Panamá Enero 2012

Escribe: Gabrielinsua
En este viaje trataré de relatar nuestra experiencia del viaje al Caribe Panameño y los datos que pudimos reunir para que aprovechen otros viajeros y puedan disfrutar de las maravillas naturales que tiene ese hermoso país y la calidad humana de su bella gente

 

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Kuna yala - isla iguana - isla estrella - isla perro

Archipiélago de San Blas, Panamá — lunes, 23 de enero de 2012

El 22 de enero al mediodía nos despedimos de Bocas del Toro y partimos en vuelo de las 16,30 hs. hacia Panamá City. Volvimos a hospedarnos en el Hotel Dos Mares (ya lo habíamos dejado reservado). Hablamos en el Hotel para dejar el equipaje en la conserjería hasta nuestro retorno de Kuna Yala y preparamos sólo lo necesario para la gran experiencia (trajes de baño, sandalias o zapatillas para agua, un par de remeras, un toallón, equipo de snorkel, repelente de insectos y cámaras de fotos).

El contacto para visitar Kuna Yala lo hice a través de el Sr. Mario de LAM TOURS, su teléfono móvil es 60133001 y a LAM TOUR podés contactarla  en: sanblastours@live.com o  pueden llamar a: Judy Lam de Soto, Tel. (507) 395-7105 Fax (507) 395-7106, Móvil (507) 6088-9000 ó 6706-2810, Alex (507)6676-6384, Jr. (507)6523-5639, Mario (507)6013-3001
 
Les recomiendo coordinar para alojarse en Isla Iguana, es una isla tranquila, limpia y segura. Están de el facebook:  https://www.facebook.com/groups/116621251694023/ 

A las 5 de la mañana del día 23 nos pasaron a buscar por el hotel en una camioneta Toyota Hillux 4x4 para trasladarnos al puerto de Carti. Ya en la camioneta viajaba una pareja y luego pasamos por un hotel a retirar otros pasajeros. Previo pasamos por un supermercado que se encuentra abierto las 24 horas a adquirir algunas provisiones (fundamentalmente agua y algunas galletitas y snaks) ya que en las Islas es difícil conseguir muchas cosas. Igualmente, luego sabríamos, que muy poco hace falta en semejante paraiso.

Viajamos unas 3 horas por sinuosos caminos de montaña, con importantes trepadas que requerían de ese tipo de vehículos hasta que en un momento determinado nos detuvieron en una simple construcción donde autoridades de la comunidad Kuna (o Guna, como prefieren llamarse) chequearon nuestros pasaportes y cobraron la tasa de ingreso a la Comarca (U$S 8 por persona), pasamos luego por el mirador desde donde los días claros se puede ver el Mar Caribe con las islas coralinas de los Kunas. Lamentablemente había una leve cerrazón que no nos permitía ver el paisaje claramente. Igualmente si visitan estos lares es recomendable pedirle al chofer que les pare en el mirador, sino, generalmente, lo pasan de largo.

Tal vez tengan más suerte que nosotros. A poco de andar, comenzamos el abrupto descenso hacia el nivel del mar y llegamos al puerto de Carti. Allí, en un caótico entrevero de lanchas y cayucos, debimos ubicar a "Negro" nuestro anfitrión de Isla Iguana. Previo uso del baño, con su respectivo pago (U$S 0,50 por persona), pago de la tasa de uso de puerto (U$S 3 por persona), embarcamos en nuestra lancha, guardando el equipaje en un compartimiento estanco.

El comando de la lancha viajaban dos Kunas, uno que no hablaba ni una sola palabra de castellano y otro que lo hacía pero con mucha timidez. Como pasajeros viajaban una familia de chinos (que vivían en Panamá y tenían un supermercado) que paseaban festejando el año nuevo chino, un joven que no emitió sonido alguno (después supimos que era Brasilero) y una chica muy simpática de Berlín, Alemania.
Salimos por un río de aguas marrones hacia un mar repleto de troncos de árbol secos. Al comienzo parecía de aguas sucias (era por la confluencia con el río) y luego se fué haciendo cada vez más claro y cristalino.
Los colores del mar iban desde el verde agua al turquesa y con una intensidad que parecía que podría teñirte las manos al introducirlas en él.

