Mayo 2008. Honestamente, fue un alivio gigantesco salir de Madrid y llegar a los Pirineos. Después de tanto agobio en la ciudad, buscando trabajo, instalandome en el piso... estaba harta de los edificios, las calles, los ruidos, los bares...
Así que me metí feliz en el coche y me dejé llevar durante mas o menos unas 6 horas hacia los Pirineos aragoneses, al lado del parque nacional de Ordesa, en el Cañón de Añisclo, en el Valle de Vio... más específicamente, al pueblo de Buerba, cerca de Puyarruego, Escalona y, más lejos, Aínsa. Buerba es un pueblo diminuto, con casas de piedra, contadas calles, una plaza en obras, cabras, ovejas, perros ovejeros y pocas personas, fresnos de cientos de años, chimeneas cónicas, eras y dos o tres ancianos que se instalan en el cruce de los dos únicos caminos de la entrada del pueblo, a vender sus cucharas y otros objetos de madera, hechas del árbol llamado boj.
Aunque así de pequeño, me sorprendió descubrir que, proporcionalemnte, la cantidad de casas rurales es enorme...
Nosotros llegamos a una casa rural muy bonita, Casa Marina, sencilla, de gente muy amable, Javier y Sonia... y excelente comida!!! El paisaje al rededor no deja de sorprender por los colores, la nieve en las cumbres más lejanas; las Sestrales justo detrás del pueblo de Vió... el Monte perdido...
Esta vez, sinembargo, no hice ningún paseo extremo, aunque sí recorrimos las orillas de dos ríos diferentes... el primero, una maravilla, con pozas de agua transparente y helada, una detrás de la otra, hasta llegar a una cascada en la que nos sentamos a refrescarnos y a comer. El segundo, directamente en el cañón de Añisclo, un paseo mucho más largo, siguiendo sendas estrechas a pie de montaña, cruzando el río saltando de roca en roca...
Como siempre, al ver las sendas que van por un lado y por otro de la montaña, mis pies sentían la cási necesidad de seguirlas, caminar y caminar. Pero esta vez, me compotré más tranquila, seguí la senda original, acompañada de amigos.... aunque... en algún momento tuve que seguir mi instinto y bajé por una colina hasta dar con una casita de pastores abandonada. No había por ahí nada más que una botella de vidrio muy bonita, y un cráneo de cabra, supongo.
Pero ya parecía como una pequeña expedición para mí. Los pirineos, por donde se les vea, son una maravilla, y este diario es más corto de lo que esperaba, porque las fotos dicen más de lo que puedo yo ahora. |
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