No pido otro cosa: el cielo sobre mí, y el camino bajo mis pies” (R. L. Stevenson)
Dia 23 de Julio de 2004. Vuelo a Copenhague.
Un año más persisto en mi idea de descubrir lugares dejándome llevar a través de unas vías de tren. Esta vez son los países nórdicos, y el pase se llama Scanrail. Me acompaña Vicente y más tarde se nos unirá nuestro bienamado Alga.
En este primer día volamos hasta donde será mi segunda visita, Copenhague, donde llegamos a última hora de la noche. Salimos un poco y en esta primera toma de contacto lo más destacable es el cambio de temperatura. Además nos impresiona la afición desmedida que hay en esta ciudad por el alcohol, muchísima gente ebria por las calles. También tomamos conciencia del alto poder adquisitivo de esta gente, gracias sobretodo a las 44 coronas (unos 6 euros) que pagamos por una cerveza, la cual saboreamos hasta la última gota por supuesto.
Luego en el albergue, una noche algo complicada, gracias a los tremendos ronquidos del sujeto de la litera de al lado, los muelles de mi colchón que más que chirriar aullaban, y al campeonato de eructos que han realizado unos simpáticos alemanes que han llegado a deshora.
Dia 24. Seguimos en Copenhague
Hoy la primera desavenencia del viaje; el tren previsto para Oslo está completo por lo que retrasamos nuestra estancia aquí hasta el lunes. Más tarde una fugaz visita a la Christiania, refugio de hippies y de algún otro personaje de esos que se hacen llamar ahora “frikys”. Seguidamente nos unimos a las decenas de turistas para ir en una especie de procesión hacia la chica más visitada y fotografiada de Dinamarca, la sirenita.
Tras la pertinente fotografía bajamos por el típico Nhyan, un bonito muelle equivalente a nuestras ramblas barcelonesas, y por Stroget, la principal calle comercial. Por la tarde una tímida visita al museo de la Carlsberg, cerveza que tiene su sede aquí, y donde tras hacer gala de un poco de picardía española les saco un par de cervezas, a pesar de que estuvieran a punto de cerrar. Por la noche, cena íntima con Vicente, con velitas y todo. Sopita y jamón serrano con pan con tomate, y vigilados por la mirada atónita de un grupito de adolescentes americanos (¿ será que allí no untan el tomate al pan?).
Dia 25. Un museo vikingo
Primero arreglamos nuestro billete para Oslo, para después marcharnos a Roskilde. Esta ciudad cercana a Copenhague, fue capital danesa hace muchos años. Aquí visitamos un museo sobre la cultura vikinga, y por un rato me teletransporto a aquella etapa de mi niñez en la que disfrutaba con aquellos dibujos animados en los que un niño de una comunidad vikinga los salvaba siempre con sus brillantes ideas. Y recuerdo que yo quería ser como Vickie el vikingo. Por la tarde sesión de albergue ya que el tiempo no acompaña a otra cosa (no cesa esta fina y molesta lluvia que cala hasta los huesos). O sea que, siestecita española y cena ligerita: fabada con chorizo.
Dia 26. Unos refugiados en Oslo.
Viajamos a Oslo, la capital de Noruega. Aquí nos instalamos en el “albergue” más céntrico y barato de la ciudad, llamado KFUM. Al entrar en la habitación tenemos la sensación de ser algunos de los supervivientes de alguna catástrofe o de estar en un campo de refugiados: una sala enorme, llena de colchones en el suelo. Tras pagar el aseo ( una ducha de 3 minutos cuesta 5 coronas), salimos a descubrir Oslo. La ciudad no es gran cosa, tiene una calle principal comercial, por la que desfilan todos los turistas, un bonito puerto presidido por una imponente fortaleza y con una gran área lúdica y de esparcimiento, Aker Brygge; luego está su llamativo y casi diría que horrible ayuntamiento.
