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Encantadora... Guatemala

Escribe: Bertuco
Este es uno de los mejores viajes que he realizado, por lo maravilloso del país, por las gentes que lo habitan y por las personas que me acompañaban. Hice en su día un diario del viaje y, ahora, para estrenarme en este blog, os le muestro.

 

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El Volcán Pacaya

Antigua Guatemala, Guatemala — viernes, 2 de mayo de 2003

Viernes 2 de Mayo del 2003.    El Volcán Pacaya.
 
Me despertó el teléfono de la habitación tal como acordamos en recepción. Eran las seis y media de la mañana y estaba amaneciendo. Prometía ser un día caluroso, para variar en estas tierras. Después de ducharnos bajamos a desayunar. El camarero nos recitó el menú que consistía en huevos revueltos o huevos fritos o pan queques o el continental con tostadas y fruta acompañado en todos los casos con "jugo" de diversas frutas y café aguado. Yo elegí el continental para no cambiar bruscamente los hábitos europeos.

Emilio nos esperaba y una vez acomodados en el busito pusimos rumbo al Volcán Pacaya.

Después de recorrer aproximadamente 50 Km. por  una carretera estrecha y llena de curvas, llegamos a un pueblo en el que paramos a recoger la escolta que nos tenía que acompañar en la subida al volcán. Esto es necesario porque, debido a las características del recorrido, un sendero estrecho rodeado de frondosa vegetación, se suelen producir atracos de bandas a los turistas. Una vez conseguida, compramos algo de fruta y continuamos la marcha.

A partir de este momento la carretera se estrecho mas aún y se empinó de forma increíble, pero nuestro busito pudo con ella y así, por fin llegamos a otro pueblo pequeñito en el que comenzaba la ruta. Nada mas bajar del autobús nos rodearon un montón de niños; uno de ellos era sorprendentemente albino. Emilio nos dijo que a estos niños les decían que eran hijos del Sol. Sin mas tardar comenzamos la marcha a la que además de los policías, nos acompañaba Roni, que llevaba 10 años trabajando de guía en esta ruta.

El camino desde el principio empezó a tirar hacia arriba y, después de un pequeño trayecto asfaltado rudimentariamente, nos adentramos en la selva. Aunque duro era una senda preciosa y parábamos a menudo a descansar y a beber algo de agua.

En una de las paradas estábamos en un mirador desde donde se observaba un paisaje precioso, cuando se acercó un chavalillo con un caballo y nos preguntó si alguien se animaba a continuar la marcha a lomos se su montura. La elegida fue Rocío que ni corta, ni perezosa se encaramó al animal y emprendió la marcha bajo la celosa mirada del resto de la expedición. Reemprendemos la marcha dejando que la amazona  cobrara ventaja ya que la yegua debía tener un digestión pesada con expulsión de gases, vamos, que no hacia mas que tirarse pedos.

En la siguiente parada nos topamos con un enorme roble que debía tener unos 300 años. Era majestuoso y allí sentado me puse a imaginar la cantidad de situaciones de las que habría sido testigo. Emilio, siempre atento, nos refresco colocándonos un pañuelo en la nuca y vertiendo sobre el agua fría. Fue una maravillosa sensación que unida a la ingestión de unos frutos secos nos dio fuerzas para continuar con la travesía.

Después de casi dos horas llegamos a un punto en el cual ya se podía divisar el añorado volcán. Era una visión impresionante y a la vez desalentadora por la distancia que aún nos separaba de su cumbre. Roni nos decía que íbamos a llegar hasta el mismo cráter y a nosotros nos costaba creerlo dada la perspectiva visual que desde allí contemplábamos. Durante la siguiente hora la pendiente se suavizó bastante y facilitó en gran manera la marcha. A medida que avanzábamos la vegetación era menos frondosa hasta el punto en que llegó el momento en el cual desapareció para dar lugar a un paisaje despejado de fina hierba verde y que iba discurriendo agradablemente hasta la misma falda del volcán, lugar en el cual la fina hierba se convirtió en ceniza.

Desde aquí la vista era sorprendente. Los restos de las ininterrumpidas erupciones producidas a lo largo de los años se reflejaban en el entorno proporcionándonos un paisaje árido y triste. Quedaba lo más duro, la última ascensión al cráter donde el desnivel es mucho mas pronunciado y el terreno mucho más complicado. Los policías se quedaban allí y Rocío se presentaba voluntaria a acompañarles. Después de una breve conversación con ella la convencimos para que finalizara la ascensión y menos mal porque si se queda, para cuando hubiésemos bajado ya se habría desintegrado. Durante aproximadamente un Km. el piso era aceptable, pero, a partir de aquí, cada paso que dabas te hundías hasta el tobillo en las cenizas. Teníamos que parar cada poco a recuperar fuerzas.

En una de las paradas, Emilio, dado que el agua brillaba por su ausencia, nos preparó unos limoncitos con sal, que aunque estaban muy amargos nos alivió medianamente la ansiedad de beber. El primero en alcanzar la cumbre fue Roni y Emilio, a continuación Diana, poco después el menda, y, así, como el gotero de un hospital fueron apareciendo todos menos tres, que estaban viviendo su odisea particular, especialmente Darío. Este, en una de la rampas más duras, había sufrido un tirón en el aductor que le dejaba inútil para la causa. Por detrás, a un ritmo mas lento pero seguro venían Rocío y Esther que al pasar por su lado advirtieron lo que pasaba.

Esther, experta fisioterapeuta, tomó las riendas del asunto y le insufló ánimos exponiéndole que iba a tratar de colocarle el músculo. Así, improvisaron una camilla en el lugar en el que se encontraban y comenzó a meter mano... a la zona afectada. Yo no lo vi, pero dadas las condiciones del terreno, sería un acontecimiento digno del guiness. A todo esto, el resto estábamos dando cuenta de la viandas que llevábamos en la mochila.

