Escocia: tierra de lagos y leyendas

Escribe: Imaginante
Desde las salvajes costas de Lewis hasta la lejana Barra, las Islas Hébridas sorprenden por su autenticidad, reflejada en una amalgama de tradiciones y en parajes de rotunda belleza. Es difícil encontrar en Europa paisajes tan salvajes, románticos y sobrecogedores como los que se esconden en los majestuosos valles de las Highlands o Tierras Altas escocesas. Recorrer Escocia es zambullirse en un mar de colinas verdes, pueblitos de ensueño, lagos, castillos medievales y polleras a cuadros.

 

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Capítulo 1 3

Escocia: tierra de lagos y leyendas

Aberdeen, Reino Unido — miércoles, 14 de julio de 2004

Tierra de leyendas

Escocia cuenta con una serie de rasgos exclusivos, pero en realidad, no existe ni un solo elemento que defina el país. Por el contrario, se trata de toda una variedad de ingredientes que se han ido añadiendo y combinando a lo largo de los siglos para dar lugar a una mezcla inconfundible. Aquí podrás tener una primera toma de contacto con estos ingredientes: el pasado a menudo turbulento del país, el carácter extraordinario de sus gentes, la gran diversidad cultural y muchos otros elementos característicos que se encuentran en este país y que han dado lugar a una nación que guarda su pasado como un tesoro y anticipa su futuro con entusiasmo.

Deben de haber ya pocos lugares en el mundo donde no se penalice viajar sin programa previo. Las compañías de transporte y los operadores turísticos han reducido sus tarifas, al tiempo que implantan condiciones tan draconianas que impiden cualquier cambio de última hora en los itinerarios. Una de las excepciones a esa realidad es Escocia. Las diferentes compañías fomentan viajar con plena libertad. La tarjeta Freedom of Scotland en sus diferentes modalidades es la más completa pero hay otras, como las que ofrece Caledonian MacBrayne, que desde hace más de 150 años controla el transporte marítimo entre la Escocia continental y las Islas Hébridas.

El archipiélago de las Hébridas es uno de los lugares más salvajes y misteriosos de Europa. Hay más de un centenar, pero sólo una veintena de islas están habitadas por comunidades que se resisten a cambiar sus costumbres o sus creencias. Aquí la lengua más hablada sigue siendo el gaélico y la religión aún marca el ritmo de los días. Salvo en las islas más cercanas a la costa continental, en el resto no se promueve el turismo. El forastero sólo es bienvenido si respeta las costumbres locales. Además, el clima en esta parte de Escocia es tan cambiante como inclemente.
El agreste país tiene muchas menos rutas y ciudades que Inglaterra y mucha más naturaleza intacta. Por ser la capital internacional del whisky, Escocia percibe tantos ingresos anuales por el turismo como por la exportación de esta bebida.

A lo largo de todo el camino desde el sur, nunca se pierden de vista el mar y el campo pegados, inseparables, copiándose sus movimientos. En el mar se ven olas azules rompiendo contra acantilados sobre los que siempre hay algún castillo misterioso. En el campo hay olas de largos pastos verdes agitadas por el viento como una inmensa cabellera verde que quiere imitar al agua.

No es difícil imaginar en estas colinas verdes a los bravos soldados de polleras a cuadros, como los que lideraba William "Braveheart" Wallace (Corazón Valiente), el líder escocés que luchó contra el dominio inglés. Si a esto le sumas pueblitos de ensueño con casas de madera pintadas de tonos pastel junto a lagos interminables, bosques que en otoño se tiñen de dorado y la intensidad de una banda de cincuenta gaitas sonando juntas, puedes darte una idea de lo que es Escocia. Se trata de un territorio con una identidad absolutamente personal y diferente al resto de las islas británicas.

Su costa caprichosa y salvaje muestra cómo los antiguos glaciares tallaron la tierra hasta llenarla de lochs (lagos) y firths (estuarios), estrechos, largos y muy profundos. El mar escocés agrupa 186 islas pertenecientes a la tierra del whisky. Entre lochs y firths hay montañas que bajan de norte a sur, desde las Highlands (tierras altas), pasando por las Central Lowlands (tierras bajas centrales) hasta las Southern Uplands (tierras altas del sur). Los lochs son tan profundos que se tejen especulaciones sobre algunos acerca de plesiosaurios escondidos en su lecho abisal, donde nunca llegó el sol.