En lo referente a la gente, a parte de los típicos rubios y rubias (guapísimas por cierto), destaca la presencia de mucho afroamericano y asiático (hindúes sobretodo), con una resultante mezcla social sorprendente e interesante. Acabamos el dia cenando en el albergue, ya que los precios prohibitivos noruegos no obligan a otra cosa. Como dirían los Amparanoia en una de sus canciones, “maldito dinero”.
Dia 27. El grito de Munch.
Hoy comenzamos la mañana visitando el moderno y aburrido Parlamento Noruego (la entrada es gratis). Más tarde nos dirigimos a la Galeria Nacional (también es gratis) para ver el famoso cuadro “El grito” de Munch, pero con tan mala suerte que los martes cierran, y hoy es precisamente un martes más.Tendremos que seguir admirando las copias y litografias. Nos dejamos ver por el puerto para luego disfrutar de una suculenta comida campestre (bocata de fuet y foiegras), en los jardines de la fortaleza. Después otra de nuestras siestecitas en un parque, rodeados literalmente de “rubiakas”, como diría un conocido mio, tumbadas al sol en bikini. Un sitio idílico y paradisíaco, por ahora el mejor momento del viaje, sin duda. Acabamos el dia con la visita a la fortaleza, que resulta ser todavía un recinto militar en activo, donde entre otras cosas se pueden visitar un par de museos militares y el mausoleo real. Por la noche viajecito de siete horas hasta Bergen.
Dia 28. Bergen y su mercado de pescado.
Muy temprano llegamos a Bergen, la segunda ciudad en importancia de Noruega. Después de localizar el albergue y dejar las mochilas, salimos a explorar esta ciudad. En esta tarea se nos une Myat, una simpática birmana residente en Japón, y de la cual Vicente hará casi de fotógrafo personal. Primero visitamos el animado mercado de pescado, donde puedes probar desde cualquier tipo de salmón, pasando por caviar hasta llegar a unos interesante bocadillos de gambas. A destacar la presencia de varios españoles haciendo de vendedores de pescado.
Luego seguimos hasta el Bryggen, o sea, un muelle de casas de madera, decoradas con vivos colores y que fue declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Acabamos subiendo a una montaña en un tren-cremallera, para disfrutar de un espléndida panorámica de la ciudad. Al bajar nos despedimos de Myat y no mucho más que contar, siestecita y un último garbeo “nocturno” (aquí a las once todavía no ha oscurecido) y cenita económica en el albergue.
Dia 29. El fiordo más largo del mundo.
Hoy comenzamos el dia subiéndonos a un ferry, que nos llevará a través del Sognefyord, el fiordo más profundo del mundo. El trayecto lo pasamos en cubierta, donde la inmensidad y el silencio del paisaje te inmoviliza y aplasta, y acaba por invitarte a cualquier reflexión. Montañas que emergen del mar a un lado y otro, y llegan a alcanzar los mil metros de altura. Pueblecitos que parecen dibujados sobre un manto verde de árboles al borde del mar. El ferry nos deja en Flam, donde se coge el mundialmente famoso tren de Flamsbana. Es el más empinado del mundo, sube 800 metros en 20 Km., realizando hasta alguna espiral dentro de la montaña. Una auténtica obra de arte de la ingeniería noruega. Además el trayecto también resulta espectacular, la gente no puede permanecer sentada y va de un lado a otro de los vagones capturando con sus cámaras imágenes del valle, de los lagos, de las cascadas. En Myrdal cambiamos de tren para volver a Bergen. Para acabar el dia, rompemos nuestra dieta económica de bocatas y demás, y tirando la casa por la ventana nos compramos una pizza familiar en un puesto de kebabs, para comerla en un parque. Un dia es un dia, que coño.
Dia 30. Un baño en el mar del Norte.
Hoy conocemos en el albergue a una simpática pareja madrileña, Bea y Joaquín, con los que mantenemos una amena conversación hasta la estación sobre nuestras distintas experiencias “interraileras”. Dejamos las mochilas y nos disponemos a pasar desapercibidos entre esta gente (en mi caso algo difícil) en una zona de baños. Al final rechazamos la idea por el elevado precio de la entrada. Pero yo, con la testadurez que me caracteriza, persisto en mi idea y rozando la ilegalidad (salto una valla) accedo a una zona de rocas donde pruebo las heladas aguas del mar del Norte. Ya en la estación otra pequeña charla con Bea y Joaquín que cogen el mismo tren para Oslo. El trayecto también resulta ser apabullante.