Al cabo de unos treinta minutos nos acercamos a una isla densamente poblada, con construcciones humildes de caña, madera, chapa, palma y, por sobre todo, gran cantidad de basura en las orillas. Parecía Saigón en plena guerra. Todos nos mirábamos sorprendidos, cada uno en su propio idioma, pero entendiéndonos perfectamente en las miradas. Esto no es la isla solitaria y paradisíaca que venía a buscar!!!!
Solo uno de los Chinos, el que parecía todo el tiempo más emocionado y que se empecinaba en viajar parado en la lancha, descendió de la lancha profiriendo incomprensibles palabras a sus familiares y con la sonrisa típica de los orientales (siempre pensé que le traía algún recuerdo de su patria).

Seguramente por mi cara de desesperación, el Kuna que hablaba castellano,. me dice que  iban a cargar cumbustible y continuábamos viaje.

Sentí que tomaba a mi alma desde los pies  la reintroducía en mi pecho, le comento a mi esposa e hija (a quienes no había querido mirar a los ojos desde el momento que amarramos en ese puerto) con un aire de suficiencia típico del vaqueano conocedor: "ahora cargamos combustible y seguimos viaje hasta nuestra isla".
La Alemana se voltea y me pregunta en un balbuceante inglés alemanado si esa era la Isla Iguana. Como yo la escuché con mi monolingüe oído argentino, le respondi: WHAT???, a lo que me repite, en un aún más balbuceante español alemanado: Isla Iguana? mientras señalaba el muelle de madera y chapas en el que estábamos amarrados. NO, NO... falta (le dije mientras hacía una seña dibujando un círculo hacia adelante con mí dedo índice).
Continuamos nuestro viaje y enfilamos la lancha hacia aguas abiertas, veíamos a nuestros lados pequeñas islas con dos o tres palmeras, algunas con una pequeña choza que parecía de un náufrago con un cayuco amarrado a un palo.
Nuestro capitán viajaba en la proa del bote, erguido de cara al viento, sostenido de una cuerda, parecía un jinete cabalgando de pié sobre un brioso caballo.
De pronto, se enfila la lancha hacia una pequeña isla, y al acercarnos comenzamos a rodearla, hasta llegar a una boya, donde el capitan decide poner la proa hacia la orilla.
No se puede explicar la sensación de llegar a una isla del tamaño de una plaza pequeña o de una rotonda y rodeada de un mar de un celeste imposible.

Nos largamos del bote a una arena blanca llena de corales, mientras los Kunas se reían de nuestra fascinación y nuestra torpeza para descender de la lancha directamente a la arena.

Puedo decir que jamás ví algo igual en vivo y directo. Estábamos dentro de la mejor tarjeta postal que podíamos imaginarnos...

Nos acercamos a los habitantes de la Isla, donde nos recibió Ramón, un verdadero personaje que nos preguntaba si queríamos alojarnos en privada o compartida (Privada U$S 40 por día y por persona y compartida U$S 25 por día y por persona) en ambos casos incluye las tres comidas (desayuno, almuerzo y cena).

Le dije que quería una compartida, pero que fuera tranquila porque estaba con mi esposa e hija y que la privada era muy cara para mí. Pensó un poco y me señaló una de tres chozas que había en el lugar. La chica Alemana, luego de algún cabildeo de Ramón, vino con nosotros a compartir la cabaña.
Luego supe que la cabaña privada era la misma que la que asignó como compartida, pero sin la chica alemana.

La choza era de paredes de caña y techo de penca de palma, piso de arena y unos camastros con un colchon y una sábana de dudosa procedencia, pero realmente no se necesita nada más.

La Isla carece de luz eléctrica y de agua dulce. Ellos la traen todos los días en unos tambores de 200 lts. en sus lanchas y la traspasan a un tanque que se encuentra en el techo de un único baño donde hay un inodoro y una ducha.

Dejamos nuestras cosas en la choza, nos presentamos como pudimos con Sophie Meyer (la chica alemana) y fuimos a la playa que se encontraba a unos diez pasos de la puerta de nuestra choza.

