1ª parte Acapulco

Escribe: XPiM
Fueron los 810 kilómetros más dulces de toda mi aventura, tardé poco más de una hora en dormirme y abrí los ojos en Guerrero, estado del que es capital Acapulco. Media hora después estaba...

 

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Capítulo 1

1ª parte Acapulco

Acapulco, México — jueves, 18 de octubre de 2007

Fueron los 810 kilómetros más dulces de toda mi aventura, tardé poco más de una hora en dormirme y abrí los ojos en Guerrero, estado del que es capital Acapulco. Media hora después estaba pisando la famosa avenida Miguel Alemán, popularmente "La Costera". Tras un paseo de más de una hora por la infinita avenida, encontré un lugar a pocos metros de la Quebrada donde rentaban camas, una especie de dormitorio social destinado al turismo más rácano.

Yo reunía los requisitos, por lo que formé en ese antro mi hogar por tres días. Era una construcción rectangular dividida por unas delgadas mamparas de yeso, que guardaban como podían la intimidad de los huéspedes.

Me hacía gracia el pensar que me encontraba en uno de los lugares con más glamour del mundo, hospedado en lo que parecía una especie de paso previo a la indigencia, compartiendo sueños y pláticas con unos cuantos desgraciados, borrachos como cubas que entre eructos me explicaban lo duras que eran sus vidas.

Acapulco fue el puerto del Pacífico más importante de Nueva España en la época colonial. Fue descubierto por los españoles en 1532 y se convirtió en el puerto de atraque de los barcos que procedían de Manila con las mercancías de las colonias de oriente. Los cargamentos se transportaban de aquí al puerto de Veracruz para embarcarlos con rumbo a España. El declive de este importante puerto se debió a la apertura de otra ruta entre Manila y Cádiz por el Cabo de Buena Esperanza y permaneció aislado hasta la construcción de la carretera a México DF en 1927, fue con la construcción del aeropuerto a partir de los años cuarenta cuando comenzó su desarrollo turístico.

Mi primera parada fue en el viejo muelle, donde observé a lo lejos un rótulo en el que se ofrecía la posibilidad de rentar una embarcación, una enorme barba canosa escondía al viejo patrón que me amplió la información de su oferta. Un viaje por el mar a los rincones más emblemáticos de Acapulco, desde la Virgen sumergida hasta los inconscientes clavadistas, todo amenizado con la espectacular imagen de la bahía desde el océano. Era una oferta muy tentadora, pero no nos pusimos de acuerdo con el precio, por lo que decidí volver más tarde con la convicción de que encontraría algún alma bondadosa que me haría feliz a cambio de una razonable compensación económica.

Frente el muelle, cruzada la Costera nace un mal adoquinado callejón que permite el ascenso hasta la Quebrada, un impresionante precipicio donde al caer la tarde, puede asistirse al espectáculo de los famosos clavadistas, que se lanzan desde una altura de 45 metros en el punto donde las olas rompen contra el fondo rocoso.

Compré una entrada para contemplar los saltos desde una terraza a pocos metros del espectáculo, pero faltaban cinco horas para la primera serie, por lo que aproveché para conocer ese enigmático pueblecito del que no nos hablan las agencias de viajes. Tras mi escueto paseo por el humilde zócalo (para gustarme tanto viajar soy un poquito vago) decidí comer en una preciosa terraza junto al mar. Con una pajita penetrando el virginal orificio de un enorme y peludo coco, contemplé las agresivas olas que contradecían el nombre de este mágico océano.

Ya eran las seis, cuando armado de mi nikon y sentado en primera fila me dispuse a inmortalizar a estos inconscientes que se lanzan al infierno por un plato de sopa caliente. Seguramente los tenía muy idealizados por lo que a pesar de los espectaculares saltos abandoné la terraza algo decepcionado. Tenía la intención de visitar el conocido Fuerte de San Diego, por lo que pregunté su ubicación a la primera persona que se cruzó en mi camino.

Carlos nació en un pequeño e impronunciable pueblo a las afueras de Bilbao, escapó de un destino entre cerdos y vacas en la granja de su padre con la ilusión de estudiar periodismo y conocer otra vida. Lo consiguió, pero se enamoró de una guapísima mexicana y terminó limpiando platos en un hotel de lujo en el centro de Acapulco. Le propuse acompañarme como guía en mi visita al famoso fuerte, aceptó e indicó con un gesto a su mujer, la guapa mexicana del que un día se enamoró, que se aproximase para presentarnos.

El Fuerte de San Diego es una gran fortaleza pentagonal que se levantó a comienzos del siglo XVII al oeste de la bahía para defender el puerto de Acapulco de las incursiones de los piratas ingleses y holandeses. Se reconstruyó en 1776 y hoy es el Museo Histórico de Acapulco, reconstruye la historia de la bahía en relación con las rutas comerciales y el tráfico con oriente. Una exposición del todo tediosa, sin más emoción que la media hora invertida a la salida del fuerte, mirando con una absurda sonrisa como luchaban dos iguanas por los favores de una entregada hembra.