El tren serpentea por una multitud de lagos y montañas, donde las casas de madera y de colores se reparten anárquicamente por todo el paisaje. Es Oslo cogemos un tren nocturno que nos llevará a Trodheim, la tercera ciudad en importancia de Noruega.
Dia 31. La tranquila Trodheim.
Después de 14 horitas de tren entre pecho y espalda, llegamos a Trodheim. Fue la primera capital del país, fundada por un rey vikingo, un tal Olav Tryggvason. El albergue resulta ser algo peculiar. Gestionado por “interraileros” y abierto solo los meses de julio y agosto. El resto del año es una especie de centro lúdico con cines y todo. Un ejemplo es que en los lavabos han habilitado duchas, por lo que puedes defecar y asearte a la vez. Lo más destacable de la ciudad es la catedral, Nidaros, el monumento medieval más grande de Escandinavia y un lugar de peregrinaje para todos los luteranos noruegos. Por lo demás una coqueta y tranquila ciudad, en la que apetece perderse paseando o en bici (casi me estampo hoy con una al no saber frenar) y tumbarse al sol en cualquier parque a orillas del canal. Por la noche el ambiente tan tranquilo y casi aburrido de la ciudad (y eso que hay un festival de música) nos lleva de vuelta al albergue, donde pasamos un par de horas disfrutando de unas cervezas y del ambiente mochilero y bohemio del bar del albergue.
Dia 1 de Agosto de 2004. Pasando el dia en Noruega.
Acabamos nuestra estancia en Trodheim visitando un mercado medieval y un interesantísimo museo sobre la historia militar noruega (además era gratis). En él, una vez más y desgraciadamente podemos comprobar como las guerras son las protagonistas en la historia y formación de cualquier país. De camino a la estación pasamos por el casco antiguo, más casitas de madera y de colores, y una multitud de rubios/as tomando su “vermut” o sus “cañitas”. Más tarde otro largo recorrido en tren, que nos llevará al dia siguiente a la costa del norte de Suecia, a Lulea.
Dia 2. Simplemente Lulea.
Lugar tranquilo donde los halla. La primera impresión es que se trata de un destino turístico bastante familiar. Una ciudad punto de partida para la visita o estancia en algunas de las islas de su archipiélago (más de 700), por las que realizamos un pequeño “crucerito” de cuatro horas. Creo que no hay mejor manera de olvidarse de todo y aislarse del mundo que pasar unos dias en una cabaña en cualquiera de estas islas o islotes. Paisaje que me recuerda aquel donde se recluyó Najwa Nimri, buscando que la casualidad le devolviera un antiguo amor, en aquella película de Medem, “Los amantes del circulo polar”. Por la noche cena rápida en una especie de Mcdonalds sueco, y esta tranquilidad, rozando el aburrimiento, que se respira en esta ciudad nos invita a recluirnos en nuestro familiar albergue, donde tenemos té y café gratis.
Dia 3. En la Laponia.
Cuatro horas de tren separan Lulea de Kiruna, la ciudad más importante de Laponia y el término municipal más grande del mundo (20.000 Km cuadrados, un kilómetro para cada habitante). Ciudad que debido a la dura climatología esta cubierta de nieve de Octubre a Mayo (estamos ya dentro del Circulo Polar Ártico). El albergue, bastante acogedor, una de esas típicas casas suecas de color amarillo. En la oficina de información nos hacemos una idea de las principales atracciones y por la tarde nos vamos a ver el peculiar Icehotel, un hotel de hielo. Pero la pregunta que me hago es como estará un hotel hecho de hielo en pleno Agosto. Pues la respuesta simplemente es que no está. Nos hacen ver la explanada donde lo construyen (hasta Octubre no empiezan), aprovechando los enormes bloques de hielo que sacan del lago.
