La sonrisa de África

Escribe: ropavieja
Son las 6.30 de la mañana, está a punto de amanecer cuando me dirijo hacia la playa, camino durante una hora en dirección a Banjul. Jóvenes gambianos . Se desperezan entre algunos cartones extendidos sobre la arena, se acercan para darme conversación, incluso uno de ellos me propone un concierto con sus tambores, pero le hago saber que no es la hora adecuada, ahora no lo resistiría, ni siquiera he desayunado. Insisto, pidiéndoles que me dejen caminar solo...

 

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Capítulo 1

La sonrisa de África

Banjul, Gambia — sábado, 24 de marzo de 2012

Otra vez tengo entre mis manos mi cuaderno de viajes. Otra aventura está por vivir.
            El aeropuerto de Barcelona será mi catapulta hacia la “sonrisa de África”, un pequeño país africano cuyo contorno dibuja una sonrisa para todo el continente.
            Gambia, con solo un millón y medio de habitantes, dedicados a la agricultura, la pesca y desde hace muy poco al turismo creciente. El río Gambia la recorre por completo y Senegal la envuelve por todos sus lados. Un país amable, hospitalario y seguro, que practica una democracia a la “gambiana”, existen elecciones “democráticas“, pero siempre gana el mismo candidato. La oposición es silenciada y encarcelada. Así me lo describen algunos ciudadanos.

            Me ha sucedido muchas veces pero no termino por acostumbrarme, al descender del avión en Banjul, la capital, una bofetada de calor y humedad, casi me hace desfallecer y eso que nos encontramos a finales de octubre, el fin de la estación lluviosa.
            La burocracia de fronteras se me hace liviana. En poco más de una hora estoy ocupando una cama en Senegambia, en la misma orilla atlántica. Aquí se inicia mi recorrido gambiano.

            El siguiente día lo dedico a buscar transporte, un guía, y contactar con varias personas para las que llevo encargos desde España. Un fuerte aguacero me retiene bajo la cubierta del hotel. Todo se convierte en agua, por arriba, por abajo, y con el río Gambia acechando, desembocando las torrenciales aguas en el océano.
            Tras este paréntesis acuoso me dedico a visitar una selva húmeda llena de monos, algunos con colores rojos y verdes, y sobre todo aves, hasta quinientas especies distintas habitan en el país. De verdad que me sorprende este bosque pegado al litoral. Ceibas, baobabs centenarios, palmeras, frutos como el kiwi, y muchos más árboles de maderas nobles en los cuales se practican rituales como la circuncisión a los niños o la obligada visita a los mismos de las mujeres que desean quedarse preñadas. Una sesión de danza y percusión de un grupo senegalés de la Casamance ponen fin a un día extraño y sorprendente.

            Son las 6.30 de la mañana, está a punto de amanecer cuando me dirijo hacia la playa, camino durante una hora en dirección a Banjul. Jóvenes gambianos se desperezan entre algunos cartones extendidos sobre la arena, se me acercan para darme conversación, incluso uno de ellos me propone un concierto con sus tambores, pero le hago saber que no es la hora adecuada, ahora no lo resistiría, ni siquiera he desayunado. Insisto, pidiéndoles que me dejen caminar solo, uno de ellos se pone algo pesado y debo actuar con más energía.

            A las 9.30 me viene a buscar el guía local con el que he pactado varios recorridos por Gambia. Haré una pequeña reseña sobre él: Habla un español perfecto, tiene sesenta años, tres mujeres, diecisiete hijos y cuatro nietos, viven todos juntos en una casa. Viajamos en un Land Rover descubierto, esta circunstancia me resulta agradable, el viento me va refrescando continuamente. Tras una visita obligada al mercado de Serrekunda, la ciudad más poblada de Gambia, un mercado que guarda el sabor del continente africano, atiborrado y colorista sin limites. Luego nos encaminamos hacia Lamin Lodge, un lugar rico en manglares, canales de agua, y animales como los monos, algunos de ellos me resulta agresivo. También las aves, que están por todos los lugares. Llega por fin uno de los momentos más esperados, degustar un plato de pescado recién sacado de las aguas, allí mismo, en Playa Paraíso. Gambia es una importante potencia pesquera, un recurso a tener en cuenta. Ahora debo dejar que pasen las horas más calurosas, es medio día, y no es aconsejable circular a la intemperie, una frondosa sombra es el lugar ideal. El sol puede llegar a asesinarte.