En los valles, entre las montañas, están las ciudades que supieron modernizarse sin perder el aire de barrio pueblerino. Una buena recorrida por Escocia incluye un viaje triangular que va de Edimburgo -señorial y distinguida, sobre la costa este del Firth of Fouth- a Glasgow -moderna e industrial, sobre la costa oeste del Firth of Clyde- y luego al norte, hasta la encantadora Inverness -del otro lado de la cordillera de los Grampians- entre el Moray Firth y el interminable Lago (Loch) Ness.
Desde los acantilados agrestes de Aberdeen hasta la moderna Glasgow con sus amplias peatonales, Escocia es como un jardín permanente: siempre verde, con poblados llenos de rosas y rodeados por campos de golf surcados por arroyos de montaña con abundancia de truchas y salmones. Hay bosques por todas partes, y colinas donde aún se encuentran ciervos y faisanes muy buscados por los aficionados a la caza. El límite norte de Escocia son las islas Hébridas, Orcadas y Shetlands, donde prevalecen los rasgos culturales normandos y escandinavos, la mayor producción de pulóveres con guardas coloridas y campos de cría de ponies peludos. Luego de atravesar estos bosques, llegar a Inverness -la capital de las Highlands- es llegar a un lugar especial, para quedarse. La parte antigua de la ciudad está hecha para caminarla por sus peatonales, shoppings y pubs donde siempre hay un ambiente alegre de vacaciones. En invierno, es un importante centro de partida para excursiones de esquí.

Las islas Hébridas

Quien busque naturaleza en estado puro, sensaciones distintas y paisajes sobrecogedores, no saldrá defraudado. En un lugar así, es inútil y absurdo estar sujeto a un programa. En las Hébridas, la sorpresa es continua y se aprende rápido que no vale la pena luchar contra las circunstancias.
Aunque CalMac, como todo el mundo conoce a la compañía marítima, tiene servicios a las islas desde varios puertos a lo largo de la costa escocesa, Oban es su cuartel general. A menos de tres horas de Glasgow en tren, atravesando alguno de los paisajes más espectaculares de las Highlands, esta ciudad es tan atractiva que podría ser un destino por sí mismo. Pero la sola visión de docenas de barcos en su puerto incita a los viajeros a abandonarla casi de inmediato.

Desde aquí se puede ir a Islay, la isla donde se producen los mejores maltas de whisky; a Iona vía Mull, el lugar más sagrado de los escoceses; a Tiree para perderse en sus larguísimas playas de arena blanca; al puerto de Tobermory con sus casas multicolores o a Lismore, la isla de los monasterios. Aunque si se busca la última frontera, hay que salir hacia las Hébridas exteriores. Se tarda cinco horas desde Oban a Castlebay en la isla de Barra. Un lugar tan remoto que su población sigue siendo católica, porque prácticamente se olvidaron de ella cuando llegó el protestantismo en el siglo XVI.
El minúsculo puerto está protegido por el castillo de Kisimul, residencia de los McNeil desde la Edad Media. Nada parece haber cambiado en Barra desde que rodaron la película Whisky galore en los años 50 para conmemorar uno de los episodios más curiosos de la II Guerra Mundial: en su costa embarrancó un barco repleto de botellas de licor de la vida, que sus habitantes no dudaron en vender hasta que la noticia llegó a oídos de las autoridades y media población tuvo que dar cuenta a la Justicia. Todavía en los pubs de la isla se pueden ver botellas vacías del AM Politician.

Barra se puede recorrer andando o utilizando la furgoneta del cartero. Hay playas inmensas de aguas color turquesa que parecen sacadas de un catálogo turístico del Caribe, aunque aquí los únicos bañistas suelen ser las focas. Desde las playas del norte, donde aterriza el avión de British Airways, se ven las montañas de South Uist, la siguiente isla en la cadena de las Hébridas.

Se tarda dos horas en llegar a Lochboisdale, el único sitio habitado en este paraíso para observadores de aves. Desde allí también salen los autobuses que comunican las diferentes islas Uist, ahora unidas a través de puentes. En el camino se pasa por Bembecula, un lugar casi secreto habitado por un millar de soldados. Al final de la carretera está Lochmaddy, puerto rodeado de lagos y tierras pantanosas.

