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Limpie Mi Alma en el Prodigioso Entierro de Don Baudilio
Escribe: jimenez225
Nadie se enteró de su muerte sino cuando se cansaron de llamarlo para que tomara los brebajes que lo mantenían vivo. Entonces soltaron los gritos. Había muerto hace rato. Era mi segundo muerto en San Blas. El primero me marcó para siempre. En un santiamén la choza se llenó de dolientes y plañideras. Le abrieron paso a otro anciano y lo sentaron al pie del difunto. Es el Massartuledi, el cantor de los muertos.
Limpie mi Alma en el Prodigioso Entierro de Don Baudilio
Archipiélago de San Blas, Panamá — domingo, 1 de febrero de 2009
Había una isla más allá del nuestro. Resplandecía de blanco.. No estaba lejos. Nitzia nos llevó y en la medida que nos acercábamos incrementaba la exhuberancia del mar y la isla. No esperamos llegar a la playa cuando nos lanzamos a ese azul infinito y nadamos hasta poner pie en isla PELICANO (GORGIDUP). Una familia de mujeres kunas la habita. Somos los únicos wagas en la redonda. Recorro la isla y veo molas exhibidas en el tendal de la única choza. Una “pipiwa” (niñita) se me acerca e intenta arrancarme los vellos del brazo pues no comprende que tenga la piel quemada (no la tengo) como los kunas, el cabello lacio como lo kunas, pero, ¿pelo en los brazos y piernas? Los kunas que ella ha visto en su corta vidita no tienen vello corporal. Así que no comprende qué soy. La hermana la aleja de mi y le dice en su dialecto que soy un “waga” panameño. La niñita no logra procesar a tan tierna edad lo de panameño. Su madre se acerca y me muestra sus molas. Yo anhelo sacar una foto de esta “pipiwa”. Me piden un dólar. Saco $20 USD y me propone 4 molas, un collar y la foto. Cierro el trato.
En la ciudad capital las molas son carísimas. En el extranjero cuestan una fortuna. Me siento orgulloso de que las molas tengan reconocimiento mundial. Mis compañeros acaban comprando molas también. Seguimos bañándonos en las tibias y transparentes aguas en la que sobrevuelan pelícanos. Estas aves no son como las que conocemos. Tienen en el gran pico dibujos y colores. Se van. Martina, una preciosa alemana de ojos intensos esta modelando para Alejandro, un fotógrafo costarricense. Nosotros seguimos retozando en aquella bucólica playa. Alejandro me presta su estuche marino para fotografiar los arrecifes. Me siento como Jacques Cousteau, pero el oleaje me zarandea, el arrecife me corta y apenas consigo una foto. La vida en esta isla está como en otra dimensión.
El tiempo se suspende por completo. Me tiendo sobre una hamaca. Me seduce un profundo sueño. Dormito y caigo preso de un hipnotizante sopor. No debo. Me sacudo el hechizo y me lanzo de nuevo al mar y retozo hasta el agotamiento. La belleza es cautivante y seductora. Una familia venezolana arriba en una lancha. Se apean con muchos peroles y bañan en la playa como si lo hicieran en agua bendita. También cayeron seducidos por esta singular y apartada isla. Nuestra embarcación viene, nos subimos, los pelícanos nos despiden. Nos alejamos con la certeza que en Gorgidup habíamos purificado nuestras almas.
UNA PRODIGIOSA SEPULTURA KUNA
Madrugué al día siguiente. Quería capturar la salida del sol. Entro en la choza de Jimmie en busca de un humeante café y lo veo todavía en su hamaca, inmóvil Lo contemplo en silencio y me sobreviene el recuerdo de aquel día que amaneció muerto Baudilio Arosemena en su hamaca. Yo tendría entonces 19 años.
Nadie se enteró de su muerte sino cuando se cansaron de llamarlo para que tomara los brebajes que lo mantenían vivo. Entonces soltaron los gritos. Había muerto hace rato. Era mi segundo muerto en San Blas. El primero me marcó para siempre. En un santiamén la choza se llenó de dolientes y plañideras. Le abrieron paso a otro anciano y lo sentaron al pie del difunto. Es el Massartuledi, el cantor de los muertos. Empezó con unos monótonos cantitos, luego arrojó unas hierbas en un cuenco debajo la hamaca del difunto y lo encendió. Un irritante humo salió del cuenco. Del otro lado llora la viuda. Se levanta, grita y se deja caer. Gimotea. El “Massartuledi” sigue imperturbable sus cantos. La choza se ahoga de humo. Me arden los ojos. Las mujeres se arrodillan junto al difunto y resaltan sus cualidades y sabiduría. Una a una lo hace. La viuda grita por encima de las voces y plañidos. El “massartuledi” arroja guijarros a las brazas que levantan chispas. No cesa de cantar. Los hombres entran, se quitan sus sombreros y se hacen un lugar. Las plañideras no cesan. Las mujeres improvisan una cocina y preparan tule mazi. Reparten a todos. Yo bebo. Sigue los cantos del massartuledi. Le dan a beber un sorbo. Carraspea y prosigue. Y así siguió toda la noche y los días venideros en medio de los alaridos de la viuda, los plañidos de las mujeres y la humareda de sus urticantes inciensos.
Al cabo de tres días el difunto despide el inconfundible hedor de la muerte. Está tieso como una rama seca. A nadie parece importar. Siguen llorándolo y cantándole. Veo movimiento de cayucos. Otean el mar cada tanto. No sé que traman. Lo visten con sus mejores galas. No pueden con su rigidez, El “massartuledi” no se despega. Solo toma brebajes.
