Atisbamos el Edén cuando estuvimos en Isla Diablo

Escribe: jimenez225
Cuando el sol se asomó en el hermoso horizonte me dio la sensación que Dios rondaba los predios de isla Diablo. Y lo presentí cuando el cielo se incendió y las nubes se tiñeron de un fuego celestial y espere la voz de Dios retumbar en los cielos, pero me invadió esa paz relajante que se apodera de tu alma y la lleva a lejanos mundos de introspección.

 

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1 Capítulo 3

Quedé maravillado del vergel marino de los Cayos Holandeses.

Archipiélago de San Blas, Panamá — lunes, 22 de febrero de 2010

                Nos embarcamos ilusionados. Muy ilusionados. Íbamos para Mauki, más conocido por todos como los Cayos Holandeses. Íbamos metidos en grandes bolsas negras de plástico, de las que usan para botar basura, pero que ahora servían como capotes. La travesía sería larga y queríamos llegar secos. Los primeros 15 minutos fueron una dulce luna de miel. El mar estaba apacible. Había jolgorio a bordo. Contrario a la tripulación, dos niños y el timonel, todos kunas, tenían una inamovible expresión estoica en sus rostros.  Mauki estaba lejos, muy lejos. Pero todo ese jolgorio cambio cuando el mar mostró sus largos colmillos. Y los saco progresivamente.

               Entre más nos alejábamos, más indigesto se tornaba el mar provocando un miedo colectivo entre el grupo que me obligó a escrutar el rostro del timonel buscando algún gesto de preocupación pero me topé con una roca. Los kunas rara vez revelan sentimientos.  Son estoicos. Así que pasé al plan "B". Observé  cómo sujetaba la palanca del motor. La sostenía holgado. Era buena señal.  No corríamos peligro con aquellas olas. Eso lo aprendí en el mar. Sujetas la palanca según el humor del mar. Pero para mis compañeros el mar quería tragarlos.

               Cuando el cayuco empezó a dar bandazos en aquel mar de levante, el silencio se alió al miedo y muchos se aferraron a la borda del cayuco. Giselle, una divina panameña que estudia en república Checa, por poco deja las uñas en el madero. Había un ominoso silencio en aquel espumoso y ruidoso mar.

                Cuando vi el fugaz celaje de una aleta de tiburón surcar cerca, mire inmediatamente la reacción de mis compañeros creyendo que lo habían visto, pero nadie se perturbó. Busque el rostro del timonel y este hizo un lento e imperceptible gesto de aprobación. ¡Si había visto un tiburón...! Tamaño desastre si lo hubieran avistado las muchachas. Seguramente estaríamos de regreso, y confinados a isla Diablo (Niadup). 

                 Luego de navegar 45 minutos en aquel indigesto mar, aparecieron las primeras islas. Pensamos que habíamos llegado y una falsa alegría nos invadió  qué se desvaneció cuando pasamos de largo. Buscamos respuesta en el timonel, y él, impasible señalo una lejana, lejana isla. Otra vez la desolación campeó en la embarcación y se reanudaron los agonizantes bandazos contra el mar. Esta vez las olas eran más grandes. El mar entraba a baldazos. Achicábamos por turnos, y en ese afán, terminamos mojados. Estábamos sobre una inestable montaña rusa de agua. Miré la mano del timonel y seguía holgado en la palanca. Me dio alivio más no a mis compañeros que seguían mudos y aferrados a la borda. La isla estaba cerca pero seguía lejos. Los niños kunas estaban impasibles, relajados y acostados en la punta del cayuco. Era otra buena y aliviante señal. Habíamos pasado 20 islas, un sinfín de cayos y solitarias islitas sin palmeras. El timonel me contó que los Cayos Holandeses (Mauki) superaban las 60 islas un centenar de cayos y atolones.

              Cuando pasamos varias islas el mar se calmó. El viento que lo agitaba se debilitaba. La isla elegida estaba más cerca. Los niños se pararon y  hablaron en dialecto con el timonel y vi que este se aferró firmemente al timón y busque en aquel mar calmo la concentración, agudeza y determinación del timonel y lo encontré bajo el mar. Cayos, y cayos por doquier, capaces de abrir en dos el cayuco. Fue allí que el timonel demostró destreza y habilidad en los bajos y  el  dédalo de canales. Todos quedamos absorto del fondo transparente de los Cayos Holandeses. Vi atolones de todos los tamaños, cayos emergentes y sumergidos y un infinito laberinto de bajos arenosos que se entrelazaban todos. Este era otro mundo. Un mundo nuevo, recién emergido del mar. El timonel nos condujo por canales  flanqueados por cayos hasta desembarcar en una blanca y bellísima playa. Habíamos llegado a una de las Islas Mauki.

