas pero no, estaban todos y, después del emotivo recibimiento, nos contaron sus novedades. Durante esos 3 días, Gaby y Pato subieron sin carga al refugio Otto Meiling, en el Tronador, y Toshi y el Pipi se dedicaron a no hacer nada, excepto comer y retomar algunos vicios ciudadanos. Tomamos como base el albergue del lugar y por la noche nos desquitamos con una cena contundente. Algo que no fuera arroz, polenta o fideos. Y alguna bebida un poco más vigorosa que el agua mezclada con sobres de jugo, je.
Pasamos dos días completos en ese hermoso lugar. Comimos mucho, repusimos víveres, lavamos ropa, calmamos dolores musculares y curamos ampollas. Con “color” y con “glamour”, culminaba así una de las travesías más duras y desopilantes que cada uno recuerde. Y no era solo una apreciación nuestra. Lo había confirmado el guardaparque de Pampa Linda en una charla con Pato y Gaby durante nuestra ausencia: “El Casalata está cerrado hace años. No entiendo cómo los dejaron salir del refugio San Martín”, parece que exclamó asombrado después de escuchar el relato. Haberlo sabido antes, ¿no? Aunque pensándolo bien, por un lado fue mejor. Y sí. ¿Con qué historias nos hubiéramos cagado de risa en las reuniones post viaje? ¿Cómo hubiésemos desplegado sino ese enorme talento natural que tenemos para sufrir, como repetía cada dos pasos nuestro amigo el Pipi?

FIN

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