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No es un viaje, es un cambio de vida, una apuesta total.

Escribe: DONQUIJOTE75
Este diario es, en pura esencia mi experiencia en el que es mi primer viaje transoceánico de larga duración y con miras de establecerme en Argentina de manera definitiva. Mi idea es tomar mi residencia actual como punto de partida o campo base para ir conociendo poco a poco toda latinoamerica, pero eso es otra historia. A modo de Blog, iré colgando asiduamente mis nuevas experiencias para quien quiera pasar un rato, como mínimo ameno.

 

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Capítulo 1
 

La partida

Barcelona, España — domingo, 14 de diciembre de 2008

EL VIAJE

O la secuela de "La Odisea" de Omero

 

Mi viaje hacia el nuevo mundo fue una odisea que me hizo compararme seriamente con los primeros colonos que cruzaron el Atlántico en carabelas de madera crujiente y ratas del tamaño de conejos. Valga decir, como paradoja, que llevaba hasta el parche en el ojo de bucanero, pues a dos noches de mi partida, Pancho, la rata-perro hijo de siete padres que le regalé a Yolanda hacía meses, me agujereó la córnea del ojo derecho calculando mal un rápido movimiento ninja cuando estábamos jugando.

Mi partida fue muy apresurada. Estaba divagando sobre cuando ir hacia allí, cuando en una sorpresivamente tierna conversación telefónica con  Javi, mi hermano en el exilio, me dijo que le haría mucha ilusión inaugurar el negocio para el día de la Raza, fiesta nacional en Argentina que conmemora con humildad el sometimiento indio bajo el yugo hispano (¿). Tenía muchas ganas de que yo estuviera para la inauguración, el día 12 de Octubre. Pues manos a la obra. Aceleré al máximo los trámites que me quedaban por cumplir. Compré el billete el día antes de mi partida, me divorcié dos días antes (casi pierdo el ojo aquella noche), arreglé mi estado de sitio con el banco tres días antes, guardé la moto el día antes... total, una quimera que en más de un momento me hizo presagiar que no llegaría a tiempo. Pero al final lo conseguí.

La noche antes de mi partida, Yolanda había organizado una fiesta sorpresa de despedida en la cafetería "Vivaldi", donde siempre íbamos y núcleo social de Vila-seca, con los "amigos" más cercanos que allí hice.  La verdad es que me gustó mucho ese detalle. Quizá, en parte me hizo sentir especial, y casi no me importó que la fiesta estuviera a punto de acabar en tragedia cuando dos de mis "amigos" que se guardaban cierto requemor en su relación esporádica, ebrios de alcohol y sentimientos encontrados (era su estado natural), casi se matan en una pelea etílica en la que tuve que hacer de mediador, juez y parte. Al día siguiente hice mi maleta con Yolanda (imagínate qué momento) y después de guardar a "Orange Queen", mi preciosa 650cc bicilíndrica, me despedí de ella fundiéndonos en un tierno abrazo de moco y lágrima.

Comí cualquier cosa en casa de mi madre y ésta me llevó al aeropuerto en su coche (1 hora y 36 minutos). Ella disimulaba su disgusto con la maestría de una madre veterana, curtida en estas lides. Yo hacía ver que no me daba cuenta de ello. Después de esperar 1 hora y media más, embarqué en un desnutrido avioncito de Alitalia, donde no pude aguantar más y me quité el antiestético parche de bucanero que cubría mi ojo después de haber colisionado con multitud de objetos que entraban en mi campo periférico muerto. Después de un vuelo teóricamente agradable de 1 hora y 56 minutos llegué al destino de mi primera escala. Roma.

