
EL GUIA PERSONAL HACIA EL PAITITI
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EL GUÍA HACIA EL PAITITI
Una experiencia personal
Por
Fernando Jorge Soto Roland
Aquel 27 julio de 1985 parecía ser un día común y corriente. Nada hasta entonces anunciaba que fuera a convertirse en un momento bisagra de mi vida. Más allá del entusiasmo que como viajero experimentaba al estar en las puertas del Museo de Arqueología y Antropología de Lima, ninguna extraña profecía predecía el gran cambio que se operaría en mi espíritu unos minutos más tarde.
La ciudad se engalanaba para recibir al nuevo presidente electo de la nación con las esperanzas propias de los pueblos que aguardan reformas estructurales, que los dignifiquen como naciones justas y soberanas. Por entonces, Alan García, candidato del APRA, encarnaba dichas expectativas. Lamentablemente, la historia posterior demostró que aquel sueño de democracia peruano era sólo eso, un sueño... aún por realizar. Pero, la verdad sea dicha, yo no estaba muy empapado de la problemática política del aquel país que tanto amo. Disfrutaba de mis bien ganadas vacaciones y ese viaje, iniciático en más de un sentido, me consumía de dudas y preguntas que se proyectaban muy atrás en tiempo; hasta llegar al Perú de los Incas, mi “civilización precolombina preferida” y disparadora de muchas de las iniciativas que tomara en años posteriores.
A sólo dos cuadras del museo, una avenida ancha y señorial, recibía los palcos desmontables que 24 horas más tarde albergarían a los dignatarios elegidos. Guirnaldas, parlantes —aún mudos— y centenares de banderas empezaban a recrear el ambiente festivo por venir. Es que en el Perú las fiestas patrias conservan un fervor ritual que en Argentina hace tiempo hemos perdido. Un fervor nacionalista contagiado de aspectos sacros y profanos, y en los que la cerveza y el himno nacional se mezclan en potente cóctel, derivando en manifestaciones gestuales —individuales y colectivas— que convierten esas reuniones multitudinarias en verdaderas orgías de gritos, canciones, alegría y de las otras.
Pero Lima, aquel día, estaba cercada. El fanático grupo maoísta Sendero Luminoso había amenazado con atentados y crímenes sin par para la fecha de la asunción. La tensión se respiraba en el ambiente, repleto de soldados y carros militares, armas largas y rostros de apretadas mandíbulas que, en verdad, metían miedo con sólo observarlas. El color verde oliva de los uniformes y aquellas caras cetrinas, propiamente andinas, inspiraban respeto y el tonto sentimiento chauvinista de creer que uno provenía de una “democracia adulta”; por más que ésta tuviera escasos dos años de vida, con el doctor Raúl Alfonsín a la cabeza.
De todos modos, y a pesar de la tensión que se percibía en el aire, mis dos compañeros de viaje y yo, teníamos en ese instante sólo una idea en la cabeza: entrar en el museo y ver las muestras más exquisitas del primigenio arte andino, muy anterior al incaico, que las guías de turistas prometían en sus páginas.
Había conocido a Eliana y a su hermano Mauricio en el trayecto de tren que uniéramos juntos de la ciudad de Puno a Cusco, hacía ya una semanas. Resultamos formar un trío perfecto y, tras unos ocho días de separación (ellos por un lado, yo por el otro), volvimos a encontrarnos casualmente en las ruinas de Machu Picchu. Aún tengo en mente la hermosa sonrisa de la paulista y la gentileza natural de Mauricio. Quizás haya eso lo que hizo que conserváramos la amistad tras tantos años, y el recuerdo brote cada vez que miro un mapa de Brasil.
Los viajes tiene esa magia romántica que nos alimenta; que nos hace sentir vivos. Y a los 22 años edad, ¡vaya si nos sentíamos vivos!
