Continuación de: Venecia, sólo hay una (III parte) Las pocas personas que se habían atrevido a intervenir habían sido alejadas a patadas y escupitajos, y antes de que se llevasen a Giovanna Zanchi, el capitán vio con las justas abrirse la ventana. Un hombre se asomó, y con profundo desprecio dijo a la mujer casi con un silbido: “Ya veremos, mujer, en qué terminará tu arrogancia en cuanto vuelva a haber una noche de tempestad.” La sospecha asaltó naturalmente al joven marino, pero éste no podía aún comprobar sus suposiciones, ni imaginar cómo habría podido el anciano reducir a aquel estados a tres víctimas.
Como parecía que el viejo no saliese nunca de su domicilio, Giustiniani pensó que él mismo, mientras tanto, podía controlar personalmente los movimientos de la mujer, puesto que desde la muerte de su marido ella tenía siempre mayor necesidad de entregarse –con frecuencia junto con una amiga- a los marineros y obreros de los Arsenales que buscaban compañía. Menos de diez días más tarde hubo otra jornada de borrasca, y el mal tiempo duró hasta la noche. Giustiniani salió de los Arsenales después de cenar, y escondido detrás de una embarcación a poca distancia del portal se puso a vigilar el campo.
Pasaron muchas horas, pero poco después de la una de la madrugada, mientras llovía a cántaros, un arco de fuego que provenía de las casas cercanas materializó, como por encanto, al viejo delante de la estatua del león sentado. Mediante un hechizo, el hombre inmovilizó a los guardas de los Arsenales en la postura en que se encontraban, dio una vuelta alrededor de la estatua y, pasando su dedo huesudo sobre las antiguas inscripciones, pronunció su significado en voz alta. Una suerte de globo luminoso se formó encima del portal, y un primer relámpago golpeó el gran león sentado. El capitán quedó boquiabierto: lentamente, el león de piedra se transformó en un espantoso animal gigantesco en carne y hueso.
En ese instante se escuchó vociferar, y Giovanna y su amiga Jolanda salieron por la esquina de la orilla de un canal. Mientras del globo se desprendía un nuevo relámpago que se abatía sobre el otro león, el primero, que ya había bajado de su pedestal, adentellaba a una de las dos mujeres, mientras la otra, paralizada de terror, casi no podía gritar. A escasa distancia, el viejo observaba la escena impasible. Giustiniani se armó de coraje, desenvainó su espada y salió al descubierto; entre tanto, un tercer relámpago se abatía sobre el tercer león, iluminando la espantosa escena: la primera fiera había ya descuartizado el cuerpo de Jolanda, y su sangre corría por doquier; la segunda estaba por atacar a la otra mujer.
El viejo tuvo apenas tiempo de volverse; rápidamente, el capitán le hundió el hierro en el pecho. Se escuchó un rugido pavoroso, se vio un relámpago cegador, y como por encanto el silencio volvió a reinar mientras la lluvia caía torrencial. Los leones estaban inmóviles, sin vida; el cuerpo desgarrado de la mujer yacía sobre el adoquinado; Giovanna estaba tendida en el suelo, enmudecida; y la espada del capitán había caído a tierra ennegrecida. Del viejo no había rastro: solo había un corazón de piedra junto al arma afilada. Por lo tanto, el viejo transformaba la piedra en carne mediante un corazón de piedra que llevaba dentro del pecho. Los guardas se recobraron del trance y salieron a prestar ayuda al capitán.
La cabeza aún viva del tercer león se agitaba y rugía encerrada en su cuerpo de piedra. Sin pensarlo dos veces, Giustiniani empuñó de nuevo su arma y seccionó la cabeza de la estatua. En lugar de caer, la cabeza se elevó unos dos metros y estalló emitiendo un último rugido, proyectando en rededor una sustancia negruzca. Por prudencia, el hecho fue envuelto en una cortina de silencio. Las investigaciones siguientes –que se llevaron a cabo también en el domicilio del viejo- revelaron que éste, además de usurero, era un hechicero. El viejo había sido estafado por el joven Zanchi; había inventado esta atroz venganza diabólica, y había involucrado al comienzo a dos inocentes con objeto de desviar las averiguaciones y vivir tranquilo en Venecia.
En cambio, la mujer de Zanchi no se había dejado engañar, y sus sospechas y arranques de violencia habían obligado al anciano a descubrirse. Giovanna no consiguió nunca felicitarse de la muerte del mago: su mente no resistió, y terminó los pocos años de vida que le quedaban en un manicomio. Por lo que respecta al tercer león, la cabeza faltante fue reemplazada por otra, como podrá comprobarse hoy fácilmente.