La siguiente isla hacia el norte es Harris, donde el barco es el único medio de comunicación. Aquí se teje el mejor tweed, el que se utiliza para confeccionar los kilt o faldas escocesas. Dicen que la mejor forma de descubrir sus imponentes paisajes es en bicicleta siguiendo la Golden Road, una ruta que bordea lagos y fiordos encajonados entre altas montañas para luego alcanzar las playas salvajes de Seilebost y Luskentyre, en la costa este.

La ruta de las Hébridas Exteriores termina en Lewis, la mayor de las islas, la más misteriosa y esotérica. Su paisaje estepario está salpicado de monumentos megalíticos como el círculo de piedras de Callanish. Dicen que en esta tierra se guardan las raíces culturales escocesas más auténticas. Sus gentes son ferozmente conservadoras y religiosas. Stornoway, su capital, es la única población de cierta importancia en el archipiélago; un lugar insólito y extraño, donde es posible encontrar ese tipo de personajes que hacen que un viaje resulte inolvidable. Desde su puerto, CalMac llega a Ullapool, una de las entradas naturales a las tierras altas de Escocia y la capital de la pesca de la cigala.

La tierra de los lagos

Hay montañas mucho más altas y lagos infinitamente más extensos, pero nada es comparable a la sensación que se recibe al adentrarse en uno de los míticos glens o valles de las Highlands. Cada uno tiene su historia y su propia idiosincrasia pero en todos se tiene la extraña impresión de atravesar esa línea invisible que separa la realidad de la imaginación. Da igual que sean enormes o minúsculos, son casi siempre tan estrechos y dramáticos que parecen gigantescos. Y en lo más profundo, al final de laderas intensamente verdes, nunca falta ese lago que se encadena con otro lago y que de forma imperceptible puede transformarse en ría, para terminar desembocando en la inmensidad del océano Atlántico. No resulta extraño que en Escocia se utilice la misma palabra —loch— para describir cualquier masa de agua encuadrada en un valle, ya sea dulce o salada.

No hay historia o leyenda en esta tierra que no esté relacionada con un loch, casi siempre tan envuelto en brumas y misterio, que de forma casi natural termina poblado por monstruos y fantasmas. El más famoso es Loch Ness, donde ya nos cuenta San Adamnan en su biografía del siglo VII cómo el evangelizador de la antigua Caledonia tuvo que enfrentarse en medio del lago a un monstruo con forma de serpiente, que intentaba atacar a uno de sus monjes. Todavía hoy el lugar despide un halo inexplicable y, por muy escéptico que se sea, es imposible no otear el paisaje buscando a Nessie u otra criatura sobrenatural.

El Lago Ness forma parte con otros tres lagos del Gran Glen, una inmensa falla natural de origen glaciar que corta diagonalmente el país. Desde principios del siglo XIX y gracias a una descomunal obra de ingeniería se ha transformado en una privilegiada vía marítima —Caledonian Canal— que une el norte del país con el sur, sin necesidad de circunnavegar las peligrosas aguas del Cabo de la Ira. Tanto la travesía en barco, como en bicicleta o incluso andando, da la oportunidad de conocer de cerca los misterios de estos lagos. Aunque menos conocidos, tanto Oich, Lochye como Linnhe albergan criaturas tan extrañas como el popular Nessie. Es también una zona llena de castillos, como el inquietante Urquhart, testigo de muchas de las grandes batallas de la historia de Escocia.

Esta ruta permite conocer dos de las principales poblaciones de las Highlands: Inverness en el norte y Fort William en el sur, rodeada de las cimas más altas, incluido Ben Nevis al que se puede subir por funicular. En esta última es importante visitar el West Highland Museum donde se explica de forma didáctica la cultura de esta parte de Escocia, centrada desde tiempos remotos en la relación entre los clanes y la lengua gaélica; la importancia de su vestimenta, el origen de los tartanes y del kilt. Un material que desde el siglo XIX ha servido de inspiración para todas esas obras literarias que dieron a conocer el lado más romántico de esta región.

No hay que irse de esta zona sin acercarse a Loch Morar, un lago remoto, casi inaccesible, en cuyas profundas y oscuras aguas vive Morag, un monstruo casi tan popular como Nessie pero aún más temible y pavoroso si hacemos caso de los testimonios de Duncan McDonnell y Bill Simpson, dos pescadores que lo avistaron en 1969. En las inmediaciones se encuentra la playa de Cambusdarach, principal escenario de la película Local Hero y una de las mejores de la costa oeste.