Después, eso si, visitamos una sala donde si estan conservadas unas espectaculares figuras talladas en hielo por un artista sueco, John Bauer. A la vuelta un ameno intercambio de información sobre escandinavia, con unos chicos asturianos, Antonio y Loreto, para acabar con una cenita tranquila en el jardín del albergue.
Dia 14. Sigue sin oscurecer.
Por la mañana cogemos un tren, en el que volvemos a coincidir con Antonio y Loreto, que en una hora nos lleva a Abisko, un parque natural. La propia estación donde nos deja el tren, es la entrada al parque. En ella nos mezclamos con una multitud de mochileros que llegan y/o parten para realizar travesías por dicho parque. Nosotros hacemos una pequeña incursión de cuatro horas junto al rio, el cual en algunos tramos se convierte en un estrecho cañón donde las aguas bajan salvajemente. A la vuelta, parece que el cansancio ha hecho un poco de mella y las pocas fuerzas que nos quedan las reservamos para nuestro aseo personal y para saborear unas cervezas en el jardín del albergue. También destacaria que seguimos acostándonos dando por imposible que oscurezca, o sin saber si llega a oscurecer del todo.
Dia 5. Esos mosquitos lapones.
Hoy amanezco con los brazos como sendas cordilleras montañosas gracias a los simpáticos mosquitos de la Laponia. En nuestro último dia en esta apartada región aprovechamos para visitar una especie de museo-poblado Sami. Una cultura que lleva miles de años establecida por toda Laponia, y que han cambiado las tiendas de campaña por casitas de madera y los trineos por sofistacadas motos de nieve. En dicho museo podemos ver algunos aspectos de su antigua forma de vida (cabañas y tiendas, útiles domésticos, etc.) e incluso acariciar unos asustadizos renos. Acabamos la visita degustando unos platos típicos, o eso suponemos, en una cabaña sami; yo una especie de carne, de reno quizá, con una salsa de grosellas, y Vicente una especie de trucha. De vuelta a Kiruna, últimas compras y por delante un encantador viaje de 17 horas en el llamado “Orient Express” sueco, hasta Estocolmo.
Dia 6. Haciéndonos los suecos en Estocolmo.
Tras innumerables cambios de postura en el asiento de un tren llegamos a Estocolmo. Enseguida localizamos nuestro albergue anclado en un céntrico muelle, y no digo mal porque es un barco. Después, una vez instaladaditos y aseaditos, la mejor manera para integrarnos entre esta gente (y hacernos “los suecos”) que se me ocurre es bañarme al pie de su emblemático ayuntamiento y probar por primera vez las aguas del Báltico. También es el punto de encuentro con nuestro apreciado Jose Luis, Alga para los amigos y enemigos, que nos acompañara el resto del viaje. Luego deambulamos un rato por esta elegante y señorial ciudad, en la que al principio todo el entramado de puentes puede resultar algo caótico (la ciudad se extiende sobre 14 islas). Sin embargo, en seguida comienzan a cautivarte sus numerosos muelles, parques y suntuosos edificios, por lo que la visita se convierte en una larguísima pero agradecida caminata. Por la noche cena rápida en un puesto callejero, y Vicente y yo hacemos una primera incursión en la vida nocturna de esta ciudad, en forma de unas cervezas en una specie de bar musical. Mañana más.
Dia 7. Más de Estocolmo.
Otra vez es el ayuntamiento nuestro punto de encuentro con el señor Alga, que está en otro albergue. Tras el pertinente baño lo visitamos en una de esas típicas visitas guiadas donde todo el mundo se hace el interesadísimo. De la visita destacaría su enorme sala de entrada, la sala azul (pero que es roja), donde se celebra el banquete de la entrega de los premios Nobel. Seguidamente unos bocatas en uno de los numerosos y limpísimos parques de esta ciudad, y nos vamos a su museo más visitado, el museo Vasa. Toda la visita gira en torno a la única nave de guerra que se conserva en el mundo, y que data del S. XVII., y que todavía se estan preguntando porque se hundió en el mismo puerto de Estocolmo. Más tarde unas agradecidas cervecitas en la cubierta de nuestro albergue-barco, para luego adentrarnos un poco en la noche “estocolmesa”. De esta destacaría, no sé porque (o sí), la presencia de guapísimas y altísimas chicas suecas, y nuestro bailoteo en un bar musical, al que se nos han unido Yolanda y Silvia, una italiana y una española trabajadoras nada menos que de la Comisión Europea en Bruselas.