Continuar por el Ponte de l’Arsenal o Del Paradiso y torcer a la derecha por Fondamenta de l’Arsenal. Inmediatamente después de un gran ensanchamiento, apenas más allá del portal con la columnata del Círculo de los Oficiales de la Marina Militar; girar a la izquierda por el Campo de la Tana y atravesarlo hasta su extremidad, donde el campo se restringe cada vez más. Al llegar al final, solo se puede girar a la derecha; sobrepasar el Ponte de la Tana, casi al pie del puente, se encuentra la casa donde vivió el patriota Domenico Moro, en el número 2077. A continuación se abrirá delante: la Fondamenta de la Tana.
Construida en 1303, la Tana era un taller-emporio público y privado donde se producía el cáñamo para la fabricación de gúmenas y otras cuerdas para las naves comerciales y de guerra. Solo aquí se podían trenzar los cables para navegación. Según las crónicas más fiables, el nombre derivarían del nombre de una ciudad situada en la ribera del río Tanai, el actual Don; de ésta provenía el cáñamo que era enviado a Venecia, y en aquella ciudad poseían los venecianos, ya desde 1281, muchos establecimientos comerciales. Visto el 26 de diciembre del 2007.
En la Fondamenta de la Tana tuvo lugar en el pasado un acontecimiento bastante ridículo. Una mañana del año 1775, el doctor Giuseppe Musalo tuvo un violento altercado con Matilde Cassinis, hija de un capitán de la Marina paduano de origen noble. Como el hombre tenía el convencimiento de que la muchacha estaba implicada en una rencilla que él tenía con sus hermanos, la agarró por el cuello, la tiró al suelo, le levantó los vestidos y le dio, según dicen las crónicas, una zurra “sobre las carnes desnudas del trasero”, ante las burlas del populacho que se había congregado para asistir a la escena. A causa de su poco caballeresco gesto, Musalo fue desterrado de la ciudad, pero la circunstancia era tan excitante que no tardó en circular por Venecia un soneto burlesco acerca del acontecimiento. Visto el 26 de diciembre del 2007.
Proseguir por la Fondamenta de la Tana, dejando siempre a la izquierda el canal y las grandes murallas de los Arsenales hasta que, allende un suave recodo que forma el canal, aparecerá por la derecha el Sotoportego Coltrera, que conduce a la Corte Prima homónima. Atravesarla en diagonal y meterse por la Calle Contarina. Muchos lugares de la ciudad llevan el nombre Contarini, una de las familias nobles más antiguas y prestigiosas de Venecia que dio ocho dux a la República. De uno de ellos –Andrea, que gobernó de 1368 a 1382- se cuenta que en su juventud obtuvo una cita de amor con una monja de la cual se había enamorado en uno de los conventos de la Celestia. En el momento de querer consumar su insensato acto, Contarini le preguntó a la religiosa qué significaba el anillo que tanto ella como las demás hermanas llevaban en el dedo. Al explicarle la monja que aquél era un símbolo de las bodas de Cristo con el hombre, el noble se arrepintió profundamente; renunció a lo que estaba por emprender, y se despidió de la joven con una excusa. Dice la leyenda que mientras regresaba a su góndola, y al cruzar por delante de un monasterio, vio la cabeza de un crucifijo agacharse en signo de gratitud, y que en ese instante tuvo la visión de su futuro nombramiento a la función de dux. Visto el 26 de diciembre del 2007.
Al final de Calle Contarina, y tras llegar a Calle San Francesco da Paula, encontramos la Chiesa di San Francesco di Paola, conocida también con el nombre de San Bartolomeo, data del siglo XIV. Conserva pinturas de Domenico Tiépolo y Jacopo Palma el Joven. Tenemos un librillo con información de la iglesia. Visitada el 26 de diciembre del 2007. Via Giuseppe Garibaldi. Castello 1799.
Torcer a la derecha, un poco más adelante se encuentra Via Giuseppe Garibaldi, la calle más ancha de Venecia y una de las arterias más conocidas del sestiere. Junto a los tenderetes se ven pescadores. La barca es la casa, dice un viejo refrán veneciano. Desde los tiempos más remotos, la barca ha sido para las gentes del estuario indispensable para su supervivencia. Vista el 8 de febrero del 2006 y posteriormente.
El 26 de diciembre del 2007 hicimos una parada en Seghene’ Bar, un bocadillo de salame y rucula nos costó 3 €. Via Giuseppe Garibaldi. Castello 1726.