            La siguiente etapa es Tanji, un pueblo de pescadores, a media tarde llegan los marineros con miles de arenques. La mayoría serán ahumados allí mismo en unos hornos muy peculiares, los ahumaderos. La escena es irrepetible: mujeres con coloridos ropajes, niñas con sus característicos peinados de trenzas. Pero los protagonistas son los pescadores, se cuentan por centenares, mercadeando y almacenando el pescado, otros arrastran las enormes barcazas hasta tierra adentro. Tomo fotos sin descanso a la vez que inicio pequeñas conversaciones con ellos. El tiempo se sucede volando, debo emprender mi viaje hasta la “ciudad de los escultores”: Brikama, en este lugar se talla la madera de la que obtienen todo tipo de objetos; los mejores de toda Gambia.

            No hay nada mejor que un baño en el mar para acabar el día y despojarse de la tensión y el cansancio. Mientras me bañaba pude observar algo que nunca antes había visto, un martín pescador se zambullía en busca de su alimento, un pez para la cena. La playa está limpia… pero el fondo marino ya no tanto, en mis pies se enganchaban plásticos y otros objetos no identificados.

            Hay algo que quiero apuntar y que me sucedió durante la tarde mientras realizaba mi recorrido viajero: un chofer algo inexperto que circulaba en un coche Mercedes delante de nosotros se salió de la estrecha pista de tierra a un campo cultivado de mijo, tuvimos que remolcarlo con una cuerda para sacarlo del barrizal; dos turistas ingleses que viajaban en su interior no deseaban de ninguna manera salir de él, esto era imprescindible para poder ayudarles, una vez resuelto el problema ni se molestaron en dar las gracias. Si no es por el conductor del todo terreno en el que yo viajaba, todavía estarían en el campo sembrado esperando la noche. Escribo acerca de lo que me rodea, por eso tengo que moverme de acá para allá; y muchas veces debo tragarme situaciones indeseables que me repugnan.

            Mientras escribo se ha cortado la luz eléctrica un par de veces, esto es algo muy común en Gambia, el algunas zonas puede tardar en volver la energía todo un largo día.
            Algo que vengo observando desde que entre en el país es que observo a muchas mujeres europeas de mediana edad acompañadas de jóvenes negros. Así es la vida
            Todavía es temprano, sobre las siete y media de la mañana arrancamos en el todo terreno hacia Banjul, en la desembocadura del río Gambia, realmente es una isla que se conecta por transbordadores en el norte y por diversos puentes en el sur. Las calles de Banjul son amplias y con grandes baches por falta de mantenimiento. A pesar de la pobreza que rodea al país, la capital se desarrolla poco a poco como centro turístico. Subo a bordo del trasbordador para pasar a Barra, paso obligado para continuar hasta el país vecino: Senegal. El calor se hace cada vez más intenso, agravado por la humedad. Los niños se acercan en busca de caramelos, otros me ofrecen fruta y cacahuetes a precios realmente bajos.

            Una vez superados los trámites fronterizos continúo hacia la Reserva Natural de Fathala en Senegal. Esta reserva de animales limita con el Parque Natural del Salom, aquí coexisten las marismas, playas, manglares, ciénagas y bosques con  animales salvajes. A pesar de que no es una hora adecuada, son las 11.30 de la mañana… hace ya mucha calor y los animales se refugian en lugares frescos entre los árboles, la hierba  está muy alta por la aún inacabada estación de las lluvias, pero consigo ver algunas cebras, una jirafa, un antílope, monos, hienas, avestruces y aves, muchas aves, lo mejor de esta región africana. Dos horas de recorrido entre un laberinto de caminos delimitados por árboles de gran envergadura. Sin duda alguna aquí se encuentra todo un regalo de la naturaleza. Ya es hora de regresar otra vez a Gambia, a Kololi en Senegambia donde pasaré la noche.