Dia 8. “Vacaciones en el mar” hasta Finlandia.
Por la mañana dejamos nuestras mochilas consignadas en la terminal del puerto y realizamos una última visita. Paseamos por su coqueto casco viejo, Gamla Stan, hervidero de turistas. Saciamos nuestro apetito con algo de pasta, y nos vamos, como no, a un parque para otra de nuestras minisietas españolas. Por la tarde nuestro particular crucero hasta Finlandia, en un barco que nada tiene que envidiar al de la mítica “Vacaciones en el mar”, y que según tenemos entendido, es usado por suecos y finlandeses para atiborrarse de productos “tax free” (alcohol el producto estrella) y para noches de desenfreno de la juventud nórdica.. A ver que pasa.
Dia 9. Turku y Tampere.
Amanece en Finlandia, el país de los lagos (unos 180.000 concretamente). Pasamos la mañana en Turku, la antigua capital finlandesa. En esta ciudad se encuentran los monumentos más visitados de este país, y nosotros ávidos de conocer y visitar sitios nuevos, nos vamos al “Sevilla”, un posible restaurante de tapas españolas, donde probamos las bravas mas raras del planeta. Por la tarde, en dos horas nos plantamos en Tampere, la segunda ciudad más importante de Finlandia, y punto de partida para explorar los innumerables lagos de la región.
Lo que queda del dia lo dedicamos a cocinar algo de pasta en el albergue, donde compartimos cocina y una amena conversación con dos chicas españolas con las que coincidimos en Kiruna. Luego, antes de recogernos, una pequeña incursión por Tampere, donde el ambiente no destaca precisamente por su bullicio, unas rápidas y caras “cañitas” y a dormir.
Dia 10. Los moteros finlandeses y sus roscos.
En Tampere la oferta cultural es amplísima. La gama de museos va desde uno dedicado al zapato hasta otro al hockey hielo. Nosotros nos decidimos primero por uno sobre el espionaje, que por supuesto no encontramos por ningún lado. Después nos vamos a uno de los más visitados, el de Lenin. En él podemos ver objetos y escritos sobre su vida, y sobre su etapa de revolucionario huido en Finlandia. En el mercado saboreamos algo de comida local, a destacar un exquisito salmón finlandés. Por la tarde nos acercamos a una torre en un monte, Pynniki, símbolo de esta ciudad. En su mirador se disfruta de una espléndida panorámica de la ciudad y de los lagos que la rodean. También coincidimos en ella con una multitudinaria concentración de moteros: mucho traje de cuero, mucho ruido de Harley y mucho rosco. Si, he dicho bien, han subido hasta aquí para atiborrarse de café y de una especie de roscos, rompiéndonos cualquier esquema que pudiéramos tener sobre moteros. A la vuelta algunas compras y no mucho más.
Dia 11. Helsinki.
En dos horas llegamos a la perla del Báltico, Helsinki.. Enseguida localizamos el albergue y nos ponemos a patear la ciudad. Nuestra primera parada su mercado a orillas del mar. Aquí, al igual que en otras ciudades, parece que sea el lugar donde nosotros los turistas nos sentimos más cómodos y menos indefensos; de ahí nuestra compulsiva atracción o curiosidad hacia todo tipo de puestos, ya sea para saciar el hambre o para adquirir cualquier objeto que pueda parecer típico de la ciudad o región. Nosotros para no ser menos hacemos las dos cosas. Seguimos paseando por lo que son las principales vías comerciales, y aunque aquí la oferta cultural también es muy amplia nuestro ánimo y nuestro bolsillo no están por la labor.
