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El regreso del Principito: Viaje al Sahara

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Marruecos, Marruecos

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Merzouga | 0 comentarios.

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tetraclinis
12/06/2008


Aunque conocía la narración y sabía pormenores de la vida truncada de su autor nunca la había leído; casi me da vergüenza escribirlo, reconocerlo públicamente, pero así es. Corría el año 2002 cuando cayó en mis manos una cuidada edición de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry ; era el momento, lo leí.

Quedé fascinado por la historia; lo releí y volví a leerlo, un total de tres veces. No daba crédito a la belleza sencilla y fascinante del breve texto. Tenía por entonces cincuenta y un años y ejercía de maestro de escuela primaría en una localidad agrícola que comenzaba a recibir turbamultas de inmigrantes africanos y americanos. Torre Pacheco (Murcia). Ese mismo verano lo dediqué a dibujar al personaje de “El Principito”: otros viajes, otra historia. En el invierno 2002/03 escribí un cuento de cuarenta páginas que titulé “El Regreso del Principito” y en el verano de 2004 preparé una expedición al Sahara, al desierto marroquí, al sur, a las dunas de Merszuga. Fue el año del atentado de Madrid, del 11M; éramos cuatro maestros de Primaria (Máximo, José Antonio, Carlos Ortiz, el fotógrafo de este reportaje, y yo), estuvimos a punto de abortar el viaje, pues las familias tuvieron cierto miedo infundado.

El cuatro de Julio de 2004 cruzamos desde Almería a Nádor el Mediterráneo en un ferry (de la compañía “Comarit”)repleto de familias marroquíes que regresaban a su país a pasar las vacaciones con los suyos. Un anciano musulmán con la misma y semejante fe con que mi padre oraba al Dios cristiano, se arrodilló sobre su alfombra litúrgica orientada al sureste y rezó al Dios del Corán (la fe de estos hombres me conmueve). Pasamos la noche sobre el Mediterráneo, tranquilo, espejeando una luna de nácar que hacía brillar las aguas del mar, con esa intensidad con que a un mújol le relucen las escamas bajo el reflector de la pescadería.

Nos amaneció entrando en el puerto de Nádor. Una anarquía inverosímil de policías, aduaneros, aparcacoches y decenas de mendigos nos invadió ante la sorpresa y el estupor; pronto comprendimos que habíamos desembarcado en África, y que nosotros éramos turistas europeos cargados de dinero. La mañana amaneció gris y cargada de borias y aquella ciudad costera parecía recién bombardeada, no detuvimos el coche ni para estirar piernas y tomarnos un café, nos alejamos de Nádor con prontitud como huyendo de algún incierto peligro.

Por la carretera que sale de Nador hacia el sur, a unos 20 km. Se bifurca hacia Alhucema y el otro ramal se dirige a Guercif. Mirando hacia el oeste se pueden contemplar las cumbres de la cordillera del Rif en donde el líder independentista Abdel Krim formó, con la unificación kábilas y tribus, locales una gran milicia de rifeños, que lucharon contra los ejércitos invasores de España y Francia. Abdel Krim nació en 1882, era un joven inteligente e instruido, colaborador con el ejército español e incluso  condecorado con la Cruz del Mérito Militar, pero cayendo bajo sospecha fue detenido y encarcelado en la prisión de Rostrogordo al norte de Melilla acusado de traición; intentó la fuga rompiéndose una pierna en la rocambolesca tentativa, herida que mal curada lo dejó cojo.

A partir de aquí, Abdel Krim, conocedor de la humillación de sentirse esclavo y preso en su propia patria, se convirtió en líder independentista levantando del letargo a las tribus beréberes del Rif contra las tropas de ocupación españolas; pertenecía a una de las familias más influyentes de la zona: la kábila de Beni Urriaguel, de la que se hizo jefe y en donde encabezó la revuelta contra los invasores españoles, primero; y después, dada sus victorias, contra los franceses. En 1921 puso en jaque mate al ejército del norte de España, desde Alhucemas hasta Melilla. La movilización guerrera comenzó el 17 de Julio: Abdel Krim, infundido de valentía por la derrota que sus kábilas ocasionaron a las tropas españolas en Abarran, decidió cargar abiertamente contra las guarniciones fortificadas españolas, primero sitió Igueriben que al cabo de tres días cayó, pasando por cuchillo a los supervivientes y al mismo comandante Benitez, y el 21 atacó Annual.

