Aventura en las faldas del Ampay

Escribe: jgaray2000
Fines del mes de julio. Me encontraba visitando la tierra de mi padre: Abancay (2,378 m.s.n.m.), en el departamento de Apurímac. Mis dos primeros días fueron de relajo total, alternando el...

 

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Capítulo 1

Aventura en las faldas del Ampay

Abancay, Perú — viernes, 24 de agosto de 2007

Fines del mes de julio. Me encontraba visitando la tierra de mi padre: Abancay (2,378 m.s.n.m.), en el departamento de Apurímac.

Mis dos primeros días fueron de relajo total, alternando el turismo en la ciudad y alrededores, con la comida típica y por supuesto, la irrefutable tradición de sentarse en un restaurante a conversar y tomarse unas cuantas cervezas para "calmar la sed". Gracias a la Oficina de Turismo pude anotarme, para mi último día en Abancay, en una excursión con un grupo de niños, al Santuario Nacional de Ampay, ubicado hacia el norte de la ciudad.

El Ampay es un ecosistema conformado por niveles o pisos, abundantes en vegetación en los más inferiores, entre lagunas glaciares y bosques húmedos, y en los pisos superiores, la indomable puna y ya sobre los 4,600 m.s.n.m. la blancura del nevado. Alberga fauna y flora endémica, entre la que destaca la Intimpa, árbol en peligro de extinción.

Subida a Ankasq'ocha

La excursión llegaría hasta Ankasq'ocha, la Laguna Chica, al interior del bosque. Llegamos en combi, por una subida de trocha, hasta la Estación Ecológica, punto de acceso al santuario. Nos había tocado un día frio, nublado y levemente lluvioso. Luego de algunas recomendaciones por parte de los guardabosques, comenzamos la subida hacia la laguna.

Formaban parte del grupo unos estudiantes de turismo. Mientras subíamos por el camino de piedras, entre la espesa vegetación del bosque, Julieta Valer, una de las estudiantes, me tomó como alumno de quechua, con lo que mi mente estaba ocupada tratando de aprender y no reparaba en el esfuerzo por la subida como tal. Me sorprendía como los niños y en general todos, no parecían estar tan cansados como yo. Llegamos a Ankasq'ocha luego de una hora y media. Nos encontrábamos sobre los 3,200 m.s.n.m. rodeados por la parte más sobresaliente del bosque de Intimpas.

La lluvia había empeorado ligeramente, por lo que no hubo mucho tiempo para disfrutar de la vista de la laguna, encerrada en el bosque entre los flancos de los cerros. El nombre de Ankasq'ocha viene de los vocablos quechuas: Anka (Flancos) y Q'ocha (Laguna). Los maestros juntaron a los niños y les explicaban acerca de la importancia de este ecosistema y de la necesidad de ciudar y mantener el santuario.

Desmintieron también una historia sobre un supuesto niño que había sido tragado por las aguas de la laguna. Debido al frio y la lluvia, la maestra decidió ir a refugiarnos bajo los árboles cerca de un claro un poco más arriba. Los niños aprovecharon para comer lo que habían llevado a la excursión y bueno... yo no había llevado nada. Mis nuevos amigos, los estudiantes de turismo, me invitaron a su grupo y compartieron conmigo lo poco que habían llevado. Julieta me presentó a los demás: Janeth, Gloria y Noel "El Hormiguita". Luego de un rato la lluvia cesó, así que los maestros organizaron juegos con los niños. Estuvo muy divertido y sirvió además para calentarnos un poco.

El bichito aventurero

No era aun mediodía, y con mis nuevos amigos decidimos seguir un poco más arriba. Julieta y Janeth conocían unas cuevas naturales subiendo el cerro, en dirección noroeste. Luego de una hora de subida a través de estrechos e inprovisados caminos de piedra y barro húmedo, llegamos a la conclusión que nos habíamos perdido. Las chicas no lograban recordar dónde estaba la bendita caverna y las nubes no permitían siquiera ubicarse ya que cubrían casi toda la vista hacia abajo.

Llegó el momento de tomar una decisión: o bajábamos de regreso o continuábamos hasta el "Ampay Grande" (la Laguna Grande), la cual debía estar a dos horas más de subida. "El Hormiguita" fue el más responsable, ya que pensó en el grupo que debía estar esperándonos abajo, así que se regresó.

En ese momento yo me convertiría en el "primer guiado" de estas tres apurimeñas, futuras guías turísticas. Casi todo mi ser me decía que debía regresar, pero el poco espíritu aventurero que me quedaba me hizo seguirlas hacia lo desconocido.

