Todos Santos en Baja California Sur, mosaicos de Talavera en la Casa de los Azulejos, Cd de México y el templo de San Francisco Acatepec, Puebla. Nuevas inversiones que mejorarán la infraestructura en Palenque, Chichén Itzá y Teotihuacan.
Ya imaginaba los montones de turistas y si elegirán bajo este proyecto una iluminación adecuada para la Calzada de los Muertos, el paisaje de tunas, comenzaba a preocupar un poco…
Luego mi atención se distrajo: Rituales de Días de Muertos en Huaquechula, regresaba a Puebla, ahora con un tema indígena, las celebraciones de muertos, el incienso y las ofrendas monumentales, convento franciscano del Siglo XVI, huertas de frutales con limas, recordaba…
Alfombras de aserrín y de flores, atrio de la iglesia de Ocotlán, celebraciones a la virgen de Ocotlán en Tlaxcala, varios minutos imaginando, sería un lujo ver aquellas alfombras, luego hacía otra escala: Oaxaca. Solo que Oaxaca no es escala, por fuerza marca un recorrido aparte, demanda tiempo, la mente fresca, los sentidos al cien.
Leía Oaxaca y ya la curiosidad me invadía, como si no supiese nada de aquel lugar. Parece que cada vez que veo esta palabra inmediatamente me dispongo y me todo el tiempo para leer casi todo lo que de Oaxaca se dice. ¿Ahora que dirán? ¿vendrá algo sobre Mazunte, Monte Albán y su tumba 7, el tianguis dominical de Tlacolula, alebrijes? Y decía: Oaxaca, que casi es un país… varios minutos se hicieron, mis ojos siguieron seis o siete líneas más, en mi mente no dejaban de sonar aquellas palabras, Oaxaca, que casi es un país, y pensaba en la inmensidad de Oaxaca, sus culturas, su magia, sus lenguas, su diversidad…
Al amanecer, el sol que aparece detrás de las montañas que rodean este valle de guajes, luego el mismo que cae a plomo sobre la ciudad colonial y la cubre –cosa no menor- mis tardes de verano en las que no quería hacer otra cosa más que ver pasar la luz bajo la sombra de los flamboyanes y como esa luz cambiaba el tono de las piedras en Santo Domingo… que pasaban del verde al pardo y luego a los cálidos y naranjas, ahora sentado bajo los flamboyanes, todo lo demás podía esperar.
Después las nubes que se forman en la sierra. El sonar de la lluvia sobre un espejo de agua de aquel patio blanco que minutos antes interrumpía su blancura con siluetas dibujadas. Eran las suaves sombras de los helechos que lo circundaban y las formas angulosas de las biznagas en flor. Humedad que te apoderas de mí, lluvia que ibas escurriendo las sombras del patio hasta hacerlas desaparecer, borrarlas… tres amigos montados en un coche que se interna en la sierra de Juárez, luego la caída de la noche en la montaña, un café que se sirve en cajete de barro y se toma lento… el tiempo que nunca pasaba, que caprichoso se detenía con nosotros por algunos lugares de Oaxaca.
Paseo descalzo en una verde explanada, arriba de la ciudad podía contemplar aquellos famosos Valles Centrales desde esta, “la otra ciudad” a la que los colonizadores españoles osaron en llamar “Montalbán”. El tiempo que habría de adueñarse de aquella ciudad hasta comerse su nombre, de capital zapoteca, después cualquier nueva referencia resultaba accesoria.
Era otro mundo, ahora yo desde mi casa leyendo “Oaxaca, que casi es un país…” no podía más que imaginar y recordar a lo que sabían esas palabras, se hacían varios minutos y luego todo el demás texto palidecía, sonaba a casi nada. Una vez más me encontraba leyendo sobre Oaxaca. |
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