Diarios de viaje > Perú, América del Sur
En la selva peruana: entre la belleza y la barbarie
Escribe: PabloyPilar
Nunca habíamos ido a la selva baja peruana, a ese espacio inmenso y mítico que a veces parece ser otro mundo muy remoto, otro país y que sin embargo es la parte más grande de este lugar en el que estábamos mochileando y que se llama Perú. Como ya nos habíamos perdido por cerros y ruinas, por punas y puertos costeros pensamos que era hora de cruzar los andes y ver qué hay detrás de ellos...
Aguaytia: Kafka y los cocaleros
Aguaytía, Perú — lunes, 20 de diciembre de 2010
Al día siguiente tomamos la mochila y nos fuimos hasta el paradero de taxis – colectivos que está en la salida de Pucallpa, yendo hacia el Zoólogico. Allí encontramos la empresa Euro Sat (Calle Centenario 272, hay varios más alrededor) que tiene coches que salen hacia Tingo María por 30 soles (5 horas), horarios 07 y 30 am, 11 y 30 am, 12 y 30 y 6 pm, verificar horarios pues pueden cambiar. Reservar con anticipación. También van a Aucayacu, Tocache, Juanjui y Tarapoto.
Allí nos confirmaron la noticia: la huelga estaba fuerte y los coches no llegaban sino hasta un pueblo a media hora de Pucallpa, llamado San Alejandro. Una alternativa era irse hacia Puerto Inca, por un desvío que está antes de San Alejandro, pero eso implicaba ir por una carretera sin ley y sin asfalto, que entraba por zonas famosas por ser reinos del narcotráfico. El viaje habría sido alucinante y largo ya que se interna por la selva menos conocida y llega hasta la selva del departamento de Junín, limítrofe con Lima, pero sentíamos que de aventura habíamos tenido ya bastante en los ríos de la selva y estábamos algo cansados, además queríamos conocer Tingo. Un chofer nos aseguró: “llegamos hasta San Alejandro y ahí se embarcan en moto y van avanzado, hoy día llegan a Tingo”. Fue un craso error creerle (o quizás no lo fue tanto por las cosas que vimos y vivimos), mucha gente no tiene reparos en decirte lo que sea con tal de ganarse unos centavos. En todo caso, si alguien quiere meterse alguna vez por la zona de Puerto Inca, en la misma avenida Centenario, al 145, de Pucallpa puede encontrar a la empresa Trans Irazola que en 1 hora te lleva hasta el kilómetro 86, pasaje 10 soles, y desde ahí hay que tomar unas camionetas hasta Puerto Inca y desde ese pueblo hay que ver la manera de seguir avanzando hasta Junín.
Dicho y hecho, a la entrada de San Alejandro ya había varios coches parados. Los choferes que habían venido desde Pucallpa esperaban por gente que viniera caminando desde el otro lado del puente para llevarlos, pero esperaban casi con el pie en el acelerador por si los huelguistas vinieran por sorpresa y les rompieran los parabrisas. Cruzamos el puente con algo de temor porque allí vimos el primer grupo de revoltosos, bien premunidos de piedras y palos, reunidos y deliberando sobre lo que hacer. En San Alejandro un hombre nos recomendó no seguir y esperar y para eso él, claro, nos alquilaba un cuarto en su hostal. Desoímos la oferta, continuamos.
Conocimos a un chico al que llamábamos “amigo” que cargaba una pesada bolsa y que se veía en el mismo lío que nosotros y que se nos unió para caminar. Estuvimos buscando una moto-taxi que nos llevara hasta el siguiente pueblo tal y como nos había dicho el chofer pero cuando llamábamos a alguno no se detenía por más que no llevara gente. A caminar se ha dicho…seguramente en el otro pueblo la cosa ya está mejor. Lo que no imaginábamos es que seguiríamos haciéndolo por las próximos 3 días.