¡Que "piaccere", la vieja Roma, la ciudad del  arte en estado puro. Ma fan culo, cazzo di merda! y porca miseria (es todo el italiano que aprendí en mi estancia de dos semanas en Sicilia). Distraído, pensaba en mi falta de recursos verbales en el preciso instante en que miraba en mis billetes la hora y puerta de embarque. Entonces, me sobrevino un escalofrío desde la punta del dedo gordo de mis pies cansados, pasando por un escroto que se contrajo a niveles inusuales y llegando a mi herido ojo descubierto. Releí varias veces la información que buscaba, con la esperanza de no haber entendido bien los parámetros de mi vuelo. En Marsans, la compañía donde compré el billete electrónico vía internet, habían sido tan previsores que sólo un cuarto de hora separaba la hora de llegada y la de embarque. Me encontré de repente perdido en el aeropuerto, con mi escasa mochila en la espalda, conteniendo el llanto y con quince minutos de los que ya había consumido ocho, para llegar a mi avión. Estresado y sudoroso me movía como un autista al que le excitara mirar los carteles informativos que colgaban del alto techo, practicando la marcha atlética con la cabeza erguida y un ojo lloroso. La pesadilla no había hecho más que empezar. Los pasillos se solapaban repletos de DuttyFrees, tiendas de ropa de marca, Kioscos de prensa y demás purgatorios para el consumista moderado. Además, estos centros de degradación espiritual eran idénticos unos a otros, lo que le confería a mi carrera desesperada la sensación de estar dando vueltas en círculo. Al fín, cuando transpiraba hasta esa vertical que separa con milimétrico acierto  ambas nalgas, a lo lejos leí  "Puerta de embarque 31" (en italiano, claro). Meditando aceleradamente en cómo actuar si me decían que mi vuelo había partido, eligiendo si soltarle a la primera y sintética azafata que me encontrase un sonoro bofetón o un puñetazo en la matriz e intentando engañar a mi cansado pecho con respiraciones diafragmáticas, empecé a descender lo que parecían las escaleras del averno. Cuando llegué abajo resoplando como un Miura, mi sorpresa fue tal, que creía que me iba a coger una apoplejía  o me iban a tener que recoger del suelo meado, cagado y con un ataque de ansiedad en toda regla. En lugar del mostrador-trinchera de las siliconadas y estúpidas azafatas, me encontré un adusto andén de metro (¿) con aire futurista pero comido de mierda. Justo cuando estaba a punto de saltar a la vía y acabar con mi quimera, vi llegar esa cápsula espacio-temporal, que en teoría me llevaría a destino. Dentro del "mini" metro, era un solo vagón, miré mi Fossil de correa ancha y contraje mi esfínter al descubrir que sobrepasaba en veintiún minutos mi hora de embarque. Después de tres intensos minutos de viaje, llegaron al mostrador los restos de mi brillante cuerpo sudado. Apoyado, sin resuello ni fuerzas para golpearla, le pregunté a una Barby con excesivo maquillaje y nimio conocimiento si las ciento cincuenta almas apretujadas en el vestíbulo esperaban también mi vuelo. Su respuesta fue un grotesco y afirmativo ademán con su cabeza vacía. Absorto en la diatriba de porque cajeras de supermercado y azafatas me producían el mismo tipo de alergia, me apresuré a sentarme en mi asiento numerado.

La paz por estar ya dentro del armazón presurizado del Boeing, se vio enturbiada ante la visión de mi asiento. En lugar de los aproximados tres metros de anchura del resto de la fila de asientos reunidos en grupos de tres, mi grupo de tres era considerablemente más estrecho que el resto al estar justo al lado de un cubículo que albergaba los lavabos y el almacén-cocina donde las azafatas se reunían en manada a desgarrar vilmente con sus críticas al resto de tripulación. Resignado, me senté al lado de un señor muy estropeado y que olía mal, y su yerna con pinta de alcohólica rehabilitada. El señor en cuestión era argentino pero nacido en Sicilia. Qué gran cruce, pensé mientras obviaba el comentarle que yo había estado en su tierra natal, rodeado de mafiosos y calles sucias. Cabe destacar que las inconexas conversaciones con el engendro maloliente, se veían enturbiadas por el hecho de que hablaba a través de uno de esos micrófonos extraños que usan los traqueotomizados. Estos diabólicos artilugios transforman la voz estomacal de los operados en una suerte de tono robótico. Mezcla sutilmente a C3PO con un siciliano que conserva el deje y lo remata con acento argentino y tendrás una conversación tan inverosímil como absurda. Después de librarme diplomáticamente del cyborg, su yerna me contó su vida entera y la de sus hijas adolescentes, pasando por la segunda juventud que vivía con su rudo marido como moteros a lo "Born to be Wild".