Continuamos el recorrido, mientras el espesor del bosque iba disminuyendo a medida que subíamos. Cruzamos la morrena a duras penas, al menos yo (las chicas me ayudaban a subir en las partes más peligrosas), bajo la indecisa lluvia y el frío de la puna. En el camino recogimos un poco de muña y mientras olía la planta para calmar mi fatiga respiratoria, me acordaba de Amantaní.

Por fin el "Ampay Grande"

Después de casi una hora y media de caminata, tras un abra en medio de una cumbre, nos encontramos al fin con la Laguna Grande (Uspaq'ocha) a 3,750 m.s.n.m., ocupando una depresión morrénica y rodeada de bosque altoandino. Caminábamos por el borde de la laguna, cuando vimos que se nos acercaban unos chivos que habían estado pastando un poco más allá. Escuchamos una voz que venía de no-sé-dónde que gritaba: "¡Cuidado con ese chivo, te va a cornear!".

Las chicas agarraron unas piedras y aullentaron a los animales. Avanzamos un poco más y aprovechamos que las nubes se disiparon un momento para "fotearnos", como dirían ellas. Lamentablemente el paisaje estaba cubierto por nubes, por lo que no podíamos ver el nevado del Ampay, pero igual tomé algunas fotos.

El queso y mote de Valentina

Eran casi las tres de la tarde cuando iniciamos el retorno: teníamos hambre. A unos minutos divisamos entre la neblina, en una pequeña cumbre frente a la nuestra, una casita rústica. Iniciamos una conversación de cerro a cerro con una voz que parecía la de una niñita:

- ¡Holaaa!
- ¡Holaaa! - nos respondió la voz. A la vez que comenzaron a oirse insistentes ladridos.
- ¿Vendes quesooo?
- Siii!
- Y tu perro... ¡muerdeee?
- Nooo!
- ¡Ahi vamos! - le gritamos.

Cuando llegamos al lugar donde más o menos calculábamos que vivía la niña, nos recibió el perro, que seguía ladrando. En la espesa niebla apareció Valentina, una campesina del lugar, quien nos traía un plato con kurpas, especies de "bolas" de queso. También nos vendió un poco de mote, y ese fue nuestro almuerzo. Valentina solo hablaba quechua, por lo que las chicas eran quienes negociaban con ella y me traducían todo lo que hablaban. La voz había sido la de su pequeña hija.

A medida que la neblina se desplazaba, se podía ver el ganado que pastaba en la colina, las aves en el corral y la vegetación en el cerro, que formaban en conjunto un bonito paisaje. La amable señora nos dio algunas direcciones para el regreso y luego de agradecerle su hospitalidad, nos despedimos.

La leyenda del Ampay

Cuenta la leyenda que en el siglo XV un joven rebelde viajaba con un grupo de mitimaes aymaras, y se estableció en el "valle del Pachachaca" (Abancay). Tuvo entre sus hijos una, tan inquieta como hermosa, niña que solía perderse entre las cumbres. Siempre la andaban buscando y a los llamados, se escuchaba: "¡Ampay!" (¡Aquí está!).

Ankasq'ocha de bajada y despedida

Mientras yo me preocupaba por no perdernos de la rutas establecidas, Janeth se empecinaba en cortar camino bajando por los cerros, y luego abriendose paso en la espesura del bosque húmedo. Para ellas parecía algo normal, incluso divertido. Por momentos se burlaban de mí, por mi temor a bajar tan rápido.

El clima había mejorado, así que de bajada se podía apreciar mejor, hacia abajo, el bosque de Intimpas y hacia arriba, algo del nevado del Ampay. Tras casi dos horas, llegamos nuevamente a la Laguna Chica. Aprovechamos en fotearnos un poco, ya que en la mañana no se pudo porque había estado lloviendo. Luego de una hora más llegamos a la Estación Ecológica, dejamos atrás el santuario y comenzamos nuestro descenso a la ciudad de Abancay, mientras la tarde iba llegando su fin.

Dificilmente podré olvidar las vivencias de ese día, las subidas y bajadas por las faldas del Ampay, las voces tras la espesa niebla, el verdor nuboso del paisaje, el espejo de agua de las lagunas, así como tampoco a mis "guías turísticas", quienes me permitieron conocer de manera tan entrañable esta parte de la tierra de mis ancestros.



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Valentina y su hija Maria Luisa en el Ampay

   

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