El mediodía selvático estaba en todo su esplendor, el calor desanimaba hasta el más fuerte y daba la sensación de duplicar el peso de nuestras mochilas y las suelas de los zapatos dejaban traspasar la calentura del asfalto. En un pequeño poblado por fin un jovenzuelo en su mototaxi nos “jaló” un par de kilómetros, más allá tres hombres que volvían apurados a Lima por motivos de trabajo se nos unieron y juntos llegamos a otro poblado donde un tipo gordo y desdentado quiso hacer un gran negocio con nosotros y nos propuso llevarnos por un par de kilómetros más cobrándonos sin piedad, aducía que corría mucho riesgo si los huelguistas lo paraban… nos convenció, y así subimos 6 personas en un mototaxi que solo puede llevar 3. Desde entonces todo fue un errar sin parar, la aventura era excitante aunque las plantas de los pies no habrían opinado lo mismo. Como el caballo que es incitado a seguir su galope siguiendo una zanahoria que nunca alcanza a nosotros nos acuciaba el hecho de imaginar que el siguiente pueblo encontraríamos por fin un coche y civilizadamente llegaríamos hasta Tingo María, pero el Perú es el país de las maravillas, y por ende aquí pasan siempre cosas maravillosas, para bien y para mal.
Encontramos una pequeña casa donde una señora trataba de vender los últimos platos del menú que había preparado. Sajino, papas fritas, arroz y una coca cola para apaciguar el otorongo que llevábamos en la panza. Allí se empezaron a aclarar ciertas dudas, noticias de cocaleros que habían tomado un territorio más grande de lo que imaginábamos y del que nos demoraríamos mucho en salir claro, muertos en trifulcas, incluido un niño, simpatía por los huelguistas, miedo, ataques a camiones y a gente, nula presencia policial, bienvenidos a la jungla… humana.
Ya muy tarde vimos a lo lejos una caballera rubia que brillaba mucho gracias a los reflejos rojos del sol de la selva. Más adelante alcanzamos al dueño de tan profusa cabellera: era el gringo Jim, que era otro de los abandonados a la buena de dios en un territorio donde no había fe sino incertidumbre. ¿qué hace en medio de todo este caos este tipo de casi 2 metros de alto, cabello largo, flaco como un monje, con un español inentendible, que saludaba a todo el que pasase con un fuerte y amistoso hola y al que acompañaba un perro, Nico, que entendía las órdenes en español e inglés lo que lo hacía en ese lugar uno de los pocos seres de entendimiento bilingüe y que era grande como él solo? La gente lo miraba pasar como si un extraterrestre habría sido enviado a la tierra con la misión de sonreírles, lo bautizaron como el “gringo atrasador” (personaje de una serie televisiva peruana). Había vivido en Miami, se había ido de Estados Unidos porque allí había “demasiado loco, demasiada violencia”, la esposa, que era peruana, se había quedado a vivir allá y él iba cada 7 u 8 meses a visitarla, había encontrado su lugar en el mundo en Tingo María donde había comprado un terreno para sembrar y se sentía muy feliz y estaba seguro que no volvería a los Estados Unidos a vivir. Además de eso, tenía unas ganas terribles de tomarse una cerveza, bien preciado en medio del sopor amazónico pero que era utopía pura: nadie quería vender nada, todos temían ser denunciados y que los huelguistas les atacaran la casa, les saqueara la tienda. El grupo fue creciendo y moviéndose en territorios que se sabía era de los cocaleros, aquellos que trabajando en sus campos y viviendo en humildes casas de madera proveen el recurso para producir la riqueza de los capos.
En un villorrio encontramos una tienda medio abierta y allí entramos solo nosotros y Jim, el resto continuó. Solo pudimos encontrar refrescos. Jim compró unos caramelos que repartió entre los niños del pueblo mientras que nosotros hablábamos con la dueña de la tienda: las mismas malas noticias aunque un poco más alarmantes, que más allá la cosa esta peor, que están pinchando las llantas a los moto taxistas que llevan gente, que los cocaleros están armados para enfrentarse a la policía, que no hay ley… cosa que ya habíamos visto: árboles inmensos caídos en la carretera junto a un sinfín de piedras que servían para obstaculizar, parabrisas despedazados de los carros que estaban varados, choferes que no soportaban el calor dentro de los camiones y que por ello dormían en el asfalto mientras la mercadería que llevaban se podría, cosas que no hacían sino aumentar la certeza de que el lugar llamado la boca del lobo, sí existe.