En fín, a la primera oportunidad opté por hacerme el dormido adoptando una ridícula posición fetal-vertical en mi incómodo asiento de verde Alitalia. Abriendo un solo ojo como quien espía un escote fuera de lugar, me aseguré de que los dos frikis estuvieran ya en las brumas de Morfeo y haciendo el menor ruido posible, me atreví a encender el pequeñísimo monitor que tenía ante mí con la intención de visionar algún film. La alegría pasajera del principio al ver el elenco de novedades cinematográficas disponibles duró poco. Al seleccionar el estreno que me apeteció, descubrí con horror que el doblaje del film se parecía peligrosamente al que le ponían a las series de la "Hormiga Atómica" o de "Speedy González" que devoraba compulsivamente en mi niñez. Cada personaje parecía competir por tener la voz más absurda, histriónica y ridícula del conjunto. Sintiéndome quizá un poco sibarita por obviar mi única distracción al comprobar el estado de estrés que me provocaban esas voces del mercadillo de "La Salada", me resigné a intentar dormir re adoptando mi posición de feto nonato atormentado.  Cada vez que un pequeño riachuelo de baba me anunciaba que estaba a punto de perder la conciencia a favor de un ligero sueño, las turbulencias hacían que recordase que me encontraba a unos nueve mil metros del suelo, sometido en un ataúd de última generación, acompañado de la Familia Monster. Así, con el esfínter como la única parte despierta de mi aletargado cuerpo, luchando por no dejar escapar la enorme ventosidad que le daba a mi barriga el aspecto de la de una madre primeriza, me decidí por empezar a hacer un breve repaso de mi vida. Este, como bien sabes Oráculo, es un viaje introspectivo y de análisis personal, y ello me sirvió como excusa para pensar en mi pasado y así de paso intentar que dicho pensamiento me sumiera en el letargo del que vuelve a visionar una película tediosa y así, con suerte poder echar una cabezada. Me dediqué a reflexionar sobre mi presente, ese fugaz trozo de tiempo que separa el pasado del futuro inmediato. Me considero raro, tal como está el patio en este planeta de tarados inconexos. Si seré raro, que no solo leo, también escribo. Así que sumido en  mi ensoñación, con la pereza y celeridad del que quiere dejar de pensar para poder dormir, conseguí atar cabos y resumir mi presente meditando sobre un breve texto que escribí en uno de mis últimos arrebatos de misticismo desaforado, seguramente con las secuelas de la última y rascante bocanada de humo con sabor a Marihuana  y que rezaba así:

"Ante mí.

 

Ante mí se abre un nuevo mundo. Un camino sin mapa plagado de espigas y emociones borrosas, un camino de penumbra que enfría.

Llevo un zurrón que coarta mi existencia. Grueso cáñamo entrelazado que guarda hermético los fantasmas, las espinas y las rosas. Un zurrón del que no puedo desprenderme, del que no quiero desprenderme. Y en él hay momentos y torturas, risas y llantos que me astillan el pecho. En él está lo más podrido de mi alma junto al mendrugo de pan de mi inocencia reencontrada. Hambriento, lo mastico hasta el colmillo, clavo una incisiva realidad de madurez trasnochada, y cuando más lo muerdo más hambre tengo, menos sacío mi gula por entender, por entenderme y perdonarme.

Ante mí se abre una nueva senda. Y dejo atrás la Barcelona burguesa de mis primeros recuerdos, la Ibiza de amapola y agua cristalina, de sol que es sol e infancia perdida, de naturaleza y despertares, de soledades y melodías, de bicis y catequesis, de holguras en mi cuerpo, de mamá no quiero que te mueras. Dejo también el regreso a la gris urbe, el metro con asientos de madera, la ostia de un director apolillado del Opus Dei, los llantos en honor de una represión desconocida, el descubrir el sexo y a mi padre, mis coqueteos con la madurez absurda de un mundo adulto desdentado, a la llalla, a los espíritus, a la Goofi, a mi habitación cambiante de adolescente hiperactivo, a los encantes, a la gaseosa.