El general Fernández Silvestre ante el asedio que se estaba produciendo en el fortín de Annual (a unos 15 kilómetros del litoral Mediterráneo y a unos 50 km al oeste de Melilla), quizás equivocadamente, ordenó el repliegue y retirada inmediata de la plaza; pero, el terror a las cábilas moras y a ser degollado,  hicieron romper el orden armado y la autodefensa del repliegue, cundiendo una desbanda atroz y en turbamulta despavorida; oficiales, suboficiales y soldados huyeron presa del terror, abandonando armamento, munición y en algunos casos a los compañeros heridos, corriendo por barrancos y caminos en dirección a las fortificaciones más cercanas o a la costa; la mayoría del contingente de indígenas alistados en el ejército español, ante el cariz que tomaban los acontecimientos desertaban y se pasaban a las filas de sus hermanos rifeños. Nadie obedecía a nadie, no se agruparon para formar una defensa cerrada y vender caras sus vidas, fueron cazados a tiros en su huida despavorida y el que osaba rendirse era degollado cruelmente.

El general Fernández Silvestre, junto con unos pocos oficiales  de su Estado Mayor y soldados que no se replegaron, resistieron en pie en el fortín de Annual, con sus pistolas en mano pegando tiros a cientos de moros que los rodeaban con fusiles y cuchillos, nadie los vio morir, pero los últimos que abandonaron el lugar, volvieron la cabeza y vieron al pequeño grupo de españoles rodeados de rifeños y empuñado sus pistolas, con las bayonetas en ristre en una pelea encarnizada. No se recuperaron los cadáveres. Sólo un capitán que pudo romper el cerco y huir de aquella matanza, contó que el general Fernández Silvestre se negó a abandonar la plaza y se quedó cubriendo la retirada de sus soldados. Otros analistas historiadores argumentan y defienden la tesis que el general se pegó un tiro antes de caer en manos de los beréberes –he de decir que el General Fernández Silvestre era un apasionado de la cultura y lengua árabe que leía con fluidez y traducía, informó Javier interrumpiendo la línea del relato-.

Conforme las kábilas rifeñas avanzaban desbastando las sucesivas fortificaciones de Biumeyán, Buháfora, Ben Tieb, Zeluán, Nador, etc., muchos de estas fortificaciones eran puestos de vigilancia formados por dos o tres mandos y veinte o treinta soldados, más de la mitad de ellos indígenas; todas cayeron presas del pánico como las fichas de un dominó puestas en fila; los soldados y oficiales supervivientes de tal descomunal desastre corrían dirigiéndose a la plaza de Melilla: arrastrando compañeros heridos y volviendo la cabeza hacia atrás para asegurarse de que los rifeños  con sus cuchillos no se encontraban cerca de sus espaldas.

Nos desviamos en dirección desde Driouch hacia Annual, allí junto a un camino contemplamos un pequeño monolito que relata en árabe la victoria de Abdel krim contra sesenta mil españoles. Taza en una ciudad de casi 80.000 personas, a 120 km de Fez, que se sitúa un poco más al sur. Taza es capital de provincia y centro administrativo de toda la comarca. Desde muy antiguo la ciudad ha sido uno de los pasos importantes de comunicación entre las regiones occidental y oriental de Marruecos. Los pueblos y ciudades de Marruecos ocupan una gran extensión, algo increíble para el mundo desarrollado por su estrategia de mercado; en Marruecos, al igual que en toda África, las edificaciones se diseñan en horizontal y no en vertical, por falta, claro está de materiales adecuados de construcción, dada su maltrecha economía.

Esto hace que las ciudades sean enormes y que sus calles sean verdaderos laberintos muy difíciles de conocer para los extranjeros. La ciudad de Taza se extiende sobre dos mesetas o terrazas de 585 m y 445 m sobre el nivel del mar; en la más elevada el poblado antiguo, rodeado de vetustos bastiones que la amurallan de adobe y en la segunda el más nuevo. Por su situación estratégica ha tenido una historia violenta, repleta de cercos y asaltos. En 1074 la tomaron los almorávides, en 1132 los almohades, que la rodearon de murallas, años más tarde la conquistaron los fundadores de la dinastía mariní. Durante el siglo XIII, Abu Yacub, amante de las buenas construcciones, levantó en Taza, mezquitas, medersas, baños y nuevas murallas fortificadoras. En 1666 el Sultán Mulay er-Rachid al mando de un indestructible ejército se hizo con toda la comarca y con la ciudad, mandando en los periodos incruentos construir nuevos edificaciones públicas y un palacio Real, actualmente en ruinas.

Pero de los hechos acontecidos más terribles que se pueden leer en los libros de Historia de esta ciudad fue protagonizado por Djlali ben Driss Jerhouni, conocido por todos por Bu-Hamara. Con un ejército formado por varias decenas de kábilas del Atlas, entró en Taza, y ante la sorpresa general, aprovechando la ausencia del Sultán, se autoproclamó “Roguí”, pretendiente al trono de Marruecos; expulsó de la ciudad a las reducidas tropas del Sultán e instaló, en 1902, en Taza la sede de un gobierno revolucionario (la casa de Bu-Hamara aún se conserva en un pasaje cubierto cercano a la mezquita de los Andalusíes), extendiendo sus dominios hasta Melilla.

