Diarios de viaje > Europa

17 días en Italia

Escribe: Carmen_G_A
Me casaba y quería hacer un gran viaje, después de barajar muchos destinos nos decidimos por Viajar a Italia. “supuestos amigos bien intencionados y también pero que muy cautos” me aconsejaron que el norte era poco seguro y el sur “la jungla”. Me sugirieron que hiciera turismo y me olvidara de viajar, ya que con el turismo tendría que andar con mucho ojo, según todos ellos, y que si me descuidase me quitarían hasta las bragas. Yo conocía y sabía que en Italia hay delincuencia y mucha...

 

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Sábado 27 de octubre del 2007, Decimo segundo día: Villa Adriana

Bagni di Tivoli, Italia — sábado, 27 de marzo de 2010

 Nuestro día empezó mal porque perdimos el tren que nos llevaba a Tívoli por tres minutos y tuvimos que esperar una hora, pero durante el día nuestra suerte cambió…

 
Villa Adriana es Patrimonio Mundial de la Unesco, fue construida entre los años 118 y 134. Era la suntuosa residencia veraniega del emperador Adriano, diseñada en gran parte por él mismo en fusión con la naturaleza, donde pasó los últimos años de su vida y desde donde gobernó el Imperio. Una gran corte, por lo tanto, vivió allí de manera permanente.  

 
Después de Adriano, la villa fue usada por varios de sus sucesores. Durante el declive del Imperio Romano, la villa cayó en desuso y quedó parcialmente en ruinas. En el siglo XVI, el cardenal Hipólito II hizo que gran parte de los mármoles y estatuas de la villa se trasladara para decorar su propia residencia (Villa del Este) ubicada en las cercanías. Entre las estatuas que había aquí se citan una copia del Discóbolo de Mirón, las ocho musas de Cristina de Suecia (Museo del Prado) y posiblemente la Diana de Versalles (Museo del Louvre). 

 
Está a 40 Km de Roma, una línea de autocar (Acotral) hace el trayecto cada 15 minutos con salida en la estación de metro de Rebibbia.

 Nosotros fuimos en tren desde Roma hasta Tívoli, desde el centro tomamos un autocar urbano y después hicimos una caminata de 3 km. hasta Villa Adriana. 

 
Durante la vista escuché a una chica con acento sevillano que guiaba a un pequeño grupo, y como cuando salgo la vergüenza la dejo en casa, ni corta ni perezosa le pregunté si era guía, me dijo que no, que había estado trabajando dos años en las excavaciones y había vuelto con su familia para enseñarles la villa. Le pregunté si le importaba que nos uniéramos al grupo, y ella respondió que encantada. Al principio estuve calladita, pero luego la estuve bombardeando con preguntas que muy amablemente nos contestó. Fue increíble, a lo mágico del lugar se le unió el poder disfrutar de lo que veíamos gracias a sus explicaciones. 

 
¡Tuvimos la gran suerte de cruzarnos con ella y obtener información de primera mano!  

 
Después de más de tres horas largas de visita, aunque nos hubiéramos quedado más tiempo, nos tuvimos que ir de regreso hacia el autocar, ya que en nuestro último día en Roma deseábamos también visitar Ostia Antica. De camino nos encontramos con una pareja de americanos que con gran dificultad interpretamos que querían ir a Tívoli, les indicamos que nos siguiera porque nos dirigíamos hacia allí. 

 
Jose y yo estábamos en plena forma, aunque no lo pareciera; acabábamos de realizar dos mudanzas, una desde un tercer piso sin ascensor, y además nos gusta ir de caminatas. Los pobres no nos podían seguir, nos supo muy mal, pero teníamos que ir a ese ritmo si queríamos coger el tren, de vez en cuando mirábamos para ver si nos seguían. Hubo un momento en que ella se detuvo, agachó la cabeza y apoyó sus manos en sus rodillas para coger aire; su compañero, el pobre venía corriendo con la cara roja empapada en sudor y con síntomas muy evidentes de cansancio, debieron pensar que o bien nos faltaba un tornillo o que éramos unos groseros… la distancia cada vez era mayor entre nosotros, tras girar una curva, al final de la calle se encontraba la parada; con señas les indiqué la dirección, cuando nos faltaban unos 300 m. para llegar a la parada del autocar lo vimos llegar, así que nos tocó correr como unos desesperados. Los pobres guiris se quedaron boquiabiertos, debieron pensar que definitivamente nos faltan varios tornillos. ¡Seguro que esa noche los americanos durmieron como lirones gracias a nosotros!

 los cinco minutos de llegar a la estación llegó nuestro tren.

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