La oscuridad llegó y las ampollas empezaron a cambiar el ritmo de la caminata. El grupo se adelantó demasiado y nos quedamos atrasados los dos junto al “gringo atrasador” y, claro, el fiel Nico. En la noche desierta no nos quedaba más que el juego de las adivinanzas: ¿era eso que sonó un animal? ¿Era esa inmensa silueta informe un grupo de gente que venía hacia nosotros? ¿Era esa luz tímida la evidencia de que un pueblo estaba cerca? El cielo parecía la extensión de la negrura de la selva y eso daba la impresión de estar caminando en un espacio que había perdido sus bordes, sus límites, estar caminando dentro de una burbuja de sombras, una esfera de tiniebla. Lo único vivo allí eran los sonidos de los animales agazapados en la oscuridad, ruidos que se mezclaban a la cháchara entusiasta de Jim. Por momentos nos sentíamos afortunados, caminar en medio de ese paisaje y a esas horas sin el temor de que te atropellara un bus o un camión, era algo difícil de creer, pero después lo que presentíamos único se convertía en una incertidumbre sin fondo al imaginar los peligros a los que estábamos expuestos, la sensación de estar siendo observados la llevábamos casi en la piel, como si fuera un sudor que no se evaporara jamás y para colmo de males Jim seguía hablando como si tal cosa y nosotros no sabíamos cómo pedirle que se callara, que en un momento donde todo es tierra de nadie éramos un punto fácil a ser atacados.
Así caminamos por un par de horas hasta que vimos a lo lejos una fogata y creíamos que era una barricada llena de cocaleros. Felizmente, al llegar allí encontramos al grupo con los que habíamos estado caminando, “el amigo”, tres chicos de Lima, una chica con su abuelo, una señora con su familia que jalaban maletas de rueda en medio de la selva. Descansamos, hablamos, hicimos bromas, un hombre nos ofreció quedarnos en su casa pero la idea era seguir porque había un pueblo cercano donde se supone que había un hotel pero también donde la policía había matado a 2. Unos cocaleros ofrecieron llevar en una moto al anciano y su nieta algunos kilómetros más allá. Nos levantamos todos y caminamos en grupo de nuevo, hacia lo que quisiera venir más adelante.
A veces pasaban mototaxis embanderados cuyos choferes estaban, obviamente, apoyando la huelga y movilizando a los cocaleros. Otras, nos cruzábamos con gente que venía en sentido contrario, rumbo a Pucallpa, hacíamos un trueque de malas noticias y con más terquedad que fuerzas seguíamos el camino. Ya casi a las 11 de la noche llegamos al pueblo, cuyo nombre no recordamos o quizás preferimos no recordar y que era aquél en donde habían matado a 2 personas, entre ellas un niño. La entrada estaba bloqueada con 2 grandes camiones a los que habían rodeado con unos pocos balones de gas, caminaba mucha gente y había bulla por todos lados. A primera impresión parecía más una noche de feria que una huelga. Al vernos llegar se acercó un grupo de gente que nos rodeó y luego se entretuvieron con Jim, a quien vieron como una aparición surrealista. La gente estaba aburrida y tensa y el yanqui pagó los platos rotos: era el blanco de bromas, burlas, preguntas curiosas. No todas las noches llega caminando desde Pucallpa un gringo pelucón, de 2 metros de alto, con un perro que obedece, en español y en inglés. Alguien nos ofreció marihuana, otro dijo: “su gobierno es el que apoya a la policía”, nadie respondió nada, de política no se sabe nada, de aburrimiento sí así que a divertirse con el gringo. Cuando la situación se hizo muy incómoda Jim tomó a Nico y caminó veloz para bajarse incómodo de esa palestra de clown en el que lo habían puesto y se lo tragó la oscuridad. Cuando la gente se dispersó vimos que en la intersección de las dos calles principales de este pueblo habían levantado una especie de altar, protegido por unos toldos, en donde yacían las fotos y ropa de los muertos alumbrados por unas velas. Los cuerpos aún no habían llegado, habían mandado a traer ataúdes desde Pucallpa y la cosa se hacía lenta, demasiadas piedras, demasiados árboles que mover para permitir la pronta llegada. Los dos únicos hospedajes del pueblo estaban repletos, una noche al aire libre se avecinaba. Compramos salchipapas en un restaurante al que obligaron a no vender más. Exigían a todos a comer en la “olla común” que habían hecho los huelguistas.
