Al escribir sobre China se debe tener cuidado, es un país que se presta a los tópicos. Ahora, todo el mundo quiere hablar sobre este inabarcable país, varios son los motivos; uno, su imparable ascenso económico, es un caballo ganador con muchas probabilidades de colocarse en la primera línea, esto hace que tenga muchos pretendientes y amigos interesados; otro de los motivos es la inminente celebración de los Juegos Olímpicos de verano. Pero no quiero escribir sobre estos temas, ni siquiera de la irreconocible nación China, (sobretodo lo sería para el Gran Timonel.) Me limitaré a hacerlo sobre su capital: Pekín. Mi estancia durante varios días en esta cambiante ciudad, en continua evolución, puedo calificarla de muy interesante.
Fueron días intensos, de sensaciones encontradas, en algún momento alcancé la desesperación. Pasaré de inmediato a narrar estas enriquecedoras vivencias. Es como si una ley no escrita obligara a dirigirse hacia la plaza de Tiananmen, como primera opción en las visitas a Pekín, para luego internarse en la Ciudad Prohibida. La plaza, es un inmenso espacio, el núcleo central de la ciudad, nos recuerda el gigantismo en lo arquitectónico; es un forma de demostrar la fuerza y el poder de un país que opta a ser la primera potencia del mundo. Con ansias renovadas recorro la Ciudad Prohibida, toda una larga caminata por recintos interminables. La dinastía Ming la construyó para albergar a diez mil personas: eunucos, soldados, cocineros, sirvientes, músicos, funcionarios, concubinas, todos al servicio del emperador. Es imprescindible visitar el Templo del Cielo y el de los Lamas. El primero mantiene un aspecto soberbio, ceremonial.
Y si se puede experimentar el hechizo mientras se visita, enamorarse con las luces traviesas que se producen a la puesta del sol. El segundo, un lugar dedicado al budismo tibetano, con un intenso aroma a incienso que te somete y te hipnotiza, acompañado de un continuo trasiego de personas caminando a ritmo lento. Este relato sería interminable si me dedicará a describir tantos y tantos brillantes lugares que alberga Pekín; el palacio de Verano, la ópera, el mausoleo dedicado a Mao, los incontables museos…
Pero no quiero dejar de escribir sobre los hutong, los barrios populares, que para nada se parecen a los arrabales destartalados. Condenados a desaparecer por un enemigo despiadado: el desarrollismo, y sus amigos el hormigón, el vidrio, el hierro, los coches, el CO2. El panorama que presentan estos callejones es sublime. Qué difícil es encontrar una calle desierta, sentirse solo. Mil olores me acompañan, mil comercios, mercadillos. Miles de seres de toda condición con una sonrisa dibujada en su rostro. Un pequeño parque invadido por niños y ancianos ejercitando el taichi sobre una alfombra de hojas enmohecidas. Qué distinto es todo, aquí está la piel de la ciudad. El día ha sido generoso en calor. Ya se marchita la tarde.
La ansiedad por conocer, observar, atrapar imágenes imborrables de ésta atrayente urbe; no me permitía dormir. El reloj de mi muñeca aún no marcaba las cinco de la mañana y ya me internaba en un populoso barrio cercano a mi hotel. Todo me parecía desconocido, y mi capacidad de sorpresa era ilimitada. La sensación de seguridad era total; en ningún momento noté riesgo alguno para mi integridad física. Los mercadillos comenzaban a organizarse, las múltiples mercancías se desparramaban por las estanterías al aire libre. Los niños acompañados por sus abuelos se dirigían a la escuela.
La agradable temperatura de mediados de julio, permitía a varias decenas de personas de distinta edad y sexo a practicar el taichi con una parsimonia envidiable. Otros ciudadanos paseaban con sus perros pekineses, y los más se desperezaban mientras iban en busca del autobús que les conduciría al trabajo. La mayoría de las viviendas, de construcción humilde, eran de planta baja con un pequeño patio interior.
En estas zonas de Pekín, la bicicleta todavía es la reina, y se pueden contar por miles en aparcamientos destinados para ellas. Me siento en una pequeña terraza a tomar una copa de saque, y en un improvisado ritual me despido de una ciudad de incierto futuro. |
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