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Despues de siete horas de tren, desde su inicio en Tanger y con escala de media hora en Casablanca, este llego a un paisaje excepcional: un gran y abigarrado palmeral en cuyo centro surgia, como una fuente morisca, una ciudad rosada. Asombrado me asomé a la ventanilla diciendome a mi mismo que aquello era imposible. Al llegar a la estacion término del ferrocarril y bajarme con mi maleta quede deslumbrado por el tono ocre asalmonado de la misma. Despues, cuando sali a la ciudad, vi que todo tenia el mismo color y que la tarde era dulce y soleada. Estaba lleno de expectativas. Habia soñado tanto con conocer Marrakech que casi no podia creer que ya estuviera alli. Tomé un taxi, de esos pequeños que tanto abundan en las ciudades marroquies, y le di al chofer la direccion de mi alojamiento, una hermosa villa ajardinada donde me esperaba un señor francés amable y tal vez complaciente. El taxi dio demasiadas vueltas antes de localizar al fin la villa, que estaba en un barrio nuevo perdida entre el follaje de una calleja muy cargada de vegetaciones. Algo nervioso llamé al timbre del Citron Bleu, asi se llamaba la villa. Un joven marroquí, de aspecto muy racial, me abrió la puerta y me saludó. Le dije que tenia una reserva hecha desde España y que mi nombre era Martin. Me acompañó al interior de la vivienda donde Monsieur Jael Roy me estaba esperando. "Est ce que vous avez fait un bon voyage?"....Hammal me acompañó a la habitacion que me habian asignado, llamada la Chambre Marroquine: era bella, con una bóveda morisca asombrosa y grandes lamparones encendidos. Inmediatamente me duché y me cambié de ropas. Despues bajé al salon general, donde me entregaron unas llaves de la casa y me dieron ciertas instrucciones e inmediatamente, sin conocer aun nada de la ciudad, me dirigí en taxi a la Plaza de Jemma El F´naa.... (continuará) |
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