Durante varios meses, que se alargaron hasta un año, la ciudad fue asediada por los refuerzos que el Sultán mando, Bu-Hamara resistió prometiendo a sus kábilas riquezas y parabienes para cuando reinara en todo Marruecos y más limosnas a los pobres, pero el ejército del Sultán rompió las defensas por varios puntos de la ciudad, entonces, Bu-Hamara, con un reducido grupo de fieles amigos, huyó a galope de Taza llegando a Melilla en donde se refugió. No derrotado aún, el Roguí, en su estrategia de buscar apoyo español otorgó el arriendo de las minas del Rif a una compañía española, lo que le valió el desprecio de las kábilas, entre ellas la de Beni Urriaguel. Ya con muy pocos seguidores, desde Melilla regresó clandestinamente y organizó una guerra de guerrillas contra las tropas asentadas en Taza; atacaban por la noche, saltaban los muros y degollaban a los centinelas y con su sangre marcaban la pared con “Roguí”; el pánico cundió en las tropas del Sultán, y muchos habitantes de Taza celebraron el regreso de Bu-Hamara, en él, los pobres depositaron la esperanza de salir de la miseria; entonces, popularmente se le llamaba “el Roguí”: “El Roguí ha vuelto, han aparecido degollados esta mañana varios guardias del Sultán”.

Pero, le tendieron una emboscada y Bu-Hamara fue capturado; la esperanza de los pobres se vino abajo. “Han hecho prisionero a El Roguí”. El Sultán Muley Hafiz lo encarceló, pero al conocer su popularidad, un día de 1909, mandó de inmediato echarlo a los leones, herido por un león, Bu-Hamara, alias el Roguí, presa del pánico, creyó morir descuartizado por las fieras traídas expresamente del serrallo de Dar el-Majzen.  Días más tarde, primero apuñalado, fue quemado moribundo ante la expectación de los habitantes de Taza. En la ciudad de Taza sucedió algo increíble. Llegamos sobre las 11 horas, las gentes bulliciosas acudían al mercado situado al margen norte de la carretera que atraviesa la ciudad, sobre un pequeño cerro.

Tanto bullicio atrajo el deseo de realizar algunas fotos. Aparcamos el todo terreno junto a una destartalada gasolinera y nos dispusimos a visitar el ingente mercado, nos sumergimos en aquella abastanza humana: Cambistas antiguos de cabras y chivos, vendedores bíblicos de gallinas y palomas, charlatanes excedidos en engatusar la ignorancia de los pobres, recitadores de suras coránicas, puestos de una gran cornucopia de especies y plantas medicinales, encantadores raquíticos y faquires de cobras enjutas y serpientes maldadosas, que invitaban al corro de gentes curiosas que rodeaban su espectáculo reptil a invocar a “Allah” para que los saurios no regurgitaran el veneno al hipnotizador; manteros que ofertaban en su extensión textil piezas vetustas de un puzzle de motor de un vehículo prehistórico.

Pero, la compasión colectiva del grupo se vio afectada al unísono cuando un tullido arrojado en el suelo como un saco de cebollas, babeando una hebra de pordiosera saliva, intentaba llamar la atención de la gente y le depositaran unos céntimos de “dirhan”; unos zagalones malditos  se reían del paralítico deforme, se burlaban de su aspecto de monstruo de feria arrojándole disimuladamente piedrecitas a la cabeza para que el desgraciado de risa babeante y asquerosa se enrabietara. Una compasión infinita e inexplicable se apoderó instantáneamente de nosotros, como si toda la caridad del mundo, de la gente buena, nos empujara irresistiblemente a socorrer a aquel  calamitoso hombre. Sus piernas retorcidas y sus brazos deteriorados por la polio y su rostro sudoroso. Alguien del grupo le acarició el cuerpo y le metió un billete en el bolsillo. Sus ojos nos observaron agradecidos, su boca sonrió babeante. Nos alejamos de allí agitados, convulsos como si un terremoto o seísmo espiritual hubiera removido conciencias.

