Cada vez que voy a Veracruz me enamoro más de ese estado, lo comprobé en mi último viaje realizado a Misantla.
No sólo es su clima cálido tropical; no sólo su vegetación exuberante, cargada de color; no sólo su sabor dulce, su humedad de mar, es también la sonrisa de su gente, su hospitalidad, su cordialidad y casi podría decir su hermandad.
Misantla es una población cercana a dos lugares referenciales de Veracruz, Jalapa y a Martínez de la Torre, lo cual la hace accesible para los viajeros que como yo llegan a su terminal foránea ávidos de conocer lo que el pueblo misanteco y su territorio tienen para ofrecer.
En primer plano se muestra la iglesia de Santa María de la Asunción, blanca toda ella, a cuyo lado se esconde uno de los rincones más hermosos del centro de Misantla, es la Plaza de los Ídolos, resaltada por el amarrillo y rosa mexicano de un par de construcciones y la caída al por mayor de sus bugambilias color fiusha, sin embargo el mayor atractivo son las figuras provenientes de la zona arqueológica de Los Ídolos exhibidas al aire libre en esta plaza.
Se tratan de cinco figuras labradas en piedra de los que destacan el conejo, la tortuga y el caracol de mar. La perfección de esas figuras de pronto hace olvidar que fueron trabajadas hace cientos de años, sin más ayuda que las manos y el ingenio de los totonacos de la época.
Pero los alegres misantecos, como jarochos que son, se enorgullecen de algo que está más allá de su cabecera municipal, es la historia de su pueblo eternizada en piedra con la que conviven a diario, en sus casas, en sus escuelas, en sus caminos. Se trata de Paxil- Tlalocan, el lugar donde se originó el maíz mencionado en el Popol Vuh, que comprende por lo menos cincuenta montículos, de los cuales resaltan los edificios I, D y La Palma.
Desde antes de arribar a las principales edificaciones de la zona arqueológica, en ambos lados del camino de terracería ya se puede percibir la próxima llegada, pues en los campos se observan algunas piedras acomodadas por montones, pero aún más que eso, las pocas casas que se construyeron cuentan en sus patios con pequeñas montículos o, incluso, en varios casos, fueron erigidas sobre ellos.
De sus principales edificios sólo uno está totalmente descubierto, en el resto ha crecido la vegetación característica del clima tropical, esto lo hace un lugar enigmático que pude conocer gracias al libre acceso a los visitantes, lo cual como viajeros implica una gran responsabilidad pues hasta ahora se mantiene en buen estado, sin embargo está expuesta al maltrato de los ignorantes.
Cerca de diez minutos después de Paxil, sobre el mismo camino está el balneario natural “La villa”, una poza de agua turquesa, cristalina y de gran profundidad en la que los oriundos de la zona van a refrescarse y a divertirse entre amigos y familia.
La gente de Misantla es pícara y orgullosa de su cultura, es así que por las noches de ese fin de semana compartí con ellos el “V Festival Versando y cantando al ritmo de arpa y jarana” impulsado por la casa de la cultura de esa comunidad, en donde se presentaron divertidas y picantes décimas de versadores quienes incluso se enfrentaron en duelo de palabras, sin otra arma más que el ingenio verbal; además, no podía faltar el sonido inigualable de las jaranas veracruzanas cuyos músicos ponen el ritmo alegre; mientras que las bailadoras, la cadencia, sencillez y belleza del fandango.
Aunque la retirada se preveía al día siguiente, los misantecos nos impulsaron, sin saberlo, a quedarnos una noche más. Así, agradecimos el mensaje casi subliminal porque sin él no hubiéramos conocido la zona arqueológica de “Los ídolos”, otra ciudad totonaca igualmente importante que Paxil.
Ahí conocimos a don Juan Carrera encargado de su mantenimiento y limpieza pues en un futuro pretenden abrirla oficialmente al público. Amable y risueño, don Juan nos explicó el escaso conocimiento que le han transmitido los arqueólogos que han visitado el lugar, el cual cuenta con tres edificaciones principales; una está descubierta casi en su totalidad, sin embargo en su parte más alta la ha invadido la vegetación y los árboles han echado raíces, así que es complicado liberarla.
El acceso también es libre para todos lo que quieran conocer, incluso existe una zona en la entrada adaptada con carriles para carreras de caballo, un ejemplo de cómo la gente se apropia de sus espacios cuando se desconoce la trascendencia de los mismos.
La disposición de la gente está puesta para rescatar ese zona y atraer a los viajeros, como ya sucede cada 21 de marzo cuando cientos de personas se reúnen en el lugar con la intención de obtener nueva energía “O eso dicen ellos, fíjese que se suben acá, eso sí todos vienen vestidos de blanco ¿Quién sabe por qué? Y levantan los brazos y dan la vuelta a los cuatro puntos cardinales… jajaja ps’ quién sabe si es verdá, yo igual lo hice, pero ni sentí nada” dijo con cierta ingenuidad y un toque de picardía don Juan quien nos llevó a conocer a su familia y así pudimos conocer la hospitalidad y la amistad que nos brindaron sin más los oriundos de Misantla.
Necesitados de experiencias, mis dos compañeros de viaje y yo decidimos cruzar el río Misantla para regresar a la cabecera municipal. Uno de los hijos de don Juan nos acompañó para cruzar, nos quitamos los tenis y las calcetas, pasó primero uno, luego la segunda y al último yo que no salí avante de la travesía, luego de resbalar en una gran piedra.
En realidad el río no es muy profundo, el agua nos llegaba a las rodillas, pero eso es suficiente para que los habitantes de la comunidad arriben al lugar con la plena intención de regocijarse en la rica agua y apaciguar así el intenso calor que a principios de primavera se siente en la tierra misanteca.
No podíamos irnos del lugar sin pasar al tradicional Pocito de Nacaquinia, un pequeño pozo del cual, se dice, quien beba de su agua se quedará en esa ciudad. No pude hacerlo, pero eso no evitó que mi viaje a esa región veracruzana resultara inolvidable y definitivamente, no dudaría en regresar. |
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