
nevado salkantay observado por mi arriero
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Edificada en la cima de una montaña rodeada de abismos, la ciudadela inca de Choquequirao se asemeja mucho a Machu Picchu.
Llegar hasta ese impresionante lugar no es fácil, requiere de una dura caminata de dos días, durante los cuales hay que subir, descender y volver a trepar por empinados macizos. Uno queda muerto de cansancio, pero vale la pena el esfuerzo, pues durante los 32 kilómetros de recorrido que se debe seguir nos topamos con bellos e impactantes paisajes y, sobre todo, porque al final el gran premio es esa maravillosa construcción de piedra que sirvió de bastión a los incas durante su resistencia contra los conquistadores españoles.Está en el Cusco, escondida en la cordillera de Vilcabamba, en una zona de ceja de selva. Por ahora solo se puede observar un 30% de las edificaciones de este complejo arqueológico, el resto ha sido cubierto por por la vegetación. Poco a poco los trabajos de limpieza van descubriendo nuevas construcciones. En unos años Choquequirao será tan grande como Machu Picchu. Visitarlo fue una experiencia maravillosa e inolvidable.
A la conquista de Choquequirao
A Choquequirao, que en el idioma quechua significa Cuna de Oro, solo se puede llegar a pie, no hay carretera ni vía ferrea. El trekking parte de un pequeño poblado andino llamado Cachora que pertenece al departamento de Apurimac. De la ciudad del Cusco toma cuatro horas en auto o bus llegar hasta ese pintoresco poblado. De la ciudad de Abancay toma solo hora y media hasta Cachora. En mi caso, mi viaje comenzó en Lima, ciudad donde resido. Tomé un omnibus hasta Abancay que duró 17 horas.
Desde hace varios años que se me había metido en la cabeza la idea de empreder esta aventura. La pude hacer realidad el mes pasado, aprovechando mis vacaciones. Alisté mi equipo de campamento, cogí mi mochila y me lancé a la aventura. Lo ideal es hacer este viaje en grupo, pero yo lo hice solo. A Cachora llegue al mediodía. Es un pueblito de agricultores,muy pobre y atrasado como casi todos los pueblos andinos del Perú. Lo bueno es que está empezando a dinamizarse por la afluencia de turistas. Cerca de la plaza de armas uno puede alquilar mulas. Son necesarias para cargar nuestros equipos. También se debe contratar el servicio de un arriero que servirá de guía. Tras almorzar un plato de arroz con huevo y papas fritas, partimos a las dos de la tarde bajo un sol espléndido. Poco a poco los campos de cultivo fueron quedando atrás.
Frente a nosotros, a lo lejos, se distinguía el imponente nevado Salkantay. Seguimos ascendiendo hasta que llegamos al abra Capulilloc (a 3,010 metros sobre el nivel del mar) la parte más alta de esa primera jornada. Ahora empezaba la bajada por zigzagueantes senderos al pie de pricipicios. Abajo se divisaba el río Apurimac que forma uno de los cañones más profundos del Perú. Su visión era sobrecogedora. El arriero me indicó que teníamos que llegar cerca del río para acampar. De pronto vimos a un zorrino que venía en dirección nuestra. Al principio me pareció un perro con una cola extraña, pero cuando estuvo más cerca me di cuenta que era un zorrino. Nos vio, se asustó y se escabulló en un matorral. Por suerte no nos lanzó fu fétida arma secreta. Ese animal trae buena suerte, me dijo el arriero. Cerca de las cinco de la tarde el cielo empezó a oscurecer y apuramos el ritmo de la caminata por esos solitarios y escarpados parajes donde la naturaleza se ve apabullante. A las seis de la tarde ya estaba completamente oscuro y aún no habíamos llegado a un lugar llamado Chuquisca, donde hay una zona para acampar. Durante media hora tuvimos que andar alumbrados con una linterna para no tropezar en el difícil y empinado camino. Hasta que por fin llegamos al lugar. Armamos la carpa, preparamos una sopa instántanea y luego nos pusimos a contemplar el cielo estrellado. Era increíble sentir casi encima de nuestra cabeza miles y miles de estrellas fulgurando. Un espectáculo inigualable y a la vez desestresante. Algo que jamás se ve en la ciudad. Ya era de dormir, pues la jornada del día siguiente sería más agotadora.