El 26 de diciembre del 2007 hicimos una parada en Bar Mio, una copa de vino blanco y una cerveza de 0.4 l. nos costó 7 €. Via Giuseppe Garibaldi. Castello 1820.
El 8 de febrero del 2006 picoteamos en un bar muy auténtico llamado Osteria da Amalia e Sergio, estaba regentado por un matrimonio mayor y el local estaba lleno de gente del barrio. Via Giuseppe Garibaldi. Castello 1137.
Un ensanchamiento, da paso a una avenida arbolada que deja entrever una gran estatua, es el monumento que Venecia ha dedicado a Giuseppe Garibaldi (1807-1882), padre de la nación italiana por antonomasia. Sus legendarias batallas contra la dominación austriaca y francesa –que comenzaron en 1833- culminaron en 1860 con una expedición que en los anales de la historia italiana se conoce como la “Expedición de los Mil”. El general se embarcó desde el norte de Italia el 5 de mayo con, bajo sus órdenes, mil hombres armados que vestían todos unas camisas rojas, las únicas que fue posible conseguir en esa cantidad en el almacén de una fábrica, desembarcó en Sicilia y conquistó la isla en pocas semanas. En septiembre, también Nápoles había caído entre sus manos. El 26 de octubre entregó sus conquistas al Rey Vittorio Emanuele, reunificando de hecho la península. Pero las tropas italianas recién entraron en la ciudad de Venecia en 1866. Ese año se tomó la decisión de dedicar la avenida a Garibaldi, mientras la estatua fue inaugurada posteriormente.
Caminar en torno al monumento: la estatua del soldado que está de guardia detrás de Garibaldi no existía en un comienzo, sino que fue añadida después de la increíble historia de “El soldado fiel hasta después de la muerte”. “¡Os lo juro! Aquí no había nadie un instante atrás, pero de pronto apareció de la nada una sombra y me golpeó. ¡Miren, precisamente aquí!” No se podía decir que Vinicio Salvi fuese un fanfarrón. Era un trabajador abnegado, padre de cinco hijos, y tenía fama de persona honesta, incapaz de hacer daño a los demás y mucho menos de mentir. Pero su explicación de cómo le habían salido cardenales esa mañana en la taberna resultaba verdaderamente difícil de creer. “Ya os lo he repetido cientos de veces: ¡ha sido un fantasma!
Estaba yo solo dando vueltas por el jardín, buscando como todos los viernes por la tarde caracoles para el almuerzo de hoy, y cuando me acerqué al monumento saltó hacia mí una sombra que me golpeó en el brazo. Bien sabéis que la estatua está lejos de los árboles. Os juro que allí no había nadie; por lo demás, si alguien habría estado allí, ¿hacia dónde podría haber huido? Y así como había aparecido, la sombra desapareció en la nada. ¡Era una sombra roja!” La noticia causó un cierto alboroto en el barrio en aquel septiembre de 1921, y dividió a los vecinos en los que creyeron a Salvi y en los que explicaban irónicamente que las únicas “sombras rojas” que había podido ver el pobre Vinicio eran las que se expedían en la taberna. En Venecia, la ombra u ombretta es el vaso de vino tinto no embotellado que se vende en las tabernas. De una u otra manera, después de un par de días, la noticia terminó pasando a segundo plano ya que nadie había acudido a la avenida arbolada, quizá precisamente por temor a un nuevo encuentro inoportuno.
Sin embargo, exactamente una semana después de la primera aparición, una pareja que buscaba soledad se había acercado al monumento y había sido maltratada por “una sombra roja, veloz como el relámpago”; y la tarde siguiente, un pescador fue golpeado por un “ser sobrenatural que parecía una sombra roja”, y terminó con un gran chichón en la cabeza por haberse acercado demasiado a la estatua de Garibaldi. El fenómeno ya no podía ser ignorado, y en el barrio no tardó en establecerse un comité de vigilancia. La tarde que siguió a la agresión al pescador, unos quince hombres se apostaron en la avenida, en proximidad a la estatua del general. Las cosas fueron bien hasta la una o la una y media de la madrugada, cuando dos de los hombres decidieron inspeccionar de cerca el monumento. Apenas apoyaron la mano en la barandilla, fueron golpeados por un relámpago rojo que los tiró al suelo.