El mar era algo impresionante, era un espejo quieto, transparente, que atesoraba una variedad de flora y fauna marina. Cuando la profundidad del agua sobrepasaba nuestras rodillas ya era necesario comenzar a flotar para no romper los frágiles corales que se encontraban en el fondo y al mirar a través de la máscara de snorkel se nos abría un mundo multicolor rebosante de vida.

Peces, erizos, corales, esponjas de tal variedad de formas y colores que costaba sacar la cabeza del agua para respirar o para referenciar la orilla por saber si nos estábamos alejando mucho de la costa.
 
Realmente no sé cuánto tiempo estuve en el agua, sólo sé que volví a experimentar lo que me pasaba cuando era niño, salí con los dedos arrugados como un viejito!!!!.

Decidí dar una vuelta para conocer la isla, en 5 minutos ya la había rodeado totalmente, y eso que me detenía de tanto en tanto a recoger algún coral o a ver alguna estrella de mar o erizo ya muertos y secos.

Me fuí cruzando con algunos turistas que amablemente saludaban con una leve seña y un sonriente hello!!!, a la media hora nos reíamos al advertir que ya nos habíamos saludado tres o cuatro veces.

A eso de las 12  uno de los Kunas hace sonar una caracola con la que nos convocaba a un cobertizo de palma para almorzar.

Allí volvimos a vernos con todos los que nos cruzamos y saludamos reiteradamente. Eramos en total 14 turistas los alojados en la Isla y 4 los Kunas que nos atendían.

Esa mesa parecía la Torre de Babel, había gente de Alemania, Brasil, Australia, Estados Unidos y nosotros de Argentina.

Era gracioso el tratar de comunicarnos, entre todos tratábamos de traducirnos, para hacer algún chiste (creo que todos nos terminábamos riendo de la risa de los demás sin realmente entender bien que era lo que se había dicho).

Ramón era el anfitrión y se refería a nosotros con un ceremonial: "Señores" y continuaba diciendo, por ejemplo: "hoy vamos a almorzar pescado", cuándo alguien le pedía una cerveza, replicaba el pedido en lengua Kuna a uno de los ayudantes y éste abría una heladera y empezaba a tocar todas las latas de cerveza e, inexorablemente, terminaba diciendo: "están calientes". Era lógico, en la Isla no hay luz eléctrica y el generador lo encendían sólo durante una o dos horas para la cena. En ese tiempo no existía ni siquiera la posibilidad de que se enfriara nada, pero nos conformábamos y terminábamos tomando algo a la temperatura que fuera (nunca refrescante).

Luego del almuerzo, muy sabroso, volvimos a la playa, sacamos fotos, nos seguimos saludando con nuestros vecinos cada 5 o 10 minutos, nos metimos al agua, hicimos snorkel, nos tiramos en la arena, nos saludamos con los Brasileros, nos saludamos con los Australianos, volvimos a saludar a los Brasileros, tratamos de hablar con los Alemanes, volvimos al agua, sacamos fotos, volvimos a la sombra de una palmera, nos metimos al agua, hicimos snorkel, saludamos a los Brasileros, otra vez a los Australianos, fuimos al baño, entramos en la choza, salimos, vimos a los Alemanes tratando de hablar con los Brasileros, volvimos al agua, tomamos sol, miramos la hora y vimos que recién eran las 14 hs!!!!!

El tiempo parecía detenido en ese paraiso...

Por pequeña que era la Isla, no dejaban de ser variadas sus playas. Las había con corales, algas, esponjas, erizos y peces de colores, las había sólo de arena, con algunas olas, sin ninguna ola, con rocas, etc.

No había forma de aburrirse en el agua, ni tampoco en la arena.

La temperatura del agua era agradable y fuera de ella también, tanto a la mañana, a la tarde o a la noche.

El atardecer fué un espectáculo aparte. El sol enrojeciendo las nubes, los pelícanos sobrevolando el agua y lanzándose a pique para atrapar peces, algún velero en el horizonte hacían del paisaje una postal viviente.

Uno a uno fuimos ubicándonos para ver el atardecer, lo hacíamos en silencio, como si temiéramos romper el hechizo y veíamos como minuto a minuto iba cambiando el paisaje.