Mientras comíamos pudimos oír retazos de conversaciones de los cocaleros: que mañana viene la policía, que si vienen reventamos los balones de gas, que estamos armados, que no nos paran, que esto, que lo otro… Salimos un rato a las afueras del pueblo a orinar y de pronto escuchamos que alguien, casi oculto desde una casa pobremente alumbrada, decía “Hey, Pablo amigou..”… era el gringo Jim, pensábamos que lo habíamos perdido pero allí estaba, saciado por fin de su necesidad de una cerveza que la dueña de la casa, que al final nos dimos cuenta que era un bar, le había vendido. Nos alegró mucho verlo. El sitio parecía un excelente refugio, un mundo lejano a toda la tensión que se vivía dos cuadras más abajo. Fuimos a traer nuestras cosas y avisar a los del grupo la buena nueva y por fin estuvimos todos sentados y la cerveza empezó a correr.
La dueña del bar nos pidió que habláramos a oscuras para evitar llamar la atención de los huelguistas, así que lo pasamos así, casi adivinando nuestros rostros, el color de nuestros ojos, nuestros gestos en esa penumbra protectora. Habíamos caminado más de 25 kilómetros, quien lo diría. Las ampollas daban fe de ello. Pensábamos que la aventura se había acabado en los ríos de la Amazonía y no, había continuado aquí, en las carreteras amazónicas, en estos pueblos dejados al inevitable olvido de dios. Como decimos en el Perú, aquí te puedes morir de cualquier cosa, menos de aburrimiento.
Laxos y aliviados, entonados con las cervezas y las conversaciones animadas el mundo parecía otro, daban ganas de seguir así, en la mesa de un bar de la selva peruana, en donde un gringo loco, un amigo, una pareja conformada por un española y un peruano errantes, unos chicos limeños apurados en llegar a su trabajo y la dueña de un bar se hablaban con entusiasmo tratando de vivir cada segundo de ese momento porque sabían que algo como eso, una experiencia parecida, no iba a suceder nunca más. El sueño cundió y la dueña del bar sacó unas frazadas y cartones que acomodamos en el suelo para dormir, al día siguiente habíamos planeado salir a las 04 de la mañana, antes que el sol caliente y haga la caminata un suplico, que de hecho ya lo había sido. Jim se quedó un rato más tomándose una cerveza y hablándole a su perro Nico. La meta para la mañana era llegar a Aguaytia, a 6 horas del pueblo sin nombre, del pueblo de los dos muertos.
Las 4 de la mañana sonaron en el reloj y nos levantamos para empezar otro día de caminata. El “amigo” se adelantó con los muchachos limeños y quedamos en encontrarnos más adelante ¿Haríamos de nuevo 25 kilómetros caminando en la carretera? ¿Esta vez nos atacarían los huelguistas? ¿Nos sorprendería una balacera entre la policía y los cocaleros? ¿Soportaríamos el dolor de las ampollas en los pies? ¿Qué cosas nos pasaría este día? El gringo Jim prefirió dormir un poco más, estaba muy cansado, se despidió dando muestras de cariño, no le volveríamos a ver nunca más. Por la carretera pasaban los moto taxis raudos, alguno llevaba gente, era el momento adecuado para hacer un poco dinero movilizando personas ya que los cocaleros bajaban la guardia en las primeras horas de la mañana y había cierta garantía de que no pasara nada. No tuvimos mucha suerte y no conseguimos a nadie que nos llevará hasta que a eso de las 07 de la mañana un hombre nos llevó en su moto y llegamos hasta una parte de la carretera que estaba cerrada. Menos mal nos avanzó unos buenos kilómetros pero la cosa no había cambiado mucho, cada vez que pasábamos por un pueblo sentíamos en el aire la misma tensión como una corriente eléctrica inevitable; seguíamos viendo los árboles, piedras, llantas quemadas y vidrios rotos como una evidencia de el paso inefable de los huelguistas. ¿Cómo se vería toda esa selva paralizada, tomada por un grupo de rebeldes, desde los helicópteros que pasaban sobre nosotros patrullando? La gente nos miraba pasar, algunos saludaban. Todo era una especie de peregrinación alucinante, caminantes metidos en medio del ojo del huracán, viajeros que de pronto trataban de salir de una situación a donde habían llegado sin saber cómo. Lo que el gobierno decía por la radio no se condecía con lo que uno veía; el gobierno, aparentemente no había enviado refuerzo alguno ni se daba por enterado; una gran parte de uno de los 20 países más extensos del mundo estaba a merced de un grupo de huelguistas.