Regresamos al coche en silencio, al cabo de unos minutos nos abrazamos. Sentados, en el interior de un bar, por la carretera hacia Fez, sobre unos asientos de plástico blanco, con las losas del suelo levantadas y desportilladas, con diversos azulejos de tamaños y colores distintos y deteriorados en las paredes, una foto enmarcada de Rey Mohammed VI con chilaba pendía de un clavo, una puerta vieja de madera pintada a trozos de verde, sucia y con un negro letrero chorreante sobre el mismo tablero: “Al mirhadu” (el váter). En la mesa rectangular de madera mugrienta, en donde el barniz desapareció por causa de la bayeta húmeda, cuatro cocacolas (“kukakula”),  un plato con media docena de huevos duros y otro más pequeño con sal, pimienta y alguna especia más, descansamos y tomamos un refrigerio.

El dueño, un berebere de tez morena, ojos claros y expresión sonriente se encuentra solícito y feliz por la presencia de los cuatro extranjeros. Uno de nosotros regresa del váter, y bajando el volumen de su fuerte voz, nos dice que es un retrete, un agujero sobre una losa de mármol y tapado con un cartón, lleno de moscas y telarañas por los rincones del techo. Sentí malestar en el estómago, el hambre me acucia, cogí un huevo y lo descascarillo con urgencia. Le pedimos al berebere aceite de oliva en un plato con pan para mojar. El solícito camarero entra a la cocina y le ordena a alguien que prepare el pedido culinario.

Una espectacular e impetuosa tormenta de viento fortísimo, arena rojiza y electricidad nos convulsionó cuando dormíamos fatigados en el interior de la tienda canadiense que media hora antes montamos en un solitario camping a las afueras de Fés: árboles que se doblaban hasta que sus copas tocaban el suelo, tejas arrancadas y lanzadas; ramas, basuras ... arrastradas y sobre todo un barro arcilloso que te golpeaba como las bolas de un látigo.

Pasamos unos instantes de verdadero pánico, pues la fuerza del huracán tropical desclavó algunos cabos de la tienda y las lonas sacudidas fustigaban con una energía increíble, creímos que íbamos a salir volando o que nos iba a arrastrar. En aquella confusión en que el horror nos impedía tomar una decisión, una rama desprendida de eucalipto cayó peligrosamente sobre la tienda, dándole un leve testarazo a uno de nosotros y haciéndonos gritar a los demás. Fue cuando decidimos salir y buscar protección en el todo terreno. Lo más peligroso eran los objetos que arrastraba la fortísima ventolera, pues si te golpeaban podían causarte una grave lesión. La violencia de la tormenta era espectacular; los relámpagos quebraban la oscuridad y su luz difuminaba la atmósfera gris y rosácea del cielo.

La ciudad de Fés es el espíritu ancestral de Marruecos, fundada por Mulay Idriss descendiente de Mahoma, con una población que roza el medio millón es uno de los centro metropolitanos más dinámicos en cuanto a comercio y religión se refieren; a Fés se la considera como la custodia de lo que fue civilización hispano-árabe en antaño, su antiquísima universidad musulmana, “Medersa Bou Inania”, construida en 1350, es centro de influencia de cultura, religión y arte. El diseño urbano de la ciudad es el paradigma de lo inextricable, del dédalo, de lo intrincado, de lo reticular: Más de 9.500 callejones y callejas tortuosas, con escalinatas torcidas y quebrados pasadizos que bajan y suben, con pasajes cubiertos de cañizos y estrechísimos callejones en los que no puedes desperezarte sin tocar ambos muros. Si un turista se sumerge en ese mar laberíntico, además de perderse, podrá admirar también el refinado lujo de su arte de las fachadas de las residencias de la antigua nobleza.

Relacionados con la ciudad hay varios personajes, pero entre todos destaca: Al-Hassan ben Mohammed Alvazas Alfasí, conocido en la Historia por “León el Africano”, cursó sus estudios en la universidad de Fés. Nacido en 1483 en la hermosa ciudad de Granada, se interesó por la Geografía y por las letras, cuando culminó su formación en Medersa Bou Inania, luego en Tombuctú, El Cairo y Costantinopla, inició un periplo por Oriente Medio y el norte de África en su afán de conocer y recapitular conocimientos. Pero, desgraciadamente, en Trípoli, en 1518, cuando regresaba de una peregrinación a La Meca, lo hicieron prisionero unos desalmados mercenarios cristianos de Sicilia y, con ese afán de victoria con que los cazadores se enseñorean al capturar una pieza de caza mayor, lo llevaron a Roma. León X (de la ilustre familia de los Médicis), como buen amante de las artes y de las ciencias, al enterarse de que el escritor hispanoárabe, se encontraba prisionero en las mazmorras de la ciudad, mandó que lo llevaran a su presencia. Quizás un pacto de vida o de libertad con el propio Papa, el caso es que Al-Hassan ben Mohammed, se intruyó en el catolicismo, siendo bautizado y apadrinado por el propio Papa, con el nombre de Juan León de Médicis.