De pronto vimos a Ramón y otros dos Kunas jugando en el agua con un arpón. Gritaban y se reían intentando volver a cargarlo. Haciendo fuerza para cargar el arpón en la lanzadera se apuntaban uno al otro y nosotros nos agarrábamos la cabeza suponiendo que, por accidente, se les dispararía y se ensartarían entre ellos. Nosotros sufríamos y ellos se reían como niños sin advertir siquiera el peligro, era todo inocencia y diversión. Por suerte no tuvimos que lamentar víctimas!!!!.

Antes de que se fuera el sol decidimos darnos una ducha. Había que ser breves sino el agua no alcanzaba para todos. La ducha era una canilla elevada a un metro sesenta del piso. La verdad que el agua dulce era sólo para sacarse un poco el agua salada del mar ya que la arena, de tan fina, casi no se pega en el cuerpo.

Ya duchados, peinaditos y lindos esperamos que sonara la caracola anunciando la cena. Al poco rato de oscurecer, la cena estaba lista.

Nuevamente la escena de la cerveza o la gaseosa: y la consabida respuesta: "están calientes"...

La cena igualmente apetitosa que el almuerzo, esta vez era pescado, tan fresco que un rato antes de la ducha ví que los descargaban de un cayuco que recién volvía de pescar..

Luego de cenar, algunos decidieron jugar a las cartas y nosotros ir a caminar por la playa en plena oscuridad.

El cielo estaba en todo su esplendor, era noche sin luna de manera que las estrellas estaban todas al alcance de la mano.

Nos recostamos en la arena a mirar el cielo, a cada momento una estrella fugaz o un satélite que viajaba lentamente por el espacio. Una verdadera maravilla.

Que poco que nos damos tiempo en las grandes ciudades para simplemente tirarnos a estar, a latir simplemente, como un ser vivo que respira al ritmo del cosmos!!!

Cuando ya no sabíamos más qué hacer, decidimos irnos a dormir. La primera fué Sophie, la Alemana, nosotros rápidamente la seguimos.

Muy rara y placentera la sensación de dormir a menos de diez pasos del agua, sobre un piso de arena, bajo un techo de palmas y con una pared de cañas que nos permitía ver entre las endijas la mesa donde nuestros amigos de naufragio jugaban a las cartas.

El suave mecer del agua y su leve golpe sobre la orilla de arena nos servía de suave arrullo para irnos sumergiendo lentamente en el sueño.

Me dormí con la determinación de despertarme lo suficientemente temprano como para ver el amanecer, me desperté y todavía era de noche. Al rato, todavía no despuntaba el sol y a poco me levanté para ser testigo del milagro.

Me senté sobre un tronco de palmera frente a mi choza para ver el amanecer. Las nubes no permitieron que fuera tan espectacular como me había imaginado, pero la brisa fresca de la mañana, el absoluto silencio de la Isla y la presencia jubilosa de los pelícanos, hicieron de ese momento algo muy especial.

Poco a poco fueron saliendo de sus chozas los habitantes de la isla y al rato suena la caracola convocando al desayuno.

Café negro, huevos revueltos con cebolla, rebanadas de pan, azucar pero apenas 4 o cinco tazas y ninguna cucharita.

Nos turnamos para desayunar y yo, campamentero viejo, me fabriqué una taza con una lata de cerveza. Sophie, nuestra amiga alemana debió partir rápidamente porque tenía su vuelo de regreso a Berlín esa misma tarde y no había otra lancha hasta el día siguiente. Nos despedimos en idioma gestual e intercambiamos mails. Por primera vez sentimos la tristeza del próximo retorno...

En el desayuno arreglamos que haríamos una excursión a la Isla Estrella y la Isla Perro, sería luego del almuerzo. Esa excursión costó U$S 20 por persona.

La mañana continuó con la rutina de la isla, tomar sol, saludar a los vecinos, tratar de charlar con alguno en un balbuceante inglés, nadar, hacer snorkel, volvera  saludar a los vecinos, etc.

Sólo se vió interrumpida la rutina por dos circunstancias. Un grupo de turistas jugaban al tejo o a las bochas con unos cocos y estallaban en festejos, cada vez que alguno ganaba.