Cuando los demás socorrían a los desventurados, una sombra se detuvo delante del monumento y adquirió forma y proporciones humanas. Vestía una camisa roja y miraba al grupo con gesto desafiante, sin decir una palabra. “¡Pero si ese es Bepi, Bepi el garibaldino!” Los otros catorce se giraron y dirigieron la mirada hacia Tino. Habían traído consigo aquel muchacho de diecisiete años solo para contentarlo. “¿Qué Bepi?”, “Bepi, el viejo –respondió el chaval-, aquel que se sentaba delante de la estatua y decía muy serio: “¡Le guardaré a usted siempre las espaldas, mi general! Y cuando yo ya no esté, lo seguiré haciendo desde el Paraíso”. ¿No ven que es él?” A pesar de que les resultaba increíble estar delante de un verdadero fantasma, los demás hombres tuvieron que admitir al fin que el muchacho tenía razón: por muy rejuvenecida que pareciese, la imagen que se les había aparecido era Giuseppe Zolli.
Zolli había nacido en Venecia en 1838, y en su niñez había visto las revueltas revolucionarias que diez años más tarde habrían estremecido a toda Europa. Inspirado por un fuerte sentimiento patriótico, había sido durante su juventud uno de los mil hombres que participaron en la legendaria expedición garibaldina. Habiendo muerto solo unas semanas atrás, el viejo había mantenido el juramento de fidelidad al gran héroe de toda su vida, que había jurado proteger en los dos mundos incluso una vez muerto. Todos se retiraron entonces en orden. Esta vez la noticia dio verdaderamente la vuelta a la ciudad, y las rondas de guardia, que antes habían servido para descubrir el misterio, tuvieron ahora por función contener a los curiosos. Por voluntad popular, al cabo de algunas semanas una nueva estatua de bronce fue puesta en el complejo monumental: la del soldado garibaldino que está justo detrás, a espaldas del general y pareciera defenderlo.
Desde aquel día el fantasma no volvió a aparecer nunca más. Las facciones del soldado son las del joven Zolli. Los despojos mortales del soldado garibaldino se conservan aún en el sugestivo sector cinerario del cementerio de San Michele in Isola, en Venecia. “Fue fiel a la doctrina de Mazzini –reza su epitafio- y a las aspiraciones de su caudillo Garibaldi; y su mente y su corazón están dirigidos hacia nuestras tierras irredentas.” Junto a su urna están las de Euclide y Mameli, sus dos hijos.
A medio camino un rincón veneciano en Rio di S. Marina.
Continuar hasta el final de Via Garibaldi; cuando se llega al canal, tomar por Fondamenta Santa Anna, lado derecho, y recorrerla hasta el segundo puente, el Ponte Santa Ana; subir a éste y mirar atrás para contemplar en la orilla por la que acabamos de pasar los restos de la antigua iglesia y convento de Sant’Anna. Giacomo da Fano, ermitaño agustino del Britinesi, adquirió en 1242 el terreno donde construyó la iglesia y el convento que fueron dedicados a Santa Ana y Santa Caterina. El complejo fue reconstruido varias veces a lo largo de los siglos y cedido, en 1304, a las monjas benedictinas. Nos detendremos un momento en este lugar porque aquí, transcurrió la vida de monjas de Alturia y Perina, dos de las hijas de Tintoretto. Así como su padre había pintado una crucifixión para la Scuola di San Rocco, ellas dedicaron muchos años a bordar un tapiz de seda que representa la crucifixión. Se cuenta que apenas acabado el trabajo, una de las dos mujeres encegueció. Entre estos muros vivió Arcangela Tarabotti, que fue obligada a meterse monja contra su voluntad. Para expresar su repulsa de la regla conventual que su padre le había impuesto, Tarabotti escribió dos libros: “La tiranía paterna”, obra póstuma que fue publicada con el título benigno de “La ingenuidad engañada” y “El infierno monjil”.
Resignada finalmente a adoptar la carrera religiosa por virtud de las exhortaciones del Cardenal Federico Corner, que fue patriarca en 1631, la monja terminó su existencia escribiendo algunas obras ascéticas. Anteriormente, otra muchacha padeció la desventura de la adopción del estado religioso contra su voluntad. Fue más desdichada que la anterior, y su espectro silencioso vaga desde hace más de seis siglos por este barrio: es el fantasma de Chiaretta Loredan, conocido también como “La monja desdichada”.
La joven Chiaretta Loredan, hija de Lorenzo, miembro de una importante familia noble veneciana, se había enamorado de Sauro, un pobre carpintero de los Arsenales, y había decidido casarse con él contra la voluntad de su padre. Indignado, el patricio la condujo a la fuerza a un convento. “Si deseas verdaderamente ser la esposa de un carpintero –le dijo-, éste solo podrá ser Jesucristo.” La muchacha no se dio por vencida, y para fugarse del convento tomó contacto a escondidas con su amado. Empero, ella no estaba al tanto de que sus otras hermanas, apiadadas de su tormento, habían ya mandado a llamar al padre para que reconsiderase su drástica decisión y permitiese a Chiaretta regresar a casa. Precisamente la tarde del día en que la muchacha se iba a escapar, el padre llegó al convento en su góndola, y la vio mientras se descolgaba por un muro lateral para descender a la barca de su amado. Furioso, empuñó la espada y mató a la hija, e hirió gravemente al muchacho.