Los llantos no cesan. Cargan el cuerpo tieso de Don Baudilio todavía en la hamaca y lo trasladan a su cayuco y lo trincan sobre palos para colgarlo. No debe tocar el fondo. Sale una larga caravana con el difunto delante. Se escucha los estruendosos tiros de escopetas. Yo voy atrás del cortejo fúnebre. La brisa me empuja el hedor a muerte directo a los pulmones. Llevan abastecimientos para unos días. Todos reman sincronizados. El mar empieza a agitarse. El “massartuledi” traga buches de mar, pero no ceja. Vencen las fuertes olas y el marullo de la desembocadura del río. El massartuledi entona ahora el ancestral “massar igala”, el “himno de los muertos”. Reman apacibles y en completo silencio río adentro. Se avecinan a una zona desconocida. Desembarcan. Los niños corren selva dentro. Yo los sigo. Llego a un solitario paraje lleno de montículos de tierra cubiertas por pequeñas chozas. Montones de chocitas. Son las tumbas. Estoy en tierra sagrada. Algunas chozas yacen en el suelo. Otros desafían los años. Me piden no perturbar a los muertos. Soy un “waga” en suelo sagrado.
Dos kunas inician la excavación. Las mujeres no dejan de llorar. Otras organizan improvisadas cocinas mientras los niños buscan leña. El “massartuledi” sigue imperturbable y fiel a sus letanías. Las moscas descubren el muerto. Yo no los soporto. Me embarran de cenizas. Tengo aspecto fantasmal. Cavan una pulcra y rectangular fosa. Los ancianos cuelgan hamacas sobre sus difuntos en las chozas mortuorias y le hablan mientras fuman cachimbas. Yo no puedo. No tengo muertos. Cae la noche. Todos tienen hamaca donde dormir, menos yo. Busco refugio en los cayucos y me abrigo con las lonas de las velas. Anhelo compañía. Me siento solo. Concilio el sueño escuchando la cantaleta del massartuledi a lo lejos.
Hay agitación al día siguiente. El panteón se impregna a cocimientos de yuca, plátano, pescado maíz y tortuga. Me sirven sendos totumos de alimentos con guarnición. Me devuelve la vida. La choza del difunto esta terminada. Hay dos estacas enterradas en el extremo de la fosa. Están listos para sepultarlo. Todos se aglomeran alrededor. Los llantos incrementan. La voz del massartuledi se escucha fuerte. Traen al difunto en su hamaca. Apesta. Las moscas vuelven. Amarran la hamaca del difunto en las estacas y lo bajan con cuidado en la fosa. Se aseguran que no toque tierra. Su alma no debe. El grito de las mujeres es aterrador. El massartuledi entona imperturbable su letanía. Hay humo por doquier. Los zapadores amortajan al difunto con una blanca sábana. Bajo la hamaca colocan todas sus pertenencias en riguroso orden. Platos, tazones, escudillas, ropas, estatuillas -“nuchus”-, sombreros, aperos de pesca y caza, cachimba, catalejos y viandas de comidas amarradas en hojas. Es para su viaje. La viuda esta al punto del desmayo. Su viejito se va. El massartuledi suspende el canto y pronuncia un dadivoso discurso plagado de parábolas cosmogónicas del viaje que deberá realizar Don Baudilio. Está debidamente instruido. Don Baudilio deberá despojarse del nombre que dice su cédula de identidad personal. Deberá realizar el viaje con su nombre kuna. Solo así, y con los consejos del “massartuledi”, podrá encontrarse con Pab Dummat (Gran Dios) . Los zapadores arrojan la primera palada. La tierra cae pesada sobre el difunto.
El golpe suena bofo y el difunto suelta un vahído pestilente. Los llantos cesan, los deudos le auguran un viaje sin tropiezas. Debe superar los ocho niveles. Le dan el último llanto, se enjugan las lágrimas y parten cuando lo han cubierto por completo. Empieza el largo viaje de don Baudilio. Me siento bien por él. Regreso abatido, con los ojos enrojecidos de tanto humo y agradecido de que los Kunas me dejaron participar de un ritual muy, muy sagrado para ellos.
Tips:
TIPS PARA VISITAR Y CONOCER SAN BLAS (KUNA YALA) SITIO WEB: www.cabanascarti.es.tl E MAIL: cabanascarti@hotmail.com TELEFAX: (507) 250 6826 CEL. M
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Últimos comentarios
dorisgonza dice:
Un relato increible con un comienzo que dan ganas de conocer ese paraiso tan especial, alejado de todo y con tanta pureza.
Y el otro sobre la muerte y la purificacion del alma.
La muerte tan temida que es parte de la vida como el principio.
Muy especial tu diario, va mis estrellitas..
Saludos.
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cplatini dice:
Gracias por tu diario .. y por la info sobre cómo llegar al lugar, es probable que los visite en abril (semana santa) saludos!
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carmenparis dice:
Uy... pero escribiste un relato fantastico..!!
que interesante narracion del funeral de don Baudilio Arosemena.
Me he quedado clavada leyendote ...!!
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elisabethcarreraspaz dice:
me impacto mucho tu relato... me encanta conocer sobre otras culturas y sus tradiciones....
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Alejandrooo dice:
!!! EXTRAORDINARIO !!!
gracias
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Alucine dice:
Me sumo a lo dicho anteriormente!
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Piterlp dice:
Excelente relato!!!! muy muy bueno!!!!
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Capítulos de este diario
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1
Limpie mi Alma en el Prodigioso Entierro de Don Baudilio
Archipiélago de San Blas, Panamá | 1 de febrero de 2009
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