No podíamos parar un segundo. Las calles, los callejones, las picanterías, las ruinas y valles se abrían delante nuestro como si fueran deliciosos bocados a devorar. No queríamos perdernos de nada. Deseábamos verlo todo, experimentarlo todo. Exprimir el Perú, en el buen sentido del término, era nuestro objetivo. No conseguíamos quedarnos quietos. Íbamos de un lado a otro de la ciudad, corriendo detrás de buses, de taxis, de camionetas.¡Qué experiencia maravillosa fue aquella de sentir que la vida podía dar a cada paso cosas nuevas y deslumbrantes! Cómo olvidar la sorpresa y las risas de gestos y costumbres que se nos antojaban sacadas de un cuento surrealista, como la de aquella vendedora de chicha que, balde en mano, pasaba por encima del pasaje de un vagón de tren repleto de personas, pisando el respaldar de los asientos; o las caras compungidas de ciertos turistas austriacos al comer rocoto, una de las más volcánicas y picantes comidas que haya probado en toda mi vida.
Fue una época hermosa. Inolvidable.
Pero en mi caso personal, lo más importante estaba por suceder.
Parados, como dije al principio, a las puertas del museo, esperamos que éste se abriera al público; que por entonces éramos sólo tres personas: Eli, Mauricio y yo.
No aguardamos demasiado. A la hora señalada, el pórtico de aquella inmensa y bella casona colonial giró sobre sus goznes e ingresamos. Serían las cuatro de la tarde.
No bien pusimos los pies en los pulidos pasillos del lugar, un corredor lustroso e impersonal nos llevó al pasado andino. Allí estaban, perfectamente iluminadas y presentadas, las estelas chavinoides más hermosas que jamás había visto “en vivo”. Las conocía por mis lecturas, incluso tenía en mente sus contorsionadas formas por haberlas dibujado en mas de una oportunidad, pero tenerlas delante de mí, al alcance de la mano, produjeron un profunda impresión. Casi 2000 años de historia se erguían enhiestos a pocos centímetros de mis dedos. Jamás había tenido tan cerca algo tan lejano, tan antiguo, tan lleno de misterios por develar.
La cultura Chavín, una de las más “viejas” del Perú, era la responsable de esas exquisitas manifestaciones de arte; y por más que por entonces no había digerido todo lo que digeriría en mis años de universidad, me sentí conmovido e identificado con sus volutas, serpientes y maravillosas plantas, estilizadamente talladas en el más duro granito.
Ahí estaban, silentes, convocantes, la “Estela Raimondi”, “las cabezas clavas”, “el obelisco” y una foto de tamaño natural de “El Lanzón”, la más famosa escultura votiva de Chavín. Más allá, entrando imaginariamente en otro período de la rica dinámica cultural andina, estaban las muestras arqueológicas de culturas como la Ica, la mochica, la chimú y, finalmente, los consagrados incas.
No recuerdo bien cuándo, pero en un momento del recorrido un joven arqueólogo que oficiaba de guía, nos ofreció sus servicios. No dudamos en aceptarlo y continuar la visita, incorporando conocimientos y datos que no habíamos leído previamente en ningún manual. El profesional sabía cómo transmitir sus conocimientos. Ponía pasión en su discurso acotado y evidenciaba una excelente capacidad de síntesis, muy propia para conquistar la atención de su reducida audiencia.
No sé si por un ego exacerbado o con la idea de impresionar a mis amigos brasileños, siempre acotaba algo a lo que el arqueólogo decía; regodeándome de sus gentiles comentarios, al comprobar lo bien informado que estaba al respecto. Pero a medida que avanzábamos, una palabra empezó a horadar mi cabeza y mi curiosidad, demostrando así lo ignorante que era en muchas —la mayoría— de las cosas de la historia precolombina.
Paititi.
Era lo que el muchacho repetía una y otra vez, delante de cerámicas, huacos y fotos blanco-negro, que cubrían toda una pared.
Paititi.
Pero, ¿qué corno era el Paititi?
Y en un acto de modestia intelectual, le pregunté qué cultura era esa, de la que nunca había leído o escuchado nada.
Todavía tengo en la retina el gesto de aquel hombre.