Luego, pronunció una maldición frente a la moribunda: “Errarás por este convento hasta que de él no quede más que polvo.” Al día siguiente, las monjas hallaron a los dos enamorados. El joven pudo ser salvado tras largos cuidados, pero Chiaretta fue enterrada entre los muros del convento. Sauro siguió trabajando en los Arsenales, y unos meses más tarde se hizo monje e ingresó en el monasterio franciscano de San Francesco del Deserto. La cruel maldición del padre se cumplió, y el fantasma de Chiaretta comenzó a vagar silenciosamente por los corredores, jardines y alrededores del convento. Nadie se asustaba; por el contrario, las apariciones del fantasma despertaban piedad y compasión. Algunos decenios más tarde tuvo lugar en este barrio otro acontecimiento igualmente dramático. A escasos metros del convento vivía una muchacha hermosa pero pobre que amaba al hijo de un artesano, y éste le correspondía.
El padre del joven, que deseaba un matrimonio ventajoso para su hijo, se opuso firmemente a la relación e impidió que la pareja se encontrase. Oprimida por el desconsuelo, y no queriendo padecer un amor infeliz, la muchacha decidió suicidarse, y una tarde estuvo a punto de beber veneno. Cuando estaba por acercar a sus labios la ampolla mortal, advirtió junto a sí la presencia de una figura grácil y etérea: era el fantasma de Chiaretta Loredan. El fantasma le arrancó la ampolla de la mano, arrojó a sus pies un bolso y desapareció. Cuando la muchacha se hubo recuperado de la sorpresa que le había causado la aparición, recogió el bolso, desanudó la cuerdecilla con la que estaba atado, y al abrirlo rompió en sollozos: el bolso estaba lleno de monedas de oro. En ese instante entró en la habitación su amado: “Poco importa lo que piense mi padre –le dijo al verla llorar-; yo no puedo vivir sin ti.” Ella no pudo menos que mostrarle el tesoro y hablarle del veneno y de la extraña monja.
Los dos no tardaron en casarse, y gracias al providencial obsequio abrieron una próspera tienda, y naturalmente vivieron felices. El espectro de la monja desdichada continúa rondando entre los antiguos muros del convento de Sant’Anna, y llora su desgracia. Como el convento se encontraba en muy mal estado, fue restaurado recientemente; pero es poco probable que pueda convertirse en un montón de escombros y que Chiaretta consiga encontrar la paz. Si alguien se tropezara con ella y le hacen observar que son felices, podrán al menos aliviar el dolor que desde hace tantos siglos la consume. Visto el 26 de diciembre del 2007.
Continuar, bajando del puente, proseguir por la Crosera y caminar hasta desembocar en el amplio Campo Ruga. Atravesarlo en diagonal, pero antes de embocar la Salizzada Streta internarse algunos instantes en el inquietante Sotoportego Zurlin que se abre a la derecha, y recorrerlo por completo. Al atravesar el patio homónimo, asomarse a la puerta que da al Canal de San Piero: se puede entrever un gran puente y un campanario.
El tenebroso pasaje en el cual nos encontramos lleva el nombre de una pudiente familia que, según documentan las crónicas, era ya en 1713 propietaria de numerosas casas en este lugar. A esta familia pertenecía, según sostiene Emmanuele Antonio Cicogna, ilustre autor de las Inscrizioni Veneziane, Zurlino, el avaro que, a diferencia de otros parroquianos, se negó a contribuir a la decoración de una capilla de la cercana iglesia de San Pietro. El pintor Pietro Ricchi lo retrató irónicamente en la gran Adoración de los Magos, que se encuentra en la capilla del fondo de la nave derecha, en la cual el personaje que lo representa levanta la mirada de un cofre. En la inquietante galería subterránea del Sotoportego Zurlin tuvo lugar, a comienzos del siglo XX, uno de los acontecimientos más desconcertantes e inexplicables que recuerde la historia del barrio: la historia de “El chal de la muerta”. Era una noche del mes de noviembre de 1919, y las penurias de muchas familias pobres, aún se hacían sentir las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, se vieron acentuadas por un tiempo particularmente inclemente. Esa noche viajaba por el canal bajo la nieve, en la góndola cubierta del Patriarca, el Doctor Antonio Salvatici, médico personal del obispo.