Ante mí se abre un nuevo horizonte. Y atrás quedan, polvorientas, transformadas a merced de una mente tan inquieta como selectiva las horas de espera en la estación, el beso con amor y prisas en el andén de Tarragona, las risas cómplices, ese beso que inició el resto de mi vida. Las canciones asonantes de Sabina, el letargo tras la barra de un bar que me apresaba, las explosiones de sentimientos, de violencia, las tardes de sexo entre jadeos y sudor, el primer piso, y el segundo, y el primer hogar que nunca  fue, las broncas...y al final el silencio. Al final, el principio del fin, de dos años de ansiedad y angustia, de no querer ver, de despertares, de agarrar al toro por los cuernos, de pensar en mí para salvarla a ella, de pensar en ella para encontrarme.

Ante mí la vida se abre de piernas. Y aquí estoy. Solo. Flotando en una especie de magma de desconcierto, observando el paraíso a dos pasos de mí y con las piernas hundidas en las arenas movedizas de la sinrazón de mi razón. Anhelando dar el paso que me llevará directamente a zambullirme en el oscuro mar de mi introspección. Deseando no dar un mal paso aún sin poder andar. Y se ven ya muy lejanos los sueños de libertad cuando has asumido la soledad explícita que conlleva. Y se ven frustradas las expectativas de nuevos mundos, de nuevos cuerpos, de nuevas sensaciones. Y se hace extraño acariciar tu antiguo mundo.

 

Ante mí tengo mi segundo nacimiento, mi segunda oportunidad. Me siento como un niño asustado, desnudo y huérfano, un niño que improvisa, que descubre. Un niño en un cuerpo de 70 kilos que tiene que jugar a ser un adulto responsable y a hacer ver que entiende. Un niño tan hambriento como desconcertado. Y busco en mi zurrón de cáñamo normas, reglas, principios, virtudes y defectos, y solo encuentro el mendrugo de pan de mi inocencia.

 

Ante mi la vida se muestra como es. Un regalo que solo aprecia quien quiere hacerlo. Y yo pienso hacerlo, dejando atrás vértigos y temores, voy a vivir intensamente. Porque en  la incertidumbre   de lo desconocido, aún encerrado en el alma de un niño que quiere ser feliz, se que si algo he tenido siempre es fuerza. Y ya va siendo hora de usar esa fuerza para dejar de poner rocas delante del sendero. Porque ya es hora de dejar de sobrevivir y empezar a disfrutar de la vida. Porque acabo de nacer y el útero materno ha sido una buena escuela, o simplemente porque la vida merece ser vivida."

 

Sumido en el recuerdo de mi prosa barata pasé la noche. Entre los doscientos cincuenta y ocho movimientos contorsionistas que limitaban mi sueño, embriagado por los funestos perfumes del cyborg en descomposición y reteniendo los deseos de un ano con los mismos kilos de presión que las tuberías de una nuclear en plena fusión de núcleo, conseguí al fin echar una cabezada.