Enseñó en la universidad de Bolonia y obtuvo licencia para impartir en una academia clases de árabe y traducir al italiano sus experiencias de viajero por África, el libro se editó con el título: “Descrizione della Africa”. Tan feliz se encontraba León X con su buen ahijado que le permitió imprimir también: “Tractatus de vitis philosophorum Arabum”. A la muerte de su protector, León el Africano (que así era conocido en la corte Pontificia), se las buscó para huir de nuevo a su país, cosa que consiguió a los pocos meses, y en cuanto pisó de nuevo su querida África, se arrodilló orientándose hacia la Meca, pidió a Allah perdón por su estrategia para conservar su vida y abrazó nuevamente el Islam. León el Africano, Al-Hassan ben Mohammed Alvazas Alfasí, murió en la ciudad de Túnez en 1552, admirado por cristianos y musulmanes.

Abdul, todo hay que decirlo, fue un guía perfecto para nosotros. Tras un recorrido inverosímil por callejas laberínticas, escalando subidas estrechas de cien peldaños, surcando pasadizos arqueados y andando por calles engalanadas con un techo de cañizo, que duró alrededor de media hora, nos hizo entrar por un túnel oscuro, de una decena de metros a un patio interior, allí crecía en el centro una inhiesta palmera datilera, en sus cuatro fachas daban las ventanas y puertas de las viviendas de los tres pisos del edificio; unos niños jugaban en el suelo y un anciano fumaba sentado, y sorprendido por la irrupción repentina de la comitiva de extranjeros occidentales en el lugar. Abdul nos indicó que esperásemos, mientras subió por unas escaleras exteriores de ladrillo, entrando por una puerta de madera en la que con caracteres árabes se había pintado en negro “Khanqatiriya”. Al poco, Abdul, desde el primer piso de la escalera nos indicó que subiéramos.

Accedimos al local, que emanaba una odorífera fragancia a tufo de freiduría de pollo y especias, por un pasillo estrecho de paredes encaladas y adornadas con platos de cerámica en los que se observaban caligrafías coránicas. La habitación tendría unos 16 metros cuadrados, parecía una tienda a la antigua usanza: lejas colocadas paralelamente en la superficie del muro, atiborradas de frascos de cristal de diversos tamaños y de redomas de arcilla que contenían especies y sustancias extrañas, la mayoría etiquetados en árabe en los que se indicaban el contenido de la balsamera o recipiente; pegados a las paredes, bajo las estanterías ánforas y grandes ollas de barro; una mesa redonda de poca altura y cojines repartidos sobre una alfombra de bordados en estrellas. Les dio la bienvenida un hombre de unos cuarenta años, enfundado en un caftán negro, alto de estatura, de rostro alargado, calvo y tuerto de un ojo que adornaba con un parche negro sujeto alrededor del cráneo, que me recordó, a “Mosen Dayán”, el que fue ministro de defensa israelí por los años setenta. Después de los saludos, de quitarnos los zapatos y de acomodarnos en el suelo sobre la alfombra, el hombre tomó posición frente a la mesa, y sin preámbulo alguno recitó con voz grave y pausada con los ojos perdidos por el techo y las manos en posición de libro abierto y apoyadas en el pecho una sura coránica; tras la oración, por medio del intérprete –Abdul-, el mago exigió 40 euros se queríamos presenciar una sesión de brujería. Hubo desacuerdo entre nosotros:      

-¡Anda ya! ¡A robar a Sierra Morena! ¡Yo me voy, a mí no me sacan los cuartos!

A Máximo, le interesaba muchísimo desde su curiosidad antropológica, asistir a una sesión de Khanqatiriya, nos dijo que pocos occidentales tienen la oportunidad de ver y de fotografiar con sus propios ojos una sesión de brujería. Son capaces –al menos así lo dicen- de transformar mediante magia cosas en alimentos; por ejemplo, unas monedas en manzanas o un pañuelo en un plato de buñuelos.

Volvimos a tomar asiento y se pactó 25 euros y el permiso para que Carlos sacara fotos, el brujo explicó que el milagro de la transformación requiere primero la preparación de los polvos o cenizas mágicas, que sin ellos es imposible que una hoja de árbol se transforme en una galleta. Cuando finalizó el discurso, éste se levantó y salió de la habitación. Abdul les informó que el dinero lo necesitaba para pagar la gallina que iba a degollar.             -¿Qué va a degollar a una gallina? –irrumpimos escandalizados.