El médico, un eminente neurólogo de la época, se había demorado en la casa curial para atender a un anciano monseñor, y regresaba a su domicilio en la embarcación con bogador que le había sido prestada. De pronto alguien gritó: “¡Ayúdeme, ayúdeme, por favor!”. Cuando la góndola llegó al punto en que la Corte Zurlin desemboca en el canal, Salvatici volvió a escuchar la llamada y ordenó atracar al bogador. En la orilla había una muchacha delgada, envuelta en un chal desgastado, que se estremecía de frío bajo la nieve que le azotaba el rostro: “Doctor, mi madre está muy enferma. Por favor, venga usted a verla.” El anciano doctor, sorprendido por que la muchacha, que él nunca antes había visto, lo había identificado como un médico, cogió rápidamente su cartera y la siguió. Ambos se introdujeron en un patio y subieron la escalera de una de las casas que aún hoy existen allí, y llegaron a una vivienda helada donde se encontraba una enferma. El doctor no tardó en reconocer a su antigua sirvienta. La mujer había contraído una pulmonía. Salvatici hizo lo posible por aliviar su sufrimiento, y la felicitó por tener una hija tan cariñosa. “No cualquiera –agregó- habría salido con este tiempo inclemente en búsqueda de un médico.
De hecho, esperar unas pocas horas hasta mañana por la mañana podría haber resultado peligroso.” Al escuchar estas palabras, la enferma dirigió al doctor una mirada llena de dolorosa estupefacción y murmuró: “Mi hija murió hace un mes.” El médico no le creyó, pero la mujer estaba segura de lo que afirmaba, y añadió: “En aquel pequeño armario están aún sus zapatos y su chal.” Salvatici comprobó que el chal era el mismo que el que la joven que le había pedido ayuda llevaba sobre los hombros. El chal estaba seco y bien doblado, y no podía haber sido usado fuera de casa aquella noche de nieve. Las averiguaciones posteriores no dieron resultados, y la muchacha que lo había conducido a casa de la enferma nunca fue hallada. Visto el 26 de diciembre del 2007.
Volvemos sobre nuestros pasos, y embocamos por la derecha la Salizzada Streta; después de haber caminado unos metros, y siempre por la derecha, la Calle Larga de Castello nos conducirá a través del Ponte de San Piero a la Isla di San Pietro di Castello. La isla se llamó originariamente Olivolo a causa de sus numerosos olivares, o quizá a causa de su forma, que asemeja a una aceituna. En ella se asentaron los primeros grupos de habitantes que fundaron la confederación de islas donde tuvo su origen la historia milenaria de la Serenísima. Si se visita la isla en el período apropiado, se puede asistir a la tradicional fiesta de San Pietro in Castello, o a uno de los hermosos espectáculos que los habitantes del barrio organizan en enero y febrero con ocasión de las festividades de Carnaval y que enloquecen a la ciudad. Delante de nosotros, en Campo San Pietro, se yergue la imponente Chiesa de San Pietro di Castello. La singularidad de este Campo reside en su verdor, su amplitud y su situación al borde del agua.
Cattedrale San Pietro di Castello, construida en el siglo IX, fue hasta 1807 la sede del obispado, es decir, la catedral de Venecia, año en que dicho título pasó a la catedral de San Marco. Reconstruida por Andrea Palladio en 1558, el monumental altar mayor fue realizado en 1649 por Clemente Moli, según el proyecto de Baldassarre Longhena. En el interior obras de: Paolo Caliari Veronese, Luca Giordano, Coducci, Pietro Ricchi y Marco Basaiti. Dentro del templo se encuentra el sugestivo trono de San Pietro, también conocido como la Cátedra de San Pedro, un trono de mármol en el que, según la leyenda y la creencia popular, se habría sentado el apóstol durante su prolongada permanencia en Antioquía. Según la leyenda, el trono de San Pietro fue usado para esconder en su interior el Santo Grial, el cáliz del cual bebió Cristo, durante su traslado a Europa desde la fortaleza iraní de Takht-I-Sulaiman, el trono de Salomón.
