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La magia del Tal Majal

Escribe: marapz
21 de septiembre de 2005De Jaipur a Agra. Por delante, una carretera repleta de vehículos de cualquier tracción. Sería la última vez que adelantásemos a camellos. Camiones decorados con...

 

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Capítulo 1
 

La magia del Tal Mahal

Agra, India — martes, 11 de abril de 2006

21 de septiembre de 2005

De Jaipur a Agra. Por delante, una carretera repleta de vehículos de cualquier tracción. Sería la última vez que adelantásemos a camellos. Camiones decorados con coloridos motivos; vacas, búfalos y cabras por todos lados; coches lujosos junto a coches destartalados... Nuevamente el mismo panorama de caos, con vehículos que sin ningún reparo adelantan ajenos al peligro. Una moto sortea a una vaca, un camión hace lo propio con los anteriores, y nosotros, en nuestro todoterreno, hacemos lo mismo con la vaca, la moto y el camión. Verlo para creerlo. Pero esta vez lo hacían sobre una carretera que perdía el asfalto con demasiada frecuencia. Y eso que se trata de una vía muy transitada. Los constantes baches impedían caer en un reparador sueño, pero nos posibilitaban contemplar todas esas imágenes que han quedado grabadas en mi retina y, por qué no, en mi cámara de fotos. Como la de un camión cargado en su parte posterior de niños en dirección a la escuela, o la de una familia descansando al pie de la carretera en pleno campo.

Llegamos a Agra, el tercer vértice del triángulo turístico formado también por Delhi y Jaipur. Nos dejó en el Hotel Amar. Ya de noche nos dirigimos en dos tu-tus al bazar de Agra a siete kilómetros, ante la insistencia de que la ciudad resultaba un tanto peligrosa. La primera imagen era la de mayor modernidad y limpieza, con tiendas más cuidadas. Sin embargo, era un espejismo. La pobreza sólo estaba a la vuelta de la esquina. Era cuestión exclusivamente de abandonar la calle principal. Un niño, sin extremidades inferiores, se valía de un monopatín para desplazarse en su intento por vender globos. Y que triste estaba. Igual actividad que tenían otros muchos niños que paseaban por las calles con escasa iluminación.

22 de septiembre (jueves)

Las 9.30 era la hora pactada para salir hacia el Taj Mahal y los cinco estábamos impacientes por atravesar los muros que circundan esa perla blanca. Había que comprobar con nuestros propios ojos por qué es el edificio más famoso de la India y, sobre todo, por qué ese mausoleo inmortaliza para el mundo entero la imagen del amor eterno. Un cuidado y ajardinado camino precede a la puerta del recinto. Tras abonar la entrada (tan sólo 14 euros), las mujeres acceden por una puerta; los hombres por la otra. ¿La razón? Es requisito imprescindible pasar un estricto control de seguridad y dejar allí cualquier objeto, encendedores y bolígrafos incluidos, que pueda poner en peligro la seguridad del emblema de la India.

Como nosotros, muchos eran los turistas indios que se agolpaban para acceder por la puerta principal del recinto, mientras fotógrafos profesionales ofrecían sus servicios. Al acercarse a esa puerta, uno teme que le decepcione la vista, pero no ocurre así. Cuando se traspasa el umbral de los jardines, y se desvela el equilibrio perfecto entre su grandiosidad y su elegancia, las dudas se disipan. Todo se traduce en simetría y eso impresiona, a pesar de que sus dimensiones no son espectaculares.

El jardín que precede a la tumba mide unos 300 metros de anchura y está dominado por un gran estanque central, donde recrearse en el entretenido ejercicio de fotografiar lo que ya miles de turistas han hecho a lo largo de la historia de un edificio construido entre 1632 y 1642. Dudo de que Sha Jahan, cuando lo mandó construir para su esposa favorita Mumtaz Mahal, pensara que su obra iba a ser inmortalizada en tantas ocasiones en papel fotográfico. Y más aún cuando su traicionero hijo le confinó a una cárcel cercana, obligándole a que viera los trabajos de construcción desde una ventana.

Toda esta mezquita funeraria está construida en mármol blanco, por ser el material noble por excelencia, y sobre él resbala la luz. Por eso contemplar este edificio en distintas horas del día es como volver a descubrirlo. Ver sus distintos reflejos, sus distintos matices. Cada hora proporciona una luz. Después de descalzarnos accedimos al interior, donde se encuentran los cenotafios bajo una bóveda de 24 metros de altura. La tumba propiamente dicha está decorada profusamente con inscripciones coránicas, arabescos florales y motivos geométricos conseguidos a base de piedras semipreciosas que un hombre nos iluminó con una pequeña linterna. Lo mismo ocurre con las paredes que abrazan las dos tumbas. Amor, soledad. Cualquier sentimiento te puede inspirar este monumento.

Pero la realidad de la India volvió a hacerse patente. A la salida, un grupo de niños nos persiguió con la esperanza de una limosna. En especial lo hizo un niño, de escasos diez años, con la cara totalmente desfigurada y cuya mirada provocaba un cierto rechazo a la vista. Más niños, más vendedores, más conductores de rickshaws, más guías turísticos... más India.

De allí al Fuerte de Agra, el ejemplo mejor preservado entre todas las murallas construidas por los emperadores mongoles. Una dinastía tan odiada por su carácter guerrillero como admirada por sus talentos arquitectónicos. Aproveché para contemplar de cerca las 'monerías' de los monos subiendo y bajando con gran agilidad por las almenas del fuerte, pero también las miradas penetrantes y las sonrisas amplias y limpias de los indios. Y por qué no a los vendedores de postales que extienden todo el cartulario sin que les pregunte, o te ofrecen cualquier tipo de objeto de decoración.

Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad y descubrimos ya de día su estado. Calles sin asfaltar, callejones inmundos, vacas esqueléticas, búfalos, perros pulgosos, charcos... Pese a ser el lugar más visitado de la India, lo cierto es que Agra sólo tiene eso, el Tal Mahal. Para nuestro recuerdo nos llevamos la imagen de aquella niña de la calle a la que Pedro compró un helado y no sabía qué hacer con él. Sólo su madre fue capaz de enseñarle cómo comerlo. Antes de arrancar el todoterreno vimos como recogía del suelo el helado derramado y volvía a colocarlo en el cucurucho.

Por Mar Peláezhttp://vayamundos.viajeblogs.com/

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Últimos comentarios

lolajimar dice:
Mar, estoy envidiando tu vivencia.
Lola

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marapz dice:
He
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oliviadevalladolid dice:
Paso de uno de mis sueños: Perú, al de otro: la India. Me apunto tus diarios para leermelos con calma, que ya te voy conociendo y tendrán miga. Ánimo y sigue escribiendo como lo haces. Me permites revivir vivencias o ilusionarme con destinos.
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Paola-Zucconi dice:
muy lindas tus palabras! Estoy ansiosa de seguir tus pasos... viajo en Marzo! Gracias!!!

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