Casi al medio día vimos desde una curva de la carretera la silueta de Aguaytia. El puente que da entrada al pueblo estaba, como imaginábamos, cerrado y bloqueado y mucha gente hablaba alrededor de los piquetes. Cojeando y quejándonos de dolor (sobre todo Pablo) entramos al puente y nos recogió por fin un mototaxista, nos llevó a un hotel y a dormir. El pueblo es grande, lleno de tiendas (cerradas, obviamente) y cabinas de internet, pero al estar paralizado parecía un villorio sin vida y aburrido donde la tensión era aún mayor ya que había una base norteamericana en los alrededores. La Defensoría del pueblo del Perú detectó en julio del 2010, 248 conflictos sociales aquí, pues bien, parecía que todos habían estallado al mismo tiempo. Puede ser que una facción descontenta se levante y anime a otras, que tienen otras exigencias, a alzarse también, cosa que no debe ser muy difícil de lograr: azuzar el fuego donde las cenizas nunca dejan de estar encendidas. Frente al hotel había un restaurante y allí fuimos a la hora del almuerzo, buscando relajarnos pero al rato llegó una horda y empezaron a golpear la puerta y a amenazar con entrar y destruir todo sino cerraban el negocio. “Nadie trabaja hoy carajo, todos con el paro”, el dueño del restaurante salió a defender su negocio y lo empujaron y le dieron algún golpe. Cerraron la puerta del lugar y los huelguistas se fueron a seguir extendiendo la amenaza. Al momento llegaron unos policías cargando unas metralletas preguntando por dónde se había ido la pandilla. Comimos lo que pudimos y salimos a ver el río que estaba cerca al hotel, era lo que nos recomendaban, si nos metíamos por alguna calle del pueblo podíamos tener la mala suerte de encontrarnos con el grupo de revoltosos y… desde el malecón del pueblo el paisaje se veía bien, con vistas del río Aguaytia, el puente, que es uno de los más grandes de la selva del Perú, las barcas, la gente bañándose en el río. Pensamos que quizás sería una buena idea tomar un bote e irse por unos días a una de las comunidades que están en las orillas del río y quedarse hasta que todo pasara pero aparentemente la cosa no iba a ser de un par de días sino de casi semanas, como lo comprobamos luego al estar en Lima. Además las pocas canoas que estaban en el río habían ofrecido una solución oportuna a mucha gente que iba de subida a Pucallpa caminando: les ofrecían llevar a la gente por 50 soles río arriba hasta un pueblo cercano a Pucallpa desde donde se podía conseguir movilidad fácil ya que estaba lejos de la zona de la huelga. Muchos subieron y allí los vimos irse, canoas endebles con gente por montones, sin protección contra el sol y sin baños y río arriba: la desesperación por llegar puede más que cualquier cosa.
En el malecón un hombre nos habló. Estaba de acuerdo con la huelga y estaba indignado con la muerte de sus compañeros: había llegado la policía a erradicar las plantaciones de coca y allí salieron los cocaleros a enfrentarse, la policía disparó y 2 murieron. Las fuerzas se replegaron y no volvieron y no lo harían… hasta nuevo aviso. ¿Y es tan necesaria la producción de coca para esta gente? Por lo que nos dijeron es más fácil de plantar, es más fácil de vender. ¿Los cultivos alternativos? Bien gracias.