César estaba tan desfondado, deshidratado, descojonado, que primero expulso por abajo, luego por arriba, solo le falto poner un huevo. Cuando empezábamos a preocuparnos por la suerte de nuestros compañeros, vemos aparecer a Darío apoyado en dos bastones escoltado por Esther y Rocío. No nos dio tiempo ni a vacilarles un minuto porque en ese momento nos vino a visitar un enjambre de abejas hambrientas y tuvimos que salir por patas de allí.

Caminamos los últimos 100 m., aproximadamente hasta el cráter. La visión era impresionante, una gran masa de humo era expulsada por las entrañas del volcán. Me acercaba hasta el mismo borde cuando una enorme bocanada de humo me envolvió. Al intentar respirar, la sensación de ahogo fue muy desagradable, con un intenso olor a azufre. Me aleje de allí y me puse la mascarilla que nos había dado Juan Carlos. Ahora, nos quedamos todos en silencio, nos arrimamos lo máximo al cráter y agudizamos el oído. Se podía escuchar el fluir de los ríos de lava que habitaban en su interior. El tiempo estaba empeorando y el cielo se oscurecía por momentos.

La primera parte del descenso fue una gozada, el desnivel y las condiciones del terreno hacía que avanzáramos con grandes zancadas como el gato con las botas de siete leguas. En la base del volcán aligeramos de piedras nuestro calzado y seguimos la marcha. Los policías que nos acompañaban cansados de esperar, se habían marchado. Así pues, con Roni y su machete como única escolta, proseguimos la bajada. Esta vez disfrutamos mucho mas del paisaje.

Hacia la mitad del trayecto empezaron a caer las primeras gotas de lluvia y mas adelante nos cruzamos con una expedición que subía, que si sabrían leer nuestro pensamientos, darían media vuelta. El único anhelo que nos quedaba era, una vez abajo, asaltar la nevera que custodiaba Antonio en el busito y dar buena cuenta de las cocas, agua y todo elemento líquido que se nos pusiera por delante. Una vez satisfecha la sed pusimos rumbo a Antigua en el mismo momento que empezaba a descargar un buen chaparrón. La carretera ya peligrosa de por sí, se complicó bastante con el agua caída.

De camino a Antigua paramos en Ciudad Vieja, un pueblo que está en la base del volcán de Agua. Debido a las nubes no pudimos divisar con claridad el volcán. Emilio nos comentó que la vista desde aquí era impresionante y nos explicó que se bautizó con este nombre debido a que el siglo XVI se produjo una correntada de agua procedente del volcán que inundó todo el pueblo y acabó con la vida de muchos de sus habitantes, entre ellos, la esposa del conquistador Pedro de Alvarado, Beatriz de la Cueva. Visitamos la iglesia, me fumé un cigarrito y de nuevo al bus, para esta vez sí, dirigirnos a nuestro hotel.

En la puerta del hotel me abordaron unas vendedoras de collares y tapices tejidos con multitud de colores y yo, que no se decir que no, me interesé en su mercancía. Como teníamos que cambiar dinero en el banco, nos dirigimos a uno que no estaba lejos de allí. Durante todo el trayecto me acompañaron las mercaderas y no cesaron en su empeño hasta que no las compré unos collares y un tapiz. Mientras esperábamos a la puerta del banco me abordó otro comerciante con el que regateé la compra de una máscara. Serían las 7  de la tarde, Emilio había reservado mesa en el hotel para cenar para las 8 y media y para hacer tiempo nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad.
 
  Estuvimos por la plaza principal, donde había un bullicio de gente extraordinario, y en la que se levantaba la famosa  Catedral Metropolitana,  construida en el siglo XVII. En su interior se guardan valiosas obras de arte y en sus bóvedas reposan los restos de personajes de relevancia, como el del conquistador Pedro de Alvarado y su esposa, y el del gran cronista Bernal Díaz del Castillo. Íbamos de regreso al hotel cuando Emilio, aprovechando que contemplábamos una de la multitud de fachadas estilo colonial que predominaban en la zona, empezó a relatarnos una de las antiguas leyendas que aún prevalecen entre los ciudadanos: Dicen que al caer la noche se oían los gemidos y lamentos de una mujer entre las calles. Los que la vieron y se dejaban seducir por su belleza y por su provocadora figura aparecían muertos al día siguiente. A esta mujer la llamaron La Llorona, y las rejas que protegen las ventanas mas bajas de la casas tenían la misión de salvaguardar a sus ocupantes de los embrujos de esta peligrosa aparición.

Una vez llegamos al hotel, nos fuimos a duchar y bajamos a cenar. El comedor era precioso y su entorno mágico. Nos acompañaba Emilio, norma habitual en el resto del viaje, como muestra de confianza y familiaridad de todo el grupo. Pedimos dos ensaladas para todos y un plato a elegir. La mayoría pidió carne de res a la parrilla con guarnición, todo ello regado con la famosa cerveza Gallo. Todo estaba buenísimo. De postre me arriesgué con uno típico del lugar, riquísimo. Café y tequila para los mas atrevidos y a descansar que nos lo teníamos bien merecido..

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Últimos comentarios

laparoja dice:
Algún día ire. Una amiga lo escalo, comenta que es impresionante, no hubo necesidad de llevargente para cuidarlos.
Simpático el relato.

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HORNI dice:
Lindo relato de una aventura de la cual yo deberia pasar...
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Aleleani dice:
Muy ameno tu relato. Veo que fue sacrificado llegar al cráter del volcán , pero mereció el sacrificio.

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