No dio tiempo a hablar más, el brujo, apareció en el recinto sujetando a una gallina por las patas, la dejó sobre la mesa. El animal no rechistó ni hizo ademán para escapar, llevaba las patas atadas y parecía atontado, como drogado. El brujo se ciñó en el desprovisto cráneo un tarbús negro, se arrodilló en dirección a la Meca recitando una jerga entre berebere y árabe que tradujo Abdul: “Oh servidores de estos nombres y ocultadme a los ojos de todos, para Dios, el Único, el Todopoderoso, Allah.” Cinco veces repitió la oración marcando los intervalos agachando la cabeza hasta tocar con la frente el suelo. Sin perder la posición, el mago, tomó un cuchillo y una hoya de barro de la leja cercana, ordenó a Abdul que le aproximara el pollo, y ante nuestro estupor lo degolló rebanándole el pescuezo de un trastazo seco, la cabeza amputada y chorreando sangre la depositó en una bandeja cubierta de hojas de álamo; la sangre, que salpicaba el sayal y las manos del matarife, la recogió en la hoya aproximando los despojos de la gallina; luego, apoyando el cadáver en la bandeja le abrió el vientre hurgando en las vísceras del pollo al mismo tiempo que comenzó a dar unos gritos feroces y casi esperpénticos: “¡Uah, ahdad haiuah lehled lehelhu haieluiah! ”

Tras el ritual sangriento, el brujo, sin lavarse las manos y continuando en la posición en que se encontraba, introdujo los higadillos, el corazón, la cabeza y las hojas del álamo en la hoya, junto con un puñado de plumas que arrancó a los desechos avícolas; tomó arcilla húmeda de una vasija que se encontraba a su derecha, y tapó la hoya con su tapadera sellándola con la arcilla moldeable. Nos encontrábamos sobrecogidos, asustados, temblorosos, sólo unos pocos fogonazos del flash de la cámara fotográfica, como focos de un quirófano alumbrando la autopsia del cadáver de un asesinado, irrumpía de vez en cuando.

Con un dedo me limpié el rostro de una gotita de sangre salpicada. El mago se puso en pie con la hoya entre las manos nos invitó a seguirle, como en una comitiva cruenta de penitentes de Semana Santa. Perplejos y amilanados haciendo caso omiso a sus deseos imperativos de salir corriendo en fuga de allí, obedecimos al mago, con esa  perplejidad inconsciente que la desconfianza crea en el corazón atemorizado.  Salimos a una azotea pequeña, de apenas 8 metros cuadrados; unas brasas se consumían en un brasero metálico en el suelo, en centro del patio. El brujo dispuso la hoya sobre el fuego y con un soplillo de esparto avivó la llama. Abdul informó que las brasas debía ser de madera de álamo y que la hoya permanecería sobre el fuego hasta que se carbonicen los desechos del cadáver. Luego, una vez fría, se procederá a su apertura, con mucho cuidado pues hay que girar la cabeza para que el humo negro que salga de inmediato no te de en los ojos, pues de lo contrario uno se puede quedar ciego sin remedio.

Se triturará ese carbón hasta lograr un polvo fino que se guardará para emplear lo en la magia de la transformación, en la magia de la khanqatiriya. Abdul nos relató que él había presenciado como el mago, arrojando las cenizas de una gallina sobre una vela, ésta se transformó en un pescado. Las cenizas debían recogerlas al día siguiente. Pagamos al brujo y marchamos rápidamente de aquel fantasmagórico lugar.

Dejamos el hotel muy temprano y salimos de aquella ciudad milenaria casi amaneciendo, conducía una vez más José Antonio, es un hombre muy seguro en la conducción, yo me situaba delante para manejar el GPS, y Carlos y Máximo detrás. José Antonio llevaba música de Enrique Bunbury, le gusta ponerlo repetidamente, en especial una canción titulada “El extranjero”. Terminábamos cantándola todos:   “Una barca en el puerto me espera,  no sé dónde me va a llevar ando buscando grandeza sólo esta tristeza deseo curar.  Me marcho y no pienso en la vuelta,  tampoco me a pena lo que dejo atrás ... Los nacionalismos que miedo me dan Ni patria ni bandera Ni raza ni condición Ni límites ni fronteras Extranjero soy Pero allá donde voy me llaman el extranjero, donde quiera que estoy el extranjero me siento”.

En Ifrane, estación de esquí, comenzamos a subir los montes del Medio Atlas, a pocos kilómetros llegamos a Azrou; la temperatura baja, adquiere el frescor de las cumbres y el manto vegetal conforma una cobertura clorofílica propia de un país nórdico. “El Forêt de cèdres” como su nombre indica es un bosque inmenso de cedros, llega a cubrir 130.000hectáreas, de antigüedad milenaria; algunos de sus especimenes alcanzan los sesenta metros de altura y casi diez de diámetro.