De ahí que nuestra única incursión cultural haya sido el museo de arte moderno y gracias a que podías colarte visitando su lavabo. Pero, pobre de mi, que este arte un tanto retorcido sigo sin entenderlo. Última lata de fabada en el albergue (con la consecuente concentración de gas metano en la habitación por la noche, por decirlo de forma decorosa) y para acabar el dia como siempre unas cervezas en una terraza bastante acogedora, con orquesta y todo, pero que al poco de sentarnos y reparar en el ambiente, nos damos cuenta de que estábamos dos generaciones por debajo de la media del local. Disimuladamente bebemos y arrastramos nuestros huesos hasta el “hostel”.
Dia 12. Visitando una fortaleza.
Cogemos un ferry que nos lleva a Suomelinna, una enorme isla fortificada y también declarada patrimonio de la humanidad. Además de ser uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad, es un gran centro de ocio para los finlandeses, con multitud de cafés y restaurantes. Nuestra visita se ha reducido a pasear, a un submario-museo y al museo militar. Aquí tengo que reconocer que, cansado de pagar por todo, he enseñado mi carnet de la biblioteca municipal para pasar como estudiante y ahorrarme gran parte de la entrada. Ahora haré un inciso para recordar y afirmar lo complicado que es el idioma finlandés, con palabras como “ympäristötekijüistä” o “ennenäkemättömän”, que por supuesto no sé lo que significan. A la vuelta, una pequeña parada en el mercado para alguna compra y comer, y por la tarde otro de nuestros cruceros por el Báltico hasta Estocolmo, en otro de esos barcos donde la oferta lúdica no se acaba nunca, desde bares y restaurantes, pasando por casino, karaoke, discoteca hasta llegar a las tiendas o supermercados “tax free”.
Dia 13. Resaquita sueca.
Comenzamos el dia con una tímida pero moleta resaca, gracias a nuestra particular juerga en altamar y a la que se nos unió Flavio, uno de esos italianos tan elegantes, tan engominados y tan parlanchines. En Estocolmo nos despedimos de él en la estación (echaremos de menos su peculiar forma de bailar de “cuidado que me rompo” y esos pantalones rozando peligrosamente las áxilas) y consignamos nuestras ya pesadas mochilas. Más compras y últimos momentos en esta ciudad, y para saborearlos no hay mejor sitio que al pie de su elegante ayuntamiento, a orillas del Báltico. De vuelta a la estación el último tren del viaje, que nos lleva a Copenhague y que te recuerda que esto se está acabando.
Dia 14. Una Carlsberg, por favor.
Pasamos la noche algo hacinados en una habitación para 68 chicos en el albergue, rememorando así nuestra época de “mili”. Nuestra visita la reducimos a otro paseo por la Christiania, aquel mencionado barrio hippie de antaño y convertido ahora en un reclamo turístico más. Seguidamente nos vamos a la sede de la Carlsberg, donde después de dos intentos frustrados consigo visitar el museo acerca de este emporio cervecero. Lo mejor de la visita, sin duda, son las degustaciones gratis de cerveza que te dan al final, lo que provoca que salgas “contentísimo” de la visita. El resto del dia es para una gratificante siesta y para una última farra por Copenhague de la que no daré detalles, por no ser muy interesantes.
Dia 15. La vuelta.
La mañana solo nos da para un tranquilo y casi soporífero crucero por los canales, convirtiéndose en el colofón a nuestra pequeña aventura por los países nórdicos. Países de los que puedo confirmar que en muchos aspectos son más civilizados que nosotros, pero sus gentes siguen siendo algo frías y algo distantes. También podría constatar la enorme riqueza natural de la que disponen, y que han sabido explotar a la perfección, desembocando en una altísima calidad de vida.
Por último reafirmarme en mi idea de que no hay mejor manera para sentirse vivo, que echarse una mochila a la espalda y lanzarte a descubrir nuevos lugares, nuevas ciudades, nuevas gentes, nuevas experiencias. Además tu hogar o tu entorno, ese que a veces parece el centro del mundo, deja de serlo por unos dias para conocer otros centros de mundo tan importantes y vitales como el tuyo. Por todo esto, el año que viene más. |
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