Catamarca

Escribe: antonelaop
Siento que me llevé algo de Catamarca conmigo, pero a su vez, dejé una parte de mi en ella. Por eso siempre quiero volver para encontrarme.

 

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Capítulo 2

Andalgalá

Andalgalá, Argentina — domingo, 16 de enero de 2011

Cuando nos despertamos el cielo estaba cubierto de nubes, parecía ser un clima muy prometedor para pasar nuestro segundo día en Catamarca. Pero la alegría no duro mucho, mientras levantábamos el campamento, las nubes comenzaron a abrirse, dándole paso a los primeros rayos furiosos del sol.
 Preparados para irnos, fuimos a esperar el colectivo frente al Centro de Interpretación del Pueblo Perdido para volver a la terminal y buscar pasajes hacia Andalgalá, nuestro próximo destino. Al ser un día domingo las frecuencias estaban reducidas y lamentablemente no había trayectos directos. 
 Las distancias entre las localidades de la provincia no parecen largas cuando las miramos en el mapa. El problema está en que en Catamarca hay muy pocas rutas asfaltadas, y la mayoría de los caminos de montaña no son fáciles de transitar con un colectivo. La noticia nos cayó como balde de agua fría: para llegar a Andalgalá desde San Fernando hay que bajar hasta la provincia de La Rioja y volver a subir por otro lado, lo que termina sumando un total de 5 horas para hacer un trayecto entre dos localidades que están muy cerca.

 Mientras esperábamos la hora de partir aprovechamos para almorzar en el patio de comidas de la Terminal, jugamos al pool, alguna carrera de autos y al tejo en el centro de entretenimientos, entramos y salimos del supermercado, fuimos a la farmacia, recorrimos los locales de ventas. Se podría decir que no nos perdimos nada de la Terminal de Omnibus.
 El viaje a Andalgalá por la empresa de transportes Lazo se nos hizo muy largo. Pueblo por pueblo el lechero iba entrando, entregando encomiendas en las puertas, bajando y subiendo gente en las plazas, recorriendo caminos cortados y rutas en reparación. Después de cinco horas de paseo llegamos a donde queríamos.
 
 Inmediatamente buscamos la oficina de turismo pero no tuvimos éxito, había un pequeño puesto en la Terminal que estaba cerrado por ser domingo. Caminamos bajo el terrible sol catamarqueño buscando donde acampar, preguntamos a las pocas personas que pudimos encontrar en la calle y todos tenían opiniones distintas sobre “dónde quedaba el camping”.
 Primero fuimos al Club de Tiro y estaba cerrado. Mientras tramitábamos nuestra decepción se nos acercó un niño llamado Guillermo que estaba andando en bicicleta, nos contó que era de Pomán, que tenía ocho años y que estaba vacacionando ahí en la casa de su papá. Guillermo nos ayudó a conseguir un remis y nosotros le agradecimos con caramelos y sonrisas. El chofer  se llamaba Erin, nos llevó al Camping Municipal que queda a unos 4km del centro y nos cobró $10 el viaje.
 Para nuestra sorpresa era un lugar abierto en el que no había luz ni parcelas, el baño estaba abandonado y no se cobraba entrada porque no había ninguna administración, lo cual justifica todo lo anterior. Luego de discutirlo durante un rato no muy largo, buscamos el número de algún alojamiento en los folletos que sacamos de la oficina de turismo de San Fernando. Llamamos a un par de residenciales, pero ninguno podía mandarnos un remis, por lo que tuvimos que recurrir al teléfono de Erin para que nos salve.
 Esa noche paramos en el Residencial Galileo a media cuadra de la plaza principal. Fue horroroso, si bien el precio era muy barato, $60 la habitación doble por noche, el lugar se venía abajo con un soplido. Era una casa antigua muy linda pero jamás había sido restaurada, nuestra habitación tenía los vidrios de las ventanas pegados con cinta de embalar, el baño estaba sucio, el inodoro roto y no quiero ni recordar la ensalada de pelos ajenos en las rejillas.

 Nos bañamos y escapamos de lugar, al que sólo volveríamos para dormir e irnos temprano. Fuimos a dar algunas vueltas por la noche de la ciudad, había un gran movimiento porque se llevaba a cabo un festival en la plaza. Caminamos por la Iglesia, los bares, las callecitas angostas, hasta que dimos con un cartel donde se ofrecía una habitación para alquilar por día. Nos atendieron dos ancianos en una casa grande y antigua, muy humilde; la habitación era gigante, sólo tenía una cama y un colchón, nos cobraban $15 la noche. La verdad que nada podía ser peor que el Residencial Galileo, así que lo dejamos en la mira.
 El festival que se desarrollaba en la plaza llevaba el nombre de “Domingos Culturales”, una propuesta muy interesante para sacar el arte al espacio público. Cerraron las calles de la plaza y los bares pusieron las mesas al aire libre, había un escenario donde tocaron bandas folkloricas, mientras los grupos de bailes de niños ensayaban su coreografía; mas tarde se presentó una excelente obra de títeres bajo el nombre de “Chinche Poroto”. La zona se pobló de gente, y mientras mas tarde se hacía, mas personas había. Corrían las empanadas, las pizzas, el vino, la cerveza y los helados por las bandejas de los mozos entre las mesas. Todos participaban de la noche a su manera, toda Andalgalá estaba ahí.


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