Javier Reverte en su libro: “La aventura de viajar”, narra su experiencia en un crucero. Describe el perfil de los clientes que utilizan esta forma de viajar (hace un análisis sociológico del mismo). Después de leer esta crónica nació en mí cierto interese por conocer este mundillo. Me inscribí en un crucero que visitaba varios países bálticos: Helsinki de Finlandia, San Petersburgo de Rusia, Tallin de Estonia, Estocolmo de Suecia, Riga de Letonia y Copenhague de Dinamarca. Hice la reserva meses atrás, por lo que dulcifique así un poco el alto precio de estos viajes.
Un avión me traslada desde Barcelona hasta Helsinki, y una hora más tarde me acomodaban en un camarote cercano al límite de la línea de flotación del barco, y claro sin ojos de buey al exterior, acompañado por una sinfonía en forma de ruido proveniente de las máquinas del trasatlántico. Debo dormir con tapones en los oídos. Aunque he de reconocer que la pequeña habitación mantiene cierta dignidad.
Pregunto al camarero que me sirve la cena por la nacionalidad de los empleados en el barco… casi todos son latinoamericanos, algún indio, filipinos y unos pocos españoles a los mandos de ésta pequeña ciudad flotante. Descubro que el gran negocio de los cruceros son los extras, me explico: las bebidas a bordo y las excursiones o tours por las ciudades que abordamos son las principales entradas de dinero a los patrocinadores de este negocio turístico. Las excursiones mantienen un precio prohibitivo. Sólo contrato una, y por obligación. La ciudad rusa de San Petersburgo exige, como en el resto del país un visado para circular por ella, si no dispones de él te niegan el desembarco, a no ser que contrates la respectiva visita capitalina en la recepción del buque. El grupo organizado parece ser que dispone de un visado colectivo trapicheado con las autoridades portuarias.
Helsinki se podría definir en una frase: imaginemos una ciudad construida en un gran bosque, eso es, zonas verdes como en ningún otro lugar, salvo el centro urbano que rodea al próspero puerto marítimo. Utilizó unas cinco horas en conocerla, caminando por calles, plazas y parques. Es domingo, aún muy temprano, el tráfico es inexistente, con sus ciudadanos todavía dormitando en sus acogedoras casas. Me llama la atención la catedral luterana. La arquitectura es variopinta, existen muchos edificios de aspecto austero, construidos en ladrillo rojo.
Los numerosos ciclistas se pueden permitir todavía dejar sus vehículos apoyados en una pared sin atarlos con una cadena, nadie se los va a llevar. Se palpa la calidad de vida de los finlandeses. Finlandia cuenta con más de 300.000 lagos y 150.000 islas.
Paso a paso me adapto a las numerosas normas del barco, en algún caso me parecen estrictas, imagino que debe ser así. Atardece sobre Helsinki, una fina lluvia moja la cubierta del buque, mientras, sus enormes aspas baten las aguas del Báltico, tomando rumbo hacia San Petersburgo.
Sentado en la popa del barco, escribo estas líneas, esperando la puesta del sol… y el segundo turno para cenar al que me han adscrito… con mi pensamiento puesto en la ciudad de los zares, en aquel histórico asalto al Palacio de Invierno… en aquellos días que estremecieron al mundo…
A partir de ahora llamaré a ésta ciudad por su antiguo nombre, Leningrado, así lo acabo de decidir, como siguen llamándola todavía muchos de sus ciudadanos.
Quiero comentar dos o tres cosas antes de seguir con Leningrado; nuestra vecindad con el Círculo Polar Ártico hace que casi no existan las noches, sobre la media noche todavía existe luz diurna, a las tres de la madrugada comienza a amanecer.
Escandinavia es tierra de vikingos, un pueblo con una gran historia, e importantes hazañas. En los numerosos bosques de estos países viven los gnomos, trolls y duendes varios… se pueden escuchar continuas leyendas sobre estos seres. Nadie afirma con rotundidad su existencia, pero también tienen especial cuidado en negarla.
Existe una larga lista de actividades en las que ocuparse en este singular hotel flotante, intento ignorarlas en la medida que puedo.
Navegamos toda la noche, sobre las 7.30 horas ya me encuentro en la cubierta del barco para observar la entrada y atraque en el extenso puerto de Leningrado. Un montón de emociones me esperan ahí fuera.
