En Atenas, la vieja ciudad, una mezcla helena y la larga estadía turca, se ve aún la influencia del gran Adriano, enamorado de la ciudad cásica. Yo entiendo el amor del emperador romano por esta bella ciudad (estoy seducido, lo confieso, por mi reciente lectura de la gran obra de Margueritte Yourcenar). La biblioteca de Adriano esta en medio de Plaka. Tb. el monumento de los Cuatro Vientos.
Desde abajo se ve la imponente Acrópolis y uno intuye que miles de personas se pasean por sus rincones, a la misma hora en que abajo te paseas con otras miles, entre tiendas y escaparates, vendedores de lino, restaurantes con ensalada y tzatziky, dulces, café griego (que es como tomar café turco pero...en Grecia); los automovilistas que con suerte se detienen en la luz roja; alguna pequeña iglesia ortodoxa metida en una calle central.
En las calles, un improvisado café desvía el tránsito de los autos y detiene la marcha de los transeúntes. Todos queremos un café y las raciones generosas de agua fria que dan en los restaurantes griegos.
La Acrópolis -grande, reluciente, vieja, herida de guerras, en eterna reparación- queda a un buen trecho. Poco importa, a subir al gran monumento de la ciudad. Ánimo, fuerza y muchos litros de agua, que el viejo y cargado mármol espera.
Abajo va quedando Plaka y Monasteraki, con sus tiendas, mercaderes, olor a café y canela, bocinazos de los conductores. Es un caos bello, un caos caluroso, un caos que no llama a dormir.