Cedros milenarios de troncos grandiosos que sirven de hábitat protector y alimentario a un número variadísimo de animales, entre ellos los macacos bereberes (monos sin cola denominados magote o, también mona de Gibraltar) y su depredador, ya casi en extinción, el leopardo del  Atlas (sólo unos poquísimos individuos aún viven en lo profundo del bosque). En Marruecos existe una diversidad lujuriosa de especies vertebradas e invertebradas, a saber: Linces, chacales, hienas, zorros, gatos salvajes, jinetas, gacelas, jabalís, ciervos, cigüeñas, cernícalos, tortugas, escorpiones, multitud arañas, saltamontes, etc, etc. Entre Rabat y Kénitra, al Este, a unos 30 kilómetros se sitúa también un gran bosque de alcornoques de unos 55.000 hectáreas, se le conoce por el bosque de Mamora.

Llegamos a Erfoud poco antes del anochecer; el viento violento del sur arrastraba nubes inmensas de arena y polvo que todo lo envolvían en una densa niebla que no dejaba ver a menos de cinco metros; un hombre pedaleaba una bicicleta intentando sostener el equilibrio con una mano en el manillar y con la otra sujetando un extremo del turbante para cubrirse el rostro; la arena arrastrada por el viento  toma velocidades increíbles en los remolinos o embudos que el aire forma y al impactar en el cuerpo no protegido hace daño al incrustarse en la piel, por eso estas gentes del desierto se acorazan sobre sus monturas con tejidos recios, ocultando el rostro, las piernas y  dejando sólo una pequeña rendija para que los ojos puedan ver.

Cuando las pocas casas de adobe desaparecieron a ambos lados y el pueblo solitario, como un cementerio en donde las tumbas han dejado escapar a los cadáveres, dio paso de nuevo al territorio inhóspito preámbulo del desierto, un muchacho negro nos hizo señas para que detuvieron el todo terreno, detuvimos el vehículo y José Antonio abrió un poco la ventanilla para escuchar lo que nos quería decir: -As-salam alicum – sonrió mostrándoles una quebrantada dentadura que definía la patología tercermundista que en la facultad estudia un candidato a Doctor en estomatología-.

Soy Omar, y os aconsejo que no sigáis hacia Risani, la carretera se ha ocultado bajo la arena –y añadió con aire profético-: Os perderéis. Parecía que el coche atravesaba una calle de Buñol en fiestas, cuando se celebra la “tomatina”: cientos de langostas rojizas, como proyectiles orgánicos inofensivos, se estrellaban contra el parabrisas; al iniciarse el fenómeno cruento nos asustamos, no sabíamos lo que eran aquellos animalitos que llovían del cielo y que dejaban sus vísceras rojizas pegadas en el cristal, y como Máximo manipuló el limpia parabrisas, los líquidos de los bichos y la arena se extendieron aglutinados por la superficie arrebatándole la transparencia necesaria para la conducción.  Hubo que parar y abrir la puerta del vehículo; una atmósfera hirviente, como si el fuego se hubiera apoderado de aquel territorio inhóspito, penetró con una violencia endiablada. “¡Cierra, cierra!”  alguien gritó sofocado por aquel calor térmico insufrible; soportando los saltamontes por el cuerpo, con agua de una botella y un trapo limpié el precipitado pringoso del parabrisas; cuando terminó la operación y entré al coche, me arrancaron varias langostas enredadas en la ropa.

Carlos tuvo que encender los faros, ya era de noche y las nubes de arena y, ahora, las langostas, no hacían una conducción segura, de vez en cuando los relámpagos pintaban un difumino fluorescente al encender cada micra de grano de arena. Una moto sin luz en sus faros con un árabe tapado hasta los ojos estuvo apunto de chocar; emergió a dos metros de la oscuridad, a toda velocidad, la atención de mi amigo evitó un accidente catastrófico; el motorista hizo unas piruetas, puso los pies sobre la tierra, pero sin parar su motillo continuó, desapareciendo raudamente por entre la niebla de arena y la oscuridad. La carretera asfaltada desapareció, se conducía a tientas, sin saber dónde íbamos, el GPS nos indicaba que nos dirigíamos al sur. Con el vehículo parado consultamos los mapas, temíamos cruzar sin querer la frontera de Argelia.

La oscuridad nos agobiaba y el no saber por dónde íbamos también, el coche empezó a derrapar, la arena aprisionaba las ruedas y lo hacía bailar de un lado a otro, Carlos maniobró para poner la reductora. Al cabo de media hora el coche se encontraba con las cuatro ruedas ocultas por la arena prisionero en una cárcel de dunas, habíamos llegado a Merzouga sin saberlo. Salimos del vehículo; el aire quemaba, ardía la noche, la tormenta amainó rauda y en breves instantes una luna creciente iluminó el universo, decoró aquel mar de dunas con pinceladas plateadas y millones de estrellas nos devolvieron la paz y la tranquilidad. 

