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Pirámides Mochicas

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fersot
12/10/2004


LAS PIRÁMIDES

Por
Fernando J. Soto Roland


Dilatado y seco. Soleado. Muerto en apariencia.
De no ser por el pueblo nuevo (caserío muy pobre) que crece a la vera de un camino de arena, el desierto costero del norte peruano, vecino a Trujillo, podría ser catalogado como un espacio aislado y sin vida. Vacío.
Pero el calor engaña.
Allí, la vida florece desde hace miles de año y la aparente desolación (quizás hoy mucho más aguda que en el pasado prehispánico) es sólo un espejismo producto de las pupilas encandiladas, la sed y el bagaje de prejuicios culturales que cargamos los occidentales.
Hacia el mediodía la temperatura asciende hasta los 43º C. y los implacables rayos del sol caen, despiadados, sin que ningún árbol les impida chocar contra las cabezas hirvientes de los viajeros. La arena es casi volcánica, y el calor que se concentra en ella perfora las suelas de los zapatos, torturando los aprisionados dedos del pie, que laten como con fiebre. Claustrofóbicos.
Llegar hasta el emplazamiento de las Pirámides del Sol y de la Luna constituye toda una experiencia. Es una zona a la que muy pocos turistas van; máxime en 1986, año de cólera y terrorismo en suelo peruano. Pero de todas formas, yo estaba allí. Deseaba conocer, tocar, y si era posible, ingresar en aquellas sagradas huacas de la arquitectura mochica.
Caminé en el arenal acompañado por una lugareña. No recuerdo ni su nombre, aunque sí tengo claro su achaparrado aspecto físico y sus repugnantes bigotes (!). De todos modos, me era útil. Ella conocía la ruta de ingreso y siempre es bueno ir a lugares extraños con personas autóctonas. Uno nunca sabe cuáles son los códigos que deben manejarse en circunstancias especiales. Ella los manejaba muy bien, además de tener una radio de onda corta que me permitió comunicarme (¡gratis!) con mi país. La había conocido en las ruinas de la ciudad de Chan Chan, a pocos kilómetros de donde nos hallábamos, y fue una fortuna hacerlo. Sin ella me hubiera sido imposible encontrar el camino correcto para ir al centro arqueológico de las pirámides.
A medida que nos acercábamos observaba el paisaje pelado y reconocí que ese desierto tenía su belleza propia. Venía de recorrer paisajes mucho más vivos y frondosos, pero de todas maneras, el inmenso arenal costera era hermoso. No se veía ninguna cadena montañosa, y eso es raro cuando se viaja por el Perú; a no ser dos cerros que se elevaban de la superficie del desierto, muy fuera de lugar. No encajaban.
Mis ojos buscaban las pirámides, no formaciones rocosas naturales, por lo que me empecé a desilusionar un poco. ¿Había valido la pena tanto viaje para ver sólo cimientos? ¿En dónde estaban las tan mentadas construcciones mochicas? No era posible que el libro de arqueología peruana, que me regalara Liliana, hubiera trucado sus fotos. No era lógico. Eso no pasaba en los ambientes académicos...¿o sí?
Ansioso, le preguntaba a mi ocasional amiga cuándo veríamos las pirámides; y ella contestaba, dirigiendo su dedo índice hacia el horizonte, diciendo: \"Ahí están, ¿no las ves?\".
No, no las veía. No apreciaba nada. Todo era arena.
Pasamos por el frente de una \"fábrica\" de adobes. En realidad era una choza semidestruida en la que se fabricaban adobes al modo indio. Nada había cambiando en siglos. Se continuaba haciendo ladrillos de la misma manera en que los hicieron los aborígenes de la región, para construir sus templos y palacios.
Se mezcla arena, tierra, paja y agua. Se amasa y se coloca todo en moldes rectangulares de maderas a secar al sol. Del proceso salen ladrillos marrones, compactos, densos. Son más bien largos y pueden llegar a durar siglos; ya que su principal enemiga, la lluvia, rara vez hace acto de presencia en la zona. Según me dijeron, y luego confirmé leyendo, en la costa sólo llueve una vez cada 25 años. El calor y el adobe hacen un matrimonio perfecto y fueron los responsables de conservar las muchas muestras de arquitectura precolombina que quedan en las costas peruanas.
Pero las pirámides que buscaba seguían sin aparecer.
Entonces ocurrió algo maravilloso.
A medida que nos trasladábamos, alejándonos del humilde caserío moderno, los dos únicos cerros del paisaje empezaron a tomar formas regulares. Sus contornos se definieron. Sus laderas se hicieron perfectamente rectas, como trazadas a cordel. La cima se acható y millones, millones, de ladrillos, idénticos a los que había visto construir hacía sólo instantes, suplantaron a las imaginarias rocas naturales de mi ignorancia.
Eran montañas artificiales.
Eran las pirámides que perseguía.