               El desembarco me recordó los conquistadores en América. Fue igual. Asombro inicial y dominio después. Los niños trincaron el cayuco y el timonel bajo y corrió apresurado al centro de la isla hasta perderse de vista.  Al rato regresó y por exigencia de la dueña solicitó 2 dólares por el uso de la playa. Nadie le creyó lo de la dueña y acabaron metiéndose en aquel mundo marino. El timonel se sentó sobre un tronco y espero estoicamente para cobrar el tributo de alguien inexistente. 

                Mientras mis compañeros disfrutaban de aquella hermosa playa yo recorrí la isla en plan de reconocimiento y vi en medio del tupido palmar una derruida choza y una diminuta anciana, encorvada cargando leña. Un hilo de humo se filtraba por el techo de pencas y no pude procesar aquella anciana tan alejada de los suyos. Regresé, hable con el grupo y convinieron pagar el tributo. Esa anciana me remarcó más el estoicismo indígena.

               Entré al mar y me dirigí a los cayos.  Allá se me abrió un mundo nuevo. Nuevo y desconocido. No podía procesar tantos corales. Nuevamente me vi alejado del grupo y recordé la reciente experiencia del barco hundido y decidí regresar cuando se me apareció detrás dándome tremendo susto. El también fue seducido por aquel mundo. Me sentí feliz de saber que estaría acompañado de mi hijo.

               Bucear los confines de aquella isla fue un sublime deleite visual. De dioses para mortales. Corales gigantescos y cardúmenes de peces nos trasladaron a otro mundo. Corales que semejan abanicos españolas, peinetas,  árboles, lapiceros, canicas, cuernos de alces, renos y otros tantos animales. Todos mecidos al vaivén del imperceptible oleaje. Entre más nos alejábamos más grandes y cautivantes eran. En algún paraje pasaron a nuestro lado un cardumen de lindos peces azules. Parientes cercanos de los peces cirujanos.  Llamados así por las cuchillas en sus costados posteriores. Son bisturíes naturales que hienden o zanjan profunda la carne de cualquiera. No tienen muchos enemigos naturales en el mar. Es por ello que no los comen. Los perseguimos deleitados hasta donde dieron nuestros pulmones.
Cuando volvimos encontramos al grupo buceando estrellas de mar y me uní pero en vez de ello halle un cementerio de grandes caracoles. Abarcaban una extensión larga de la playa y estaban habitados por peces, cangrejos y hasta de una morena que casi me troza un dedo de la mano. Supe por el timonel que Mauki era el sitio preferido de los indios kunas para conseguir una infinita variedad de cambombias, burgajos pulpos y langostas. Era como un lugar donde todo se multiplicaba me dijo.
               Al cabo de hora y media zarpamos y fuimos a otra isla donde arribaron franceses y francesitos nadando. Trajeron langostas y las cocinaron delicadamente a las brasas. Fue allí que el timonel me reveló que de marzo a mayo el mar se vuelve un espejo convirtiendo los Cayos Holandeses (Mauki) en un Paraíso.  La marea baja tanto que asoma todos los cayos sumergidos y Mauki se llena de cayos negros y atolones perfectamente circulares en la que quedan atrapados miles de langostas, peces, pulpos y peces. Recuerdo que Arquímedes, nuestro anfitrión, nos contó extasiado la existencia de un gran atolón donde quedan atrapados tiburones y mantarayas nadando libres y ociosos, y que bucear allí,  es un acto incomparable. Como bucear el Edén Oceánico dijo arrebolando los ojos, atizando el vivo recuerdo. Tienes que vivir esa experiencia -me dijo- tienes que vivirla. Durante esos meses nos conto que centenares de langostas, cambombias, burgajos y estrellas de mar quedan confinados en aquellas piscinas naturales y solo hay que entrar caminando y tomarlos. Es en aquella época, dijo el timonel, que Mauki es visitado por los kunas que regresan cargados de manjares (en especial langostas) que consumen o venden a los yateros. El año pasado probamos de aquella cosecha en Isla Diablo que preparó Jimmy, nuestro cocinero kuna.

             El regreso fue placentero. Teníamos viento favorable y decidimos recalar en Isla Pelícano. Allí el grupo jugó a su antojo hasta que a alguien se le ocurrió la loca idea de formar la palabra S A N   B L A S con sus cuerpos y así lo armaron. Yo fui elegido el fotógrafo, y con todas las cámaras grabé  aquel loco e inolvidable acto.  Nadie quería irse de San Blas sin dejar su impronta. Y lo dejaron. En cambio, Mauki me dejo grabado, a marca fuego, el haber atisbado un maravilloso segmento de un  Paraíso marino llamado Mauki por los kunas y Cayos Holandeses por los Huagas (forasteros).
 


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