Fue en esa maravillosa noche cuando el Principito regresó, pero eso, es otra historia, que continuará.    
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Ultimos comentarios:

ropavieja dijo:

Muy bueno de veras. Me hiciste recordar mi larga estancia por esas latitudes. Salud

viernes, 13 de junio de 2008, a las 10.46

Astur7 dijo:

Bueno, yo estuve el año pasado en el Sahara, en Tarfaya y el Aaium, los saharauis nos paraban por la calle...nos decian que ellos quieren seguir siendo Españoles, que por que nos marchamos de alli, lo pasan muy mal con los marroquies, viven en condiciones bastante precarias, si hubieran seguido perteneciendo a España tendrian un nivel de vieda muy diferente.....los marroquies vienen a nuestro pais en patera, se juegan la vida con tal de poder llegar a nuestra frontera, aqui viven cientos de miles de marroquies....en fin.

sábado, 14 de junio de 2008, a las 07.59

trevos dijo:

Bien... me atrapaste con la lectura de este diario, primero por la "clase" de história, siendo como eres profesor, se entiende toda la cantidad de datos que nos dás...luego...por las aventuras...os pasó de todo!, tormentas, plagas...en fin que mas pedir para un viaje asi?...al final encontrastes de nuevo al principito?...Me encantó, como siempre, tus relatos son fascinantes !!.. Muito obrigado por compartirlos..

sábado, 14 de junio de 2008, a las 09.41

pame12 dijo:

Muchas gracias por tu diario,una maravillosa experiencia,saludos.

sábado, 14 de junio de 2008, a las 12.32

waltina dijo:

Antonio, Yo estava aguardando tus relatos, especialmente de Marruecos que son fascinantes. Un grande abrazo, Tina

domingo, 15 de junio de 2008, a las 15.18

tetraclinis dijo:

Gracias ropavieja eres muy amable. Gracias Astur7 si has estado en el Sahara sabrás que enamora increiblemente. Gracias Trevos eres una persona con palabras bonitas y un alma de Principito. Gracias Pame 12 por tus letras. Gracias Waltina, Tina, siempre me agradan muchísimo tus palabras, me animan a seguir. Un abrazo a todos/as. Antonio

lunes, 16 de junio de 2008, a las 05.57

jehane dijo:

Muy bien relatado, tanto en el plano de las emociones como en el histórico. Y es cierto eso de que el Sáhara arrebata, mi espíritu vagabundea por allí desde hace años, y para siempre....

domingo, 6 de julio de 2008, a las 02.05

escapadadefinde dijo:

Impresionante viaje....Fantastico relato. Si después de hacer un viaje así, no lo compartes....seria un pecado,pero mortal. Precioso.Un beso.

miércoles, 6 de agosto de 2008, a las 11.00

buvar dijo:

Antonio que lindo relato, la verdad el Sahára tiene una magia que solo las personas especiales como tu saben descubrir, tiene que ver con un verbo poco conjugado por la gente: "escudriñar". No todo el mundo puede escudriñar el desierto, !! gracias por hacerlo y compartirlo con nosotros!!. Maria Eugenia.

jueves, 14 de agosto de 2008, a las 19.38

tetraclinis dijo:

Gracias. Escudriñar, escudriñar, escudriñar.

lunes, 8 de septiembre de 2008, a las 00.08

Bregenzrabat dijo:

Si vas a darnos una clase de historia, por favor, copia de una enciclopedia actualizada. Fès no tiene medio millón de habitantes, supera el millón. Ifrane NO es una estación de esquí (la estación de esquí, Michiflen, a la cual tu no has ido, seguramente), está a 15 km aprox. ´Seguramente ni sabes que edad tiene Fès, como ciudad, ni que se celebra en ella, este año; del mismo modo seguramente no conoces la particular historia de su ciudad antigua ni el porqué de su ampliación, hace algo así como 600 años; ni de donde viene su "rancia nobleza". Así pues, me hes difícil dar crédito a tu relato, aunque no dudo que hayas estado..... haciendo el turista, claro.

lunes, 15 de septiembre de 2008, a las 04.44

Bregenzrabat dijo:

Por cierto, entre Rabat y Kenitra no. Entre Rabat y Tiflet, a la salida de la ciudad en Dirección a Fès, se extiende un bosque de algo mas de 110.000 ha, conocido como el pulmón de Rabat, abierto al público en general y frecuentado por los marroquíes en fines de semana. Es Parque Nacional.

lunes, 15 de septiembre de 2008, a las 04.48

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