            Comienzo una nueva etapa, esta vez voy doscientos kilómetros río arriba, hacia el interior, hacia lo más profundo e inhóspito del país. No tardé mucho en comprobarlo, el paisaje va cambiando, y como no, sus habitantes y comportamientos. La agricultura es dominante, la vegetación es abrupta, espectacular. Cada vez que atravieso un poblado es como si llegara un circo, los niños salen a mi encuentro para saludarme agitando sus manos mientras corren detrás del coche. Paramos en una escuela y los alumnos nos reciben con una canción, regalando sonrisas, aula tras aula. Aquí dejamos los materiales escolares traídos a propósito. Puedo comprobar que el nivel de escolarización es mayor de lo que esperaba. El transporte escolar es deficiente, los niños deben caminar algunos kilómetros para llegar a los centros escolares, los más mayores hacen auto stop en la carretera.

            Almuerzo en un restaurante junto al río que también sirve de albergue. Desde aquí realizamos una travesía en barca por diversos brazos del cauce. Uno de los objetivos es observar cocodrilos, pero tan solo se dejó ver uno y muy fugazmente. Las dos horas de navegación fueron intensas…, soy un desconocedor del mundo de las aves, pero esto no me impidió ver a cientos de ellas, volando, pescando o simplemente exhibiéndose. Baobabs, manglares, acacias…, una selva autentica, envidiable, derrochando flora y fauna.

            Casi al atardecer llego a mi destino: Tendaba, aquí existe una aldea y un campamento donde dormiré. Después de una sesión de percusión y danzas junto al río, me introduzco en mi cabaña, el calor es intenso. Apenas hay mosquitos, un insecto que suele ser abundante por estos lugares. Sobre las 3 de la madrugada cae un fuerte aguacero. El ruido que produce la lluvia al caer sobre el tejado de chapa se amplifica de tal manera que llega a ser alarmante. La luz eléctrica se corta y el campamento queda abandonado a su suerte, al capricho de las adversidades climatológicas. No puedo dormir, mi pensamiento está en el río, estoy junto a él y temo que se desborde. El río Gambia es caudaloso, en algunos lugares puede alcanzar hasta los veinte kilómetros de anchura. Todo ha quedado en un susto y cada cosa está en su lugar. Emprendo el regreso; encamino mi marcha por una carretera sin asfaltar, pararé en un poblado para conocer sus casas de adobe y chapa, el pozo de agua y los animales domésticos como las cabras y gallinas que corretean libremente; y como ya es habitual, los cultivos de arroz y cacahuetes.

            Otra parada para comer arroz, pescado y patatas. Ya en mi habitación, mientras escribo en mi cuaderno de notas, vuelve a caer otro intenso aguacero, pero esta vez con mucha carga eléctrica. Los check points o controles policiales y militares son continuos, aunque no tan corruptos como en otros países vecinos como Malí.
            Gambia no cumple todavía con los parámetros internacionales de respeto a los derechos humanos. Continúan verificándose arrestos a periodistas, ejecuciones sumarias y limitaciones de libertad de expresión. El presidente del país teme que algún día tenga éxito alguno de los atentados al que es sometido y de los que hasta ahora ha salido ileso.
            Hoy vuelvo a visitar el mercado de Serrekunda. Un niño gambiano cercano a la familia de mi amigo emigrado en España me ha pedido una camiseta del equipo de fútbol del Barcelona, esta escuadra parece tener más aficionados aquí que en la capital catalana. En el mercado me siento agobiado, todo el mundo quiere algo de mí, hay muchos vendedores y muy pocos compradores. Hace mucho calor y las calles resultan intransitables.

            En Gambia hay mucha población en paro laboral, no hay trabajo, pero me percato de que existen gambianos que no desean hacer actividad alguna. Como en otras naciones africanas, este es un país femenino, las mujeres cargan con las tareas del hogar, de los hijos, la comida y el cuidado de los animales, también de sus parcelas cultivadas.
            Después de un baño en el mar me dirijo a la casa de mis conocidos gambianos. Mi sorpresa es mayúscula, en ella me encuentro a más de veinticinco personas, la mayoría niños, muchas de ellas son simples conocidos o provenientes del mismo pueblo, ahí está la hospitalidad africana. Me reciben de forma tumultuosa y muy calurosa, los niños me rodean, me cogen de la mano y me bombardean a preguntas. La casa está situada cerca de una mezquita en el pueblo de Bakau, junto a la costa.

