Viaje a las profundidades de Bariloche

Escribe: adegiacomo
Crónica de una travesía realizada en el corazón del Parque Nacional Nahuel Huapi. Arrancamos siendo siete, pero el destino -y sobre todo la naturaleza- quiso que la termináramos sólo tres.

 

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Capítulo 2

Segunda Parte

Bariloche, Argentina — martes, 7 de febrero de 2012

QUÉ NOCHE, TETÉ
Amanecimos con una idea bien clara: partir a la salida del sol ya que la travesía hacia el lago Mascardi vía arroyo Casalata prometía ser larga y dura. Nueve horas, señalaba el mapa del Club Andino Bariloche. Un amigo que había lidiado con el valle años atrás fue más gráfico: “es Vietnam”, me anticipó. Pero para tranquilizarnos estaban los refugieros del San Martín: según ellos solo íbamos a encontrar “un poco de barro”. ¿Un poco?
Pusimos proa hacia el oeste. A la media hora cruzamos el desagüe de la laguna de los Témpanos y luego de circular por el borde de un mallín comenzamos a trepar por la piedra en busca del Paso Schweitzer. El nombre de esta brecha de altura recuerda al topógrafo Pablo Schweitzer, quien explorara ambos valles en el año 1920.
Nos montamos a un sitio alucinante. A retaguardia contemplábamos aun la depresión donde descansaba la Jakob y asomándonos un poco hacia adelante ya podíamos palpitar el largo y verde valle del Casalata. Frente a nosotros se imponían las paredes oscuras del cerro Cuernos del Diablo. “Todo el color, todo el glamour”, repetía el Pipi con renovados bríos. Nos permitimos una breve parada fotográfica e iniciamos el empinado descenso.
El terreno no estaba para nada firme. Hubo quienes se frenaban con los pies y quienes se la rebuscaban también con la cola. Uno de los que derrapaba era el Pipi. Quién si no. “Me sobra talento para pasarla mal”, bromeaba resignado mientras se sacudía el polvo del culo. Repartiendo maldiciones, aterrizamos finalmente en lo que vendría a ser el nacimiento del valle. El Casalata nos daba la bienvenida a su umbroso reino de pesadillas. Ya no había vuelta atrás.
El curso de agua corría de norte a sur y la ruta prosiguió sin desniveles. Por arriba nos custodiaban enormes y vistosos paredones de piedra pero al ras del suelo gobernaba la monotonía. La senda (por llamarla de alguna manera) se mudó al otro lado del arroyo, inaugurando una infinita sucesión de vadeos. Para el primer cruce cambiamos zapatos de trekking por sandalias. Para el segundo también. Para el tercero creo que también. De aquí en adelante decidimos caminar directamente en sandalias. A decir verdad, preferíamos movernos por el agua por una sencilla razón: de las orillas para adentro era todo un gran mallín. El Pipi andaba en ojotas y le aconsejé trabar los dedos para que no se las arrebatara la corriente. Fue inútil. “¡¡¡¡La ojotaaaaaa!!!!!”, gritó a mis espaldas, mientras el calzado se me acercaba como un barquito de papel. La pude tomar y lo esperé. “¡¡¡¡¡La otraaaaaaaaa!!!!!!”, volvió a gritar desesperado al desprenderse la del otro pie. Tuvo suerte, también se la “pesqué”.
En la parte que nos tocaba ir por adentro del bosque no dábamos dos pasos sin quedar empantanados o atrapados entre las cañas. En un momento pisé confiado y mi pierna derecha se enterró hasta la cadera. Pato y Gaby venían a la par mía y un poco shockeadas me ayudaron a salir. No estaban acostumbradas a ver a una persona chupada literalmente por el suelo. Y costaba liberarse de esas pegajosas y reiteradas trampas. Además, el implacable efecto sopapa que producían las sandalias al emerger del barro amenazaba dejarlas medio metro sepultadas.
Sin sendero visible, nos guiábamos gracias a unas cintitas rojas que aparecían anudadas en los arbustos cada 50 metros. Nos aferrábamos a ellas como a una línea de vida. El Pipi comenzó a acusar dolor en una rodilla y su rostro pasaba de la comedia de enredos italiana a la tragedia griega. Ya no había color ni glamour. Comencé a sentir culpa; si aquello ya nos resultaba perturbador para los experimentados, me imagino lo que debían sentir los dos novatos.
Corrían las horas y la ilusión de llegar ese día al Mascardi se hundía junto a nosotros en el fango. “En el primer lugar seco paramos a acampar”, decidimos entre todos. Sonaba a cargada; desde que habíamos caído al valle los tramos sin barro se podían contabilizar con los dedos de una mano. No exagero.
Ya casi sin sol encontramos un sitio donde cabían las tres carpas. El arroyo estaba ahí, a pocos pasos, pero el voluntario que fuera a buscar agua debía sortear una barranca. Los ánimos cotizaban menos que un billete falso y algunas caruchas rozaban el piso. Para entretenernos encendimos un fogón. El Pipi se había encerrado en su carpa y por medio de Toshi supimos que su pierna estaba inflamada y tenía fiebre. “El Pipi se me muere”, lanzó acongojada y al borde del llanto, en lo que podría ser el momento más tenso de la travesía. Mientras algunos cocinaban, Toshi entraba y salía de la carpa con el parte médico. “Me dice que no quiere seguir. Prefiere quedarse acá y esperar a que lo vengan a rescatar los guardaparques”, anunció. Al rato le ofrecimos un tazón con un puñado de arroz. “No quiere comer...”, respondió Toshi preocupada. Le insistimos y finalmente lo aceptó. “¡¡¡¡Hijos de puuuuta!!!! ¡¡Con esta miseria me quieren arreglar!!”, se escuchó clarito desde adentro de la iglú. No había más nada que agregar; confiábamos que al día siguiente el Pipi iba a estar rompiendo las pelotas como siempre.

