Península Antártica, el paraíso se vistió de blanco
Escribe: miguelrieu
Estamos transitando Enero de 2004, y despues de varias contramarchas, de descartar algunos destinos, por repetidos, o por caros, la miro a mi mujer en medio de la cena y le digo "y por qué no La Antartida", y ahí quedó sellado nuestro próximo destino, aunque con algunas dudas de parte de ella, que yo me encargué disipar, pusimos proa (y nunca mejor dicho) hacia el continente blanco, que ya se nos había mostrado esquivo hace años, y ahora estábamos a punto de hacerlo realidad.
Canal de Lemaire, Isla Pleneau, ballenas y tempanos
Archipiélago de Palmer, Antártida — jueves, 5 de febrero de 2004
Después nos dieron una charla sobre aspectos vinculados al impacto ambiental en relación al cambio climático, para luego con un mejoramiento paulatino de los vientos y la lluvia, pudimos salir a cubierta a disfrutar del paisaje de este hermoso canal, con restos de glaciares esparcidos y témpanos a la deriva, que sumados a los contornos montañosos de la isla adyacente, brindaban un aspecto mágico y cautivante .
Al rato avistamos unas ballenas, luego unos lobos marinos en pequeños trozos de hielo, lo que compenso en definitiva el contratiempo de no poder desembarcar. Luego en el almuerzo, que ya se iban perfilando las distintas personalidades de los integrantes del pasaje, algunos como el puertorriqueño, ostentoso en todos sus gestos y actitudes, la filipina, siempre chispeando como una cotorra por todos los rincones, y tratando de mostrarse locuaz en forma permanente, y después los grupos, como los ingleses, siempre bulliciosos, y tomando wisky o cerveza, los israelíes formando un grupo aislado y distante, y otros con perfil bajo, como nuestros vecinos alemanes, callados y serios pero amables corteses, y los japoneses, que esta vez no eran mayoría como suelen serlo en otras oportunidades, también pasaban desapercibidos ( nosotros no nos incluimos en la descripción de los fenotipos ) .
Por la tarde, ya con buen tiempo, ( es muy cambiante e imprevisible) pudimos descender en la isla Pleneau, hacer un recorrido por su contorno, los que querían podían repetir el culipatin, en fin teníamos una visita mas libre y relajada, eso si, siempre respetando las reglas de buena convivencia con el medio ambiente, y sobre todo con las indicaciones de los guías, cumpliendo con los horarios para el regreso, y no dispersándose en solitario, para no correr el riesgo de extravíos ( como me paso a mi ) .
Luego de dos horas regresamos al barco navegando nuevamente entre témpanos. ¡¡¡ Una maravilla ¡!!.
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Publicado el 23/dic/2009, 13.02 |
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