El gran asiento que contiene la preciosa reliquia fue confiado por los sufíes, los místicos islámicos, a Federico II, por intermedio de algunos cruzados teutónicos. Federico II habría custodiado el santo cáliz en el castillo octogonal de Casteldelmonte, en Pulla. En memoria del extraordinario descubrimiento, fue colocada en el portal de la catedral de Bari una imagen del Rey Arturo que lleva una indicación estilizada del escondite. El trono llegó a Venecia posteriormente; una nota curiosa, es que su respaldo está formado por una estela funeraria musulmana cuyos lados presentan decoraciones con motivos árabes del siglo XIII y versículos del Corán, grabado en el respaldo también hay dos estrellas. El inclinado campanile data de 1490 y es obra de Mauro Codussi. Observar con atención el gran portal que se encuentra cerca del campanario y de la puerta que da al claustro. El portal fue tapiado mucho tiempo atrás. Sin embargo, más de una noche a lo largo del año se suele entrever una figura vestida de capa negra que de allí sale, dobla la esquina posterior y desaparece. Algunos sostienen que es el espectro de un fraile que por las noches sale a encontrarse con su amante.
La entrada está incluida en el Chorus Pass. Horario: de lunes a sábado de 10 a 17 h. Domingo de 13 a 17 h. Visitada el 8 de febrero del 2006. Castello.
Los sacerdotes que sucedieron a los Patriarcas, cuando éstos abandonaron este lugar para establecerse en la Catedral de San Marco, ocuparon de inmediato una de las casas que se levantan a la izquierda de la iglesia. Uno de estos sacerdotes fue protagonista involuntario, a comienzos del siglo XIX, de la historia de “El muerto que se quería casar”. Ennio y Tosca eran novios desde hacía ya algunos años. El joven, un veneciano de Castello, había conocido a la muchacha durante uno de sus frecuentes viajes por motivos de trabajo a Treviso, donde ésta vivía. A pesar de que se veían infrecuentemente, ambos se habían jurado amor eterno, y se habían propuesto que un día, vivos o muertos, habían de casarse. Sucedió sin embargo que el joven, de regreso de un viaje de negocios a Florencia, sufrió una grave indisposición que en pocas horas lo condujo a la muerte, sin que su amada pudiese ser avisada de ello.
La noche siguiente, mientras estaba en su cama, Tosca escuchó la voz de Ennio que la llamaba desde el patio. Corrió al balcón, y Ennio, en cuanto la vio asomarse, le dijo: “Prepárate deprisa, y baja sin decir nada a nadie que vamos a Venecia a casarnos.” A pesar de su perplejidad, y como Tosca estaba demasiado enamorada del muchacho, sin pedirle mayores explicaciones, en pocos minutos estuvo a su lado. Después de haber caminado un buen trecho en silencio, la joven sacó un pan que había traído para el viaje. “¿Deseas un trozo?”, le preguntó. “¿No sabes acaso que los muertos no necesitan comer?”, le respondió él, y un remolino de viento transportó a la pareja a San Pietro di Castello. La muchacha estaba aterrorizada: había comprendido, pero no tuvo siquiera el coraje de gritar. Delante de la casa del cura, Ennio le dijo: “Espérame aquí mientras voy a llamar a los testigos.” En ese momento, ella decidió pedir ayuda, y a voz en grito llamó al párroco. “¿Qué sucede? ¿Por qué me despertáis a estas horas?”, dijo el sacerdote. “Abridme, abridme enseguida, por favor”, le rogó Tosca. Al ver en qué estado estaba la mujer, el cura no lo pensó dos veces: bajó corriendo las escaleras y la hizo entrar. Estremecida, la muchacha le contó lo que le había sucedido, pero el cura no le creyó y pensó que había perdido la razón.
Pero de pronto, al mirar por la ventana, el cura palideció y se quedó pasmado: Ennio traía a un grupo de músicos. El sacerdote sabía a ciencia cierta que él mismo le había dado a Ennio sepultura ese mismo día, y se dio cuenta de que aquellas que lo acompañaban eran almas de Caín. “¡Qué me devuelvan a mi novia!” –gritó el joven-. “¡Nos hemos jurado que vivos o muertos nos habíamos de casar!” “¡Largo de aquí!” –gritó el sacerdote-. “¡Marchaos, tú y tus compañeros!” Pero Ennio replicó: “No, dadme al menos el dedo del anillo, o no la dejaré en paz.” El cura se dirigió a la muchacha: “No hay más remedio...”, y cogiendo un cuchillo, le cortó el anular y lo tiró por la ventana. Ennio lo cogió en el aire, y se marchó de inmediato en compañía de su pandilla. En el campo reinó un silencio de muerte. Tosca no se restableció jamás. Los acontecimientos la habían afectado tanto que su mente cedió, y desde entonces no quiso salir más de aquella casa. El sacerdote la hospedó de buena gana, hasta que una tarde ella se ausentó repentinamente y no regresó más. Desde esa época, por las noches, se la ve vagar delante de la iglesia, elegantemente vestida a la moda del siglo XIX, como si fuese a asistir a un matrimonio. Vaga y se lamenta buscando su dedo, porque sin él no podrá entrar en una iglesia para casarse.