            He podido observar que existen muchas mujeres que portan una peluca en sus cabezas, esto obedece al deseo de lucir un cabello lacio. Los hombres me comentan que esta moda no está nada bien, ya que lo prohíbe la religión musulmana. En la zona donde me encuentro existe una incipiente vida nocturna, muy visitada por la juventud de lugares cercanos. Estos complejos de ocio y diversión no son nada frecuentes en el país.
            Hoy es mi último día en el continente. Apuro las horas visitando un mercado de tapices y un estanque de cocodrilos, rodeado de espectaculares árboles, a uno de ellos se le conoce como el árbol elefante, por que una de sus imponentes ramas simula la trompa de este mamífero. Solo puedo ver tres ejemplares de cocodrilos, deben estar todos en el fondo de la charca de agua. Tras otra visita a Banjul para hacer unas fotos por sus calles, me encamino a la taberna de Luis el Notas, un popular personaje, un español que lleva cinco años en Gambia y que mantiene una importante labor con los niños, alimentándoles, prestándoles ayuda médica y recogiéndolos en una casa. Su restaurante es un lugar de encuentro para los españoles que visitan la zona. Allí mismo lo conozco, su figura derrocha personalidad.

            Me toca aprovisionarme de algo de comida para mi viaje de vuelta, la compañía aérea no ofrece ningún tipo de alimento durante el vuelo. En el aeropuerto me piden dinero por cada actividad o trámite que realizo, para llevarme la mochila, para facturar, al rellenar el documento de salida del país…, desde luego la aportación es voluntaria, pero en un caso le di un billete a un funcionario y me mostró un gesto del que traduje que esa cantidad era irrisoria para el trabajo que había realizado, me entraron ganas de volver a quitarle el billete, desde luego mi expresión facial fue más intensa que la suya, por que agachó la cabeza y volvió a sus quehaceres doblemente asalariadas. Me dirigí al servicio de caballeros y al salir de mi habitáculo, allí había otro individuo con la mano extendida solicitando dinero por haber hecho uso del retrete, casi me lo llevo por delante.

Durante la espera para subir al avión, buena parte de los viajes se compone de esperas y retrasos, se sucedió por mi cabeza una buena ración de reflexiones sobre este viaje. Hay varias cosas que me gustaría reseñar en mi relato, algunas son simples curiosidades: los gambianos cuando se duchan públicamente lo hacen vestidos y se dan jabón por la ropa, así matan dos pájaros de un tiro. En las zonas más profundas del país, hacia el interior, río arriba, las comunicaciones son muy difíciles, los caminos son impracticables y están casi siempre embarrados. Tampoco hay luz eléctrica y el agua se debe extraer de pozos comunitarios. Mientras el presidente del país, llamado por muchos el dictador, mantiene excentricidades propias de un autoritario ególatra, una de ellas es ridícula y pintoresca: a la entrada de Banjul existe un gran arco, pero solo el presidente puede pasar bajo el mismo, por lo que el tráfico y las personas deben dar un gran rodeo por las calles limítrofes y secundarias para rodearlo y poder internarse en la ciudad.

En las bodas, las mujeres  más jóvenes bailan una danza llamada “ventilador”, que consiste en mover el trasero en círculos, un espectáculo de gran exuberancia, lo hacen para hacerse notar entre los varones solteros y para provocar de alguna forma que estos se fijen en ellas y puedan pedirles la mano.
Durante una cena a la que invite a mis amigos gambianos, terminé mi plato con una gran diferencia sobre ellos, solo utilizan una mano para comer, la derecha, la izquierda la mantienen abajo, nunca se debe utilizar ésta, pues es la que emplean para limpiarse después de defecar.
Curiosidades que dicen mucho de un país.



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