Nosotros estábamos nadando en la playa de arena y la pareja de brasileros tomaban baños de sol.
 
De pronto sentimos un ruido de ramas golpeadas y un seco golpe en el piso. Todos miramos hacia el lugar de donde suponíamos que provenía el ruido y lo confirmamos: se trataba de un coco maduro que cayo desde lo alto de una palmera.

Afortunadamente no golpeó a nadie y nos deleitó con su fresca agua y nutrió con su exquisita carne.

Luego del almuerzo, nuevamente pescado, salimos en excursión hacia la Isla Estrella e Isla Perro.

Navegamos un buen rato, viendo diferentes Islitas, muchos yates y veleros hasta que llegamos a un sector donde el agua, de un azul profundo, se tornaba a un turquesa casi fluorescente.

Se detuvo la lancha, la amarraron a un palo y nos dijeron: "esta es la Isla estrella". Miramos a nuestro alrededor y todo era agua, no había ninguna Isla. Entonces nuestro amigo el Brasilero le dice al Capitan: "pero aquí no hay ninguna isla", a lo que le respondió tirándose al agua, para salir a los pocos segundos con una estrella de mar en la mano y con el agua hasta la cintura.

Increible, estábamos en medio del mar y el agua apenas nos alcanzaba a la cintura. Entusiasmados bajamos todos del bote y comenzamos a nadar, sacarnos fotos y buscar estrellas.

Era muy rara la sensación de estar en medio del mar con tan poca profundidad y, sobre todo, en un agua tan turquesa y calma.

Nos dimos un buen baño y partimos nuevamente hacia la Isla Perro. Esta Isla se caracteriza por tener un barco hundido en  su playa fácilmente alcanzable a nado, donde es un verdadero espectáculo hacer snorkel.

Frente mismo a la Isla Perro está la Isla Diablo y otras pequeñas islas cercanas. La claridad y quietud del agua de ese lugar no se puede creer.

En esa Isla había mujeres Kunas con sus atuendos típicos vendiendo sus coloridas MOLAS y otras artesanías. Tambien un kiosco donde vendían snaks y bebidas, esta vez si, bien frías.

Realmente era un lugar hermosísimo, pero con mucha gente. A esa altura nosotros estábamos conformes con la tranquilidad de nuestra isla de náufragos al punto que, el ver más de treinta personas ya nos perturbaba.

Nadamos hasta cansarnos, recorrimos el barco hundido, sacamos fotografías y nos preguntábamos una y otra vez cómo era posible tanta belleza.

Luego de un buen rato de permanecer en la Isla Perro, embarcamos y retornamos a nuestra Isla Iguana.

En el camino se nubló y tuvimos una pequeña lluvia que no nos logró mojar más que las olas que golpeaban contra la proa de la lancha.

Llegamos a nuestra isla, nos duchamos y esperamos la cena. Esa noche hubo un problema con el generador y no lograron hacerlo funcionar.

Llamaron a cenar en una oscuridad completa. Ramón y los otros Kunas tenían unas linternas de esas que utilizan los espeleólogos y mineros que se clocan con una vincha sobre la frente y nosotros alguna que otra linternita de mano.

Ramón ató una linterna en el techo del cobertizo - comedor y debimos conformarnos con esa luz.

Obviamente que la bebida estaba caliente, pero igualmente tomamos algo.

Fué muy gracioso que Ramón, con su voz ceremonial, nos anunciara: "Señores. Hoy no tenemos luz en la Isla", semejante oscuridad lo hacía más que obvio..

A poco de que nos sirvieran la comida, mi señora alumbra con la linterna su pata de pollo y observa que le faltaba bastante cocción. Le dijimos a Ramón y nuevamente con su tono protocolar se refirió a nosotros diciendo: "Señores, si el pollo está crudo me avisan porque en la cocina hay muy poca luz".

Todos comimos bien y luego nosotros nos retiramos para ir al mar. Si la noche anterior era una sinfonía de estrellas, esta noche era imposible. La falta de luz en la Isla hacía aún más visibles las estrellas del cielo.

