Tras concederme un día de descanso después de la impactante visita a Pisgat Ze´ev para callejear a mi libre albedrío por Jerusalén y sus calles y barrios, el 9 de noviembre me subí a un todoterreno gris verdoso del gobierno israelí, de esos que se usan como si fueran jeeps militares, perfectos para patrullar por todas las zonas y rincones posibles, y crucé la frontera egipcia para visitar uno de los sitios , en mi opinión, más cautivadores de Oriente Medio, después, como es obvio, de Jerusalén. Para quienes no conozcan Egipto, el sitio que yo visité ese día se llama Al-Arish, y está situado en el norte de la península del Sinaí, en esa franja fronteriza con Israel que tantas guerras ha desatado: la franja de Gaza, que también cruza Palestina. Su nombre en árabe significa palmeral. Es conocida sobre todo porque allí se desarrollaron varias batallas a lo largo de tres años, entre el Imperio Británico, el alemán y el otomano, en esa vasta extensión de tierra yerma conocida como el teatro del Oriente Próximo. Yo había visitado por primera vez Al-Arish en 2001, como parte de un viaje de trabajo(ya sé que soy joven, pero las circunstancias obligan) para documentarme sobre las cruzadas. En aquella ocasión no profundicé mucho, pero ahora me siento orgulloso de haber vuelto a aquel lugar.