Teniendo en cuenta que la mísera media hora de sueño me había llevado toda una noche de abruptos intentos, me concedí la licencia de cagarme por lo bajini en la reputísima madre de un señor que no cesaba de gritar todo un elenco  de improperios argentinos a un azafato canoso y con la misma cara de estupor que debía tener yo, arrancándome de los tiernos brazos de Morfeo por esa aguda voz infernal. El gran drama, lo que impulsaba a ese caballero con una cara de Marroquí con sífilis que invitaba al puñetazo, a liar de repente aquella tangana, era ni más ni menos el hecho de que no le habían servido un café dado que las turbulencias hacían que el negro contenido rebosara de la taza de plástico. Mientras tanto, el resto de pasajeros y tripulación, con las Barbies mongólicas liderando, seguíamos la disputa como si de un partido de tenis se tratara.  Las atentas y risueñas miradas pasaban de uno a otro personaje con el interés propio del puro morbo. Hastiado, aburrido, cansado y maltrecho, cerré los ojos para intentar aislarme sin éxito de la discusión, hundiéndome de nuevo en mi incómodo asiento. Así, con los ojos cerrados y siguiendo el tono del combate que iba decreciendo, sonreí a medias por los instantes de paz que se acercaban. Hasta que de repente, cuando estaba en el mismo filo que separa el sueño de la consciencia, mis ojos se abrieron como platos al escuchar una voz que gritaba como si estuviera a un palmo de mi oído. Era el azafato canoso que increpaba con ira, las venas del cuello a punto de estallarle y el frenesí de un galgo en plena carrera, al pobre cyborg, que presentaba, con su metro y medio de estatura una actitud chulesca y confiada que no le pegaba demasiado. Nervioso, asomé tímidamente la cabeza por encima del asiento de delante y pude ver a todo el conjunto de morbosos y sonrientes voyeurs mirándome a mí, a la yerna motera y al puto siciliano camorrista. Poco después me enteré de que el desvalido cyborg, en un alarde de camaradería para con el otro tripulante histérico, se había dedicado a estirar de la pernera del corporativo pantalón azul marino del azafato canoso que hacía ver que se había calmado y sin rastro de timidez le soltó a través del artilugio robótico:

-          Viéndote, no me extraña que Alitalia se haya ido a la mierda.

Las consecuencias de ese arriesgado comentario tuvieron un efecto de plaga bíblica, de fín del mundo, para el azafato canoso. Toda la rabia que había expulsado se quedó en nada ante el segundo amotinado. Hasta mí, que estaba al lado de la ventana llegaban los salivazos perturbados de un hombre a punto de sufrir una arritmia. Entre toda la tripulación masculina se lo llevaron a empellones para impedir que su líder y defensor a ultranza de la compañía acabara pegando a Robocop. Para satisfacción y triunfo de este.

Así llegué a Buenos Aires capital. Con el tiempo descubriría que estas trifulcas explosivas son algo más que comunes en este país mestizo.

Fui a buscar mi mochila de noventa kilos y cambié euros por pesos. Tras el sellado del pasaporte por parte de un funcionario calvo excesivamente amable, con la mirada extraviada propia del consumidor más que ocasional de merca, salí al hall del Aeropuerto Internacional de Eceiza.

Ya no había vuelta atrás. Había llegado a mi destino y una mezcla de emoción, cansancio y felicidad me embriagaba. Destiné los primeros minutos en acomodar mi mente ante mi nueva situación. Había también en mi enferma psique de acelerado consumidor compulsivo un amplio repertorio de emociones, nerviosismo y, porque no decirlo, un miedo desconocido. No era un miedo visceral, de ese que te hiela el escroto,  inmoviliza y no deja pensar. Era un miedo meditado, un estado de alerta que me hacía incluso agudizar mi maltrecha visión periférica e intentar controlarlo todo a mi alrededor. Me sentía desprotegido ante el trajín de ida y vuelta de miles de almas parapetadas por carritos, rollers, maletas de diseño y petates, sumergido en una nueva cultura contra la que me habían advertido en incalculables ocasiones los propios argentinos con quien hice amistad en Tarragona. Historias leídas y escuchadas sobre secuestros express, chamullos varios, maleantes, fierros, villas, ansiedad por la plata europea y envidias por ser del primer mundo. Ni siquiera cuando amanecí por error en una lúgrube favela de San José, esa inmensa y destartalada urbe y capital de Costa Rica, y tuve que parar el todo terreno ante la urgencia mingitória de mi ex mujer, tuve esa sensación de desamparo. En esta ocasión, tal como buscaba en mi Odisea de Omero particular, estaba absolutamente solo.