Aunque cada viajero termina encontrando su loch favorito hay algunos tan impresionantes que resultan irresistibles. Uno de ellos es Loch Maree, entre Kinlochewe y Gairloch, salpicado de islas donde se esconden tumbas vikingas perfectamente conservadas. Loch an Eilean, en medio del bosque de pinos de Rothiemurchus, es perfecto para recorrerlo a pie a través de un sendero de cinco kilómetros que rodea sus orillas. Si se busca, en cambio, uno donde además se pueda pescar, pocos pueden competir con el fantasmagórico Loch Arkaig. A sólo 25 kilómetros de Fort William, está situado en un paraje recóndito relacionado con brujería, como lo demuestran nombres como Witches Pool (La charca de las Brujas) o Dark Mile (La milla oscura).
Pero si se busca un lugar verdaderamente alejado del ruido, donde lo sobrenatural supera de lejos cualquier escenario conocido, hay que buscar Loch na Beiste, entre las rías de Loch Broom y Loch Ewe. Uno de sus propietarios en 1840 intentó en vano vaciarlo para encontrar a la bestia pero circunstancias misteriosas le hicieron desistir de su propósito. Es un lugar fantástico donde, gracias a la cálida corriente del Golfo, pueden crecer palmeras y otras especies subtropicales como lo demostró Osgood Mackenzie en los fastuosos jardines de Inverewe, a dos pasos de allí, que se pueden visitar durante todo el año.

La Royal Mile

Ubicada en el centro del Old Town, esta calle histórica señala el corazón de la ciudad. Nace en el deslumbrante Palacio de Holyroodhouse, que aun funciona como residencia oficial de la reina en Escocia, y conserva una abadía del siglo XII rodeada de hermosos jardines. A medida que se asciende por la Royal Mile, en dirección a la colina del Castillo de Edimburgo, se descubre que a los lados se ramifican estrechos callejones medievales. El primer gran edificio que aparece es la misteriosa catedral de High Kirk of Saint Giles, que en su interior alberga una capilla decorada con estatuas de madera donde sobresale un ángel tocando la gaita.

Más adelante, a mano izquierda, nace un callejón llamado Brodies Close en honor al ignoto Francis Brodie, cuyo hijo William era un respetable comerciante y carpintero que se dedicaba a la buena vida y durante la noche oficiaba de ladrón. En 1788 el cambiante Will terminó ahorcado públicamente en el patíbulo para ajusticiar criminales que había construido él mismo, y su mala fortuna inspiró a otro célebre habitante de la ciudad –Robert Louis Stevenson– para escribir El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Poco antes de llegar al castillo está el Scotch Whisky Heritage Centre, donde el visitante es transportado sobre un barril en un recorrido a través de los 300 años de historia de la famosa bebida escocesa, durante el cual se puede ver una pequeña destilería y un holograma con la imagen de un “maestro mezclador” que explica la fórmula del whisky. Por supuesto, al final espera la degustación de rigor. Pero quien desee beber whisky en un verdadero bar histórico sólo tiene que bajar unos metros por la calle hasta llegar al Ensign Ewart, uno de los pubs más antiguos de la ciudad, que existe desde 1690 y también ofrece comida y música tradicional.

El castillo del origen

Algunas iglesias tienen al frente un cementerio, donde sobresalen del pasto ilegibles epitafios tallados en piedra, bajo las ramificaciones de los árboles sin hojas. Las gaviotas y unos pájaros negros sobrevuelan los oscuros edificios, y el panorama incluye un contexto de colinas circundantes que determinan la irregularidad de las calles. Hacia el sur se divisa una extraña meseta rocosa con una pronunciada inclinación, y al oeste, donde termina la Royal Mile, se levanta en lo alto de una colina de roca volcánica, el legendario Castillo de Edimburgo, que atesora los testimonios de deslumbrantes coronaciones, y cuyos muros resistieron sangrientos asedios y encubrieron las traiciones más viles.

En la colina volcánica sobre la que se erige el Castillo de Edimburgo está el origen de lo que hoy conocemos como Escocia. Para los escoceses tiene un valor simbólico enorme, ya que fue la residencia de su monarquía y aún guarda las joyas de la corona; para los visitantes es el rasgo más personal de la ciudad de Edimburgo, la nota predominante de su silueta y el lugar desde el que obtener algunas de las mejores vistas de la ciudad.

En cualquiera de los casos puede satisfacerse la curiosidad, ya que el Castillo permanece abierto todos los días del año excepto los 25 y 26 de diciembre. Hay que tener en cuenta que es uno de los monumentos más concurridos en Reino Unido, y que en temporada alta puede estar más masificado de lo que cabría desear.