En la noche tuvimos la suerte de encontrar una pollería abierta frente al hotel. Nos miraron primero con sospecha y luego nos dejaron entrar. Al rato alguien pasó por la avenida gritando “allí vienen”. El dueño del restaurante cerró puertas y ventana, enrejó todo y a nosotros se nos fue el hambre. Salimos hacia el hotel no sin mirar hacia arriba y hacia abajo antes de cruzar la calle. No había cocaleros en la costa. A dormir, mañana muy temprano había que intentar salir de allí, mientras los cocaleros durmieran… o al menos eso creíamos nosotros.
Muy temprano encontramos un mototaxi y para nuestra sorpresa se ofreció a llevarnos hasta Boquerón Pueblo, lo cual eran bastantes kilómetros. El sol apenas se anunciaba, la bruma subía de la piel de la selva y le daba a todo un ambiente de fantasmal belleza. Otro chico subió al mototaxi y así avanzamos a una velocidad fórmula 1; algunos mototaxistas le advirtieron al conductor que le pincharían las llantas, él avanzó y nosotros una vez más llenos de incertidumbre. Pasamos por lugares que de haber estado en otras circunstancias habríamos visitado: las cataratas la ducha del diablo, el velo de la novia, la selva en sí misma que subía a su encuentro con los andes.
A lo lejos vimos que a la entrada de Boquerón pueblo había 3 tipos con pinta sospechosa. El chofer de la moto, avezado, se acercó hasta ellos y allí nos dejó. Sin apuro pero sin pausa los 3 tipos se acercaron y dijeron: “les dijimos que hoy no se trabaja chino”. Nuestro chofer ensayó unos pretextos no muy convincentes. Uno de los tipos sacó un cuchillo y el otro una tijera y se acercaron más y más y pincharon las llantas. La mototaxi dio la vuelta y volvió a Aguytia, sin aire en las llantas.
A nosotros no nos pasó nada de milagro y una vez que la palidez se nos fuera del rostro seguimos caminando, hacia el oeste, allí donde veíamos las estribaciones fascinantes que anunciaban la entrada al Boquerón del Padre Abad. En el camino vimos más gente que subía y bajaba, hombres armados de palos y barrotes que se apeaban de las motos para apalear al que tuviera una tienda abierta, a gritos, la valentía de la turba, la fuerza de lo impune, la sinfonía de la barbarie donde los animales eran animales y los hombres algo peor que eso; árboles y troncos que nadie se atrevía a mover de las pistas villorios en cuyas chozas no parecía vivir nadie: tierra arrasada, como en una película de corte apocalíptico, Kafka, Orwell y McCarthy en la selva peruana, donde muchos se sentían impotentes, sin poder salir de un sitio al que no se sabía cómo se había llegado, donde las libertades habían sido suprimidas y se estaba expuesto a lo que la voluntad de desconocidos dictaminaran en un mundo donde los vehículos motorizados habían desparecido y todos iban por el camino, andando a la deriva por kilómetros, guiándose por los rumores, atemorizándose por las malas nuevas que venían de otros sitios en las bocas de otras gentes; encontrar la ruta era el sentido, aquella que los llevara a un punto donde se pudiera encontrar una cierta seguridad.
Casi a las 11 de la mañana, en las puertas del increíble Boquerón, unos tres muchachitos en un mototaxi se detuvieron y se ofrecieron a llevarnos hasta Previsto: “les falta montonazo para llegar, mejor suban”. Con cierta desconfianza lo hicimos, luego cuando nos contaron lo que hacían nos dimos cuenta que eran gente buena. No eran cocaleros, querían trabajar y todo esto les hacía paralizar en días en que ellos necesitaban hacer centavos para llevar a sus casas. Pero tenían que parar porque si no… Como una exhalación veloz entramos por el famoso boquerón que fue descubierto en 1757 y que cayó como una bendición para los ingenieros de modernas carreteras: por allí hicieron la pista que comunicaría a esa zona con el mundo. Así pasamos por entre las inmensas paredes verdes, en este callejón natural que nos conducía fuera de la pesadilla, mirando las caídas de agua que bajaban mansamente por las pendientes, los árboles que daban una sombra que se agradecía, siempre fascinados con la aventura pero también inundados en la incertidumbre de no saber si esos que estaba adelante nos apedrearían o serían viajeros como nosotros. La belleza de la selva en la que la barbarie humana se había implantado y donde se extendía, indomable.