Me quedé fascinado ante lo imponente de la construcción. Yo era una pulga, un ladrillo más, frente a ella. No podía creer lo que mis ojos veían. Jamás me las había imaginado tan grandes. Eran gigantes. Una obra digna para los dioses.
Allí estaban, enhiestas, desgastadas, mil veces saqueadas. Lo que antaño fuera un maravilloso y verde centro ceremonial mochica se manifestaba ante mi admirada vista como una paraje lleno de una historia seca, cubierta de polvo y arena.
Uno de los lados de la pirámide del Sol estaba derrumbado y podían apreciarse las pilas perfectas de ladrillos de barro, unas sobre otras, volviendo aún más sorprendente la mirada. Me recordaba a los ladrillitos Rastri de mi infancia, con los que jugaba construyendo fuertes y palacios.
Me quedé contemplándola durante largos minutos. Eso era un pedazo de historia y experimenté una sensación de impermanencia, más propia de un budista que de un viajero occidental ignorante de muchas cosas. Supe que esas montañas, hecha por hombres muertos hacía siglos, me sobrevivirían por muchos siglos más. Allí permanecerían cuando de mi cuerpo sólo quedara polvo. ¡Qué maravilla! ¡Qué buen ejemplo para disfrutar la vida sin problematizarla y desperdiciarla en importancias estúpidas!
Ascendía a la cima.
Miré el valle.
Respiré vida.
Ya tarde, antes de emprender el regreso, recorrí la Pirámide de la Luna, mucho más chica que la primera, y concreté otro de mis sueños: pude ingresar en ella. Acto que, aunque ilegal, me lo debía desde hacía años.
Recuerdo que había tres chicos, pequeños, pidiendo monedas al pie de la construcción. Les pregunté si se podía entrar por un hueco (hecho seguramente por ladrones) y me dijeron que no. Los desafié y les prometí unos soles si me acompañaban. Dos se negaron y el tercero, temeroso aceptó sostenerme la única fuente artificial de luz que tenía para ingresar en la pirámide: un encendedor.
\"Tenga cuidado, mister - alertó uno de ellos -. Hay gringos que entraron y nunca salieron\".
Sabía que mentía, pero esa frase fue maravillosa. Si la aventura pudiera colapsarse en poco más que media docena de palabras, serían las que dijo ese muchacho. Me sentía un Lord Carnarvon, un saqueador de tumbas.
Arrastré mi cuerpo por un corredor de unos tres metros, lleno de polvo fino y volátil. La barba se me impregnó de tierra y mis lentes se cubrieron con una pátina grumosa y transparente.
Los adobes me rodeaban por todos lados. A mi costado, ladrillos; sobre mi cabeza, ladrillos; debajo de mi abdomen, más ladrillos. Miré hacia atrás y vi que el chico apenas estiraba el brazo para darme sólo muy poco de luz.
\"Dale, entrá - le dije al advertir que la oscuridad empezaba a envolverme -. No veo nada\".
No me contestó, avanzó solo unos centímetros de la entrada y me tiró el encendedor. \"Siga solo\", ladró. \"Lo espero afuera. Tenga cuidado con los derrumbes\".
¿De qué derrumbes me hablaba? Sólo una maldita mala suerte podía hacer que esa construcción centenaria se viniera abajo justo cuando yo la recorría. De todas formas, la advertencia quedó flotando en mi cabeza.
Me seguí arrastrando a oscuras. No podía tener la luz encendida y desplazarme al mismo tiempo. ¡De haber tenido una linterna!...
Me detuve. El aire concentrado era sofocante y un leve indicio claustrofóbico me empezó a invadir. Prendí el encendedor y, ¡oh, sorpresa!...
Sobre mi cabeza ya no estaba la pared superior del túnel y una bóveda altísima de ladrillos colocados en arco de medio punto se extendía hacia lo alto. Su altura debería ser de diez o doce metros.
Permanecí helado, elevando el brazo, como tratando de horadar las penumbras.
La pequeña llama tenía una fuerza increíble y la luz parecía rebotar entre las paredes inclinadas de la construcción.
Me puse de pie y miré por el túnel de ingreso. La silueta del muchacho se recortaba en la entrada, a varios metros de mí, y a un costado...un muro derrumbado.
Sin luz ni guía, no me animé a seguir caminando. Sólo atiné a tomar una piedra (de la había miles desperdigadas por todo el piso) y la tiré por lo que parecía un pasillo descendente,
Toc-toc-toc...toc.
Ese sonido me acompañaría durante muchos años.
¿A dónde conducía el corredor? ¿Qué cosas permanecerían escondidas en esa oscuridad insondable? ¿Qué historias permanecerían ocultas en lo más profundo de la pirámide?
Es probable que nunca lo sepa. Y mejor que así sea; puesto que esa piedra rodando hacia lo desconocido sigue simbolizando lo mucho que tengo por conocer, lo mucho que hay para hacer en nuestro querido continente.
Y desde entonces, estoy en camino.
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Ultimos comentarios:

pasoslargos dijo:

una narracion fascinante. Sobria pero con sentimiento.

sábado, 26 de mayo de 2007, a las 16.41

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