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Al encuentro de Chiloé

Escribe: noritacecilia
Todo viaje nos cambia, nos renueva. Y Chiloé (esa tierra mítica...), es un ámbito que lleva a la reflexión y la meditación, los paisajes te llenan y te llegan hasta el alma... Este diario trata de los días hermosos que pasé en Chiloé y en los alrededores del Lago Llanquihue, de los lugares que visité y las personas que encontré en el camino.

 

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Ancud, en inglés (a lo Tarzán)

Ancud, Chile — lunes, 11 de enero de 2010

Cuando estuve en Puerto Varas, el francés que venía de Chiloé me decía que en el día se alternaba la lluvia y el sol, y mirando por la ventana me di cuenta que me esperaba un día así. Desayuné y la señora Luti me orientó un poco sobre cómo llegar al centro, y ahí me fui.

Salí de Buenos Aires con la fotocopia de una guía turística, como para no ir a ciegas, pero caminando por Ancud me di cuenta que el mapa que traía no tenía todos los nombres de las calles, ni siquiera todas las calles, así que di muchas vueltas sin lograr encontrar lo que buscaba. Cuando estaba tomando la decisión de ir a la plaza y buscar la oficina de información turística para que me reorientaran, me crucé con Manuel. Y Manuel, con su buena onda, me guió al terminal rural para preguntar por los micros que iban a Quemchi, y también al de Cruz del Sur para averiguar por micros a Castro. Cuando nos despedimos, me había orientado también sobre cómo llegar a la plaza.

Cuando llegué a la plaza de Ancud me sorprendió la sencillez. La catedral es baja, ni se percibe en una primer ojeada. Dicen que la original era de madera, al mejor estilo de la de Castro (de la que ya hablaré), pero que el terremoto de 1960 la desestabilizó en sus cimientos y fue demolida. Algo que me llamó la atención en Chiloé es los relatos suelen estar atravesados por la mitología y por los episodios del terremoto de 1960, ya sea que se hable de historia o paisaje, el movimiento sísmico más fuerte del mundo dejó huellas fuertes y visibles a cada paso. Volviendo a la catedral de Ancud, algunos me dijeron que podía ser restaurada, o sea, fue una mala decisión demolerla. Sea como sea, la vieja catedral ya no existe y de la nueva no hay mucho para decir.

En seguida me fui a la oficina de Sernatur, donde tuve mi primer oportunidad diaria de ejercitar mi inglés. Había un contingente enorme de extranjeros pidiendo información de la isla, así que el chico les explicaba todo en inglés, y para mi satisfacción, entendí todo. Bueno, se me escaparon algunos detalles, que fueron los que le pregunté cuando lo tuve disponible para mí, además de pedirle un mapa como la gente.

Quiero detenerme un segundo aquí, porque, además de que debo rescatar el gran servicio que me prestaron en todas las oficinas de turismo que visité en el viaje, quiero hacerle un reconocimiento especial al chico que me atendió en Ancud. Mis amigos tomarían esto con malicia, pero puedo decir que quedé fascinada por él. Me encantan las personas que te hablan con pasión de sus lugares, que uno ve que disfrutan lo que hacen, que se entregan de lleno a lo que están diciendo. A este chico le brillaban los ojos y toda su cara de una manera impresionante mientras hablaba de las distintas opciones que teníamos para recorrer. Se notaba enamorado de su Chiloé y su Chile, porque con toda su actitud mostraba una pertenencia y un amor a toda prueba. ¡Qué lindo encontrar gente así!

Arranqué, según su recomendación, preguntando en las agencias para ir a las pingüineras. Ninguna lleva a una persona sola, así que me anotaron para agregarme a cualquier grupo que pudiera aparecer. Salí entonces a caminar por la costanera. Cada tanto llovía un poco, pero el paseo fue hermoso. La costanera de Ancud es muy linda, tiene una panorámica bárbara; si uno arranca a caminar desde el Oeste, llega al puerto y allí empieza a subir hasta el Fuerte San Antonio, desde donde se tiene una hermosa panorámica de la bahía. Claro, es un sitio estratégico, en un peñón, la última plaza española en rendirse ante el movimiento independentista de Chile, en 1826. Todavía se conservan los antiguos cañones de hierro, apuntando al horizonte a los enemigos fantasmas... Y seguí caminando, pasé por el polvorín y llegué hasta la playa de la arena gruesa, desde donde volví al centro.

Todo mi camino tuvo lluvia intermitente, y cuando llegué al centro se volvió torrencial, así que me refugié en el mercado de los artesanos, di una vuelta y después almorcé allí mismo una "colación": por $1400 me sirvieron una presa chica de pollo asado, arroz blanco y ensalada con una Coca Cola.