Esta urbe de más de trescientos años conoció a Pushkin, Dostoievski, Rasputin… sus habitantes la llaman la Venecia del Norte y no exageran, sus kilómetros de canales ahí están, como otros lugares y edificios de gran importancia. Puede resultar largo enumerar todos y todavía más conocerlos.
Dedico mi tiempo en visitar el Palacio de Catalina la Grande, en las afueras de la ciudad, y la sorprenderte catedral de San Isaac. Pero mi objetivo principal es el Hermitage, considerado uno de los museos más importantes del mundo con su histórico Palacio de Invierno, hogar de los zares, en él acabó uno de los absolutismos más crueles de nuestra historia, con el asalto revolucionario al Palacio. Tampoco se debe dejar de lado la Fortaleza de San Pedro y San Pablo y la avenida Nevsky. Necesitaría de varios días para empaparme de ésta exultante ciudad. Sólo voy a estar dos jornadas, y a consecuencia de la inoportuna existencia del visado, me veo obligado a vaguear toda una mañana por el barco sin poder descender a las calles de Leningrado.
Quiero señalar algo, nunca antes había escuchado tantas veces seguidas el himno nacional español. Tanto al desembarcar como al embarcar, una banda de música con rancios uniformes militares, estratégicamente situada, nos sale al paso tocando un deprimente himno con colores españoles. Está nublado, llovizna, es fácil comprender eso que me comentan constantemente de que en este hermoso rincón del mundo sólo ven el sol setenta días al año. Entretengo la mañana recorriendo las ocho plantas del barco; hasta las dos y media de la tarde no puedo bajar al puerto, entonces dedicaré toda mi energía en asaltar el exclusivo Hermitage.
En mi constante ir y venir por los recovecos del buque hablo con algunos empleados, doy rienda suelta a mi curiosidad, todos son muchachos y muchachas jóvenes, me comentan que hacen turnos de catorce horas, los siete días de la semana, durante ocho meses al año, no quiero entrar en más detalles, por ejemplo en sus salarios. Seguro que son una proyección sobre lo dicho anteriormente, aunque alguien comenta: “sí, pero el salario les queda limpio, no tienen gastos, no hay lugares donde gastar”, explotación y miseria. ¡Qué mundo!
El guía que nos va a acompañar en la visita al Hermitage, me desvela el porqué de la tristeza de los habitantes de Leningrado, las “nubes de plomo”, el cielo nublado, puede ser, no le voy a discutir esa afirmación, el vive aquí y debe saberlo. Muy pocas veces he sentido, disfrutado, padecido, tres horas tan intensas, una auténtica riada humana nos acompaña en el recorrido, son miles, somos… La ironía y el sarcasmo del guía me hace sobrellevar este contratiempo, es muy critico con Rusia, con sus conciudadanos, afirma que a este paso en tres años el Hermitage desaparece, entre otras cosas porque no vendrá nadie, es imposible estar más de dos minutos en cada sala. El espectáculo es sublime, miles de obras de arte, cuadros de los pintores más famosos de la historia, no voy a enumerar a ninguno, sería inacabable. Me detengo especialmente en la sala donde se encontraba el gobierno de Kerensky, cuando los bolcheviques asaltaron el Palacio en octubre de 1917.
La aguja dorada de la fortaleza de San Pedro y San Pablo es mi última visión de Leningrado. Embarco… una noche de navegación y amanezco en Tallin, capital de Estonia, una ciudad monumental con sabor medieval. El puerto se encuentra muy cerca del núcleo histórico. Con un importante tráfico de trasatlánticos, llego a contar hasta siete, alguno con más de dos mil cruceristas a bordo. Cuatro horas son suficientes para recorrer las principales calles, rodeadas por una recuperada muralla, son miles los turistas callejeando por ellas visitando iglesias, torres, tiendas… Casi todo entregado al turismo masificado, éste se deja aquí importantes sumas en forma de divisas; un recurso difícilmente comparable.
Hoy se celebra en el buque diversos actos protocolarios en los que es imprescindible una vestimenta de gala; esto me pone en guardia, pues entra en contradicción con mi forma de ser, choca frontalmente con mis planteamientos, pero no puedo evitarlos del todo, los esquivo en la medida de lo posible.