La visita dura unas dos horas. En un recorrido rápido es imprescindible la sala donde se guardan las joyas de la corona y la Piedra del Destino. Sobre ella fueron coronados todos los monarcas escoceses hasta que los ingleses la «secuestraron» en la abadía de Westmister en 1296. Escocia no recuperó su piedra hasta 700 años después.
Existe evidencia de que hace ya 2000 años los altos de esta colina funcionaban como una posición de fuerza. En la actualidad, un foso rodea los elevados muros del castillo, al que se ingresa cruzando un arco almenado y un gran portal de madera donde montan guardia dos estatuas de hierro de caballeros medievales. Inmediatamente se transita por las empinadas calles empedradas que suben y bajan surcando este microcosmos amurallado, un laberinto de escaleras y recovecos que conducen a patios internos y largas balconadas con cañones apuntando hacia el mar. En el castillo hay museos de armas antiguas, un cementerio de perros de los caballeros medievales, un gran cañón con balas más grandes que una pelota de básquet, húmedas mazmorras y las famosas joyas de la corona.

A lo largo de la historia, Edimburgo fue codiciada por diversos reyes enemigos que siempre quisieron tenerla bajo su dominio. Millares de hombres dieron la vida por ella, de un lado y del otro de los muros del castillo, defendiendo milenarias lealtades y las sagradas joyas que resguardaba. Seducidos por el esplendor y la importancia política de la ciudad, casi todos los grandes monarcas ingleses tuvieron a Edimburgo entre sus manos alguna vez, y se la disputaron como el mayor tesoro de la isla de Inglaterra.

Eduardo I ocupó el castillo en 1276, y la armada escocesa lo recuperó en 1313, cuando el Conde Moray escaló las escarpadas rocas y muros con apenas 30 hombres. Durante las guerras anglo-escocesas, el castillo cambió de signo muchas veces, y durante la Guerra Civil, Cromwell lo capturó luego de atacarlo a cañonazos durante tres meses. En 1745 fue por última vez el escenario de una batalla, cuando Bonnie Prince Charlie fracasó en su intento de conquistarlo. El cetro, la corona, la espada y el castillo mismo fueron siempre la excusa y el medio. La razón de tanto vaivén era la ciudad, deseada, buscada y añorada como la joya más fina de la corona británica.

Inverness

Un antiguo castillo que corona la ciudad se ilumina por completo a la noche: en él funciona la actual Municipalidad. Del otro lado del río, un puente cruza a los suburbios de casitas bajas cuyos dueños compiten por quién tiene el jardín más cuidado y las rosas más perfumadas. Es aquí donde se encuentran los mejores Bed & Breakfast. Hay agencias de turismo en toda la ciudad, en las que se puede contratar una camioneta o minibus con guía incluido para descubrir los secretos de este lugar fascinante. Te darás cuenta que el Lago Ness no tiene fin: es una postal interminable de bosques y montañas reflejados en sus costas azules. En el camino te muestran una destilería de whisky y una hilandería del típico tejido de kilts, el museo de Nessie, el monstruo del Lago Ness -que muchos juran haber visto u oído- , y un maravilloso castillo de Urquhart, del siglo XII, al que se llega en barco porque está estratégicamente ubicado en una península sobre el lago.

Paisaje otoñal

Siente la mayoría que la mejor época para visitar Escocia es el otoño, por la escasez de lluvias y por los paisajes dorados en la ruta hacia las Tierras Altas.
Alerces, abedules, pinos de variedades infinitas emergen en las carreteras en una gama sinfónica de colores rojos y amarillos que, junto a montañas y ríos, dan al paisaje un realce especial, irrepetible en otras épocas del año.

Clave es para los escoceses el agua de las vertientes y cascadas, cuya calidad especial sirve para fabricar su whisky. Al mezclarla con la cebada, obtienen la malta fermentada, que después de un largo proceso de destilación se transforma en ese alcohol fuera de serie.

Lo imperdible

El Cristo de Port Lligat de Dalí, en el museo de arte religioso.
Interesante resulta también la catedral gótica de San Mungo. A los amantes de la botánica les sorprenderá la extensa colección de orquídeas del Jardín Botánico. Para los incondicionales de los museos y las obras de arte: la Burrell Collection y la colección de pintura española en la Pollok House.


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