La esposa, cuyo nombre no logro recordar del idealista exiliado, nos invitó a una última copa en una pequeña cantina que explotaban sus padres, poco después me hizo partícipe de la excursión que planeaban para el día siguiente y propuso que los acompañase, era a una pequeña cala que conocían en La Roqueta, una idílica isla frente a la bahía. Casualmente me propuso el mismo viaje que unas horas antes intentaba negociar con ese viejo y barbudo marino, por lo que no dudé en apuntarme a la excursión, aunque me sentía algo incómodo siendo el culpable de convertir en multitud su compañía.

La chica me comprendió y tras sonreír a su marido, me aseguró que convencería a su hermana mayor para que nos acompañase. Acepté encantado la propuesta, aunque receloso por esa última sonrisa que interpreté, como una señal de satisfacción por haberle organizado a su poco agraciada hermana una especie de cita a ciegas. Nos despedimos por esa noche y en un barato y solitario restaurante hice una última parada antes de abandonarme entre mis almidonadas y en algún tiempo blancas sábanas. Tras recibir la llave de la recepcionista y diez minutos de plática con la tetrapléjica suegra de mi casera me encerré en mi más que nunca humilde estancia.

Con el inquietante sonido de sus flemas golpeando contra el suelo me acosté, intentando ignorar al enfermo que pernoctaba a un par de metros.

Me desperté tarde, cansado y con apenas tiempo de compra un par de sopes que engullí mientras caminaba hacia el fuerte, lugar donde me esperaba Carlos, su esposa y la hermana. Ivonne resultó ser la cuñada del Vasco, una atractiva rubia de ojos azules, hija de inmigrantes franceses que nació y se doró bajo el sol de Acapulco.

Se presentaba con veinticinco primaveras y una sonrisa que parecía sincera, no era tan guapa como su hermana, pero desplegué el plumaje al no encontrar ningún motivo por el que despreciar tan tentadora compañía.

Gracias al transparente suelo de la embarcación de un amigo de Ivonne pude ser testigo de la aparición de la estatua submarina de la Virgen de Guadalupe, con sus brazos abiertos y su mirada perdida mostrándose como un solitario fantasma sobre su pedestal de ofrendas. Tras la devota parada de nuestro patrón por fin pusimos rumbo a la paradisíaca playa que nos aguardaba en la más absoluta soledad.

Al momento de pisar la arena nuestras amigas se desnudaron con una naturalidad que yo no supe interpretar, Ivonne maltrataba su esfínter con una estrecha tira de algodón que separaba sus bronceadas nalgas y con dos diminutos triángulos en forma de sostén desapareció entre las suaves olas del océano. Me encontraba bajo un intolerante sol, en alguna playa desierta de una preciosa isla del Pacífico, a pocas millas de la bahía de Acapulco y acompañado por dos preciosas mujeres con ganas de pasarlo bien.

Que amarga es la nostalgia. Entre asfixiantes sesiones de rayos uva, pláticas bajo la sombra de centenarias palmeras que respetuosas se inclinaban ante la belleza del Pacífico, e inmersiones en ese cálido mundo marino transcurrió el día sin poder evitarlo y antes de lo que deseábamos se presentó en nuestra isla el amigó patrón para llevarnos de nuevo a puerto. En el mismo muelle nos despedíamos, cuando viéndome en la frontera de la gloria o el olvido decidí no dar por perdida la presa, amparándome en la única religión por la que vale la pena mentir. - Pensé que no me lo pedirías -.

De esta manera aceptó mi compañía para el día siguiente y delató la curiosidad que le desperté.

Era relativamente temprano, pero me encontraba exhausto por lo que decidí ir directamente al "hotel" donde de nuevo me dormí con la insufrible nana del tuberculoso. Era la misma hora y el mismo lugar, pero esta vez fui yo el que esperó. Unos minutos más tarde se presentó Ivonne con un par de entradas para el Mágico Mundo Marino que había conseguido de un resignado pretendiente. Un parque acuático muy sencillito con una modesta colección de bestias submarinas divididas en diferentes acuarios.

Tras la visita entre animalitos y el reencuentro con mi niñez en los diferentes toboganes, nos encontramos de piscina en piscina platicando, jugando y riendo hasta que educadamente nos recordaron que debían cerrar.

Era un lugar que aseguraba conocer sólo ella, donde contemplaba como se escondía el sol cuando se sentía triste e insistió en que la acompañase a conocerlo. Caminamos un par de kilómetros por un escarpado camino de tierra comido por una densa vegetación que nos adentró en un pequeño bosque, entre los árboles se distinguía una antigua muralla colonialista semi-derruida por el abandono al inexorable paso del tiempo, por una estrecha grieta la pudimos atravesar, apareciendo sobre un saliente de piedra que se proyectaba sobre una pared vertical a más de cuarenta metros de altura. Intimidado por ese poderoso paraje decidí liberar de su responsabilidad a mis temblorosas piernas y sentado pude contemplar junto a mi cuate como se fundía el cielo y el mar en un precioso mosaico azul y rosa.

