Rutas con historia

Escribe: adegiacomo
Entre la zona de Bariloche y Puerto Montt existen senderos que fueron descubiertos por jesuitas y antiguos exploradores. Hoy son una interesante propuesta para cruzar la cordillera con mochila al hombro o a caballo.

 

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Capítulo 1

Camino de los Vuriloches

Bariloche, Argentina — domingo, 22 de marzo de 2009

Aclaración: el cerro o monte Tronador pertenece a Argentina y a Chile. Al buscarlo en el listado de cerros argentinos aparecía señalado en cualquier lado.

ADIOS PAMPA LINDA
Nos hubiese gustado seguir a Chile con nuestros amigos Lean, Pato, Toshi y el Pipi, pero por distintas razones (cansancio, laburo, compromisos...) seríamos de la partida solo Gaby, Casi y yo. Llevábamos comida para una semana, o sea que no hace falta ser brillantes para imaginarse lo que pesaban esas fucking mochilas.
La travesía que íbamos a encarar tenía cierto sabor a historia; se llamó antiguamente “Camino de los Vuriloches”, ya que atravesaba el territorio de estos indígenas que inspiraron, años más tarde, a quienes bautizaron a la gran ciudad del lago. Los libros cuentan que los primeros en utilizarlo fueron los españoles, en el siglo XVII, en sus incursiones de hostigamiento a los nativos. También relatan que fue el sacerdote jesuita Juan José Guillelmo quien lo redescubrió entre 1711 y 1715 mientras se desempeñaba como superior de la Misión del Nahuel Huapi. Agilizaba así la comunicación con Ralún, en el Pacífico, ya que hasta ese entonces los misioneros debían vérselas con los “peligrosos” lagos Nahuel Huapi y Todos los Santos. Sin embargo el flamante enlace quedaría en desuso debido a la tensión con los indios, quienes creían que reabierto el paso volverían a padecer a los españoles. En 1791 fue el padre Menéndez quien se empeñó en habilitar esta antigua vía, y a principios del siglo pasado la relevó el ingeniero Emilio Frey, primer intendente del Parque Nacional Nahuel Huapi.

Desde Pampa Linda -base del Tronador- nos escabullimos por el sendero que conducía al Paso Internacional Vuriloche, ubicado sobre el borde sur del gigante blanco.
En cuatro horitas de marcha cuesta arriba aparecimos en algo que se asemejaba a un paso. En medio de un bosque bajo y melancólico rastreamos en vano alguna señal que nos indique el bendito límite. La huella a partir de aquí comenzó a bajar; por lo que intuimos que ya estábamos en Chile.
Sin chance de esquivarlo, caimos al famoso Mallín Chileno, una pampita inundada donde, a causa del "efecto sopapa", las sandalias de goma amenazaban con quedarse medio metro bajo el barro. ¡Y andá a encontrarlas, después!
Escapamos hacia la derecha rumbo a un bosque y finalizamos la marcha frente al retén de Carabineros.
 
EL LADO OSCURO DEL TRONADOR
Tras un día de espera para que nuestro amigo Casi subiera al refugio Viejo, decidimos partir. La mañana se presentaba soleada y sin nubes. Con las mochilas calzadas nos despedimos de los carabineros y de grupo de seminaristas que había arribado desde Argentina. A nuestra llegada nos habíamos topado con un contingente de aspirantes a monja, o sea que el lugar ya nos parecía una sucursal de El Vaticano.
Dejamos atrás el bosque y salimos a una loma abierta donde se veían árboles quemados. Un ejército de tábanos decidió escoltarnos, convirtiendo en pesadilla la tarea de caminar, de filmar, de tomar fotos... en fin, la tarea de existir. Si esto era así en Febrero, ¡¡cómo habrán roto los huevos el mes anterior!! Hacia atrás descubrimos la cara oeste del Tronador y a su glaciar Blanco. De allí nace el río del mismo nombre, que va a ofrendar sus aguas al lago Todos los Santos. La ruta se acomodó paralela al río, aunque bastante más arriba.
Comenzamos a caer en picada para vadear un afluente del río Blanco: el Traidor. Su apodo no es gratuito; dicen que las lluvias pueden multiplicar fatalmente su caudal en cuestión de minutos. Agradecimos el día que nos tocaba en suerte.
Volvimos a recuperar altura y la senda se volvió estable. Otra bajada, más adelante, nos dejó en un puente de madera que atravesaba un zanjón cerrado. Descubrimos que estábamos cruzando el río Blanco. Las lechosas aguas corrían unos 20 metros bajo nuestros pies aprisionadas entre paredones.
La huella desembocó en un descampado que habíamos visto antes desde arriba. Hacia el este seguía dominando la escena el Tronador, ahora un poco tapado por un cerro. Nos acercamos a un sector de cercas y tranqueras y con algunos animales. No tardamos en presentarnos ante el encargado de esas tierras, un hombre de apellido Oyarzo.
“Acampen donde quieran”, nos dijo en señal de hospitalidad. Y no nos sorprendió. Actitudes que en cualquier otro lugar son impensadas, aqui son moneda corriente. Además creo que la fascinación es mutua; la nuestra por encontrar gente viviendo en estos parajes, la de ellos por ver tipos con 25 kilos en la espalda... ¡¡que vienen aquí a pasar sus vacaciones!!
Oyarzo nos confirmó lo de unos baños termales que usaran los indios Vuriloches. Nos apuntó que quedaban en lo del poblador Velázquez, a 5 o 6 horas de aquí río abajo. “Pero acá también hay termas”, confesó orgulloso, invitándonos a conocerlas.
 