Hombres y mujeres disfrazados con sus mejores ropas, sus cabellos ordenados, cada cosa en su sitio, brillando, compitiendo en glamour como si de un deporte se tratará, dándose codazos, poniéndose zancadillas con un único objetivo, hacerse una foto con la máxima autoridad del barco: el capitán, mientras beben un cóctel. Debilidades humanas…
Es de justos reconocer, porque así es, que la alimentación es excelente. El trato de la tripulación es inmejorable. Existen momentos en los que no sé como reaccionar porque me dejan sorprendido.
Todavía no son las cinco de la tarde y zarpamos de nuevo, con un nuevo rumbo: Estocolmo, capital de Suecia, vikinga y escandinava. Ciudad construida sobre catorce islas. Dispongo de pocas horas para conocerla, por lo que intento subir a un autobús que recorre la ciudad, pero su precio es un verdadero robo, lo desecho. Decido caminar, va a ser imposible hacerse una idea completa de esta urbe. Callejeo anárquicamente ayudado por un pequeño mapa. Los museos los descarto. Sobre medio día debo retornar al barco, zarpa temprano. Al final me puedo considerar satisfecho, he conseguido ver los lugares y edificios más emblemáticos. Casi todos encuadrados en la ciudad vieja.
La belleza de los suecos y suecas es conocida, su fama es merecida. Gozan de un alto nivel cultural, y son muy liberales en varios aspectos de la vida, en el sexual sobretodo.
Acumulamos hora y media de retraso sobre nuestra partida, aprovecho para escribir, sentado en la popa del barco. Nos advierten que la salida de la ciudad a través de un canal rodeado de bosques es espectacular, navegaremos durante varias millas a través de su extenso archipiélago. Escucho por la megafonía del barco que debido a una emergencia médica, nuestra partida se demorará por tiempo indefinido. Estamos robando tiempo a nuestra escala en Riga capital de Letonia. Más tarde me informan de que se ha producido un accidente mortal, un tripulante es bajado a tierra en una bolsa negra. La vida sigue, el viaje continua…
La organización en el barco es casi perfecta, cuidan al máximo cada detalle, parece que se saben bien la lección. El boca a boca entre los que utilizan esta forma de viajar es fundamental y concluyente. El futuro de este tipo de empresas radica precisamente ahí, como el de casi todas, me parece. He de reconocer que la experiencia está siendo positiva, pero a la vez debo decir, que sin descartarlo del todo, no cuenten conmigo para próximas ocasiones. El concepto de viajar para mí, es muy distinto. Estoy alejado de esta filosofía.
La historia de Letonia es muy parecida a la de Estonia, marcadas por una sucesión de invasiones desde la Edad Media. Riga cuenta con un millón de habitantes. Y también su casco histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad. Contiene una mezcla de distintos estilos arquitectónicos rodeados por canales y ríos.
Dispongo de poco tiempo para hacerme una idea de la ciudad, sobre las doce zarpamos de nuevo. Pero al final casi me sobra tiempo. No he cambiado moneda en ningún país, cuando he tenido que abonar alguna cosa siempre me han aceptado euros o la tarjeta de crédito. Vengo observando que a consecuencia de los precios tan altos de las excursiones organizadas por el crucero, los viajeros que descienden a tierra para realizar la visita a la ciudad por libre, van aumentando día a día.
La sexta y última escala se produce en Copenhague, capital de Dinamarca, su nombre indica “la bahía de los mercaderes”. La lista de castillos y palacios es larga. Sus canales me recuerdan a la ciudad de Ámsterdam, así como el masivo uso de la bicicleta para transportarse. El puerto viejo ha sido remodelado y su Barrio Rojo ha desaparecido, en su lugar se han instalado, bares y pequeños hoteles.
Debo destacar la Ciudad Gratuita de Christiania, antiguo lugar de encuentro hippie, ahora es una comunidad legalmente independiente donde el arte esta siempre presente. También quiero señalar la mundialmente famosa fábrica de cerveza Calsberg.
El símbolo más importante de la identidad nacional danesa, la pequeña Sirenita, la estatua más fotografiada del mundo, va seguir siendo una desconocida para mí, no me da tiempo de llegar hasta su emplazamiento, tengo que reconocer que mis ansias por visitarla tampoco eran muchas, además, durante estos días de buen tiempo y turistas por doquier, hace que esta bella sirena esté demasiado agobiada.
En un folleto turístico que acabo de leer dice: Qué comer y beber: café y danesas. No es necesario añadir más. Llega la hora de recoger mis cosas del barco. Es el momento de regresar. Un viaje algo atípico acaba de suceder. |
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