Fue en ese momento, abrazados en la tenue claridad de nuestro romántico anochecer y bajo la atenta mirada de una curiosa e impaciente Luna, cuando Ivonne decidió desprenderse de su ajustada blusa, liberando uno pechos que apuntaban directamente a mi corazón. No era el fin de mi aventura, pero no quise dejar sin final esa tarde, por lo que entre besos y caricias nos dejamos envolver por el influjo de esa incipiente oscuridad, pero inquietante conato sexual sobre una roca a más de cuarenta metros del suelo, hicieron que parte de mi cuerpo se relajase, concentrándose toda la paz que nos envolvía en el lugar menos oportuno.

Los intentos de mi amiga por reanimar mi flácido orgullo resultaron del todo inútiles, por lo que me resigné a contemplar las estrellas abrazado a mi insatisfecha Ivonne. Mi tercer día en el pueblo me desperté preocupado por la suerte de mi vecino, en toda la noche no se escucharon sus flemas ni sus reiteradas maldiciones.

La casera me informó que esa misma mañana encontraron al pobre desgraciado inconsciente sobre los peldaños que conducían a las habitaciones, una intoxicación etílica era el motivo que al momento diagnosticó el licenciado que se presentó con la ambulancia. Con Ivonne había quedado en la Caletilla, una de las playas más emblemáticas de la bahía.

Era casi medio día cuando hice acto de presencia, ella llevaba un par de horas tostándose en la arena, la rodeaban tres gringos que no dejaban de hacer el imbécil por conseguir sus favores, aunque a ella no parecían molestarle mucho me presenté sacando pecho y desafiándolos con la mirada, pero no fue hasta el primer beso que conseguí hacerlos desistir de sus patéticos intentos por seducirla.

Se incorporó sonriendo ante mi patética muestra de virilidad y tras reprocharme con una diplomática sonrisa mi retraso me aseguró que se moría de hambre, por lo que decidí compensarla en un acogedor chiringuito de madera y paja que había en esa misma playa. No sé si fue el exceso de vino o el kilo y medio de camarones con que lo acompañamos, pero necesitamos dos horas de sobremesa y un par de kilómetros de paseos por la arena para poderlo digerir.

Soy consciente del importante papel del alcohol en la posible distorsión de este recuerdo en concreto, cuando me imagino paseando en silencio de la mano de una exótica guerrera, pensando en lo afortunado que era por poder vivir esta experiencia imposible de narrar, con ese espectacular océano acariciándome los pies y el sonido de la brisa al esconderse entre las palmeras, los minutos pasaban lentos mientras a lo lejos un presumido Sol nos invitaba a saborear su lenta procesión al fundirse en el Pacífico. Estábamos sentados sobre unas rocas separados por unos pocos metros, mirando extasiados como un agonizante astro nos proponía acompañarlo hasta el horizonte por una temblorosa senda que dibujaba en el océano, cuando Ivonne se incorporó y propuso rentar un patín para contemplar el emotivo crepúsculo desde el mar.

Media hora más tarde por decisión consensuada hacíamos el primer y último descanso de esa excitante travesía. Nos encontrábamos a cien metros de la costa cuando dejamos de pedalear para concentrarnos en no hacer nada. Pocos minutos después Ivonne se sentó sobre mis rodillas atravesando esos últimos rayos de sol que la convertían en una sensual silueta, que se desnudaba mientras se movía al ritmo de una oportuna ranchera que sutilmente nos hacía llegar el mariachi de turno de alguna cantina a lo lejos. Tras sus besos y mis caricias decidimos no esperar a ninguna serpiente para empacharnos con su manzana prohibida, ella me amó con pasión y esta vez la pude compensar manteniendo firme mi auto estima.

- Sería un sueño vivir aquí -

Pero apenas me queda dinero y antes de regresar a San Luis (lugar donde había hecho mi cuartel general) me haría ilusión conocer otros estados como Oaxaca o Chiapas -. Prudentemente aguardé una reacción que no se produjo, por lo que proseguí con mi argumentación.

- no quiero que pienses que he pretendido aprovecharme de ti pero tenía pensado partir mañana -.

Dedicamos media hora de insustancial plática sobre el patín antes de poner rumbo a tierra firme, una compasiva corriente nos empujó hasta la oscura pero aún cálida arena, y tras diez minutos de paseo decidimos desviar nuestros rumbos en la misma Costera. Con una surrealista indiferencia se despidió para siempre sin la menor muestra de aflicción. Yo no estaba triste, pero me jodía que no lo estuviese ella, supongo que quiso de mi lo mismo que yo de ella, jugó como intenté hacerlo yo, no sabía si sentirme bien o mal, por lo que decidí no pensar más e irme a cenar algo suavecito antes de finalizar mi etapa en este contradictorio estado que es Guerrero.

Como tenía previsto, al día siguiente cargué mis trastos en la mochila y tras despedirme de la casera, de la omnipotente tetrapléjica y de un par de borrachos con los que me sorprendí platicando en más de una ocasión, me puse dirección a la central camionera de Acapulco.



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