CANSADOS PERO LIMPITOS
A media mañana Oyarzo nos acompañó hasta la continuación de la senda. Cruzamos el Blanco por un segundo puente y volvimos a ganar altura sin alejarnos de él.
Otro día espléndido nos convertía en tres personas de suerte. El entorno se presentaba similar al de la jornada anterior. Bosques y áreas descampadas se alternaban repetidamente. Entre la vegetación de las laderas de enfrente descubrimos grupitos de alerces. En sectores, la erosión causada por el paso de humanos y caballos había dejado la senda entre uno y dos metros más abajo que el piso del bosque, formando pasadizos oscuros, casi túneles. En algunos tramos empinados se habían colocado envaralados con la doble función de evitar los resbalones y frenar la erosión.
Aterrizamos en lo del poblador Velázquez. El lugar era como una depresión donde el río Blanco recibía desde el sur las aguas del Esperanza; de hecho el paraje se denomina La Junta. Parte del bosque había sido talado quedando a cambio una pradera muy vistosa. Al acercarnos a la vivienda salió a recibirnos Leticia, la esposa del dueño de esas tierras. La simpática señora nos recomendó acampar en un terrenito ubicado a unos 100 metros de su casa.
Con autorización de Leticia visitamos los famosos Baños de Vuriloche, situados a orillas del Esperanza. El prodigio constaba de dos pozones y de un chorro de agua muy caliente que se deslizaba hacia la corriente helada del río. Una manguera vertía agua fría sobre las piletas para que los bañistas regularan la temperatura y no murieran hervidos. Nos sacamos la ropa y le regalamos a nuestros maltratados cuerpos otra inmersión reconstituyente.
 
HOSPITALIDAD CHILENA
El amanecer bajo la lluvia nos borró la sonrisa con la que nos habíamos ido a dormir después del cerdo a la cacerola que nos preparara Leticia para la cena. En honor a la verdad lo normal aquí es que llueva, o sea que no deberíamos quejarnos. Dejamos en un compás de espera el asunto de nuestra partida y nos fuimos a desayunar con los Velázquez y con una jóven pareja chilena que, al igual que nosotros, llegó hasta aquí a fuerza de piernas.
Una panzada de pan, mantequilla y mermelada nos hizo olvidar del mal tiempo. El ambiente era cálido y familiar. Los chicos chilenos también iban hacia Ralún y nos revelaron detalles de la ruta. Leticia nos mostró orgullosa la foto de su nietita a quien extrañaba a horrores. Su esposo Enrique nos contó que eran los únicos en el valle que tenían equipo de radio, lo que los convertía en un punto clave en caso de emergencia. Nos hablaron de sus gustos, necesidades, y a especial pedido nuestro se animaron a sacar a la luz historias de esas que quitan las ganas de andar solos por el bosque.

CUANDO NO LLUEVE... SE PREPARA PARA LLOVER!!!(1)
Eran cerca de las 12 y decidimos arrancar. La pareja chilena también se hizo a la ruta con nosotros. Nos alejamos de la casa en dirección al río Blanco y cruzamos hacia su orilla norte a través de un puente colgante.
La senda iba dibujada muy próxima al río y no sufría desniveles. Salimos a un descampado que resultó ser una pista de aterrizaje. Es la segunda que veíamos; la otra estaba siendo construida en lo de Oyarzo. Apuramos el paso debido a que llovía más fuerte.
El sendero se introdujo en un oscuro sector de selva valdiviana. Un nuevo cruce del Blanco volvió a estremecernos. Todo su caudal pasaba casi oculto varios metros debajo nuestro entre dos paredes que apenas alcanzaban el par de metros de separación.
Llegamos al enésimo descampado detrás del cual serpenteaba un río. Se trataba del Bandurrias y el lugar llevaba su nombre. Aquí existía una división de sendas. La opción diestra viraba hacia el norte siguiendo al río Blanco y en pocos kilómetros finalizaba en el lago Todos los Santos. La huella de la izquierda es la que conducía a Ralún y desde aquí nos esperaban entre 2 y 3 días más de viaje.
Apenas tomamos nuestra ruta apareció otro conjunto de casas. Eran cerca de las 5 y encaramos hacia ellas con el fin de pasar allí la noche.
Nos recibió Pedro Muñoz, quien vivía aquí junto a su jóven esposa. Pensando en el enchastre que quedaría después de armar las carpas bajo la lluvia, Casi tuvo el antojo de dormir en el granero. Le aprobé la idea; a esa altura todo trabajo que pudiera ser evitado era bienvenido. El hombre nos dió luz verde para ocuparlo y en un abrir y cerrar de ojos lo transformamos en nuestra improvisada casa. Antes nos despedimos de los jóvenes chilenos, quienes prefirieron acampar más adelante. Como vecinos de pieza teníamos a un par de caballos y a una manada de ovejas. Para los dos perros del matrimonio éramos la gran novedad del día y espontáneamente decidieron convertirse en nuestros cariñosos guardianes.