Tras pasar unos minutos de impás, parado a lo Down, observando a mi alrededor y sintiéndome solo y mal acompañado, llegué a la conclusión de que lo más inteligente era buscar una consigna para acomodar mi tanque-mochila que ya empezaba a quebrarme la espalda y la vida.

Ante la imposibilidad de abrir la puerta tapiada de un cubículo rectangular que me miraba con tristeza, a través de unas ventanas como ojos también tapados con maderas multicolor, y en donde en un tímido cartel retro se leía "consignas", me decidí por consultar a un subalterno tucumano que pasaba  la mopa de forma robótica sobre el encerado y agrietado suelo.

       - Perdona - dije con un marcado acento de español del siglo pasado para marcar distancias de clase, - ¿sabes si abrirán hoy las consignas?

El robótico tucumano abrió sus negros y expresivos ojos de ratón, tiñendo su cara con una expresión entre asustada y amable.

-          Si señor, pero no se decirle cuando.

-          Pero...¿será hoy?, intenté concretar mediante mi pregunta retórica

-          No se decirle, señor, creo que si, pero no se decirle cuando.

Se me empezó a nublar la vista. El portátil Acer que llevaba en la mochila estaba modificando por completo mi estructura ósea, presionando sin ninguna sutileza entre dos de mis abotargadas costillas. El peso desproporcionado de mis bienes arqueaba mi espalda hacia delante, manteniéndome en una ridícula pose similar a la que adoptan los saltadores de esquís en la nieve olímpica segundos antes de despegar. El ojo herido comenzó a supurar. Respiré hondo, e intentando esbozar mi mejor sonrisa, con mi tono de camaradería reservado a crear complicidad y caer bien, insistí.

-          Vale. ¿A qué hora abrieron ayer?

-          No, ayer no abrieron, lleva unas dos semanas cerrada - musitó el tucumano que se había puesto nervioso al presentir mi apremio.

-          ¿Sabes si abrirán hoy?, reiteré cada vez más tenso.

-          No sé que decirle señor, quizá mañana...

Así terminó mi conversación incierta con el escuálido funcionario. Perdido, tuve el presentimiento de que ese era un rasgo más del variopinto panorama cultural local. Un descabellado surrealismo inpreciso en todo lo concerniente a horarios y servicios.

Rendido, acomodé mi inmensa mochila sobre un carrito transportador que hurté a un grupo de adolescentes con una relación inversamente proporcional entre su acné y sus neuronas. Agarré mi engendro mecánico de cuatro ruedas, donde siguiendo la infalible y despiadada ley de Murphy no funcionaba una de las que tenía que guiar el carromato, y entre jadeos llegué a fuera. Me sentí como una celebridad al recibirme una multitud que a mi paso y de forma ordenada se me acercaba para preguntarme si necesitaba un taxi, un colectivo (autobús), que me sellaran mi mochila al vacío, e incluso seguros de viaje. Una vez que pude zafarme de la servicial comitiva, alguien me golpeó sin querer con una maleta al pasar por mi lado. El no se dio cuenta, pero yo observé sonriendo que se trataba del marido motero que acompañaba a la ex alcohólica y a robocop hasta su coche, entre los exagerados ademanes del cyborg que le contaba acaloradamente su experiencia con el azafato canoso.

Me senté en un frío y alto escalón que separaba el suelo del inicio de la pared de la fachada y hurgué la mochila en busca de mi paquete de Cafecrem, una suerte de puritos glamourosos servidos en una caja de lata que siempre he usado como primer paso para dejar de fumar. Estaba sumido en la liturgia de las primeras y ansiadas caladas, esas que raspan la garganta pero saben a gloria, cuando el chirriante sonido de mi móvil me sacó del ensueño. Era Javi, mi amigo y hermano. Con su voz pastosa e inconfundible de recién levantado me informó de que la hermana de Marta, su pareja actual y de la que te hablaré mas adelante, no iba a ir a recogerme tal como habíamos quedado, para llevarme hasta Mar del Plata. Me aconsejó que mirase los vuelos en el Aeroparque, aeropuerto que se encarga de los vuelos nacionales.

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