Giró sobre sus talones, señaló en una enorme foto un sendero que se abría en un ambiente de selva exuberante, y me dijo sin emoción alguna en su voz:
—El Paititi es el último refugio de los incas...
Ese fue el momento axial. El instante en que dentro de mí se operó el cambio. Fue un simple “click”, inadvertido por los demás; pero lo suficientemente fuerte como para que después de más de dos décadas lo siga recordando tan vivamente.
Paititi.
¡Palabra mágica!... Sueño y realidad. La aventura se materializaba en tres sílabas nunca escuchadas; y sin saberlo entonces, fue en ese preciso segundo cuando empecé a pensar en dedicarme de lleno a la historia, a ser historiador, y a dedicar mis días a desentrañar lo que se escondía detrás de ese vocablo, que no me sonaba a quechua.
Paititi.
Pero, ¿ a qué se refería el guía con “ultimo refugio de los incas”?
Se lo pregunté. Quería saber el modo de llegar a ese sitio y engrosar así mi álbum de fotografías. Por lo demás, nunca había sido testigo de ruinas en plena jungla, y los dibujos románticos de viajeros del siglo XIX, rodeados de enredaderas y lianas saliendo por las fauces de esculturas y templos semienterrados en la maleza, me perseguían desde que era niño. Quería experimentar esa sensación, pero su respuesta me dejó helado. Me sacudió; me sacó de la realidad profana en la que había existido hasta entonces y colocó la semilla de la aventura y el exotismo, que germinó y germinó a lo largo de las décadas subsiguientes.
—El Paititi no ha sido encontrado todavía. Está en lo profundo de la selva y en habitan aún los incas, invictos de la conquista española y conservando sus ceremonias y creencias, practicas sociales y religiosas.
En primera instancia lo miré con incredulidad, pero por alguna extraña razón, quería creer. Esa explicación una tanto esotérica le había dado un nuevo sentido al viaje en curso. Si bien no tenía dispuesto visitar Iquitos o la ceja de selva peruana, me propuse aprovechar los días que me quedaban por delante para recabar la mayor información posible sobre el tema.
—El Paititi existe, amigo —agregó—. En pocos días más una expedición suiza saldrá en su búsqueda desde el Cusco. Soy parte de ella y lo invito a participar, si es que lo desea.
Rápidamente hice cálculos. Los números no cerraban. El dinero que me quedaba era escaso y los días de vacaciones sólo ocho. Imposible ser parte del proyecto.
Le agradecí la deferencia y con esas pocas palabras en mente salimos del museo en dirección del hotel en donde nos hospedábamos —Hostal Viracocha—, a solo cincuenta metros de la Casa de Gobierno, en pleno corazón de Lima.
Durante el viaje en bus, el Paititi me rondó una y otra vez. Empezaba a convertirse en una obsesión. Sin saberlo, estaba organizando mi próximo viaje a tierras altiplánicas. Pero en aquel atardecer limeño sólo tenía una idea en mente: leer algo referente al nuevo tema.
Paititi, la ciudad perdida de los últimos incas... ¿Sería verdad? ¿Existiría realmente o era una simple expresión de deseo expuesta por un peruano nostálgico y delirante? No me importó. Quería saber algo al respecto. Necesitaba conocer más; acceder al la seriedad de lo escrito y enterarme qué se sabía sobre el tema. La idea de poder ser parte de un proyecto tan propio de una película de Indiana Jones aceleraba mi corazón y la adrenalina fluía por mis arterias de un modo desconocido.
Fue recién un año más tarde, en julio de 1986, otra vez en Lima, cuando accedí a un pequeño librito, hoy agotado. Su título: Paititi en las brumas de la Historia; el autor, un para mí desconocido médico arequipeño, Carlos Neuenschwander Landa, me ponía así al tanto de sus numerosas expediciones en la década de los sesenta en pos de esa ciudad perdida. Por otra parte, un compatriota, el historiador argentino Roberto Levillier, me desayunó un aspecto que hizo me sintiera más ignorante de lo que en verdad era: el Paititi venía siendo buscado desde los día de la conquista del Perú y existían centenares de documentos, crónicas e informes, que lo citaban una y otra vez a lo largo de cuatro siglos.