Pasé por las agencias de turismo y en una me tenían buenas noticias: había una chica que venía de Castro para ir a las pingüineras, así que ya éramos dos. Era una chica inglesa que hablaba italiano perfecto, o sea, entendía todo lo que decíamos pero no podía hablarnos en español. En el viaje hasta Puñihuil hice de traductora entre el guía y ella; el viaje fue ameno, y a medida que hablaba, mi inglés olvidado volvía a mi memoria y se hacía más fluído, aunque no dejaba de ser un digno representante del léxico de Tarzán.

De camino pasamos varias playas, y nos detuvimos en el mirador de Mar Brava. Las enormes olas dejaban estelas blancas que parecían cintas acercándose a la playa. Y el ruido era ensordecedor. Cuando llegamos a Puñihuil, la playa apareció llena de islotes y roqueríos, era un lugar bellísimo, daban ganas de largarse a caminar entre las gaviotas.

El encargado de ponernos el salvavidas era un chico de Santiago que estaba haciendo su práctica profesional. Al igual que el chico del servicio de turismo, me encantó verlo tan enchufado en su tarea, diría que estaba eufórico. Con la cara tan curtida por el sol al punto que estaba pelándose la nariz, sonreía de oreja a oreja y sus ojos decían que no podía ser más feliz. Se quedó hablando contento con nosotras, y yo pensaba en la hermosa experiencia que debía ser para él estar allí.

Una vez en el bote, con Noemí, la guía, descubrimos que la única pasajera de habla castellana era yo... así que me senté al lado de ella, y al igual que en la información turística, escuché toda su explicación en inglés, y me sentí orgullosa de mí misma cuando pude entenderla toda. El paseo en bote no fue muy largo, el mar estaba demasiado picado, mostrando que de Pacífico no tiene nada. Por momentos metía miedo porque empujaba el bote hacia las rocas, donde veíamos estrellarse las olas; en otros momentos las olas verdosas parecían murallas que nos sacudían... definitivamente, había que volver.

Cuando llegamos a tierra, le pedimos a nuestro guía tiempo para salir a caminar, y Stephanie, mi compañera inglesa, invitó a Noemí a comer unas empanadas. Allí nos fuimos las tres, hablando mitad en inglés, mitad en castellano. Noemí es profesora de inglés y está haciendo su primer experiencia como guía. Hablamos de educación, fue interesante porque se ve que es una docente muy comprometida que comparte los mismos ideales que yo. También hablamos de nosotras mismas, nuestras familias... se generó una confianza increíble entre las tres, al punto que me sorprendí de hablar ciertas cosas con gente que había conocido hacía una hora, y que tuvieran tanto nivel de comprensión.

De regreso en Ancud, repetí mi camino matutino con Stephanie, que tenía un tiempo antes de volver a Castro y quería aprovechar de conocer algo de Ancud. Ahí no me quedó otra y le hablé todo en inglés, aún cuando ella me "complicaba un poco la existencia" preguntando cosas de historia... ¡nunca antes había tenido que explicar la segunda guerra mundial y la emancipación americana en inglés!! Pero fue entretenido, ella me contó de sus trabajos de arqueología, y así las cuadras pasaban amenas estando juntas.

Nos despedimos en la terminal del Cruz del Sur, cuando ella se fue a Castro y yo emprendí la marcha hasta el hostal, a tomarme mis mates con la Señora Luti y compartir las vivencias con los pasajeros que estaban allí.

Con tantas cuadras caminadas, ¡pucha que se me hizo largo el regreso! Al punto que creí que me había pasado de largo.

Tips:

Para visitar las pingüineras del Puñihuil en Sernatur recomiendan contratar el tour; es más costoso en dinero aunque la diferencia no es muy grande; a la vez se ahorra mucho tiempo que puede invertirse para recorrer Ancud. En cualquier agencia, el circuito completo se hace en 3 horas e incluye translado con guía y embarque a las pingüineras. El precio fluctúa entre $13.000 y $15.000 por persona, y se requieren al menos dos pasajeros para poder salir. Para hacerlo por propia cuenta, del terminal rural sale un micro una vez al día, que va al mediodía y vuelve a las 5 de la tarde, cada pasaje cuesta aproximadamente $2000. Llegados a la playa se contrata la lancha a unos $5000 por persona. Se puede almorzar (recomendado después de la visita a los islotes y no antes) en los restaurantes que están sobre la barranca; se especializan en las empanadas de locos y locos con queso y otros platos de mariscos.

En Ancud, Chile


Publicado el 31/ene/2010, 22.00
Modificado el 10/feb/2010, 06.36
Leído 1366 veces

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Últimos comentarios

Jackie_Hurt dice:
Me emociona leer tus relatos...
Muy linda tu experiencia por mis tierras... Felicidades

Publicado el 1/feb/2010, 02.37 

noritacecilia dice:
Gracias por tu comentario!!
Fue grandiosa la experiencia en tu tierra, sabía que Chiloé era mágico, y cuando estuve allí, fui descubriendo porqué!!
Muchos saludos!!

Publicado el 1/feb/2010, 03.31 

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