Segundo día
A las seis de la mañana reiniciamos la caminata. Durante una hora seguimos bajando hasta llegar al río, cuyas aguas se ven color turquesa desde lo alto. Cruzamos por un gran puente y empezamos la gran subida. Mejor dicho el calvario. De más o menos 1,400 m.s.n.m teníamos que subir hasta una altura de 3,050 m.s.n.m. en la que está Choquequirao. El camino era sumamente empinado y el ascenso se hacía más duro porque mis rodillas las tenía "destrozadas" por el trajín del día anterior y, encima, el sol quemaba. Después de dos horas llegamos hasta la zona de Santa Rosa, otro punto que también es usado para acampar y donde un lugareño ha instalado un puesto de venta de golosinas y bebidas. Tras un pequeño descanso, y agujereado por los mosquitos, continuamos la caminata. Ya la flora andina había quedado atrás y empezaba a verse más vegetación. Estábamos acercando a la ceja de selva, una zona más tropical. Como en todo el trayecto, el camino era solitario. Eventualmente nos cruzabamos con algún turista extranjero que retornaba de Choquequirao. Dos horas después arribamos al caserio de Marampata. Desde allí se veía el río como un hilito de plata. Parecía increíble que hubiéramos podido subir tanto. En adelante el camino iba a ser menos tortuoso. En Marampata dejamos nuestra mula y nuestras cosas encargadas a una amable señora que nos preparó un almuerzo ligero. De regreso acamparíamos en esa zona donde se alzaban no más de diez humildes casas de adobe.
Continuamos la marcha a las 11.30 a.m. Una hora después divisamos a los lejos las primeras construcciones de Choquequirao en medio de la vegetación. La meta estaba cerca. Se veían terrazas levantadas al borde de un precipicio. Qué tal antojo de los incas de construir en zonas inaccesibles. Una hora más tarde por fin recorríamos el complejo arqueológico. Grandes andenes o terrazas que servían para sembrar, viviendas, depósitos, canales de agua que llevaban el líquido por toda la ciudadela, y el templo principal. Soberbias construcciones de piedra hechas por nuestros antepasados. Si bien el acabado no es tan fino como Machu Picchu, tiene sus mismos patrones arquitectónicos como el uso de puertas y hornacinas trapezoidales. El cielo está despejado y brilla el sol, ese sol al que los incas adoptaron como Dios. Teníamos la esperanza de ver asomar al cóndor que suele sobrevolar Choquequirao, pero no tuvimos suerte. En el camino, más tarde, solo se nos cruzaría una asustadiza serpiente de medio metro de largo.
Lo que sí vimos fueron las llamas blancas, pero no los camélidos, sino las figuras de llamas de color blanco que decoraban los muros de contención de unas terrazas ubicadas en la parte este. Ese tipo de decoración es único, no se ve en ninguna otra construcción inca. Es algo que no se lo pueden perder aunque llegar a esa zona no es fácil, pues hay que descender media hora por un caminito extremedamente empinado y peligroso. Desde allí la vista quita el aliento. Abajo se ve el cañón del río Apurimac y al frente se observan montañas cubiertas de nieve. Una maravilla. Cansados, satisfechos de haber llegado a nuestra meta y orgullosos de nuestras antepasados que nos legaron esa joya arquitectónica, dejamos Choquequirao y empredemos el camino de regreso. Nuevamente a apurar el paso, pues empezaba a oscurecer. Igual nos ganó la oscuridad y llegamos a Marampata alumbrados con una linterna. Armamos nuestra carpa, preparamos una sopa caliente, comimos harto chocolate y nos dormimos rápidamente.
Estaba molido, creo que nunca llegue a estar tan extenuado como en esa oportunidad, pero estaba satisfecho de haber conocido Choquequirao. Pero la aventura no había terminado, ahora quedaban dos días más de caminata de regreso al pueblito de Cachora. Al llegar me despedì de Julián, el joven arriero que me guió y me dio aliento para seguir adelante. Un campesino servicial, muy humilde, pero provisto de una gran sabiduría popular y lleno de sueños. Gracias Julián por tu compañía. De Cachora viajé a Abancay, donde permanecí algunas horas recorriendo sus tranquilas calles y por la noche me embarqué a Lima. Nuevamente volví al caos, la bulla y la tensión de la ciudad, atrás había quedado la paz, la quietud y la grandiosidad de Choquequirao. Una aventura inolvidable.
Datos útiles
La mejor temporada para visitar Choquequirao es entre los meses de mayo y noviembre, pues no llueve ni hace frío. Se debe llevar un buen equipo de campamento: carpa, bolsa de dormir, linterna, cocinita portátil, zapatillas de trekking. También mucha agua, y si no quiere cargar muchas botellas de agua, lleve pastillas para purificar el agua que recoja en el camino. La caminata es extenuante y hay que tomar mucho líquido. También lleve bloqueador y repelentes de mosquitos. Alimentos para cuatro días. Lleve además cámara con buena memoria y una bateria adicional, pues en el camino tomará muchas fotos y no hay dónde recargar la batería. El alquiler de mula es de veinte soles por día (unos siete dólares) Igual cuesta el servicio del arriero.
El boleto de entrada a Choquequirao vale 36 soles adultos (unos 12 dólares) y 18 soles estudiantes. Desde Cusco hay tours a Choquequirao que valen entre 200 y 300 dólares por persona. Si uno va por su cuenta, llevando su propio equipo de campamento y provisiones, el viaje resulta más barato. Yo gasté cerca de 500 soles, unos 165 dólares incluyendo los pasajes de Lima - Abancay - Lima. |
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