BARRO TAL VEZ(2)
El cielo parecía abrir y después del desayuno decidimos reanudar la marcha. Con los primeros rayos de sol volvieron unos viejos conocidos: los tábanos.
La senda ingresó en una amplia y despejada llanura. Pasamos cerca de una vivienda y una señora de edad se arrimó hasta la tranquera para orientarnos. Buscábamos como referencia una laguna con árboles sumergidos y nos apuntó que estábamos “ahí nomás”. No nos ilusionamos; sospechamos que traducido al sistema métrico del campo ese “ahí nomás” podía llegar a ser una eternidad.
La senda volvió a ocultarse en el bosque y el terreno se hizo trabado. Un corto descenso nos dejó en uno de los extremos de la laguna en cuestión. Justo allí nacía el arroyo Quitacalzones y cruzamos hacia su márgen oriental por un sector de fondo muy bajo.
Seguimos paralelo al río pero sin verlo. Cruzamos uno, dos... miles de riachos mas y nos internamos por un buen rato en un bosque lúgubre. El barro hacía lento nuestro desplazamiento y nos arrastraba a un estado cercano a la locura.
Le tocaba el turno ahora al río Hueñu Hueñu y nos detuvimos a esperar a Gaby que venía un poco rezagada.
A la media hora entramos a una propiedad abandonada. A nuestra derecha corría el río Conchas, formado por la unión del Quitacalzones y el Hueñu Hueñu. La otra orilla casi no existía, era un paredón que terminaba en el cielo. El lugar no era el paraiso pero había un discreto espacio para armar las carpas. Revisamos nuestros víveres. "¡Más vale que mañana lleguemos!", fue la súplica.
 
RECTA FINAL
Continuamos viaje sabiendo que nos esperaba una larga jornada. Cruzamos hacia la margen norte del río Conchas y seguimos bordeándolo. Pensamos en todos los ríos y arroyos que habíamos vadeado desde que salimos. Licenciados en hidrografía éramos ya.
Volvimos a la márgen sur del río e iniciamos otra resbalosa trepada. A mano derecha y bien abajo distinguimos a un extenso e inquietante mallín. Supongo que todo este esfuerzo era para evitarlo. Detrás de él comenzamos a ver parte de la laguna Cayutué, que desagua en otro brazo del lago Todos los Santos.
Aterrizamos a orillas de la laguna y comenzamos a bordearla por el sur a través de una costa de totoras. Hacia el norte divisamos al volcán Puntiagudo, uno de los emblemas, junto al Osorno, del parque nacional que transitábamos desde que nos asomamos a Chile: el Pérez Rosales.
Nos separamos de la Cayutué y empalmamos la senda que unía el lago Todos los Santos con Ralún. El trazado era más ancho ya que la laguna es muy visitada por pescadores y turistas que vienen a pasar el día. Era graciosa la cara que ensayaba la gente cuando les confesábamos venir a pie desde Argentina. Volvimos a trepar, maldita sea, y alcanzamos el portezuelo Cabeza de Vaca. Aquí comenzaba un precario camino de autos, que como un suave tobogán descendía zigzagueante en busca del Pacífico.
La visión panorámica del estuario de Reloncaví con el volcán Yate como fondo nos produjo un cosquilleo en todo el cuerpo. Debía ser por la emoción y el orgullo del objetivo cumplido. Un piadoso caballero nos cargó en su kombi y nos eximió de seguir coleccionando ampollas. Quedaba un montón para Ralún. Más bien que poco al lado de todo lo hecho. Nada en comparación con este sueño gestado con romanticismo desde los mapas y los libros de historia.

(1) Es un conocido dicho del Sur de Chile.
(2) Famoso tema del Flaco Spinetta.
 


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