No tenía nada de original. Era una tema remanido y perfectamente inserto en el imaginario de muchos peruanos, en especial de aquellos que vivían en la región de la sierra y de la ceja de selva. Y ellos fueron mis primeros informantes.
Recogí decenas de historias referidas al Paititi. Estaban aquellas teñidas de magia; las decoradas por historias aparentemente reales, salidas de experiencias “propias”, y las otras, más propias de una alucinación producto de varios cigarrillos de marihuana. De todos modos, el tema me había atrapado. Quería investigarlo desde la perspectiva que da la historia de las mentalidades y me sumergí en él, armado del racionalismo academicista que me dieron los primeros años de universidad. Pero, a pesar de mi inicial escepticismo, muy dentro mío había algo que me impulsaba a creer y a sostener a los cuatro vientos que el Paititi era —es— algo bien real.
Cuando en la noche del 27 de julio de 1985 arribamos al hostal a recoger nuestras mochilas —teníamos por destino el pueblito costero de Nazca— un impresionante operativo militar de seguridad nos impidió el paso. El haber contratado cuartos a media cuadra de la casa de gobierno tenía sus desventajas. No podía llegar a él y las horas pasaban, corriendo el riesgo de perder el bus en el teníamos reservado asientos.
No hubo sonrisa, buen trato o atemperadas explicaciones que los militares a cargo entendieran. No podíamos pasar el cerco que tenían levantado cinco manzanas a la redonda. Era un operativo de seguridad impermeable incluso a los turistas. Los terroristas de Sendero podían estar camuflados en cualquiera de nosotros. Todos éramos sospechosos. Pero yo no tenia la culpa de nada de eso y me sulfuré ante tanta necedad. Saqué el pasaporte, lo levante bien alto, y cruzando la barrera que impedía el paso, exclamé como en las películas yanquis: “Ciudadano argentino”.
No necesité más que décimas de segundo para verme rodeado de tres soldados apuntándome con sendos fusiles directamente al pecho. Levanté los brazos y sin esperar que preguntaran nada pasé a explicarles rápidamente la situación en la que nos encontrábamos con mis dos amigos. Tuvimos suerte. Eran hombres comprensible y nos acompañaron hasta el mismísimo cuarto del hostal para retirar nuestras pertenencias. Desconfiados, sí...
Una hora después subíamos al colectivo con dirección al desierto costero.
Aquella noche estrellada y fresca, mientras apoyaba la cabeza contra la ventanilla del bus oteando la oscuridad, el imaginario reino del Paititi me acompañó cada kilómetro. Mi buena suerte quiso que con el tiempo entablara amistad con los más grandes investigadores sobre el tema. El propio doctor Neuenschwander fue uno de ellos; sin poder dejar de nombrar al mejor y más consecuente explorador del Paititi de la actualidad, mi amigo personal y admirado investigador, Gregory Deyermenjian. A ellos, y muchos otros con los que me he carteado o mantenido largas charlas en Cusco, les debo el sustento teórico que avalan mi convencimiento actual de que el Paititi es algo real; quizás no tan fantásticamente lleno de riquezas o con incas residuales esperando recuperar el perdido poder; pero sí ruinas, restos arqueológicos capaces de probar que los incas se internaron en la selva mucho más adentro de los que suponían los investigadores hasta hace poco tiempo.
A Neuenschwander; a Greg; a Enrique Palomino (un gran amante de la leyenda paititense); al célebre arqueólogo y maestro Doctor Manuel Chávez Ballón (director de las excavaciones de Machu Picchu durante más de diez años) y, muy especialmente, a ese anónimo guía del museo de antropología —que inopinadamente me introdujo en el tema— les estoy en deuda porque, de una manera difícil de explicar con palabras, legitimaron gran parte de mi vida.
Prof. Fernando Jorge Soto Roland
Profesor en Historia
Director de la Expedición Vilcabamba 1998
Email: sotopaikikin@hotmail.com |
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