Sobre el mar se llegaba a ver una isla vecina que tenía luz y nos brindaba un espectáculo increíble. Se veía un cielo estrellado, la Isla iluminada y debajo de ella, reflejado en el mar, nuevamente el cielo estrellado.

Daba la sensación de que la isla estaba suspendida en el espacio. Jamás vi nada igual. Puedo asegurarlo...

Enloquecí, quería tomar esa fotografía. Coloqué la cámara en bulbo y la tuve en exposición por algo así como 10 minutos, algo salió. (realmente nada comparado con lo que estaba viviendo).

A esa altura ya experimentábamos la tristeza de quien sabe que su viaje ha terminado, a la mañana siguiente partiríamos hacia la Ciudad de Panamá desde donde teníamos el vuelo de regreso a Buenos Aires.

Me costó ir a dormir, no quería que se terminada, pero me terminó venciendo el sueño y el cansancio de un largo día en el mar.

A la mañana desayunamos, preparamos nuestras cosas y embarcamos en dirección a Carti. Nos despedimos de Ramón y nuestros anfitriones y de los otrs amigos de la Isla.
Volvimos en silencio...

En Carti tomamos una camioneta que nos llevaría de retorno a nuestro Hotel en la Ciudad de Panamá.

En esa camioneta viajaba un grupo de jóvenes Israelíes insufribles que se obstinaban en poner música a todo volúmen. Nosotros que aún conservábamos el silencio y la cadencia del mar los mirábamos con odio hasta que me animé y le pedí a nuestra chofer que bajara el volúmen porque no se podía conversar (a partir de ese momento empecé a ser yo el mirado con odio pero no me importó).

Llegamos a La Ciudad de Panamá, retornamos a nuestro hotel y salimos a almorzar en plena Ciudad. Fué muy fuerte el contraste, pero había que habituarse...
Almorzamos en "El Rincón Tableño" un restaurant autoservicio muy económico que queda en Avda. España, muy cerca de la Lotería Nacional. Almorzamos todos por apenas U$S 8 en total!!!!.
Es un lugar donde almuerzan las enfermeras, los policías y la gente local. Carece de todo lujo, pero la comida es buena y económica. Es ideal para los que andan mochileando y vuelven con  hambre atrasada...

Hicimos algunas compras de último momento y volvimos al Hotel. Nos quedaba sólo un día que dedicaríamos para visitar el Allbrok y hacer compras y luego emprenderíamos el regreso.

Por la mañana fuimos al Albrok Mall, lo recorrimos, hicimos compras a muy buenos precios (ahí las ofertas son realmente ofertas) y en todo momento nos repetíamos: ayer estábamos en el paraiso a plena naturaleza y hoy en este emporio de capitalismo consumista. En fin, es el poder de adaptación que termina teniendo uno a quien le gusta realmente viajar.

Para despedirme y cerrar este diario voy a transcribir un breve párrafo del prólogo del libro Indios, Porteños y Dioses de Rodolfo Kusch, un filósofo argentino a quien recomiendo mucho leer: 
Después de un viaje, solemos mostrar las fotografías tomadas en su transcurso... Pero cuando las mostramos a algún familiar o amigo, notamos con extrañeza que nos sentimos incómodos, y que ellos, por su parte se aburren. Una fotografía, indudablemente, es un poco el residuo de un viaje, la versión delimitada, clasificada y fiel de lo que hemos visto y, por lo tanto, su fidelidad es relativa... Da la versión clasificada, circunscripta, en el terreno de la inteligencia fotográfica, pero nunca la conmoción de nuestro sentimiento ante ese algo viviente con que nos topamos...La fotografía indudablemente es el residuo inteligente de una vivencia inexpresable. Por eso nunca es vida, sino apenas su registro...

AMIGOS, este diario cumplirá su cometido si, al menos, les despierta el deseo de viajar, de sentir la conmoción del sentimiento ante ese algo viviente con el que me pude haber topado a lo largo del camino. Hasta siempre.

Tips:

Llevar el mínimo equipaje y no olvidar equipo de snorkel y funda estanco para las tomas fotográficas subacuáticas

Tiene que ver con: Qué llevar
En Archipiélago de San Blas, Panamá


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