Iglesia de San Giuseppe di Castello, construida en el siglo XVI, en el pasado era un convento. Destacan los bajorrelieves de la fachada bajo el ojo central, que representa la “Adorazione dei Magi” obra del escultor Giulio Dal Moro. De una sola nave con dos capillas laterales, destaca el coro y el techo pintado del interior. A mano izquierda un dibujo de Scamozzi y varios bajorrelieves. No hemos podido visitarlo y nos falta foto. Campo San Isepo. Castello 784.
Fue Napoleón el que planeó la zona de los Jardines Públicos, donde se elevan los Pabellones de la Bienal. No hemos podido visitarlo y nos falta foto.
Iglesia de Sant’Elena, bella iglesia gótica reconstruida en 1439, conserva las reliquias de la santa traídas de Oriente. No hemos podido visitarla y nos falta foto.
Riva dei Sette Martiri o Orilla de los siete Mártires, construida en 1937, durante la Segunda Guerra Mundial, muchas naves de los alemanes amarraron a lo largo de esta orilla. En 1944 los alemanes luchaban contra guerrilleros italianos, el 3 de agosto, un centinela desapareció durante la noche. Al día siguiente, el comando alemán tomó siete personas de la prisión que fueron llevadas a este lugar y delante de muchos varones italianos fueron fusilados. Unos días después pescaron el cuerpo del centinela afuera de la Laguna donde él cayó totalmente borracho.
Riva San Biagio, aquí se descargaban y pesaban las mercancías llegadas por mar.
Iglesia de San Biagio ai Forni, fundada en el siglo XI, acogió a la comunidad griega hasta comienzos del siglo XVI. No recuerdo si entramos y nos falta foto. Riva San Biagio. Castello 2134.
En un sólido edificio que fue el granero del Arsenale, se encuentra el Museo Storico Navale, reflejo de una de las realidades fundamentales de Venecia: su supremacía en el mar desde el final del imperio romano. Flanquean la entrada unas anclas enormes procedentes de dos buques austrohúngaros de la primera guerra mundial. Dentro, las salas de la planta baja están dedicadas a la artillería, las fortalezas del imperio veneciano y las armas de asalto de la segunda guerra mundial. También hay una salita dedicada al almirante Angelo Elmo (1721-1792), el último héroe de la marina veneciana. En el primer piso hay varios objetos interesantes, entre ellos un gran estandarte triangular de seda de la familia Morosini del siglo XVI, varios mapas sobre pergamino del Mediterráneo del siglo XVII y dos enormes esculturas de madera que probablemente adornaron el buque insignia del almirante Morosini del 1684.
Pero lo mejor del museo es tal vez su impresionante colección, una de las más completas de Europa, de modelos de barcos, presentados en maquetas a escala reducida, de diversas naves y galeras de combate, en unos casos sus restos, en otros sus bocetos o modelos, reproducidos minuciosamente con todo lujo de detalles. La joya de la colección es la réplica del Bucintoro, la barca ceremonial de los dux, completamente recubierta de oro, en el cual el dux en el día de la Sensa, la Ascensión, celebraba el Matrimonio de Venecia con el mar. El último ejemplar del Bucintoro fue quemado por Napoleón Bonaparte. Para situar la escala de los modelos, hay en la sala un remo de galera de tamaño real, que abarca prácticamente toda la longitud del recinto, y una caña de timón procedente de una galera genovesa del siglo XVII. En el segundo piso hay una fascinante exposición de embarcaciones civiles venecianas, algunas de tamaño real y otras a escala, junto a una variedad de aparejos de pesca. También puede verse los gallardetes de las regatas de comienzos del siglo XIX, elaborados ferros, (los hierros de la proa de las góndolas), del siglo XVI, sombreros negros con adornos de plata que usaban los gondoleros al servicio de las familias nobles y tres góndolas.
Entre los tesoros figura también la campana de bronce que durante siglos señaló el comienzo y el fin de la jornada laboral. Por último una interesante sección dedicada a la reina de los canales: la góndola, su construcción y su evolución. Horario: laborales de 8:45 a 13:30 h. Sábado de 8:45 a 13 h. Cerrado domingos y festivos. Entrada 1.55 €. No hemos podido visitarlo. Campo Angelo Emo o más conocido como Campo San Biagio. Castello 2148.
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