BUENOS DÍAS, VIETNAM
Con tanta mugre e incomodidad, tantos dolores y culpas, esa noche solo podía haber una manera de dormir: como el culo. El Pipi afortunadamente amaneció repuesto y, apenas asomó su cabecita rapada de la carpa, arrancó con su stand-up diario. Espantaba así los temores de dejarlo abandonado a su suerte en la montaña. Por un momento lo imaginé vagando por el bosque con una barba hasta el suelo y convertido en leyenda. “Todo el color, todo el glamour”, iría repitiendo pero ya como un enajenado. Levantamos todo rápido y salimos a pelearnos con lo mucho o poco que faltaba hasta el Mascardi.
Fue necesario caminar diez metros para comprobar que nos esperaba más de lo mismo. Ingenuos de nosotros si soñábamos con un día exento de agua y fango. Comprendimos que la noche había sido solamente un oscuro recreo, un piadoso remanso.
Penamos por el barro un buen tiempo hasta que la senda se volvió más seca y visible. Cada cual comenzó a caminar a su ritmo, nos separamos. Puse la quinta marcha y tomé la delantera atropellando todo lo que encontraba a mi paso. Estaba con las quetejedis al plato. Volaba. Literalmente; para sortear un desmoronamiento del piso me agarré de la rama de un arbusto y pendulé como dos metros en el aire hasta caer donde continuaba la huella. Detrás mío sentí pasos. ¿Cuál de los chicos sería?, me pregunté intrigado. Apenas giré la cabeza vi venir corriendo a un sujeto con antiparras amarillas y atuendo de maratonista. Luego lo bautizaríamos “el aminowana”(1). Paré unos minutos a descansar y me alcanzó Gaby. Juntos llegamos después hasta un descampado y decidimos esperar al resto para almorzar.
Cruzamos por última vez el Casalata, esta vez por arriba de un manojo de árboles caídos. El entorno se mostraba más abierto y el sendero nos guió sin problemas hasta una playita ubicada en el extremo noroeste del Mascardi. Al revés de lo habitual, esta vez los náufragos llegaban desde tierra adentro.
Caminamos unos 200 metros hacia el norte y plantamos bandera entre los árboles de la orilla. Armamos las carpas y disfrutamos de esas horas libres que nos regalaba la soleada tarde. Algunos lavaron algo de ropa en el lago y otros se dieron el famoso “baño polaco”(2). En la margen opuesta se alcanzaba a ver el lujoso hotel Tronador y cualquier huésped con binoculares podía descubrir asombrado una escenografía digna del veraneo de los Campanelli. Nos sentíamos dueños de ese paraíso de aguas turquesas. Pero más allá de aquel instante de relax y goce, el asunto pasaba ahora por saber cómo y quiénes continuarían la travesía. Ya habría tiempo para charlarlo durante la cena.


Continuará...


(1) Los “aminowanas” son los personajes de un conocido chiste de cazadores.
(2) Pies, culo y sobacos.


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