A la entrada del pueblo de Previsto nos dejaron estos buenos muchachos, no nos quisieron cobrar pero igual les dimos un poco de dinero. Se disculparon de no poder llevarnos más allá pero es que había un piquete cerca y corrían peligro, era mejor que ellos llegaran con la moto vacía y así siguieron. Cuando cruzamos el puente donde la barricada estaba los vimos pero ellos se hicieron los tontos y nosotros también, no podíamos hacer nada que fuera sospechoso. En este pueblo nos enteramos que ya a las afueras estaban llegando los coches de Tingo María y que allí recogían pasajeros. Por fin parecía que se había acabado la zona dominada por los cocaleros. Llegamos hasta allí y vimos que 2 carros llenos de huelguistas subían desde el pueblo, se iban hacia el abra divisoria (límite Huanico con Ucayali) a extender sus dominios y seguir amenazando gente, bloqueando pistas, reclamando sus cosas y a nosotros se nos fue la esperanza de salir de eso. Estábamos vendidos, a seguir caminando, lo que nos gusta hacer pero no tanto si tienes que aguantar un sol inclemente, unas ampollas dolorosas y el peso de las mochilas. Pero a los minutos, como un milagro, llegó desde Tingo María un coche blanco con pasajeros, los bajó de inmediato y nos dejó subir mientras la gente que vivía alrededor gritaba “váyanse ya, váyanse ya que vienen los cocaleros”. No lo podíamos creer, por fin en un coche después de 3 días caminando, a punto de irnos pero con el miedo a que nos alcanzaran y nos apedrearan.
La esperanza sirvió de muy poco, apenas avanzamos cuando vimos aparecer los carros de los cocaleros en sentido contrario, nos cerraron el paso, bajaron con cuchillos en mano, gritando: “a ver los pasajeros a bajar”. De esta no nos libra nadie, pensamos. El líder era un tipo de muy baja estatura pero con un vozarrón y un don de mando envidiables. Vestía una gorra de lana azul que casi no dejaba adivinar su rostro completamente. Abrió las puertas, no nos hizo caso y le dijo al chofer: “ya fuiste, ahora nos llevas al pueblo a traer a los muchachos”. Los cocaleros se regresaron a Previsto, ahora tenían un coche más a su servicio. Si con motos se movían veloces en ese pedazo de selva que dominaban, con coches serían inalcanzables y expandirían su radio de influencia aún más.
A caminar, hasta el abra nos quedaban 4 horas por lo menos y todo en subida. Bueno, podía haber sido peor, felizmente los tipos no nos hicieron nada. A los minutos vimos venir a un par de chicos que se iban a Pucallpa, “no saben lo que les espera” dijimos dramáticos. Pero ellos en cambio nos dieron buenas noticias: acababan de llegar en un coche que estaba a unos minutos, que corriéramos si queríamos alcanzarlo antes de que se vaya. Así lo hicimos y vimos a un tipo a lo lejos que nos invitaba a acercarnos. “ves lo mismo que yo?” “sí!!”… a correr. Casi quejándonos le pedimos al tipo que no espere más pasajeros, que se vaya ya, que van a venir los cocaleros y lo van a raptar. El tipo solo dijo “si…”. Por fin llegaron los esperados pasajeros, llenaron el coche y nos fuimos hacia Tingo María, pero nosotros no daríamos por hecho que estuviéramos allí hasta que no anduviéramos por sus calles… y así pasó… una hora después…
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Últimos comentarios
delfin72 dice:
Que tal la aventura lastima que que no pudieron conocer mas despacio lo bello de la selva
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Capítulos de este diario
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1
Pucallpa: estar en la selva sin estarlo
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2
Contamana: el barco va...ra
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3
Aguaytia: Kafka y los cocaleros
En Aguaytía...
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